martes, 12 de diciembre de 2017

El fin de una pesadilla

—Hum… No se ría señor, que la cosa es seria.
—Disculpe usted, mi querido amigo. No se me ponga pálido. No sabía que la crítica lo ofuscaba.
—¿Amigo? No señor, yo no puedo ser su amigo. Usted se equivoca y no sabe con quién se está metiendo.
—Pero no es para tanto. Tómelo como una voz pausada que le quiere contestar… Si quiere, una voz secundaria que declinará cuando usted esté sobrio. Las mujeres merecen mi respeto. Lo único que sé es que ella no lo ama; y no se haga el loco que usted tampoco a ella, sólo es una obsesión. Mejor dicho, usted está obligado a amarla platónicamente, sin compromiso, acusado de tibieza. Si no por qué sale usted con la bailarina Elsa; ayer me la encontré y me lo dijo.
—¿Cómo? Es que se ha atrevido a escudriñar mi vida… ¿quién le ha dado ese derecho? Ella sólo es una amiga… Y, además, ¿qué le importa a usted? Yo hago de mi vida lo que me da la gana y no hay nada ni nadie que me lo pueda impedir… ¡Qué carajo!
—Qué le puedo decir; y deje de hacerse el idiota y pida una botella más de cerveza, que voy con mucha sed… El cigarro me seca la garganta…
—Ja, ja, ja… El descubrimiento de la muerte la tiene estúpida; absurdamente ha cerrado su corazón al mío… Yo sé que ella me quiere. ¡¿Sí o no?! Su nada furtivo beso en aquel solitario jardín lo dijo todo. Creo que llegará mañana… Y tengo que ir a buscarla; no, mejor espero a que me llame… Ahora ya es muy tarde y si la llamo me puede dar forata. Aunque nunca contesta mis llamadas…
—Ella no lo quiere… Ella es una mujer casada. Le dijo que vendría, pero no hubo ningún viaje. Ya olvídela, es mejor así… Vaya a buscar a Elsa, que es la que le complementa la noche, la que le da cariño real y verdadero… ¡Palpable! Aún le quedan monedas en el bolsillo…; y es de las que no piden relaciones serias… Y eso es lo que a usted le gusta, ¡¿sí o no?!
—Creo que usted tiene mucha razón, amigo. Sí, ahora creo que puede ser mi amigo… Total, usted siempre me acompaña… No más cerveza, pediré la cuenta e iré a buscarla… Pero primero tengo que hacerle una llamadita. ¡Puta madre! ¿Cuál es su número? No veo bien, este aparatejo tiene los números muy pequeños. Creo que es este…
—Sí, aló… ¿Elsa?
—¿Elsa? No, soy Isabel… Pedro, ¿eres tú? Me parece o estás borracho… ¿Quién es la tal Elsa?
—Creo que ya metí la pata —susurra—. No, estoy con un amigo… recién vamos tres chelitas… Pero ya me voy, luego te llamo…
—A qué hora piensas retirarte… Mamá está preocupada; hace tres días que no la llamas… Eres un desconsiderado… Ayer que estuve con ella llamó una mujer que no quiso decir su nombre, me dijo que por favor la llames…, pero no sé quién es… Sólo dijo que la llames, que tú sabías… Su voz me pareció muy triste, que casi no llegaba a oírla… Creo que sollozaba… Y llama a mamá que está muy preocupada…
—Ok. Ya, la llamaré… ¿Quién habrá sido?
—¿La llamaré?… ¿A quién?
—A mamá. A quién más va ser… La otra que se vaya a acechar a otro… No estoy para soportar a nadie…
—Bueno… ya tú sabrás. Deja de tomar y vete a descansar… Y mañana ve a visitar a mamá.
—Ok. No te preocupes… la iré a visitar.
Dudando y tratando de dominar sus sentimientos, se vuelve a mirar en el espejo, y se sacude los cabellos con una de las manos. Luego se rasca la nariz, soltando una sonrisa que le llega a las orejas. Sus ojos vidriosos reflejan un estado más que ebrio; reflejan una tristeza tragicómica. Pero había algo más terrible en su mirada, pues parecía que sus ojos estuvieran volteados y miraran para adentro; era casi imposible distinguir hacia donde miraban. Daba miedo y risa.
—No, no creo que haya sido ella —le dijo al espejo.
—¿Tiene usted miedo? —respondió sin quitar la mirada de su rostro, que sonreía con extrañeza.
