domingo, 24 de agosto de 2014

¡Y por qué a mí no!

—Hijo, levántate ya… ¡no vayas a llegar tarde!
Es la voz inconfundible de mi madre, con ese timbre a la vez enérgico y dulce, instándome a abandonar mi descanso. Seguro que el desayuno me está esperando para dar inicio a la rutina diaria y partir raudo a clases. Mi primera reacción es brincar fuera de la cama, pero ese impulso es frenado de súbito por un atisbo de lucidez que me advierte que algo no está bien, que aquello no encaja con el presente… por supuesto que no… si esas situaciones dejaron de ocurrir hace tantos años… Sonrío extasiado al comprobar que sólo fue un sueño…
Permanezco acostado, disfrutando de todos los recuerdos despertados por aquel sueño, cuando de pronto un dolor lancinante atraviesa mi cráneo y se instala en su interior como pequeñas palpitaciones. Intento abrir los ojos, pero el dolor lo impide. Una fría sudoración se añade a mis molestias, y comienzo a experimentar náuseas. Respiro profundamente, intentando descifrar la causa de mi mal. ¡Por supuesto!… Ayer salí de cuchipanda con mis amigos… Estoy con una resaca de los mil diablos… Hace tiempo que esto no ocurría, pero parece que esta vez me excedí con los tragos. Por fin consigo abrir los ojos. El reloj marca las 05:30. Abandono mi lecho sigilosamente y me dirijo al baño. En el trayecto cambio de opinión; mejor será ir al primer piso para no incomodar el sueño de los míos. Todavía estoy sumamente mareado, así que desciendo por las escaleras con lentitud, aferrado al pasamanos, en tanto que por mi memoria comienzan a desfilar algunos detalles de lo acontecido: Ayer muy temprano me reuní con Charly y Joel en el restaurante “El Jibarito”, en donde disfrutamos del consabido cebiche, que esta vez no estuvo tan bueno como en otras ocasiones, acompañado eso sí de las respectivas cervezas bien heladas que cada vez están mejor. Estuvimos conversando allí durante un par de horas y luego nos dirigimos al barrio, al “point” de costumbre, en donde compartimos algún tiempo más discutiendo acerca de las próximas elecciones municipales y de los quince candidatos que este año se disputan el cada vez más suculento cargo de alcalde en nuestro distrito. Ya llegué al primer piso y todo está oscuro, al igual que mis recuerdos. Por más que hago memoria no logro recordar qué más ocurrió anoche, ni siquiera cómo llegué a mi casa. Avanzo en la penumbra y, a medida que lo hago, una serie de chispazos comienzan a iluminar desordenadamente mi cerebro. Ya llegué al baño del primer piso. Enciendo la luz y en ese preciso momento una serie de escenas afloran a mi memoria. Por fin consigo recordar lo sucedido con algún detalle, pero ahora sí que estoy totalmente confundido… ¿Lo que recuerdo es real? ¿Fuimos nosotros los partícipes, o será sólo fui testigo de lo que otros hacían? ¿Será que alguien me contó esta historia? ¿O también forma parte de mi sueño?
No puedo contener una carcajada al rememorar todo aquello, e incluso la jaqueca y las náuseas parecen haber desaparecido… ¡qué tal historieta!… Se trata de un relato surrealista, que literalmente invade el terreno de lo escatológico en su más hedionda acepción. Y, pensándolo bien, es probable que no merezca ser contado, aunque creo que tampoco sería justo condenarlo al olvido. Quizá sólo sea un mal producto de mi actividad onírica, o tal vez unos recuerdos trastocados, borrosos y parchados, o algo que oí, que leí o que imaginé; aunque a estas alturas lo más probable es que sea el resultado de una mezcla de todo ello.
Llevábamos casi toda la tarde en nuestro “point”, matando al tiempo, cuando inesperadamente Marcolino apareció ante nosotros, con la novedad que ha recibido una bonificación y quiere celebrarla con nosotros. Así que la charla se prolongó durante algunas horas más, al mismo tiempo que nuevas botellas vacías se iban acumulando dentro de una caja discretamente colocada al lado de nuestra mesa, e innumerables puchos retorcidos seguían atiborrando al humeante cenicero. No estaba muy avanzada la noche cuando la encargada del local se acercó algo avergonzada hasta nosotros, y luego de expresarnos sus disculpas, nos apremió a terminar, pues debían cerrar el local más temprano que de costumbre.
—Bueno —exclama Joel—, ya estamos algo mareados, así que será mejor que nos retiremos a descansar.
