lunes, 24 de diciembre de 2012

No hay quinto malo

Más allá de la especulación, la grandilocuencia o la opinión supina y sensacionalista que se puede desprender de esta historieta a modo de vivencia personal, debo advertir en gracia sin embargo que algunos de los datos referidos han sido apenas imperceptiblemente tergiversados para crear persistentes suspicacias y elucubraciones dubitativas en el espacio y tiempo histórico en que se produjeron.
Nuestro pensamiento evoca con nostalgia, tristeza y melancolía la visión retrospectiva de aquel relevante y trascendente año de 1977, acaso nos remonta en la reminiscencia hacia un pasado exclusivo de nuestra existencia; como decía Jorge Manrique en sus célebres coplas: “Todo tiempo pasado fue mejor”.
En este recuadro virtual del tiempo, Marcolino, el personaje central de la presente versión narrativa pretende ser la figura excluyente en un mundo nuevo, extraño y desconocido; más allá de los fútiles y continuos escarceos lograría variar el rumbo trazado de su destino, aún así no lograba disimular su hepática molestia cotidiana, una ausencia total de empatía lo relegaba hacia el rincón más lejano del aula, en un ambiente en donde la indiferencia lo abrumaba y lo hacía pasar abusivamente desapercibido. Eran los primeros días de clase y Marcolino no salía aún de su asombro y marasmo circunstancial; había “aterrizado” en la sección “E” del quinto año de secundaria del prestigioso Colegio Raúl Porras Barrenechea, ubicado en Reynoso City, por entonces un arrabalero villorrio chalaco del Callao, puerto querido, bastión inconfundible del exquisito seviche, la afrodisíaca parihuela y la irresistible jalea.
Vuelto a su realidad, Marcolino no soportaba ni aceptaba la circunstancia eventual de estar alejado gratuitamente de Liliana, la eterna ilusión platónica de su inspiración, de sus furtivos deseos vehementes y quiméricas fantasías… Es fácil colegir pues, que ante su presencia cercana e inmediata transformaba a este cristiano trovador en un remilgo de fantoche, absorbido por el candor sutil de su sensual voz femenil, que sólo él la percibía, bloqueando la electrocinética de sus neuronas, tal cual la sierpe hipnotiza a su presa.
Nuevamente preguntaba Marcolino: ¿Cómo entender la causalidad de este crucial momento circunspecto?… es injusto, abstruso y fustigante, sin explicación como parecía decirle su cuasi patidifuso pensamiento.
Con un pasado voluble y variopinto, repleto de travesuras y escandaletes, Marcolino se encontraba ahora ubicado en su nuevo e improvisado “redil de estudio”, inerte, reflexivo y ensimismado, casi meditabundo y lejos de las expresiones coloquiales de sus nuevos compañeros. Avizoraba empero a su alrededor, buscando caras conocidas, hasta que por fin pudo cambiar el gesto de su inquisitiva expresión; en efecto, había encontrado en ese instante al compañero de sus discurridas y estrambóticas aventuras, al no menos popular “Toñito” Chávez, más conocido como “loco chico”, para diferenciarlo de su hermano mayor Willy, al que por antonomasia todos conocíamos como “loco grande”. Un agradable gusto de maquiavélica sensación se extendió en la eclosión de nuestro encuentro. Conversamos ampliamente de improvisadas ocurrencias, de la manera irregular como habíamos llegado a esta aula; algunas conjeturas explicarían esta cretina decisión: el ingeniero Argimiro, director de nuestro colegio, había determinado la salomónica decisión de hacer desaparecer nuestra emblemática aula del año anterior, el 4° año “B”. Un contingente de unos 27 alumnos debería ser distribuido en los distintos salones del quinto de secundaria programados para el año venidero. Se ponía así fin a un ciclo cuestionado y problemático, de la noche a la mañana cayeron por obra y gracia del Espíritu Santo, todo el grupete de mansos y descarriados corderillos a las distintas secciones del quinto de secundaria.