—Mire usted, miedo es lo que menos tengo. Ya es historia por completo. Pero, sí o no, ¿dime? Yo sé que ella me quiere… Lo sé… Pero que se joda. No estoy de humor para caprichitos… Es una mentirosa que se cree la reina de todas las colmenas. Sólo imaginarla me inflama la cabeza —le dice al que está en el interior del espejo; y que sonríe también.
Hay pocos noctámbulos en el bar, que se pueden contar con los dedos de una mano. La media noche está presente y la garúa afuera no deja de caer. Pedro le guiña un ojo a su reflejo y decide marcharse. El del reflejo sólo sonríe como si se burlara de él. Se incorpora, sujetándose de la mesa, haciendo ruido, y se pone en pie. Luego se dirige a cancelar la cuenta. Parado frente al mozo y mientras se revisa los bolsillos, siente que el mundo se menea a su alrededor y que todos ríen tontamente. No le da importancia.
Duda antes de retirarse. Pero siguió su camino hacia la calle. Caminaba proyectando una sombra corta en el suelo, que se iba perdiendo a cada paso. Como si fueran dos, no dejaba de hablar, aunque no había más que él. En cada paso, retrocedía y avanzaba tambaleando el cuerpo. Pero seguía hablando. Su tema era la inmortalidad del amor. Ya en el umbral de la puerta, se da cuenta de que le falta algo que trajo. Lo recordó. Era un libro de pasta verde y lomo amarillo y de borroso título. Entonces regresa a la mesita en la que estuvo solo, lo coge y evoca una compleja afirmación. Sabía que lo iba a encontrar en el interior del libro; porque era una comprometedora carta y que en manos ajenas lo desnudarían. Por eso, inmediatamente resolvió destruirla. Suavemente la desdobla y la destroza en mil pedazos. Aunque tardó un rato empuñándola con fuerza. Inesperadamente, haciendo de sus brazos una catapulta romana, lo lanzó a la calle que en ese momento estaba vacía y húmeda. Vagamente pensó que los recuerdos no servían de nada. “Ya que importa; y que Goethe se vaya a la mismísima m…”, se dijo.
Pedro era bajo y recio y en su melena amplia se notaba hartas canas que le daban a su apariencia un aire intelectual. Se había divorciado hacía un año exactamente. Era uno más. Entonces vivía solo, en el segundo piso de una quinta, en un barrio de clase media. Allí se pasaba el día entero leyendo y releyendo a todos los clásicos; siempre sentado junto a una ventana, en un sillón de cuero, y frente a un espejo inmenso que cubría casi toda la pared. Todos los domingos llegaba una señora de arrugado rostro para hacer la limpieza y llevarse la ropa sucia. Así que el aposento olía siempre a fragancias de diversas flores.
Pedro se levantaba muy temprano para no perder la ilación del cuento o novela que le había tocado leer; y leía hasta la noche sin interrupción. Por su cara estilizada y gorda, detrás de unos anteojos, se notaba que pertenecía a la gama de jubilados. Desde que se casó, siempre presentó la misma edad. Al menos era lo que decían sus pocos amigos.
Como es de entender, como cualquier otro ser humano, tenía su historia de amor.
Una tarde, luego de que su papá falleciera —era soltero y tenía para entonces treinta años—, sus amigos se lo llevaron a otro país. Él no quiso, pero igual se lo llevaron. No podían consentir que su amigo se sumergiera en la melancolía e hiciera una locura. Porque Pancho era exageradamente sentimental.
Fue entonces que en una fiesta de cumpleaños conoció a Elena. Las luces y los desenfrenados bailes lograron que él saliera al jardín a tomar un poco de aire. Trataba de apartarse de la muchedumbre que a él lo sofocaba. Cuando la vio por primera vez, a lo lejos, Elena fumaba un cigarrillo apoyada de codos en la baranda de una banca que estaba junto a un pequeño árbol. Desde donde estaba él, notó que llevaba un bonito vestido sencillo que le acentuaba el cuerpo. Retrocedió en su camino, y sin más preámbulo, fue hasta el bar y cogió una botella de vino tinto, dos copas, y se fue directo a ella. Elena al verlo no supo qué hacer y hasta pensó huir, pero se contuvo.
Cuando estaba a unos pasos de ella, se detuvo absorto. No la dejaba de mirar. Ella era relativamente joven, de bello rostro y distinguida figura, pero ligeramente baja, que miraba alrededor con ojos curiosos.
—¿Sabes dónde estamos? —preguntó Elena.
—En el jardín de la casa de un amigo —dijo, girando la cabeza y examinado aquel lugar con atención.
—Eso ya lo sé. Por ahí no va mi pregunta… Sino por qué con tanta gente y tanto espacio y tantos siglos, estamos aquí, ahora, los dos. 