—¿Estás loco? —le increpa Marcolino—, la noche es joven… ¡Tenemos que seguir celebrando!
—¿Y adónde vamos? —Pregunta Charly, quien siempre estádispuesto a prolongar la pachanga.
—No sé, ustedes decidan —tercié­—. Ustedes saben que a mí nunca me importa mucho el lugar, sino la buena compañía.
—¿Y por qué no vamos al night club ese al que ustedes siempre van?—propone Marcolino, frotándose las manos y exhibiendo su típica expresión sicalíptica.
Casi una hora después arribamos al night club que Marcolino tanto ansiaba conocer. Es un antro bastante exclusivo, que hace algún tiempo me recomendó mi buen amigo Chicho, al cual suelo llevar a mis amigos muy de vez en cuando, y en donde las anfitrionas simulan perfectamente que me conocen y siempre se las ingenian para adivinar mi apellido, esmerándose por ofrecernos el mejor trato. Ya en el interior, nos acomodamos en el reservado de costumbre, alejados de la estridencia y de la muchedumbre, en donde podemos platicar con tranquilidad mientras disfrutamos del excelente show que ofrecen las denudistas que laboran en este local. Y es que actualmente, gracias a la bonanza económica de nuestro país, lugares como éste han sido prácticamente invadidos por hermosas mujeres de casi todas las nacionalidades, que lucen con desenfado sus estupendas figuras, despertando la algarabía y la lascivia de los exacerbados parroquianos que suelen pulular en estos tipos de local.
La consigna es divertirse, así que proseguimos con el jolgorio al ritmo de la música, de las estriptiseras y de las jarras de cerveza que continúan desfilando frente a nosotros. Sin darnos cuenta, poco a poco dejamos de lado la conversación y cada vez estamos más pendientes del show, que se prolonga sin pausa hasta que, en algún momento, se inicia un extraño silencio, que sólo es roto por uno de los presentadores, quien en medio de caravanas se esfuerza por anunciar a una guapísima colombiana de nombre rimbombante, dueña de una anatomía realmente privilegiada, quien de inmediato despierta la algarabía general y se adueña de nuestra atención tras deleitarnos con un show voluptuoso y nada menos que sensacional.
—¿Está buenaza la “colocha”? ¿No? —Me pregunta Joel—mirándome fijamente a los ojos.
—Por supuesteichon, Cumpa… Si en la pista de baile se ve así, imagínate como será de cerca —le contesto, sonriendo, excitado.
—Ya vuelvo, señores —se despide Joel, luego de proponer un brindis, retirándose fuera del reservado. Y permanece ausente durante algunos minutos, dejándonos continuar solos con el festejo. De pronto, mi Cumpa reaparece, pero esta vez no viene solo; junto a él se encuentra la susodicha colombiana:
—¿Quién de ustedes es Poncho? —pregunta la blanquiñosa, acercándose con paso felino, obviamente conocedora del sensual impacto que provoca su presencia.
—¡Yo! —le contesto, admirándola con fascinación, evaluando cada palmo de su anatomía, con curiosidad científica. La conclusión es indiscutible …¡un verdadero bombón!… ¡sumamente colchonable!… ¡aprobada summa cum laude!
—Pues su amigo debe estimarlo mucho, ya que me ha contratado para que le haga un baile privado —me propone en voz baja, ronroneándomelo al oído.
Cuando no, mi amigo Joel, siempre evidenciándome las muestras de su aprecio. Aunque pretendo voltear a mirarlo para agradecerle tremendo obsequio, soy incapaz de hacerlo, pues todos mis sentidos han sido acaparados por mi fortuita acompañante, que ahora gira lentamente, exhibiendo con exquisitez su escultural silueta. Sé que mi Cumpa comprenderá la descortesía; además, ya habrá tiempo para retribuirle tanta generosidad. Todo parece estar bien, pero en esta ocasión a Charly no parece agradarle para nada el regalito que Joel me está ofreciendo, pues reacciona de la manera menos esperada:
—¡Y por qué a mí no! —reclama airado, mirándonos encolerizado, primero a Joel y luego a mí, aunque luego de unos instantes suelta una carcajada, aparentemente resignado.
—¿Desea ir a un ambiente más privado o prefiere que lo hagamos aquí, delante de sus amigos? —me pregunta la estriptisera, con ese tonito de voz tan característico de nuestras vecinas del norte y tratándome de usted, que es como ellas acostumbran.
—Que sea aquí —sentencié. Después de todo, esta debe ser una de las situaciones más inocentes que he compartido con estos galifardos.
