miércoles, 15 de agosto de 2012

Una noche de juerga

Encendió un cigarrillo y lo dejó apretado entre sus labios. Volvió la mirada a su alrededor y buscó un libro o revista para leer. Dio unos pasos y levantó el que estaba sobre la mesa de noche, pero no le apeteció. Se quitó los zapatos y los pateó debajo de la cama, se despojó de toda la ropa, abrió el ropero, cogió una toalla y lentamente se dirigió al baño.

—¡Ella todo lo malinterpreta!... —exclamó, atravesando el umbral—. Su mente parece una biblioteca de conceptos problemáticos. ¿No será ella un sentimiento infinito para mí? No la llego a entender… Sumo, resto, multiplico, divido y todo me resulta un número imaginario… Esta es una historia sin comienzo ni fin —aumentó apuradamente mientras se sentaba en el escusado—. ¡Diablos que hace frio! —dijo y tiró el pucho mojado en el basurero.

Estaba ahí, sentado y reflexionaba, afligido. Sufría cruelmente con sus pensamientos. Impaciente, cometía la gratitud de pujar. Aparte de esto, no hacía ningún movimiento; ni siquiera movía los párpados. Estaba quieto, acodado sobre sus piernas y con las dos manos sujetando su barbilla; los ojos, fijos en la pared, buscaban sin entender algún dibujo trazado libremente en el fondo de las mayólicas. Por unos segundos se dio cuenta de que hablaba solo y estrambóticamente. Pero a pesar de ello, pudo más su locura de amor y siguió recriminándose así mismo.

—¡Qué carajo me pasa, que gano yo pensando en sentimientos voluptuosos si a mujeres como ella nadie las lleva a la cama! Por qué gozo buscando lo que nunca se dará… Mejor es que enfrente mi realidad... ¡Por suerte no me casé con ella…! ¡Uf! de la que me salvé… —se dijo, en tono triunfal, estremeciéndose y consolándose a la vez.

—¡Vaya, si ya es tarde!… Y yo pujando nada como un tonto… —murmuró, y levantó la mirada para coger el papel higiénico.

Se limpió el culo, se puso en pie, dio unos pasos lentos e ingresó a la ducha para darse un baño a toda velocidad.

Era una noche distinta y terminaban de dar las doce en aquel interminable día de agosto. El nocturno personaje representaba unos cincuenta años. Su cabeza estaba adornada por una melena lacia y negra sin aspecto de contener canas. Un rostro lampiño conjugaba con su cobriza piel y le daban un aspecto de niño viejo; sus achinados ojos, sin dueño, parecían ocultar una severa nostalgia.

Consultó su reloj y se dio cuenta de que era muy tarde.

—¿Por qué no llegan estos pendejos? —se preguntó severamente mientras se vestía dando brincos, frunciendo el ceño y reflejando en su rostro una serie de preguntas sin respuestas. Parado frente al espejo del ropero, se observa detenidamente, como esperando que su reflejo le replicará algo.

—Ya es tiempo de que la olvide —pensó, mordiéndose los labios—. Este misterio seguirá siendo misterio… ¡Esto no es amor! ¡Bah! No te morirás —concluyó.

La incertidumbre lo volvía inquieto, lo ponía nervioso. Tímidamente se miró la entrepierna y sonrió sin dejar de rascarse la barriga.

—¡Esta será mi venganza! —exclamó.

La duda lo invadió otra vez.

—Puede ser… La sabiduría popular no se equivoca: “no hay mujer fría sino mal calentada”. Tal vez no manejo bien mi estrategia… —pensó.

Al poco rato se oyeron los ruidos que parecían de un auto. El ruido se hacía cada vez cercano.

—¡Por qué habrá nacido en mi espacio y tiempo…, maldito el día en que la conocí! —dijo, con énfasis.

El ruido cesó.  

—Sí. Esos deben ser…, pero mira la hora que es… —exclamó con un tono que quería ser indiferente—. ¡Qué diablos! ¡Qué tonto soy!... Ahora lo veo claro... —concluyó, mientras se apartaba del espejo con las manos apretadas.

Unos instantes después, el timbre sonó con insistencia. Corrió a abrir la puerta sin ninguna precaución; encendió la luz de la sala y continuó avanzando; abrió la segunda entrada y siguió con el paso apresurado; en el último descanso, que daba con la puerta de la calle, se dio cuenta de que le faltaba una media. No le importó. La abrió como si estuviera listo para repeler cualquier ataque. “Son ellos”, dijo a media voz.   