Aclarando el dilema insistimos aún más en proseguir la charla. Se había tornado amena e interesante; ahora recordábamos aventuras, peripecias y un sinfín de anécdotas risibles sarcásticas e hilarantes. Toñito era un especialista para las bromas livianas y pesadas, los chascarrillos corrían a raudales por doquier hasta que en un momento inusitado se mencionó el misterioso robo de la chompa azul; porque fue un robo y no una desaparición, en donde el nombre de muchos samaritanos y fariseos podrían aparecer, implicados en el siciliano plan para su sórdida y graciosa ejecución ¿En dónde estarían ahora aquellos celebérrimos personajes que con sus dislates contribuyeron zalameramente a la debacle y funesta desaparición de nuestra aula máter? ¿En dónde estarían ahora los Chávez, los Alvarado, los Montoya, los Falla, los Gavelanes, los Arenas y otros galifardos más?… Hasta hoy se escucha el chasquido lejano de estos parroquianos, que gesticulan una versión romana para evadir sus inminentes travesuras; estoy casi seguro de que estos individuos no sólo se lavan las manos, sino también hasta los pies, jurando y perjurando su apantallada inocencia… ¡Dios los coja confesados!
Después de la extendida y dilatada catarsis reflexiva, Toño y Marcolino cerraban con broche de oro su amena charla, el colofón sibilino de la duda y misterio ponían fin a sus sesgadas y personales opiniones, empero advirtieron a la distancia a nuevas caras conocidas, así pues, allí estaban Felipe “el bitle”, el flaco Richard Soto y pululando por los alrededores aparecía el negro Víctor Espino; no quisiera abundar en detalles y características de estos pintorescos personajes, debo evitar la censura y pretender ser afable con la higiene mental del lector; pero agrego y acepto al fin que los referidos zutanos en mención eran mis grandes amigos.
Escudriñando aún más el horizonte ambiental del aula, también pudimos distinguir en el extremo opuesto a dos compañeras del año anterior, eran nada más y nada menos que las hermanas Nancy y Vilma Huamaní, en su momento de letargo contractual aparecían singularmente indiferentes, absortas tal vez por su novedosa inclusión en el aula, aún así las saludamos por compromiso y retornamos a los aposentos iniciales de origen. Todo el grupo varonil se ubicaba desordenadamente en el mejor sitio de acogimiento; al fondo, en una lúgubre pero apacible esquina nos ubicamos con Toñito, en una mediana carpeta compartida, el clima presencial de recepción iba cambiando gradualmente, se respiraba un ambiente de sosiego y tranquilidad, aún cuando persistía entre nosotros el estigma latente de la inconformidad personal; en un mediano plazo cambiarían la apreciación de las ideas primigenias y la línea de pensamiento haría un giro inesperado diametralmente opuesto.
En la alborada matutina del mes de abril del año 1977 se abriría una nueva era para los errantes y desterrados cristianos que tuvieron la canina suerte de llegar a un nuevo mundo ignoto y desconocido; con Marcolino y Toñito a la cabeza, estaban más perdidos que un oso polar en el golfo pérsico; ya no había tiempo para insistir en la cantaleta melodramática del reclamo intrascendente; estábamos hasta las “cangallas”, casi pusilánimes, abúlicos, desmotivados y decepcionados.
A enrumbar horizontes y comenzar desde el principio, a estudiar con esmero, ahínco y persistencia para recibir la gracia divina, fue a lo menos el compromiso pactado y la voz general a cumplirse… ya estábamos matemáticamente resignados.
Otro panorama completamente diferente era el ambiente sostenido por el amplio contingente de alumnos conocidos del salón, abroquelados en torno a una agenda conocida y rutinaria, con el mismo ideal común para efectivizar sus acciones y relaciones de grupo; al menos eso parecían reflejar en sus esporádicos movimientos y en sus amicales conversaciones; los varoniles amigotes tan contentos como perro con dos colas al recibir a sus amos, y las mozuelas con el gesto risueño de la “Mona Lisa”… caso contrario era el minúsculo grupillo de Marcolino y compañía, adoptando el papel del canario enclaustrado en su jaula pero cantando para sentirse irónicamente alegre; una lección de vida para aprender.