—Y da inicio a su espléndido espectáculo, contoneándose al ritmo de la música en las formas más inverosímiles, a la par que se despoja con calculada lentitud de la escasa lencería que lleva puesta. La contemplo sumamente embelesado y, de vez en cuando, miro de reojo a mis amigos: Joel, sentado a mi izquierda, no deja de sonreír, en tanto que Charly, sentado a mi derecha, me mira con una envidia no disimulada y refunfuña algo ininteligible. Marcolino, sentado frente a nosotros, aplaude como un energúmeno, sin ocultar su lujuria.
Cuando termina de despojarse de su última prenda, la desnudista se aproxima a mí, y como es habitual en estos casos, comienza a restregar su cuerpo contra el mío, invitándome a toquetearla. No me hago de rogar, y mientras le practico una palpación sistemática con el rigor científico que me caracteriza, no puedo evitar mofarme de mi buen amigo. Le guiño un ojo con toda la sorna de que soy capaz, sin presagiar lo que está por ocurrir. Al parecer el baile ha llegado al éxtasis, pues la fulana se coloca a horcajadas sobre mi abdomen y da inicio a un furibundo galope.
Aprovecho que realiza una pequeña pausa para asomarme por encima de su epicúrea tetamenta, y una vez más dirijo mis ojitos burlones hacia mi encolerizado amigo, quien esta vez sí que está realmente enfadado, pues me devuelve su ya legendaria mirada de indio raco, ahora matizada con un gesto de lascivia y total embriaguez que no presagian nada bueno: Sin apartar de mí su mirada, introduce el dedo medio de su mano derecha dentro de su boca y luego lo retira con extremada parsimonia, mostrándomelo durante unos segundos. Sonrío aliviado al suponer que eso es todo, pero me equivoco, y lo que hace a continuación ya no me sorprende: Aprovechando que la blanquiñosa está en plena sesión de equitación, se inclina hacia delante y se las ingenia para introducirle su ensalivado dedo en salva sea su parte, retirándolo casi de inmediato, con una rapidez y destreza que de seguro sería la envidia del más renombrado de los proctólogos, y con una exactitud y precisión que descartan cualquier sospecha de serendipia y revelan su veteranía en este tipo de faenas. La fulana, quien obviamente no esperaba un ataque de este tipo, y menos aún por la retaguardia, experimenta un repentino espasmo, pero logra identificar inmediatamente al intruso, pues gira rápidamente su cabeza y mira desconcertada a mi temerario amigo, quien le devuelve una sonrisa lujuriosa, blandiendo su ahora contaminado dedo delante de sus ojos, exhibiéndolo ante ella como lo haría con el más preciado de los trofeos. Luego, coloca el dedo usurpador debajo de sus fosas nasales y, como si se tratase del más finísimo de los habanos, lo desliza lentamente de un lado para el otro, esnifándolo con una fruición espeluznante. Pero lo que hace a continuación sí que me sorprende: Ahora se pone en pie y explota en carcajadas como un poseso, y no se le ocurre mejor idea que frotar su ahora aromático dedo sobre la frente de un desprevenido y totalmente alcoholizado Marcolino, quien al parecer no se ha percatado de nada de lo sucedido, pues sólo atina a mirarlo con algo de curiosidad y desconcierto. Ante todos estos sucesos, la tipa demuestra ser toda una profesional curtida en estas lides, pues culmina con su labor sin apenas inmutarse.
No se puede dudar que la memoria funciona de una forma por demás misteriosa pues, de las tantas horas que departí con mis amigos, sólo recuerdo con nitidez este episodio, que no debió prolongarse durante más que unos cuantos minutos. Aunque ahora que escribo este relato surgen tres detallitos más que han quedado cincelados en mi memoria:
El primero es acerca de la fémina aquella, quien al despedirse de nosotros, después de ofrecerme una extensión de sus servicios, me increpó en voz baja, profiriendo la siguiente aseveración, que prefiero no comentar:
—¡¡Su amigo es un asqueroso!!
El segundo es un comentario de Joel, quien tuvo el acierto de resumir todo este episodio con una sola expresión:
—¡Que tal inhalación Charly!… ¡Parece que estabas esnifando cacaína!
El último proviene del pobre Marcolino, quien se la pasó el resto de la noche arrugando la nariz, olfateando por todos los rincones, mientras exclamaba con incomodidad:
—¿Es mi idea?... ¿o por aquí hay algo que huele a mierda?…
Anonimus.