—¡Diablos, miren la hora que es! —exclamó—. Ya creía que no iban a llegar. Habíamos quedado a las once… Una hora de retraso.

Los recién llegados aparentaban tener su misma edad; promediaban una estatura mediana y lucían unas barrigas convexas que hinchaban sus casacas; sus rostros no pasaban un casting de belleza masculina; iban inadecuadamente vestidos, pero con elegancia. Lucían, en resumen, un cierto aspecto salvaje debido a su afición a la buena vida: lecturas de clásicos, largas charlas en compañía de un cebichito y chelas bien heladas, mujeres con curiosidad ajena y los viajes de aventura por todo el país.

—Mejor tarde que nuca, compa —replicó uno de ellos—. Un cachito más y esta noche no la contábamos en nuestra bitácora… No me lo hubiera perdonado.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —preguntó Charly, sorprendido.

—Pues que el zorrito dijo que no éramos suficiente para las seis féminas —aumentó Marcolino, esgrimiendo una sonrisa a medias.

—¡Hola Charly! —dijo Percy, no muy tranquilo.

—¡Hola!, ¿de dónde lo han sacado? —preguntó Charly, abrazándolo—. ¿Él fue quien consiguió a las féminas?

—¡Nada…! Trabajo nos costó rescatarlo… —dijo Joel, con una sonrisa amplia—. Le hicimos cincuenta mil llamadas durante todo el mes y no lo ubicábamos… hasta hoy.

—Tenemos que meterle un GPS por el culo para que se deje ubicar… —concluyeron todos, soltando unas carcajadas.

—¿Acaso tienen algo que reprocharme? —contestó Percy, separándose de Charly—. Es una cuestión de amor propio… compañeros... ¿Qué te pasa...?

—Lo que pasa es que te estás poniendo viejo; te falta energía en el alma y donde tú ya sabes… Ahí está el problema de envejecer… sin tus camaradas de tantas batallas ganadas bajo su tutela… —agregó JC, mostrándole unas pastillitas azules apretadas por sus dedos…

—¡Ah!... con ayudita es la vaina… Yo no necesito de esas huevadas… —gritó Percy, exaltado y arrugando el ceño.

—Estoy de acuerdo contigo; pero a ver si piensas lo mismo cuando estemos cinco contra cinco y en una sola habitación —dijo Joel con un rostro que notaba experiencia—. Allí te queremos ver…

—Bueno, ¿Qué han resuelto? —farfulló Charly.

—Pues, encaminarnos hacia “El Point”. Allá nos estarán esperando las susodichas —dijo JC, mirando a los demás y soltando una carcajada —. Allí los quiero ver… —agregó, con una sonrisa cachacienta.

Charly ingresó y salió rápidamente; cerró la puerta y apurando los dedos le dio tres giros a la llave para asegurarla. Los otros ya subían a la camioneta Vans cuando se giró, dio unos pasos y vio que varias sombras humanas pasaban apuradas, sin detenerse. Pero no les dio importancia. Después de jugar con el manojo de llaves, los guardó en uno de los bolsillos se su pantalón y apuró el paso para darles alcance. Al llegar, cogió la puerta trasera y subió. Entonces encendieron el motor que ruge y se ponen en camino. De inmediato las bromas brotaron libremente, todas jodiendo a Charly, que callado solo sonreía. En su rostro se pintaba, claramente, la misma escena que tuvo frente al espejo, recriminándose y recordando a su platónico amor… Mientras que en el interior de la camioneta se sentía el humo de los cigarrillos y la música que salía de un USB clavado en la radio encendida a medio volumen. Sonaba a propósito la música “Vienes y te vas” de William Luna. Transcurrieron unos veinte minutos para que Eddy Santiago haga su aparición y los remueva con su “Tú me quemas”. De pronto, ingresaron a un camino sin asfalto y la camioneta comienza a correr más despacio. Las ventanas estaban abiertas, y el aire frío penetraba por encima de sus cabezas.

Cinco minutos después divisan a lo lejos el objetivo. Se sobrecogen.

“El Point” era uno de esos innumerables lugares en donde la noche se conjugaba con la acción; un lugar que daba bastante trabajo a los que no tenían un dinerito más que gastar, ya que solo se llegaba a él con movilidad propia o alquilada.

—¡Me tiene sin cuidado sus burlas! Sé que para ustedes es tonto y hasta un poco ridículo lo que siento por la flaca. Pero los amores que trascienden no son los que uno observa desde afuera… Y menos sin una venda… que tal vez la tenga yo ahora. Además, yo nunca la he descrito como bella ni la he tratado como ridícula. Solo como única para mí. Eso es todo. Lo que ustedes quieren al final es que me la tire… Pero no se preocupen, la voy hacer historia... ¡Estoy esperando que baje la guardia!… ¿Dudan de mí? —se defendió Hamlet Charly, dignándose a hablar. —Todos ríen a carcajadas.

