sábado, 3 de diciembre de 2016

Una carta perdida

Supongo que todos hemos hecho alguna vez una apuesta en nuestra vida. Lo cierto es que no hace mucho supe de una de ellas.

Lo relato ahora porque en esta apuesta, caprichosa y chabacana, se describe, si no me engaño, un trágico desorden sentimental y el miedo a un destino nupcial simétrico, sin variantes y convencional, por no decir repetitivo. Yo lo juzgaría como una pantomima de la maquinaria mental del apostador, irresuelta, quieta en la adolescencia y confundida con el azar y la tragedia moral, que solo va en busca del Regreso Eterno.

Sucedió un día no memorable ni trascendental cuando me enteré de esta singular apuesta. Era de tarde y yo pretendía echarme una pequeña siesta. Por eso, estaba revolviendo mis libros en busca de uno que me templara el humor, lo acomodara en su sitio y pudiera robarme una sonrisa.

Como de costumbre, no me animaba por ninguno, lo que originó que cogiera uno al azar para luego llevármelo a la sala; y así, sumergido en la lectura, aislarme del mundo y de las incesantes banalidades de la calle.

Lo que sucede es que yo tengo un hobby que no he podido quitarme desde niño; y este es el de comprar libros usados, revistas o algo que se le parezca. Creo que siempre lo hacía o lo hago para encontrar en ellos las historias que yo nunca pude lograr. Entenderán entonces el desorden que formaban mis libros y todos estos objetos esparcidos por todos los rincones.

Aquella tarde de sábado, a punto de abrir el libro viejo y trajinado que escogí al azar, me quedé sorprendido al hallar unas hojas en su interior. Estas estaban perfectamente dobladas y lucían intactas, aunque con un color amarillento, como de muchos años.

De pronto, me asaltó el misterio de lo escrito; por eso, inclinando el cuerpo, me incorporé de inmediato sobre el sofá y acerqué las manos para cogerlas. Así, mientras me acomodaba para leerlas, las desdoblaba y las ponía en orden. Eran cuatro hojas de papel, con cuadrículas verdes, escritas a mano y enumeradas.

En la cabecera se leía: "Carta a una amiga".

Le dediqué algunos minutos a la lectura de este original y secreto manuscrito. Recuerdo que mientras la leía, elevaba las cejas y echaba la cabeza hacia atrás, evitando una carcajada. Ya tomándola en serio, la volví a leer con más atención. Esto originó que en las pausas cerrara los ojos y colocara mis dedos sobre mis párpados para tratar de encarcelar en mi cerebro lo ya leído. Lo que provocó en mí un instante de abstracción y curiosidad; ya que corría y resonaba en mi memoria la figura de la terrible apuesta. En este punto tenía que interpretar muchos detalles y descifrar algunas dudas. "La estupidez acaso es un pecado", me decía. Yo estaba algo confuso porque no lograba comprender lo sucedido. Pero a pesar de todo esto, me maravillaba una prisionera imagen y un sonido nostálgico, las que ingresaban a mi pensamiento hasta tal punto que me presentaban a aquella mujer como cortada en su intención y condenada a su suerte. Mi mente se fijaba en ella. Observaba, con más atención, la presencia irresuelta de la destinataria. Sin proponérmelo, me sentía interesado en esta mujer que parecía más exageradamente reservada de lo que en la carta se decía. La imaginaba con un discreto escote y unas gafas alojadas sobre un rostro limpio de monja mártir. Me sentí culpable por pensarla así... (Ahora sería una anciana, ya sin alma o con ella, tal vez, pero muy antigua; aunque me la represento sana y vigorosa, digna de ser amada).

Al terminar de leerla, mi estómago experimentó una sensación de vacío. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Mi corazón temblaba de disgusto y mi primer sentimiento fue de absurdo desasosiego.

Estuve un rato sentado en el sofá, meditando sobre mi lectura, pensando hacia el futuro: "¿Cómo serán ahora? ¿Cómo serán?" Entonces, tratando de atribuirle una fecha a esta historia, me puse en pie, di unos pasos, me encogí de hombros y me quedé observando, con una sonrisa algo forzada y confusa, mi imagen reflejada en el amplio espejo de mi sala. Parado ahí, proyectaba en mi mente un examen de curiosas ilusiones. En esta tarea, que deseaba resolver, percibía la naturaleza de aquella mujer de una manera extraña y llena de misterios. No eran deseos sicalípticos ni de placer; lo que suscitaba en mí era una honda y agradable tristeza. La veía como en un sueño y en medio de una maraña de confusión. La presentía sollozando en silencio, desolada y con un gesto de estupor. Esto logró que, al final, me sobresaltara y quedara con los ojos sombríos y tristes.

Dejé mi imagen en el espejo y volví al sofá, echándome y dejando pasar el tiempo. Unos minutos después, estiré el brazo, cogí la carta y la volví a leer. Lo hice con duda y temor, y la examiné de nuevo con desconfianza. Esto me dejó, una vez más, profundamente conmovido.

Esta carta se movía llena de amor, se detenía cargada de entusiasmo y se arrastraba llena de orgullo y miseria, ¡una y otra vez!

El autor de esta carta perdida se llamaba Charly, y la destinataria, Estrella.

Pude deducir que era una carta perdida porque no mostraba signos de haber sido abierta.