jueves, 1 de mayo de 2014

Un amor encontrado

—¿Aló? Sí... Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?

—¡Hola, Roberto! Sandra acaba de fallecer.

—¿Cómo?

—Sí, el accidente ocurrió ayer en la madrugada. Hicieron todo lo posible, pero no pudieron salvarla. Estuve tratando de llamarte, pero tu teléfono estaba apagado. Lo siento, de verdad... ¡No sabes cuánto lo siento!

—¿Cómo?

—Todos los familiares y amigos estamos aquí en el hospital... o clínica, no sé... —saca la cabeza por la ventana y observa un letrero luminoso—. Esta, La Clínica Internacional, la que está en San Borja, en la cuadra tres de Guardia Civil... Todos preguntan por ti. Ya te cuelgo, Raquel me está llamando. No demores, ven lo más pronto que puedas.

Roberto quedó, por unos instantes, fuera de lugar. Desconfía del azar, aunque entiende que la mente es capaz de imaginar situaciones inconsolables y que, para verlas, no necesita abrir los ojos. Comprende que esta llamada existe y no tiene otro significado que la perplejidad de la misma, que lo patético necesita ser percibido. Por ello, aunque su aspecto es tranquilo, siente una enorme curiosidad por lo que acaba de suceder. Deprisa, pero muy sensatamente, se dirige a su auto y luego se encamina a la dirección indicada.

Él es un hombre de escasos treinta años, que trabaja mucho. Por la tarde, o en alguna tarde, cuando deja su oficina, se reúne con sus amigos, que son tres. La hora nunca es fija. Da o recibe una sencilla llamada telefónica, parca como siempre, y corre al encuentro. Allí, sentados, bordeando la mesa de un determinado bar —que casi siempre es el mismo—, parlotean con alguna comodidad de nuevos y viejos temas; luego se van por ahí, con sus deseos excitados, violentos y breves. Solo así tratan de advertir que el tiempo existe y aniquila; y porque además entienden que ya dejaron de ser una ficción o un azar que la naturaleza originó: el tiempo requerido para pintar la esencia de sus vidas ya se había dado... Al fin de cuentas, saben que una tarde o una noche de calaveradas puntuales no hará cambiar sus destinos.

Por lo tanto, la vida para él transcurre sin especificar compromisos largos de amor a dúo. No está interesado en ello, le resulta incómodo. Sí, estuvo enamorado antes, en su edad de piedra, lo cual duró hasta finalizar su adolescencia, y no se atreve a repetirlo. Ella no fue una mujer cualquiera; fue su ideal, su amigable Dulcinea, su imposible amor. Una confiesa verdad que él sabe claramente nunca conoció sol ni tierra; que fue solo un fenómeno cerebral. "Es una enfermedad de la que me estoy curando", se dice. Porque lo curioso es que hay noches en que la recuerda. Noches en que le habla, sosegado y bajito, sentados en algún lugar imaginario: la ve siempre adolescente y bella, como imagen eterna y sensible que solo existe en su mente, y donde él solo habla y ella lo escucha, atenta. Por eso, como enfermo, necesita estar abrazado a la soledad o acompañado de sus amigos. Y así, todo va bien. Mejor que siempre. Además, la ciudad ayuda en todo esto, no es pintoresca ni tiene vegetación, es un desierto donde se han injertado algunos árboles de penosas ramas y algunos supermercados para que la gente tenga algo que hacer. Por eso existe, también, un distrito viejo a orilla del mar creado para el amor y las francachelas, donde la gente de avanzada edad alimenta sus nostalgias y conversan de sus cuitas, tal vez como modo de ganarle unos años más a la vida y darle una ejemplar sonrisa a la muerte. Ciudad con tolerables cerros pelados, junto a un mar agitado que la rodea y que levanta espuma de indefinible color. Ciudad agitada por los ronquidos de autos y trompeteo de bocinas, y de muertos regados en las madrugadas y en las noches de insomnio. Ciudad provista de pistoleros de coincidencias ocultas e ingloriosas. Los noticiarios mañaneros solo repiten: "Esto pasó y seguirá pasando". Pero él cree y está seguro de que la vida son sueños privados que nadie tiene el derecho de arruinar, por más mísera que esta sea. Es esto lo que le autoriza a hacer un trabajo de historiador, de periodista. Averiguar quién es Sandra. Porque él no la conoce. No podría conocerla. En su voluminosa agenda, no aparecía por ningún lado. Aunque la buscó, siguiendo un orden alfabético, con cierta minuciosidad, no pudo hallarla.