—Le tienes miedo, es tu kriptonita, te vuelves mudo cuando estás a su lado... Uy, hasta te ha cortado las alas y el filo de tu pluma… —añadieron casi en coro, soltando nuevas y estridentes carcajadas.

—Hay una probabilidad en mil millones de que esta rata esté diciendo la verdad y de que, efectivamente, esté preparando el terreno para cepillarse a la flaca… —dijo JC, levantando la vista y sintiéndose profundamente engañado.

Ellos no ignoraban que desde hacía miles de años la flaca venía empleando la treta del dame que te doy. Pero el doy era cuando ella quería, y el dame era instantáneamente. Su arma principal era hacerse la interesante, la de no entregar la herramienta nunca.

Llegaron. Aparcan la camioneta y bajan. El cielo sigue nublado y el frío se hace más intenso fuera del carro. Apresurados, empiezan a caminar en silencio. La garúa los invade y gotitas salpican por todos lados como caricias fantasmales. Dan media vuelta e ingresan a un corredor. Cruzan la primera entrada y luego la segunda; suben por una ancha pero pequeña escalera con la tranquilidad de antiguos clientes; se sacuden la cabeza con las manos y elevan la vista a lo largo del camino: hay mesas pegadas a unos árboles que están ocupadas por hombres y mujeres de muy buena apariencia. Todo el suelo está lleno de hierba menuda, como una alfombra. La luz de los faroles es baja, pero se desparrama adecuadamente por sobre las mesas. Al lado derecho está el bar con algunos parroquianos que beben acodados al mostrador y en busca de la presa preferida.

—¡Ah! ¡Si son ustedes! —dijo un mozo que los reconoció en la penumbra— ¿Están solos? —agregó.

—Por ahora, sí… —dijo el Zorrito, apoyándose en una de las mesas.

—¡Bien! ¡Siéntense, siéntense! ¿Qué les traigo de beber?

—Lo de siempre, mi querido pingüino… Una jarrita y seis vasos. ¡Hoy es nuestra noche!... ¿Qué hora es?...

—Son casi la una…

Seis minutos después aparecía el mozo trayendo sobre la bandeja una jarra de cerveza bien helada y seis vasos. JC sacó de uno de los bolsillos de su pantalón una cajetilla de cigarrillos y lo puso sobre la mesa junto con un encendedor.

—Bueno, manos a la obra —dijo JC, mientras encendía uno.

El zorrito se puso en pie con tranquilidad y se fue al fondo en dirección de una mesa amplia que daba con un oscuro corredor. Cuando llegó, salió de la sombra una mujer joven y bien agraciada con quien entabló una ligera conversación. Algo provocativo le dijo al oído, porque ella asintió con la cabeza esbozando una sonrisa inmensa.

—¡Vamos muchachos! Vengan para acá… Traigan todo a esta mesa. Aquí estaremos más tranquilos.

Todos se pusieron en pie y se acercaron a la mesa. Después de llegar, se dieron cuenta de que estaban en un pequeño rincón de otro patio y bajo una enramada que hacía de techo bajo y que recibía la luz tenue de una luminaria colgada a un frondoso árbol de unos tres metros de alto. El piso era de tierra con algo de gras. La mesa desnuda y de madera tosca, estaba acompañada de dos bancas largas hechas del mismo material. Sobre ella había un florero con un surtido de flores que le daban un toque de coquetería.

—Siéntense —dijo la joven, señalando la banca a sus visitantes —. Aquí podemos hablar con tranquilidad.

—Bueno —dijo Joel—. Veamos de qué se trata.

—Bueno —dijo Percy—, no perdamos tiempo; vamos al grano. ¿Dónde están tus amigas?

—Ya vienen, llegarán en unos veinte minutos —contestó la joven.

—¡Muy bien!... ¡Deben de ser lindas como tú…! —exclamó Percy, guiñándole un ojo y examinándola de pies a cabeza—. Asunto cerrado por el momento. Echémosle combustible a nuestra sangre.

La joven paseó lentamente sus exuberantes curvas a lo largo de la mesa y se encaminó sonriente al otro lado del patio. Pero se detuvo casi en medio del patio y les hizo una señal de ya regreso y desapareció.

—¿Qué les parece el asunto? —preguntó el Zorrito.