Llamó la atención de Marcolino una chica simpática y atractiva, la más sensual y exclusiva en su opinión personal; quedó absorbido durante un instante por su retozante semblante juvenil; su trato cordial y sincero era  más que evidente, destellaba garbo, sutileza y simpatía… ¿quién era la nueva versión femenina que en un santiamén había logrado desplazar a Liliana y ahora perturbaba los latidos intermitentes del incomprendido Marcolino, despertando su interés y atención total?… era ella, la cenicienta del cuento de hadas que estaba esperando conocer y dialogar, en un plano acorde a nuestra etapa adolescente. Su nombre: Gladys Gonzáles, quien se había fijado como una “trichinella” en mi pensamiento, no podía eludir mi acendrado interés por conocerla más de cerca, pero, por infortunio de la vida, no podía se todo perfecto; aclarando, Marcolino era un individuo inopinadamente voluble de acuerdo a la ocasión; a veces carismático, siempre a la defensiva, pillaco tunante para las mil travesuras, parlanchín engarrullado entre sus plumíferos amigos, una “joyita” envuelta en filigrana de oropel, pero buena gente para sus ubérrimos amigos y detractores.
A todo esto, faltaba agregar un plus adicional en su legajo individual: era extremadamente nervioso, tanto como una neurona cargada a 440 voltios, sobre todo ante la presencia femenina; era pues un extraño “tic” difícil de controlar y también de disimular; por ende, se hacía mucho más complicada la idea de entablar conversación y amistad con la nueva musa de su admiración.
Fue ella más bien quien tomó la iniciativa. Con su inusual desprendimiento de gentileza y amabilidad natural nos dio la bienvenida con un beso en la mejilla, el singular estilo de saludo representativo del salón.
A continuación nos presentaron a las demás amigas de la ya establecida promoción; puedo citar entre las más hiperactivas y escurridizas damiselas de aquella lejana época, entre otras, por ejemplo, a Florcita Masías, mi amiga predilecta, de cabello corto y ondulado, en atractivo color azabache, cuerpo extremadamente curvilíneo y una sonrisa muy especial; su llamativo, fino y delicado timbre de voz sería motivo de algunas imitaciones burlescas de algunos elementos figurettis del salón; con el paso del tiempo sería para Marcolino la amiga ideal y mejor confidente para su incursión en el mundo de los cortejos y flirteos que por propia voluntad y naturaleza eran inaccesibles para él. Florcita tenía un carácter singularmente especial, no se podría precisar a veces su estado de ánimo; si estaba alegre, serena o lánguidamente apacible; el fulgor de sus ojos pardos resaltaba en su mirada intempestiva, y su sonrisa apenas ligera hacía entrever un mundo de desconcierto; la sutileza de sus elongados labios risueños no era frecuente percibirlos y pese a los detalles descritos su apariencia destacaba nítidamente sobre la banal presencia de sus demás compañeras; es un decir, claro está, una tibia apreciación a motu propio, no es un cumplido, todo es según el color del cristal con que se mira. Y para finiquitar la descripción diremos que la atractiva amiga en mención no solo hacía evidencia por su amena y grácil conversación, sino también por su llamativa y perceptible presencia ginecométrica, en donde se imponía relevante claro está, su ampuloso y bien contorneado derriere, que era motivo de la atenta, lívida y frenética —por no decir maniática— mirada de los canijos bellacos que circulaban su entorno, como abejorros ante el pastel curvilíneo de rica miel. Así era la amiga Florcita en aquella gloriosa época de pletórica efervescencia, los demás detalles y exageraciones se guardan ante la recatada y amenguada reticencia de la supina opinión del vulgo ortodoxo.
Seguidamente tocaría el turno de conocer a una chica grácil y servicial, era Carmen Obregón, de conversación amena y digerible, de fácil entendimiento, de trato amical instantáneo, de quien el amigo Richard Soto muy pronto quedaría absorbido y extasiado hasta el tuétano. Resaltaban en ella sus enormes ojos negros como de vaca loca; es un decir… comprensiblemente. Afloraba en ella una espontánea sonrisa histriónica, casi psicótica, de exacerbada hilaridad; fue muy productivo obtener su amistad comprensiva para adquirir la confianza necesaria que me hacía falta. Marcolino iba calibrando paulatinamente el mesurado control de su arraigado nerviosismo, pronto sería esta perturbante sensación un recuerdo nebuloso en la evolución de su comportamiento.