—Supongo que es por el azar del destino. Es un camino que nunca esperé tomar. Una inesperada muerte me trajo por estos lares. ¿Debo entonces culpar a la muerte? Al final, estoy aquí y usted también. ¿Qué importancia tiene?... ¿La puedo acompañar e invitarle una copa de vino? —preguntó con duda.
—Creo que aún no entiendes… Pero si me dices quién eres, sabré qué contestar… Hay cada loco en este mundo. Y tú pareces uno de ellos.
—¿Quién soy? Creo aún no saberlo. Aunque la gente y mis amigos dicen que soy Pedro. Pedro Sarmiento. Los más cariñosos me llaman Pedrito. Y soy del Perú, de Lima.
—Ah, peruano. Yo soy Elena, Elena a secas. Mira, qué casualidad, también soy del Perú, pero del norte… de Chimbote. ¿Y qué haces en España? ¿Estás por trabajo?
—No. Un amigo que reside por estos lares me ha invitado. Y ya estoy un mes… ¡Qué rápido pasa el tiempo!
—Sí, pues, yo voy a cumplir ocho años… ¿Eres soltero? O, mejor dicho, ¿de seguro que has venido como soltero…?
—El destino me tiene solterito y sin compromiso. No pienso en el matrimonio… No creo que haya mujer que me pueda soportar… Y, además, el compromiso es un problema, porque luego creen que eres parte de su propiedad… Aunque a veces me gustaría entregarme a una pasión que durara para siempre… ¿Y tú?
—¡Ah! —Exclamó la mujer— No. Los que estuvieron conmigo…, todos están bajo tierra… —aumentó provocándose una sonrisa.
—Entonces usted es un peligro para los hombres… Aunque valdría la pena hacer el intento. Yo soy inmortal… —contestó Pedro, con una sonrisa que le torció la boca.
—¿Inmortal? Eso sería interesante… Bueno, me tengo que ir; ya es muy tarde y hay que hacer muchas cosas mañana.
—Pero si recién nos estamos conociendo… Acompáñeme un rato más. Acépteme una copa…
—Me gustaría, pero ya es muy tarde… —Saca un papel pequeño de su cartera y se lo entrega —Esta es mi dirección y mi teléfono— ¿Me das tu teléfono?
—A ver, apúntelo… Ok. Entonces la iré a visitar mañana.
—No. Mañana, no… Me voy de viaje. Te llamo y te lo digo…
—Ok.
Pasó de eso un mes.
A la semana siguiente, Pedro tenía que regresar a su país. Ya las vacaciones forzadas habían llegado a su fin. Y Elena lo había llamado. Por eso, ese día, decidió ir a verla. No la había vuelto a ver desde aquel encuentro fortuito en el jardín de la casa de su amigo.
Llegado el momento, en la tarde, se encaminó rumbo a la casa de Elena. Pero en el camino se encontró con Martín, el mismo amigo dueño del jardín y del cumpleaños de aquella noche en que se vieron por primera vez. Este le dijo que no debería volverla a ver porque ella era una mujer peligrosa. Su último marido había muerto de un paro cardiaco en el mismo instante que hacían el amor. Y le dijo muchas cosas más que lo dejaron intrigado.
Al cabo de una hora Pedro estaba tocando la puerta de la casa de Elena. Mientras esperaba a que le abrieran, temblaba como un adolescente y su piel estaba como de gallina. Aunque parecía contento. Al rato, sintió que la puerta se abría y que una señora uniformada pulcramente, y de avanzada edad, lo invitaba a pasar.
—La señora lo espera en el jardín… Acompáñeme —le dijo, mirándolo un momento.
—Buenas tardes… ¡Claro! La sigo…
Cuando recorrían el último pasadizo, un espejo, que los multiplicaba, temblaba por la corriente de aire. Pedro apuraba el paso volviendo los ojos para todos lados. Asombrado, observaba, prendidos en las paredes, cuadros del renacimiento y objetos de madera tallados a mano. No había lugar sin adornos. Para él era una típica casa virreinal. El jardín estaba al final de la casa, y desde allí, a lo lejos, se veía la ciudad iluminada por el sol. La casa se encontraba en lo alto de un cerro lleno de hileras de árboles frondosos.
Cuando se encontraron, Elena, parada, de espaldas, daba de comer a unas palomas, las que se precipitaban para coger el maíz que ella les tiraba con ambas manos.