—Que se presenta muy bien —dijo Joel.

Marcolino estaba con el rostro serio; meditaba.

—¿Qué te ocurre huevas? —le preguntó JC—. ¿No has venido preparado? Seguro que te han hecho “el supermán”. —Se carcajearon todos.

—No, huevón. He venido misio… solo tengo veinte soles…

—¡Qué!... eso ya no es noticia… ¿Cuándo vienes con plata?... —replicó JC.

—Bueno, después nos preocuparemos de eso… —dijo Joel—. Primero lo primero, que vengan las féminas. Después ya veremos.

Terminaban de dar la una y media cuando seis hermosas mujeres hicieron su aparición. Estaban terriblemente atractivas con sus pantalones apretados y sus blusas sueltas a pesar del frio. Esto logró provocar una gran conmoción en los seis amigos que se frotaban las manos, excitados. La que inicialmente conversó con el Zorrito levantó el brazo y los saludó; las otras se quedaron quietas al lado de ella. Percy se puso en pie y todos los demás lo imitaron. Luego se deslizaron animadamente para saludar a las voluptuosas y hermosas jóvenes. Sin perder tiempo, las apretaron con un abrazo y les imprimieron un beso en la mejilla.

Ahora estaban más intranquilos. Sus miradas iban y venían observando a las damiselas como si fueran presas que había que devorar; sus ojos totalmente abiertos se movían seleccionando a su preferida.

En pleno saludo, el zorrito, sin perder tiempo, se quedó con Mariela, la jovencita con la cual conversó al inicio, y se puso a sus órdenes.

Entregados y soltando un prolongado murmullo, los seis amigos hicieron que las jóvenes mujeres se sentaran frente a ellos. Ya acomodadas, las miraban con mucho afán; sus rostros parecían no aguantar la total alegría. Percy y el zorrito eran los más entusiastas. Joel aprovechó un momento de pausa y murmuró algo al oído de JC:

—¡Están de la puta madre!

Percy se puso en pie y fue en busca del mozo. Después de dar seis pasos, lo llamó haciéndole señas con las manos:

—¡Eh!... ¡Pingüino!... ¡Tres jarras más…!

La más joven de todas, Raquel, protestó:

—Vino para mí… —Dos de ellas la secundaron.

El mozo se acercó con cierta vacilación, pero sonriente.

—¿Una botella de vino tinto? —aumentó Percy. 

—¡Sí! Pero bien helada —dijo Raquel inquisitivamente.

—Claro que sí. Lo que usted ordene… —contestó el mozo alargando la pícara sonrisa.

Eran cerca de las dos de la mañana cuando el ruido acogedor de los acordes de una música salsa, al vaivén del viento, llegaba por los aires como empeñada para que sus cuerpos se agitaran rítmicamente. Todas las voces en aquel ambiente formaban un inmenso coro matinal junto a un turbulento tráfico de ideas que recorría los inefables cerebros de los seis amigos. Nada era más real para sus ojos sicalípticos que las muchachas ahí presentes.

Algo se agitó en el cuerpo de Percy que lo llevó hasta Mariana para sacarla a bailar. Ella no se hizo de rogar. Los otros, imitándolo, hicieron lo mismo sacando a su preferida. En el húmedo pasto sus cuerpos ahora se movían zigzagueantes. Uno de ellos, Marcolino, tenía fija la atención en los pasos que daba Charly; no paraba de sonreír juzgando mentalmente sus obscenos movimientos. Con un ademán de acercamiento aprovechó para murmurar al oído de su acompañante; lo que produjo en ella una carcajada estrepitosa. Los otros, volviendo la mirada a Charly, solo atinaron a sonreír. No se sentían avergonzados de nada; al contrario, se mostraban arrogantes y altivos, convencidos de su madurez sexual.

El entusiasmo amoroso de los presentes, su manera de agitar el cuerpo, su hablar despreocupado, alegre y chistoso, formaban un contraste de ternura que encandilaba a las jóvenes mujeres.

Sometiéndose a sus costumbres, el Zorrito abandonó su posición y fue hasta la mesa, cogió en tres tiempos los vasos llenos y los entregó a cada uno de los bailantes.

—¡Salud, seco y volteado! —Brinda ceremoniosamente levantando el brazo.

—¡Salud! —contestaron todos, elevando los vasos y volviéndose entre sí.

—Ya ves… ¡Sí que son divertidos!, ¿verdad? —exclamó Raquel.

—¡Y no va hacer!... —dijo Percy—… “Quién te dijo a ti… queé yo…” — tarareaba la letra de la música mientras con las dos manos bordeaba el hombro de su pareja.