Advertía también la cercana presencia de “Charito” de la Cruz, la cual tuvieron en gracia  y complicidad presentármela; Marcolino la observaba fijamente con una mórbida sensación repentina; la saludó efusivamente y ambos intercambiaron gestos y miradas de simpatía, no era un idilio a primera vista, pero sí una súbita atracción instintiva, se activaron las feromonas y las endorfinas parecían recorrer todo el lixiviante camino de mutua atracción ¿Estaría equivocado o era una simple sensación de una nueva reacción? Fue la primera vez que experimentaba en mi adolescencia esta hedonística sensación, libida y pasajera…
Los rumbos y derroteros ya trazados nos conducen por la espiral infinita del tiempo a un mundo desconcertante y desconocido. Quien se atreva a trasponer la puerta de ingreso a esta nueva dimensión deberá pagar derecho de piso por su impertinente curiosidad. Este es el lema que refleja la moraleja aleccionadora en esta narración discursiva.
Un detalle, adrede omitido, es el cual incluye en su información que la mayoría de alumnos de esta consumada y experimentada sección era de elevado índice cronológico; la mayoría frisaba los 18 años de edad, algunos tenían 19 años y otros hasta 21 retozantes almanaques. En sí, podríamos decir que la libreta electoral era un documento muy común entre los debutantes ciudadanos de este valle de lágrimas ¿Adónde habíamos caído? ¿A una chingana de recuas?… como dijo el místico redentor: “consumation est”…
El saludo abrasivo con el “rebaño varonil” fue distinto, de principio especulativo, como en el boxeo, el primer round es de estudio, recién estábamos conociéndonos, más resalto sin mezquindad, el reconocimiento, apego y aceptación para nuestro ingreso y bienvenida en esta nueva y soportable élite de turno.
En este trance disquisitivo conocimos a Roger Muñoz, el popular “Cherry”, director de la orquesta, paladín, adalid y jefe del grupo, el cabecilla de la “mancha” aparentemente impoluta; parecía que en torno a él giraban todas las decisiones formales o “gansteriles”, era un buen tipo, procaz y zalamero, siempre sonriente, aunque algo autoritario para manejar verticalmente los acuerdos de la promoción; a veces presentaba una postura alienada y esnobita, como distintivo para simular su fanatismo por el rock frenético y violento; la onda del momento eran las estridentes, parafernálicas y estrambóticas notas musicales de Peter Frampton, Gran Funk, Pink Floyd o Jesse Green, entre otros singlistas cruzados o rayados de la época.
Roger Muñoz era el líder indiscutido de este vandálico clan pseudomusical rockero, menganos más, menganos menos, sus atiborradas y draconianas decisiones eran cumplidas religiosamente ipso facto sin chistar y al pie de la letra; era la imagen descriptiva del jaguar en la obra “La ciudad y los perros”. Parecía un cernícalo avorazado, de mirada acechante, su perfil aguileño lo complementaba con su desplumado corte de cabello al estilo “carioco”. Ah, y por cierto, con la raya al medio, cual distinguido estilo mojigato hacía recordar dos nalgas, patentizado entre sus adeptos y lacayos, era la moda perfecta adquirida. La gente nunca es más real aún cuando se acerque a lo que quiere ser. Al presentarnos me dijo: “cuñao, cómo te llamas, cuál es tu onda… ¿computas o no computas?… Al mismo tiempo me hacía un gesto de saludo apuntando verticalmente su dedo pulgar hacia arriba. Respondí por inercia el saludo, más por formalidad que por compromiso, no masticaba muy bien este confuso lenguaje extraterrestre; no obstante consideraba ya a este tipo bonachón como un prospecto de amigo obligado, a modo de peldaño automático electrónico para alcanzar mi nueva relación de grupo.