La mañana del 19 de diciembre, había muerto una mujer desconocida para él. El médico de turno, al verlo llegar con el rostro destemplado, fue directamente hacia él; lo tomó del brazo y lo guió hasta donde estaba la occisa. Roberto advirtió que su guía le decía algo, pero por la sensación del instante no pudo oír bien lo que le dijo. Al hacer su ingreso, tropezó con la pata de la mesa ambulatoria y casi se va de bruces al suelo. En ese primer momento, parado allí, no hizo más que mirar atentamente a la joven tendida en la cama. Por la hermosura del rostro, se le ocurrió la idea de que permanecía durmiendo. Aunque tenía la cabeza vendada y el rostro lleno de quietud y frialdad, no podía creer que estaba muerta. Era verdad lo que había oído por teléfono, lo había comprobado; pero eso no era todo, ahora estaba exageradamente sorprendido, pues aquel rostro le era conocido de algún innegable y patente pasado; pero por la impresión, no recordaba de dónde o no quería recordarlo. Agitó involuntariamente su memoria y la pudo reconocer. Sí, era la misma imagen, el mismo rostro, la misma mujer de quien estuvo locamente enamorado. La había visto repetidamente juguetear dentro de sus sueños; y propiamente en un cuadro que pendía de una pared, en una habitación que siempre supuso era la suya. "Yo no creo tal cosa. No debo estar aquí, todo es una broma del destino", pensó. Lo pensó durante una minúscula fracción de segundo, que para él resultó toda la historia del universo... Una fuerza ignorada, gravitatoria, lo atraía hacia ella. Sin otra interrogación, se acercó lentamente, sin dejar de mirarla, sin darse explicaciones. Parado al borde de la cama, acercó su rostro al de ella y la besó en la mejilla. Le pareció que estaba nuevamente sumergido en sus sueños; pero no tardó en despertar; entonces sonrió retrocediendo y la sonrisa le acompañó hasta el umbral de la puerta. Fue un acto de afinidad, de hallazgo oculto, de apacible meneo. El enmascarado médico, atento y despreocupado, lo observaba contrito, sin atreverse a hablar. Roberto, quieto, al filo de la puerta, notó que no debía estar ahí. Por eso, rápidamente le hizo un gesto de despedida a su guía y le dio la espalda. Al salir completamente de la habitación cuadrada, tibia y sosa, e ingresar al pasadizo, se detuvo como en medio del aire y se puso a meditar. Agitando sus ideas, quiso creer que la mujer, que encontró tendida en la cama y sin movimientos, no significaba nada ante sus ojos y que todo era un sueño al que apenas había ingresado sin proponérselo. Reflexionó otro momento sobre lo acontecido, pero la llegada de rostros apenados, que caminaban inquietos en dirección contraria, lo distrajo. Entonces apuró el paso y se deslizó en silencio en dirección a la calle. Nadie se percató de que él salía.

Al día siguiente, alrededor de las diez de la noche, seguía prendido al ordenador en busca de datos de Sandra. Los periódicos y los noticieros de todos los canales informaban del suceso. Ahí se enteró de sus cualidades y parentescos. Lo que Roberto entrevió en la figura de aquella mujer fue una perdida y prodigiosa aventura íntima, onírica. No quería creerlo, pero entendía que en todo esto estaba la mano del destino. Luego se adentró en su imaginación: lo primero que se le vino a la mente fue el frío rostro que había besado. Incluso la vio sentada, agradeciéndole su visita. Después se sumergió en lo más profundo de sus pensamientos y, como en un sueño imaginado, la vio parada muy cerca del borde de la cama, observándolo atentamente, sonriéndole desde lejos, como una sombra agitada que él deseaba que se acercara a él; sentía un solo deseo, el de abrazarla y descansar en sus brazos. Este abanico de detalles se agitaba en su cerebro como ramas de árboles sacudidas por un huracán, mientras leía: "Hermosa y excelente estudiante de sociología, de 22 años...", etc.