La música concluye y todos se van maquinalmente a sus asientos.

—¡Tomen, tomen…, por favor..., hay chelas y vino para toda la noche! El baile da sed —dijo Joel animosamente mientras giraba la cabeza mirando circularmente a todos.

—¡Claro que sí! Esto es vida, ¡Salud! —contestó una de las jóvenes muchachas.

—¡Salud!... con todos —dijo Sandra, levantando su vaso: mozuela de belleza particular, delgada, de tez clara y cabellos castaños. La que había bailado con Charly.

Todos echaron las cabezas atrás y les dieron un sorbo largo a sus bebidas. Se miraron por unos minutos. Pero ellos, por su parte, observaban cada detalle, cada rincón que cubrían sus vestidos. Sus mentes trabajaban detrás de su frente y de sus sonrisas. Querían ultrajarlas de un modo u otro. Tenían, por los gestos, como una vieja deuda consigo mismo.

Pasaban las horas muy rápidamente, como que ya habían llegado al meollo de la cuestión. Por eso, obedeciendo al tirón que le dio JC, el Zorrito se acercó a Mariela y le dijo algo al oído.

—Alma mía, ¡qué estás diciendo!... ¿Hablas de en serio? —farfulló Mariela con suavidad.

—Claro que sí. ¿Lo dudas? —replicó el Zorrito.

—No sé. Voy a decírselo a ellas…—prosiguió.

Hay una corta pausa. Ella no queda convencida de poder decirlo.

—Pues bien: ¿qué te ha propuesto? —preguntó Alejandra altivamente mientras una sonrisa inquisitiva le brotaba en el rostro: presentaba unos veintitrés años, delgadita, de rostro fino, de expresión sensual; ojos altaneros y barbilla firme. Era la escogida por JC.

Incorporándose, pero sin dejar de observar a todos, Joel sin reprimirse, levantando la voz, lanzó la propuesta del Zorrito:

—Me temo, por el rostro que ha puesto Mariela, que ustedes nunca han pasado por una aventura como la que queremos ofrecerles ahora. ¡Hoy!... —comenzó a decir seriamente mientras quitaba la mano del Zorrito que quería retenerlo. Luego de lograrlo, continuó—. Se los voy a decir con toda franqueza y buen corazón… Ninguna mujer es la propiedad de un hombre, ni un hombre es la propiedad de una mujer. Por eso queremos proponerles hacer el amor en conjunto… en grupo… Bueno, ya lo dije. No necesito explicar más…

Todos con el propósito de parecer tranquilo e indiferente iniciaron a balancear los pies de un modo absurdo, encendían sus cigarrillos, bebían en pequeños sorbos. Hasta el silencio los invadió por unos momentos.

—No se me había ocurrido nunca… —dijo Ángela, matando la pausa, mirando a todos con curiosidad y con pose desvergonzada: joven de veinticuatro años, de piel canela y silueta voluptuosa.

—Bueno, es una manera de sacarme el clavo. Como mujer de ideas liberales, estoy determinada a ser libre. Por mí no hay ningún problema —aumentó Claudia con vehemencia: mujer bonita y fresca de porte distinguido, de unos veintiséis años. Reflejaba un carácter agradable y nada sentimental.

—Muy bien, pero primero hay que gozar como se manda... Luego la noche dirá la hora oportuna —dijo Mariela animadamente mientras sacaba a bailar al Zorrito, que seguía perplejo.

Las otras jóvenes asintieron con una sonrisa.

—Bueno, desde este momento haré lo que usted me diga —respondió el Zorrito con una mueca de felicidad.

Y así fue. Todos no dejaban de balancearse al ritmo de la música. Pirueteaban ligera y alegremente sin ninguna zozobra en los ojos, sin ninguna carga en los hombros, quizá ningún pensamiento nebuloso, ninguna pena secreta en el alma. Solo imaginaban la culminación divina que tendrían.

En una pausa, Charly condujo a Sandra junto a él y se sentaron en una banca contigua a la amplia mesa, muy cerca de un árbol. La joven, adivinando el motivo de la invitación, trató de dominar su emoción. También vieron que JC y Joel se apartaban del grupo con sus parejas.

—¿Me permites ofrecerte un cigarrillo? —preguntó ella.

Entonces sacudió la cajetilla con unos golpecitos, extrajo uno y se lo entregó.  

—Gracias —respondió Charly mirándola con una sonrisa.

Sandra giró el cuerpo y lo miró con extrañeza; Charly parecía meditar.