Junto a su consorte aparecía Teodomiro Castro, otra burda imitación de rockero barato de pueblo joven, el lugarteniente del jefe, pero una gran “chambeador” y organizador de fiestas y actividades. Teodomiro presentaba con frecuencia una graciosa vestimenta juvenil, con un apretado pantalón “al tubo” ajustado a la pantorrilla y un diminuto y ligerísimo polo manga cero ceñido al cuerpo, con trazos geométricos multicolores, ostentaba una bien marcada raya al medio en su mediana cabellera; parecía un jefe apache danzarín en tiempo de lluvia. La pregunta era, ¿cómo hacía para ponerse aquellos pantalones de tan apretujadas dimensiones?… de seguro supongo, sería más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja… después de todo son simples apreciaciones, pero en el fondo, “cara de lampa” como le decían, también resultaría ser en el futuro inmediato un gran amigo.
Otro bellaco galifardo del clan era Ricardo Valdez, el popular “chingolito”, de oblonga y rolliza figura, su amoldada y socarrona voz se acomodaba a las circunstancias, pero siempre era estridente y bulliciosa; “chingolo” era el escurridizo coleóptero que ponía las pilas para atizar todo tipo de chanzas y chacoterías en el aula, sea en clase o en el recreo, con alumnos o sin ellos, con profesores o sin su presencia; era pues, toda una sabandija reptilesca que fregaba continuamente a cuanto cristiano se le prendía, a tutilimundi por decir lo menos, y por supuesto todo un consumado parrandero empedernido que sólo incursionaba en las juergas unas 54 semanas al año… tenía derecho, era mayor de edad como todo el cardumen de sus compinches bochincheros.
Siguiendo la fila india encontraríamos al “gordo” Pacheco, Alfonsito por excelencia; era un conocido de Marcolino desde la infancia en el nivel primario, cuando estudiaban juntos en el colegio 5030. No merece explayarse en más comentarios, pero este gordito siempre alegre y con sonrisa de tiburón siempre andaba apresurado, deambulando por el patio con su inefable yunta el mercenario “Pilón”, un tipejo de baja ralea y de elevados aires encontrados, un badulaque más de los muchos que existen, “trampolín” profesional y unos pergaminos más. Mientras menos se hable de él será mejor.
Más cristianos, laicos y gentiles en la tierra de Jacob podemos citar a continuación: Ricardito Rodríguez, el enviado de Baco, charlatán de plazoleta, era un guarapero más en la ya rankeada lista de ovejitas licantropescas, a las cuales Marcolino tendría siempre en generosa estima y consideración… “Lo justo es lo justo”, como decía Sócrates, o también la frase “mientras más conozco a mis amigos, más quiero a mi perro”. Hay de todo en esta vida, al escoger y para todos los gustos; lo vivido y lo bailado no te lo quita nadie, nada te llevas de este mundo, todo es prestadito no más… así diría mi padre muy campechano, mejor anfitrión; recuerdo siempre sus frases favoritas: “me canso ganso”, “me extraña araña que siendo mosca no me reconozcas, dijo un zancudo cuando volar no pudo”, “el que la seca la llena dijo la ballena”…
Después de evocar el paternal recuerdo nostálgico, hemos de seguir describiendo al “perínclito” contingente de compañeros de clase, citando ahora en el turno al amigo “Papy” Yupanqui, el más longevo espécimen representante de la promoción; cursaba el régimen de estudios inercialmente porque el mundo tenía que seguir dando vueltas, sólo por cumplir y recabar sus certificados al egresar del colegio. Tenía el mérito de presentar una agradable caligrafía, razón por la cual era siempre requerido por algunas chavalillas para hacer sus improvisadas carátulas de asignación; como siempre, todo a último momento… ¿virtud o mérito? Luchito Yupanqui era un guarapero más del ya declarado conspicuo y celebérrimo conjunto de hijos de Baco, peritos empinadores del codo en ángulo recto y serviles lacayos profesos de la “mamandurria”… buena gente a catalogar como de costumbre. El amigo “Papy” gustaba de la música guarachera, salsera y del son cubano, contrariamente a los gustos distorsionados del resto del salón; era el amigo consejero más cercano que tuvo Marcolino en sus diversos avatares experimentados.