Hacía dos o tres meses que no iba al trabajo; solo se permitía velar. Aquello le complacía. Indagar lo acontecido, recuperarla, fue lo que lo llevó a distanciarse de sus amigos en los meses inmediatos. La recordaba en aquel universo creado por su platónica imaginación, que abarcaba todo el espacio del sueño: a orillas del mar, sobre el Puente de los Suspiros y en el cuadro colgado en la pared, donde resplandecía su imagen sonriente, muy cerca del pequeño espejo en el que Roberto se miraba todos los días y que nunca desaparecía de su mente.

El tiempo pasó y él también volvió.

Ahora, en su oficina, cuando ya estaba tranquilo y su cerebro febril se encontraba en calma, buscaba una última información para concluir un trabajo pendiente cuando se presentó una joven mujer que resultó ser socióloga. Tenía una estatura mediana, un cuerpo expresivo y unos ojos claros e inteligentes. Se llamaba Sandra. Roberto se sorprendió por su nombre y por la hermosura de la joven. La hizo sentarse cordialmente. Ella fue directa y le explicó que estaba recolectando datos sobre las condiciones de vida de los gerentes, y deseaba entrevistarlo. Roberto accedió y le habló de sí mismo, aunque guardó aquel secreto. No mencionó nada sobre la otra Sandra, la que había perturbado su mente un año atrás. El día avanzaba en el presente y él también se movía de un lado a otro en la oficina. Estaba de pie hasta que llegó la pregunta. Con suavidad, Sandra le preguntó: "¿Usted cree en el destino?". Roberto, sin cambiar el tono, respondió que no creía en el azar y que no requería mayor explicación. Sostenía que las cosas se resuelven con la razón de la cabeza, no con la del alma. Sandra arqueó las cejas y planteó otra pregunta: "¿No cree usted que los sueños son los que nos motivan a incursionar en el azar y, al final, determinan nuestro destino?". "Podría ser divertido, pero la realidad no es arbitraria y no tiene nada que ver con lo onírico", contestó. "Pero, disculpe que insista, ¿no cree usted que es un mapa de nuestra historia sentimental...?". "Creo que no la comprendo", dijo deteniéndose. Roberto pareció impacientarse. "Ahora estoy muy ocupado, disculpe", subrayó mientras la acompañaba hasta la puerta. "Está bien, entiendo. Disculpe la molestia", dijo la joven estrechándole la mano.

Habían pasado cinco años desde lo sucedido. Se encontraba sentado en el sillón de su escritorio, con la cabeza recostada en el respaldo, solo como casi siempre. Abrió los ojos después de un parpadeo y tras corregir y repasar miles de hojas de su trabajo. Al día siguiente debían llevarlo a la imprenta. Eran libros de estadísticas económicas, muy razonables y científicos. Un procedimiento mejor merecía un Nobel de economía. Se levantó estirando los brazos y abriendo la boca de par en par. El bostezo duró un tiempo. Giró su cuello tres veces, haciéndolo crujir. Ahora caminaba cansado, era la noche de Navidad. Después de un rato, sintió movimientos detrás de la ventana y un olor a tierra fresca, a brisa excesivamente húmeda, como si alguien femenino lo estuviera observando agazapada, intentando presentarse. Incrédulo, supuso que estaba soñando despierto. "Otra vez", pensó. A esa hora, se sentía al borde del desfallecimiento por el cansancio. Su lengua pegajosa pedía un vaso de agua. Fue a la cocina, se enjuagó la boca y se sirvió una taza de café. Siempre se preparaba un café y unos cigarrillos cuando la recordaba; luego se tendía en el sillón y permanecía quieto y en silencio. "Sandra Estrada, estudiante de sociología, fecha de nacimiento: 25 de diciembre... Hoy cumpliría 28 años", pensó. Giró el sillón para mirar hacia la ventana y empezó a hablar solo. Tenía una mirada absorta. Después de un rato, sonó su teléfono celular, sacándolo de sus pensamientos. Lo cogió y contestó. "¿Sí?... ¡Ah! Hola... Me cambio y voy". Necesitaba aire fresco, un nuevo oxígeno, por eso aceptó salir. Cuando se encontró con sus amigos, ya era pleno día.

—No sé por qué andas tan recluido... ¡Ya deja de trabajar! ¿Tú vives para trabajar o trabajas para vivir?... Parece mentira, pero llegaste. Veo que no has perdido la vieja costumbre de encontrarte con tus amigos —le dijo uno de ellos.