—Estás muy tieso… ¿Piensas en alguien?... ¿Qué pasa?  

—No. Nada de eso… Ya no. Nunca.

Charly no dejaba de mover la cabeza de un lado a otro con un severo reproche.

—¡Nunca! ¿Qué quieres decir? —dijo Sandra, impaciente.

—No me hagas caso… Pensaba en la suerte que he tenido al encontrarte… Tú estás aquí… Creí que la propuesta te iba a desconcertar… —dijo, cambiando la cara y tanteando el terreno.

—¡Je, je! ¡Valientes pillos! Son muy astutos… ¿ya han hecho esto otras veces? —preguntó.

—¡No!... Es nuestra primera vez —respondió Charly, con cínica dulzura —. Eres muy bella… —remató.

—¡Ah!... ¿y a qué se debe tu piropo? —dijo ella, en tono de reproche.

—La verdad es… ¡para qué ocultarlo!... la verdad es que me gustaría invitarte a salir al otro patio y hablar contigo.

—¿Solo para hablar? ¿Solo para eso? Por mí no hay cuidado… La verdad es que nunca es tan pronto… Eso lo tengo muy presente. La vida no es infinita… Sí, acepto que me robes por unos minutos...

—Claro que sí, entonces salgamos. Será un gran robo… —dijo Charly cortésmente, sin cambiar de postura.

—Naturalmente que sí; pero…

—No hay pero que valga… Y ahora nos vamos —dijo Charly, cortándole la palabra y levantándose. Los dos se echaron a reír.

Ella se puso en pie ayudada por Charly, y empezaron a pasear con la tranquilidad que le daba la penumbra. Luego de unos minutos se detuvieron. Charly se acercó más a ella y la cogió por los hombros e inmediatamente le habló algo al oído. Y decidieron separarse del grupo.

Raro, raro… Este era el pensamiento de Mariela cuando las otras tres parejas desaparecieron. Pero no quiso importunar con su hipótesis sin confirmar.

Después de quince minutos se juntaron Marcolino y el Zorrito.

—¿Qué hora es? —preguntó Marcolino.

—No sé; creo que alrededor de las tres, supongo —contestó el Zorrito.

En el mismo instante, se dieron cuenta de que estaban solos con sus parejas.

—¿A dónde se han ido los demás? —preguntó Marcolino, con su voz fuerte y grave.

—Sí, ¿eh?... No están… —dijo el Zorrito, algo contrariado.

—Miren, ahí vienen… Han estado en el otro patio… ¡Canallas! —dijo Mariela, animándolos.

 Eran las tres de la mañana cuando, saliendo de la penumbra, aparecieron las otras parejas. Venían con extrema lentitud y conversando. Al ver a sus amigos, apresuraron el paso, cruzaron un cerco y se detuvieron muy cerca de ellos. Permanecieron inmóviles por un momento.

—Qué, ¿ya quemaron sus cartuchos? —dijo Marcolino, con reproche.

—¡No te alegres, gil! Aún seguimos enteritos… por culpa de la ciencia… —respondió JC, dándole golpecitos en el hombro.

—¡Se pasaron!... ¿Qué es usted, Lord Byron? —inquirió Marcolino, moviendo la cabeza.

 —¿Qué fue? —preguntó el zorrito, impaciente.

—Todo está bien, Zorrito. Hay que gastar un poco de lo que la ciencia nos ha dado. Solo fue un preámbulo. Espero que ustedes hayan hecho gala de lo mismo.

—¿De qué me hablas?... —contestó el Zorrito, no entendiendo.

—¡Ya, Zorrito!, luego te cuento… —dijo Joel, cortándole la palabra.

—¡Dios mío, las cosas que inventan!... —farfulló Sandra, algo avergonzada—. Pero parece que si funciona —remató, bromeando y acercándose a Charly.

Hubo una pausa y luego un silencio. Todos parecían meditar lo que vendría luego. Tontamente, se miraban entre sí. Por fin se atrevió Mariela y dijo dulcemente.

—Bueno, entonces, no hablemos más del asunto… una promesa es una promesa. Cuando la juventud se excita… ¡sabemos lo que es eso!... ¡Ahora los quiero ver!...

Todos empezaron a caminar siguiendo a Mariela, que le tomaba del brazo al Zorrito. ¡Ya sabían a dónde iban a parar! Empezaban a sentir un gran calor por encima del pecho. “Un dúo es un simple dúo, un trío ya es algo más, un cuarteto es un cuarteto…; pero un seis contra seis… por supuesto que no es un partido de fulbito…, es sin dudas… No, no… ¡Hoy le pondremos nombre!” se decían todos para sí mismo.