Otro amigote más de la “patota” recién conocida fue Walter Chauca, un tipo “recontra campechano”, de estridente y escandalosa risotada, “pilero, candelero” y atizador en chirigotas, chanzas y triquiñuelas; era el compañero ideal de “chingolo” Valdez; la dupla de oro, tal para cual.
Walter Chauca también era un acérrimo discípulo de la música salsa, pero destacaba notoriamente por sus dotes de pelotero empedernido, estaba imbuido de una innata y especial destreza para el juego de fulbito y solía ser a menudo el centro de la atención de cuanto evento deportivo se presentaba. Lógicamente, tenía por añadidura un amplio cúmulo de apasionados hinchas, que deliraban frenéticos por su pícaro, endiablado y acrobático juego.
Una de sus más fanáticas admiradoras era por excelencia la amiga Nancy, precisamente aquella diminuta carga femenil que sería el complemento pluscuamperfecto del pintoresco pelotero, convirtiéndose desde entonces en su idílica pareja de encandilados romances y volcánicos flirteos…
¡Qué envidia para el resto del mundo! Es más, la versión de “Romeo y Julieta” era un chancay de a 20 al lado de esta pareja de ensueño. Y este tórrido romance proyectado a la dicha y gracia sempiterna, persécula seculórum, no se vería plasmada en el orden de sus objetivos primigenios; a posteriori y con el paso obligado del tiempo nuestra ocasional protagonista vería derrumbarse no solo el monolítico castillo de sus devaneos y emociones, sino también el “enganche gratuito” de sus frustrantes sentimientos encontrados. Esta experiencia común le permitiría convertirse en una frívola y veleidosa chiquiñuela ávida de exultantes fruiciones donde aparecerían sin pena ni gloria en su asincopado círculo un racimo de zíngaros galancetes como el “chato” Gavilán, “agüita de coco” Jerí, “el mohicano” Joel, “el burrito” Tino tono, “el chacal” Charly y algún angustiado más. Parece ser que a este último casanova de trivial historieta sólo le unía a la susodicha un vínculo de celestina y convenida amistad. ¿Cuál era el interés de Charly para disfrazar su furtiva presencia? ¿Por qué aparecía siempre en las fiestas, bien pachuco y emperifollado cuando lo invitaba la escurridiza Nancy? ¿Sería tal vez por Dorita, la vecinita de enfrente? ¿Y en qué parte del planeta estaría en ese entonces “Estrellita”, el ensueño quimérico, mórbido y nada sicalíptico del inefable Charly? ¿Y por qué dejaron “tirando cintura” al amigo Joel?… seguro porque era más duro que ventana de submarino. En fin, en este mundillo de histeria colectiva todo se podía esperar, el instinto es más fuerte que la razón, unos ganan y otros pierden y bajo esta disyuntiva o bien se alcanza el cielo o la gloria o el averno y la desdicha; pese a todo el mundo sigue girando y tarde o temprano cada quien tiene su revancha que el destino le depara.
Todo en su justa medida, como reza el dicho, comparando la copa de vino o la mitad de su contenido, como diría algún pesimista, esa copa está medio vacía y, en el orden contrapuesto, para el más optimista, la copa debe estar medio llena. Es cuestión de apreciación y estado de ánimo, como decía el conocido filósofo Chacalovsky: “Todo está enmarcado en una vorágine de placer y chupindanga, amén de ello, tres cosas buenas solo hay en la vida: comer, dormir y fornicar”… sabias palabras de este gran maestro metafísico del siglo XXI.