—Yo sé que ustedes no lo entenderían... Ahora solo necesito algo de distancia. Trato de asimilar lo que me ocurrió hace cinco años y entender por qué mierda ya no soy el mismo. Pero dejémoslo ahí... Son solo cojudeces... No me hagan caso. ¡La noche es joven y hay que divertirse! —Parecía abatido y preocupado, porque agitaba las manos abotonando y desabotonando la camisa.

Sus amigos no se inquietaron. Tenían prisa. Necesitaban ir a otro lado.

—Hoy tenemos un plan con unas bien despachaditas. No creo que las conozcas... Nosotros ya hemos salido con ellas... una vez. Nos encontraremos a eso de las diez de la noche. Van a llevar a otra amiga... Solo te digo que están buenazas... —dijo el segundo amigo.

—¡Confirmado! Las doñas nos esperan a la hora pactada —dijo el tercero al terminar la llamada y guardar su celular.

Roberto, de vez en cuando, les hubiera comentado lo sucedido en las maratónicas noches de insomnio que no lo dejaban dormir, pero como suponía que a los otros les iba a molestar el tema, debía obviarlo. Esto le confería una suerte de vida intrínseca, propia de su afiebrada imaginación.

Pensó que era lunes y era domingo. Tenía razón. No había escapatoria. Todos los descubrimientos que halló sobre Sandra lo cautivaron aún más, como en sus alegóricos sueños. El invierno había llegado y hacía un frío insoportable, pero a esa hora de la noche el calor lo sofocaba; gruesas lágrimas se extendían por toda su mejilla. Afuera, tras los barrotes de su ventana, permanecían agachados y muy bien abrigados tres o cuatro recicladores y algunos escuálidos perros husmeando por todo el basural. De puro cansancio, se quedó dormido. Al despertar, recordaba aún el sueño. Entonces, por unos segundos, vio a aquella joven y hermosa mujer en traje de viaje y en la estación de taxis, instalada en la parte trasera del auto; llevaba el cabello suelto y las mejillas ruborizadas, y vestida toda de azul; luego la vio despedirse mirándolo por detrás de la ventana; hasta sintió que ella dijo su nombre; y él dijo el de ella también, pero por más que agitó su memoria, no los recordaba. Comprendió entonces lo que no quería que fuera verdad, que ella era la misma joven mujer con la que se iba a casar dentro de sus sueños. Aquella que perdió en el interior de una pesadilla, en un accidente de tránsito, justo al finalizar su adolescencia, cuando él no terminaba de despertar. La misma que siempre buscó y nunca pudo hallar en la realidad.

 Aunque, en un memorable tiempo, de aquel que pasó en la universidad, creyó que la había hallado; pero que luego entendió que no era la mujer que aparecía en sus sueños; porque por más que se le parecía físicamente, y más exactamente cuando sonreía, por su carácter frío, dedujo, no sin dudas, que no podía ser ella. Por eso terminaron, o lo terminaron a él. Hasta que aquella llamada, que no le correspondía, se la presentó de nuevo, en carne y hueso, tirada, sin alma, sobre una cama de un inefable hospital. Ahora, tumbado en su cama deshecha, extendió los brazos con los ojos cerrados, como quien extiende al mundo un poco más, y deja fluir el pasado, el porvenir; así deseaba entender lo sincronizado que es el destino cuando simula un espejo lleno de imágenes, pero que en realidad está vacío. Esta agonía del momento presente le salía del fondo y por detrás de su imaginación... De pronto la vio. La joven mujer estaba sentada a los pies de su cama, inclinada sobre él. Traía el pelo negro y bien peinado. Inquieta, parecía seducirlo. Era ella, la occisa y la misma de siempre; la reconoció por la venda que llevaba cubriendo su cabeza y por su voz, no por su sonrisa. No le salió palabra alguna, no dijo nada; y quedó así largo rato.

Hervía en fiebre cuando llegó al hospital. Sus amigos se paseaban por los pasillos, de un lado al otro, tratando de averiguar qué le había sucedido. Hasta que por fin salió un enmascarado médico de la habitación, quien los invitó a pasar. "Sólo díganle que no trabaje mucho; necesita unas vacaciones". Cuando vieron al enfermo, éste, avergonzado, solo sonreía tontamente.

Loro