Eran las tres y cuarto de la mañana cuando en fila india se detuvieron en el umbral de una puerta abierta. Permanecieron inmóviles por unos minutos.

—Perdónenme, tengo un miedo terrible —dijo Mariela, en voz baja y persuasiva —. Acércate Claudia…

Claudia se alejó de Marcolino y se acercó a Mariela. Esta le dijo algo al oído, dudosa, pero sonriendo. Claudia la miró con angustia.

—No sé qué decir. Tú lo habías planeado todo… Fue tu idea la de venir a este lugar y pasarla bien…

—Lo sé, pero esto no estaba en mis planes…   

Mariana, muchacha de unos veintiún años, la más joven de todas, de sonrisa amplia y rostro angelical, caderas bien pronunciadas y cinturita interesante, alarmada se vuelve hacía Mariela y Claudia.

—¿Qué pasa? —dijo, retrocediendo y apartándose de Percy, colocándose entre Mariela y Claudia.

—¿Qué sucede? —intervino el Zorrito, vacilando, pero mirándolas con firmeza.

—Ellas no quieren entrar —dijo Ángela, sonriendo hospitalariamente —. Se mueren de miedo. ¡Yo si me atrevo!... ¿Quién más me sigue? —exclamó, manteniéndose firme.

—Yo… —dijeron Sandra y Alejandra, siguiendo con la mirada a Charly y a JC.

—Bueno, parece que esto terminará en un tres contra tres —intervino JC, sin desanimarse y colocándose más cómodo junto a Alejandra.

Tras un nuevo silencio, añadió Charly:

—Las niñas y los niños que quieran ingresar conmigo, que me sigan…

Sandra, Alejandra y Ángela se separaron del grupo y se fueron siguiendo a Charly que atravesó el umbral y caminó hacia el interior del ambiente. Joel y JC corrieron detrás de ellas moviendo plácidamente sus cabezas y despidiéndose sarcásticamente de los otros tres amigos. Las jóvenes muchachas se volvieron a ellos y los miraron con respeto y un poco de miedo. Durante algunos minutos observaron todo el interior disimuladamente y con calma. No se atrevieron a hablar. Ya en el interior, los tres muchachones se juntaron y pronunciaron palabras extrañas en voz baja; para ellos era parte de un juego, aunque les parecía inmensamente deslumbrante. Era su primera batalla juntos y en contra de tres damiselas.

Todo estaba ya preparado en el interior:    

Las paredes eran de madera recubiertas con un fino barniz que le daban un toque natural; pendía muy bien sujetado en una de las paredes un espejo enorme y biselado de forma rectangular que miraba a una sola cama muy amplia. Era una habitación campestre que no era cuadrada, pues una esquina estaba cortada diagonalmente por la puerta de entrada que daba al patio principal, muy cerca de la mesa amplia, en donde iniciaron esta aventura. El baño estaba al otro lado de la puerta, como si fuera una salida de emergencia, haciendo como si fuera otro cuarto. Había un velador a uno de los costados del espejo muy lejos de la cama, con una banca de madera junto a él. Dos lámparas, tamizadas por una pantalla, estaban colocadas a ambos lados del espejo, como señalando la cama.

—¿Y nosotros? —dijo Percy, con mueca de desagrado.

Durante algunos minutos las otras tres parejas que se quedaron fuera permanecían cerca de la puerta cerrada para su desdicha. Meneaban sus cuerpos mecánica y torpemente.

—No lo sé… —contestó el Zorrito, meditabundo, mirando de reojo a Marcolino.

—Parece que los hombres están pendientes de nosotras —farfulló Mariela —. ¡No es justo! Vamos al otro patio, allá hay otro ambiente, ¿Qué dicen? —levantó la voz, dándose importancia y volviéndose hacia todos.

—¡Qué tonta eres!, ahora dices eso… Hubiéramos ingresado todos al mismo lugar. Bueno, entonces no perdamos tiempo —inquirió Claudia con enojo.

Un instante después, antes de que alguien dijera algo más, se encaminaron al otro ambiente. Pasaron cerca de la inmensa mesa, la bordearon, abrazados, murmurando y decididos.

Mientras esto sucedía afuera, en el interior se escuchaban voces.

—¡Para nada! ¡Naturalmente! —interrumpe Joel a JC, que en ese instante se quitaba el calzoncillo. —Los dos se echaron a reír.