—Ellas son mis compañeras y ellas saben mi felicidad y mi desdicha. Siempre vengo al jardín y converso con ellas. Me siento en una de aquellas bancas y desde allí contemplo toda la ciudad. Ni te imaginas cómo es el paisaje cuando cae la noche…
Elena se volvió y se acercó a Pedro y le dio un beso en la boca. Un enorme beso. Él, muy sorprendido, se quedó quieto con rostro de depredador.
—¿Me extrañaste? —murmuró Elena muy cerca de su oído.
—A usted no le puedo mentir… Sí —respondió soltando una sonrisa.
Entre el jardín y los arbustos del fondo, había tres bancas de maderas equidistantes formando una fila, y todas pegadas a unos árboles. Y al final había una especie de precipicio muy profundo. Se trataba de un lugar muy distinto del que él recordara. A la izquierda y a lo lejos una desvencijada escuela, estrecha, parecía una casa de cartón.
—Ven, siéntate aquí —le dijo cogiéndole de la mano y llevándolo a una de las bancas.
Luego llamó a la señora, que le abrió la puerta a Pedro, y le pidió que le trajera una botella de vino acompañado de unos bocadillos. Pasado cinco minutos, llegó con el pedido.
Después de beber la tercera copa, Elena se puso a llorar inclinando la cabeza. Pedro sintió una especie de angustia, pero se quedó en silencio.
—Mi vida es un calvario. Tres maridos, tres y ninguno queda vivo. ¿Qué mal he hecho para merecer tanto sufrimiento? Lo peor es que a los tres los amaba… Sí, los amaba. Yo cumplía en todo y hasta devotamente iba a la iglesia… —Elena suspiraba con cada palabra, y por último se abrazó a Pedro que le besaba la frente.
—Vamos, tiene que ser valiente. La vida es injusta a veces… Tiene que ser valiente.
—Quiero que te marches… No soportaría un muerto más…
—Pero, Elena… —Dijo su nombre por primera vez.
Ella se retiró de sus brazos y se puso en pie.
—No quiero tu consuelo… Y por favor, márchate.
—¿Algo he dicho que la ha molestado?
—No, nada… Me ha alegrado tu visita, pero tienes que irte. Tus manos y tu voz me han tocado el corazón… Y no quiero eso… Por eso tienes que irte.
—No la comprendo. Por qué huye de mí… Me deja como un soldado herido y feliz.
Al final trató de tomarle de la mano y abrazarla, pero ella se lo impidió. Al darse cuenta de que todo era inútil, desalentado, se marchó.
Al principio, la privación de verla, porque ella no se lo permitía, fue muy penosa. Hizo miles de llamadas que ella no contestaba. Solo la anciana, que la atendía, le decía que por favor no la molestará más.
Así, tuvo que irse. Partir.
Ya en el Perú, Pedro, todas las semanas, puntualmente, le enviaba una carta. Ella las recibía y las leía en el jardín, y de este modo llenaba el vacío de su soledad. Pedro nunca lo supo, porque nunca tuvo una contestación. Llegaba el fin de semana y volvía a escribirle con la ilusión de que algún día ella le respondiera.
Así pasaron los años y él nunca supo nada de Elena.
En diciembre, luego de diez años, recibió una carta, en la que ella le decía que se marchaba de España e iba a encontrarse con él. Pedro navegó por su memoria como en un sueño, lleno de felicidad, aunque le era imposible pensar con claridad todos los detalles que de su figura recordaba. Estaba turbado, perplejo.
Casado ya, sin hijos, esperó impaciente la llegada de Elena. La fecha exacta estaba marcada en un almanaque que pendía de una de las paredes de su dormitorio. Desde su cama, tendido y acompañado de su mujer, veía aquel círculo rojo e imaginaba como sería Elena ahora. Su obsesión lo llevaba a soñar con ella. En ese mundo onírico él disfrutaba de su presencia paseando por un jardín infinito y lleno de flores coloridas y árboles inmensos que formaban una hilera al borde de un camino. Abrazados y sonrientes hablaban de su amor y del universo que lo engloba todo. Y que a pesar de tanto mundo y tanta gente la vida los hizo coincidir en un lugar impensado.
—No. No hay final… Nuestro amor no tiene límite —decía Pedro.
—Quiero que nos detengamos aquí, y quiero que me escribas una carta… igual a aquella que recibí la primera vez. Fue tan hermosa que me hizo llorar de alegría.
—Claro… Pero no sé cómo se apellida…
—Sería más sencilla si pusieras solo mi nombre… Mis apellidos son trágicos.
Cuando se iban a besar, sintió que la pierna de su mujer lo entrelazaba y lo devolvía a la realidad. En ese instante la odió. Su conexión con Elena se había roto abruptamente.