Es ya el momento preciso de completar la jauría lupina en la apoteósica historia satírica de nuestro sacrosanto salón; citar con lo que queda mencionaremos otra fila de dipsómanos encurtidos, a saber: Franklin León Cigüeñas, el popular “Leo” de facciones risibles por parecer anticipadamente embebido, otro caso especial era el “gallete” Saulo Olagivel Acasiete, como el “Carmelo” de Valdelomar, ya maduro con ojos desafiantes, porte bizarro y espolones siempre en plan de ataque, fue un misérrimo y pueril amiguete del cual Marcolino tendría mucho que parlotear, y tal vez reclamar; no es el caso de una revancha personal y tan solo diré por el momento que este tipejo entendió mal el concepto de amistad ofrecida; solíamos encontrarnos a mediados del mes de julio con la manchota varonil del salón, siempre en plan de “bailongo”, copetines y noche de farra, el licor de guinda era la bebida preferida por tutilimundi, entre fariseos, cristianos y puritanos… ¡Cómo no recordar aquellos tiempos!… Este agraciado personaje me decía aquella vez palmeando levemente mi hombro: “Negro, tú me has atendido bien en tu casa, eres un pata chévere”, “bacán… un gran amigo”. A continuación añadía: “mira compadre, en la mancha todos tienen su costilla, faltas tú para completar el clan y hacer la nota más chévere”… (sic); el viperino y ponzoñoso espécimen herpetológico finalizaba la conversación diciendo: “negro, tú tienes que caerle a Charito, ella te está dando ‘sagiro’, no seas quedado… si quieres te ayudo y hablo con ella”… tan refinado diálogo y filantrópico apoyo solidario parecía hacer honor a su apellido. Socarronamente la caterva de sus hiperactivos amigotes a sotto voce: “alcahuete”. Saulo no se inmutaba y aceptaba con una sonrisa entrecortada la ingeniosa y parónima expresión. A pesar de todo creo que era un buen tipo y pienso que, como de costumbre, sólo el poder de las faldas puede transformar a cuanto parroquiano caiga en sus dominios. Yo, Marcolino, desde esta tribuna lo afirmo, lo sostengo y lo suscribo.
¿Y cuándo terminará esta explayante cantaleta donde desfilan de manera paulatina y persistente cuestionados y controvertidos personajes?… A seguir pues la rutina y prolijo relato, no hay más remedio que continuar, como dije anteriormente, “El que se pica pierde”; cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia; todo lo expresado en este burdo arquetipo de cuento es una ligera aproximación de los hechos… alguna credibilidad fidedigna existirá en la reminiscencia de lo descrito; en este crucial instante nos absorbe el fugaz pensamiento para recurrir a la famosa “Máquina del tiempo” del gran H.G. Wells; así tal vez podríamos precisar, reafirmar y esclarecer todos los pretéritos acontecimientos sucedidos.
De menor importancia y trascendencia surgen por obligación otros veleidosos personajes, en verbigracia es de grata mención el amigo Warren Vela, un granítico y blanquiñoso fortachón, siempre apacible y sonriente; la versión de Hércules sin Deyanira, era un tanto apático en el género opuesto, estaba casi comprometido con las sesiones y tareas de clase, aunque no destacaba con altas calificaciones, como la mayor parte del salón. Gracias a su hercúlea y distinguida estampa, el wambrillo Warren sería seleccionado como pareja para acompañar a la inconquistable Gladys Gonzáles en el reinado juvenil de primavera; situación que no se consumó por declinación voluntaria. Todo el salón había votado por él y así pagaba con su rechazo la contundente confianza depositada en su persona. En su lugar tomaría la posta el caricaturesco Pedro Vargas Hernández, un enjuto y endeble remedo de chambelán, su larguirucha y ondulante cabellera le hacía el favor de su apelativo: “Pelo de momia” para la descarga hilarante de sus enajenados hinchas; irónicamente, el susodicho mengano también reventaba en súbita y estruendosa risa mostrando su incompleta dentadura. Tan solo un inciso faltante, el buen Pedro era un fanático admirador de la salsa colombiana, un acérrimo seguir de “Fruko y sus tesos”, canciones como “El Preso”, “El patillero”, “Manyoma” entre otras era la rutina cotidiana de concentración. Venía a mi casa con marcada frecuencia para escuchar y acompañar el tono de las citadas canciones. El sonido estereofónico de la Radiola “Imperial” era el deleite perfecto para nuestro exigente gusto. Es de anotar con remarcada evidencia que Marcolino era también un acendrado cultor de la música portorriqueña, el son cubano y el ritmo boricua, por algo no se había criado desde tiempos de antaño en un constreñido ambiente cantinero en donde el estridente sonido de la radiola de monedas era la sensación excitante del momento.
Marcolino

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