Me puse a evaluarla y me sorprendí al encontrar que estaba muy bien escrita, lo que me pareció muy extraño. Además, tenía un único propósito: el de cautivar con una eterna disculpa. Por ello, estaba redactada con las palabras más sofisticadas y penetrantes. Quien la escribió parecía tener dos existencias o personalidades: una como adolescente y otra como adulto. Pero predominaba la del adolescente. Describía a Estrella como una de las chicas más agradables e inteligentes de su salón de clases. No la trataba como la más bella, sino como la más encantadora que había encontrado en su vida. Le gustaba su forma de andar, orgullosa e indiferente. Era su manera de hablar y el tono que le daba a sus palabras lo que lo volvía loco. Además, se sumaba a todo esto esa naturalidad, espontánea, persistente y continua que ella lograba sin buscarlo. 

La cuidada carta y sus breves notas explicativas nos ofrecían una descripción reflexiva de la destinataria. La retrataba como una de esas personas con las que uno cree poder pasar el resto de su vida sin hastiarse, interminablemente; y que, además, ambos estaban destinados el uno para el otro; no a contraer nupcias ni a disfrutar la vida con hijos ni a envejecer juntos ni a seducirse tiernamente, adentro, en el agradable calor de un hogar, sino a jugar a las escondidas, donde uno busca y la encuentra, para luego esconderse y que el otro lo encuentre; y así pasar la vida buscándose eternamente.

Además, apuntaba que nunca los vieron coquetear en el recreo ni en el salón de clases. Jamás caminaron juntos a la salida del colegio. Había como un pacto tácito de no idilio entre Charly y Estrella, un aplazamiento de declaración que ellos mismos no lograban entender, una independencia, una libertad sin despedida. Una lógica magia perversa, inventada para que no sucediera. Como quien dice, razonando en voz alta: "En la separación está el gusto; así es más divertido".

Así transcurrió el tiempo y tuvieron que distanciarse. Ambos pusieron su atención en los dilatados manantiales del estudio. Estaban empeñados en continuar carreras universitarias. Cada uno se preparó como mejor le pareció. El esfuerzo tuvo un satisfactorio resultado, porque ambos ingresaron, pero a distintas universidades.

No hay más que hablar sobre esto.

Sigo con lo que el remitente escribió en las dos últimas páginas.

No me corresponde ser un juez y juzgar esta carta realmente hermosa, que da lugar a hechos afortunados y desafortunados. Solo me atengo a dar un homenaje al genio que la plasmó en estas cuatro hojas, en esta misiva o mensaje inmortal, sin duda alguna, en que la exactitud no se rinde ante el encanto humano que de ella se desprende.

Las líneas que siguen no tienen relación con los sentimientos propios de Charly y Estrella en su mundo escolar. Los hechos transcurren en sus tiempos universitarios y en una época diferente.

El remitente se define así:

"... Soy de temperamento dulce y de carácter alegre, un chico de barrio que habla en criollo. Durante el año y medio que duró mi preparación e ingreso a la universidad, no tuve la suerte de encontrarte; por lo tanto, no había manera de cometer una falta que pudiera merecer tu castigo... Tú habías desaparecido y estabas lejos de mis pensamientos. Pero una mañana de abril, la aventura del destino nos presentó de nuevo".

Ese día, en ese instante, nuestro joven criollo descubrió que seguía enamorado de ella, apasionada y versátilmente. Mil ruidos diversos ingresaron a su alma; mil suspiros; mil sonrisas llenaron su rostro, inundando su alma hasta el infinito. El rostro de Estrella era incomparable, representaba la seriedad alemana y exhibía, con recato, el desorden de su corazón que ardía enmarañado y salvaje; fingía, contemplándolo, con una expresión despreocupada y dulce, arqueando inocentemente sus hermosos labios.

Pero lo que Charly hizo aquella primavera de 1979, a pocos meses del inapelable y circunstancial encuentro, fue de lo más infantil. Apostarles a sus amigos, que eran amigos del colegio y de la misma promoción de Estrella, que él podía conquistarla, enamorarla y luego abandonar el redil.

Lo vio fácil. Estrella, sin antifaz, había sido condescendiente con él hasta tal punto de invitarlo varias veces a su inveterada casa, donde la puerta y la escalera estaban secretamente vedadas para otros. Estrella era una mujer, una niña inflexible y rigurosa, que no toleraba malas pulgas en nadie.

Después de una inevitable agonía, que no se agotó en un segundo, Charly lanzó un corto suspiro de asombro... "¡Oh!... ¡Claro que sí, la tengo comiendo de mis manos!". El calor le subió a las mejillas y un cosquilleo le colmó las orejas. Respiró profundamente, como para darse valor. "¡Va la apuesta!... Una caja de cerveza".

Pero sus amigos continuaron especificando la apuesta: "... Es necesario que la invites a salir al cine; una vez aceptada la invitación, tú no te presentas... Tiene que quedar plantadita, con los crespos hechos... Esto bastará para que ganes la apuesta".

¿Entienden ahora por qué digo que una carta excelentemente escrita puede esconder desafortunados hechos y esconder en sí mismo un amor inagotable?

En fin, Charly ganó la apuesta.

No sé si el rechazo de Estrella haya sido consecuencia de esto. Pero al menos en el tiempo en que fue escrita esta carta coincidieron los hechos.

Así recibí estas graduales confidencias de Charly, a una generación de distancia. Me pregunto: ¿Quién es hoy? ¿De dónde llegó? ¿Qué representa todo esto?... Todo este misterio que se agolpa en mi cabeza y salta como una leyenda sobre mí y se deleita en los rigores de mi imaginación. Pienso nuevamente en Estrella y comprendo que su venganza había comenzado con todas sus fuerzas, llena de señales y curvas, y con la mayor sencillez del mundo.

La carta termina así: "... Las disculpas llegan tarde, más tarde. O a lo mejor, no llegan nunca".  

Loro

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