A partir de ese momento pidió a su mujer dormir solo, porque el trabajo que estaba realizando merecía su total concentración. Su mujer accedió.
En la mañana del mismo día, salió apurado a la peluquería y luego a un Centro Comercial y se compró ropa nueva. Con los cabellos cortos, la cara bien afeitada y su elegante traje, se fue al aeropuerto en busca de Elena. Su aspecto total era extraño. Su cara pálida y su cabeza cubierta de un peinado metrosexual, lo hacían notorio en cualquier punto o espacio que él estuviera.
Elena no llegó aquel día. Triste y melancólico regresó a su casa y entabló una discusión con su mujer, que le reclamaba el aspecto que tenía.
—Tú me engañas con otra mujer… Se te nota en los ojos —le dijo.
—No molestes y deja tus celos estúpidos.
Así, trascurrió un año. Elena le fijaba una fecha de llegada y nunca se aparecía. Su mujer, no aguantando la soledad que se hacía más evidente conforme pasaba el tiempo, agarró sus chivas y se marchó.
Pedrito quedó tranquilo, no le importó la separación. Hasta reía solo cuando recordaba a su mujer.
Hasta que un día se enteró de que Elena se había vuelto a casar en España. Fue un duro golpe para él. Aquel día, como loco, y dando vueltas en su dormitorio, empezó a hablar consigo mismo. Se estuvo así hasta la madrugada. Le dolía en lo más profundo de su corazón la traición del que había sido objeto.
Queriendo olvidar lo sucedido, se refugió en su biblioteca leyendo lo que encontraba a su paso. Leía como un descosido desde la mañana hasta la madrugada o hasta que el cansancio lo vencía. Luego, tirado en su cama y dormido, sumergido en sus sueños, la veía venir hacia él con los brazos abiertos. Pero justo cuando el abrazo se hacía realidad, se despertaba.
Elena nunca dejó de quererlo. Y por eso, no quería saber nada de él. Tenía miedo de perderlo como a los otros. Por ello decidió casarse con el hombre que más odiaba. A partir de entonces, sumida en su tristeza y heroína de una tragedia, esperó que el tiempo hiciera su trabajo.
Cinco años trascurrieron y el esposo de Elena seguía vivo. Ella no sabía que era lo que pasaba. Los otros solo duraron dos. Entonces pensó que la maldición que el destino le lanzó había sido vencida. No soportando a su duradero esposo, cogió sus maletas y se marchó al Perú en busca de Pedrito.
Pedrito se había convertido en un lector empedernido y en un alcohólico total. En el umbral de la locura siempre hablaba frente a dos espejos. Uno era el que lo miraba todos los días en su cuarto y el otro en el bar del chino Pepe.
Fue justo en este último en el que la noche aquella, decidió olvidarla por completo. Sus amigos le habían aconsejado que saliera más a menudo con ellos y que se olvidara de la susodicha obsesión. “Viejo y huevón, ya deja de joderte la vida; esa mujer nunca será tuya…”, le decían.
Aquel día que les relato, luego de salir del bar, recorrió todas las calles hasta llegar a su casa. Presentaba una expresión severa y fatídica. Después de ingresar y ponerse cómodo, se tiró en el sillón de la sala y empezó a electrocutarse los sesos tratando de que su mente quedara en blanco. Así se quedó dormido profundamente. Al rato, alguien empezó a golpear la puerta. Somnoliento, despertó pensando que seguía en el sueño. Entonces hizo como si no existiera aquel ruido y se volvió a dormir.
—¡Pedro, estás allí…! ¡Pedro, ábreme la puerta…! Soy yo, Elena.
De un solo salto se puso en pie y corrió a abrir la puerta. Pero se detuvo antes de abrirla. El alcohol seguía en su sangre, llenando de laberintos su cabeza que le parecía podía estallar en cualquier momento. Sus ojos parpadeaban continuamente. Pálido, y con la boca entreabierta, pensó por un instante que era la única opción que tenía. Por eso entendió que aquella mujer que lo llamaba sólo era parte de este invisible laberinto que él ya no soportaba. Una música viva, violenta, le llenaba todo el cerebro. “¿Por qué vienes a espiar mi soledad, mujer invisible? Será mejor que te largues, no te soporto…”, gritó. La voz tras la puerta insistía con su llamado. Sin pensarlo, como un loco, fue hasta la cocina, cogió un cuchillo y al abrir, sin prestar atención, agitó la mano empuñada y se lo clavó en el pecho.
Loro

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