En la otra esquina, en el baño, Charly se paseaba desnudo, buscando ponerse firme. En ese estado, volvía sobre sus pasos: tomaba aire, aspiraba profundamente y lanzaba pullas. Cuando pensó que ya era el momento, uno de ellos le gritó: que haces agarrándote la manija, acuchillándote solo.

—Nada, lo estoy calentando… —contestó, y caminó acercándose a Sandra, que yacía semidesnuda en la única y amplia cama.

Para salir del apuro, empezó a tocar a Sandra, a palpar sus senos, sus muslos, a toquetear sus partes más íntimas. Se envolvía en suspiros y pensamientos que no parecían encontrase allí, eran de otro lugar y para otra mujer.

Joel, tendido en el filo izquierdo de la cama, boca arriba, desnudo, se mordía los labios. Parecía un jinete en plena carrera, con los ojos casi desorbitados. Un sentimiento grandioso lo envolvía, aunque con el aparatejo decaído y huérfano. Con sus manos pegadas a su nuca, esperaba con impaciencia que Ángela le haga el examen oral y logre llevarlo a los centímetros reglamentarios que una mujer necesita para su satisfacción. Ángela logró entenderlo, por eso le empezó a apretar las piernas y a lanzarse con la boca abierta. Sus manos se deslizaban ágilmente mientras agitaba la cabeza. Esto logró que el faro de Joel se encienda y la conmoción trastorne su cerebro. Sin poder impedirlo, dio un grito estirando las piernas e impactando en la cabeza de JC que, en esos momentos, saltaba como conejo en pie queriendo ubicar su manija en el carapacho de Alejandra, que movía el culo de un lado al otro, de abajo arriba, agitando sus voluptuosos senos. En el espejo se reflejaba una imagen salida de una película porno: el culo de JC se levantaba como flan macizo, como bolsas blancas y rellenas, de arriba abajo, sueltos, sobre una Alejandra bocabajo y el culo levantado. Muy cerca de ellos la boca de Charly se llenaba con los senos de Sandra, que permanecía con las piernas abiertas sobre sus hombros. El pícaro de Joel se hizo camino y se deslizó queriendo amamantarse de los senos de Alejandra. Como si fuera un réptil, pero cogido de los huevos por las manos y la boca de Ángela, logró su cometido prendiéndose de los senos de Alejandra con las dos manos para luego llevarlos juntos a su boca: empieza con uno, luego el otro, sediento. Alejandra da un grito de dolor y JC piensa que él está haciendo daño. Pero no es él, es Joel que le ha dado un mordisco a uno de los senos… JC lo mira perplejo, no sabiendo que decirle, solo sonríe, mientras su cerebro se llena de imágenes que se impregnan haciéndole zanjas, cañones inmensos como el Colca. Ahora, a la otra orilla de la cama, en el fondo, en la cabecera, se escuchan otros gritos, “Bety, Bety, ¡qué rico Bety!”.

El viento que ingresaba por los intersticios de las maderas refrescaba el interior, la garúa se había intensificado afuera, y según iba cayendo la madrugada, los sonidos y los jadeos se hacían cada vez más profundos… Era, pues, una pequeña obra que el destino les había deparado.       

Loro

sábado, 11 de agosto de 2012

Una verdad tangible

Salí casi corriendo del salón de clases, deseaba cuanto antes encontrar la salida, me eché a andar delante, esquivando a mis amigas, a los otros estudiantes, de nuevo, por enésima vez, apurada, sin perder el control… No tardé en llegar a la avenida rodeada de ambulantes… Iba a su encuentro con la sensación de que él ya no lo dudaría y me abordaría para acompañarme hasta mi casa. Me dirigía a enfrentarlo con la misma indiferencia de siempre. Me agradaba perfectamente que siempre me siguiera con su mirada, disimulada e intencional, y siempre desde aquella esquina. Pero deseaba algo más infrecuente, inusual, atrevido, algo que lograra romper todos los esquemas y nos llevara a lanzarnos a una loca aventura… Ya en medio de todo, doblé la esquina y salí de aquel caos de olores y bullicio, de gente por todos lados, se me hizo hosca la caminata. A esa hora, había mucha gente, mucho tráfico en el mercado. Me alejé zigzagueando, sin apuro. Llegué así, hasta la esquina del chino. Un muchacho se me cruzó de imprevisto y me saludó exaltadamente echándose atrás para dejarme pasar. Retrocedí. Al parecer, estaba muy sorprendido de verme detenida en aquella esquina. Se trataba de otro amigo del colegio, el cual presentaba un aspecto pintoresco y una ingenua alegría en el rostro; su cintura iba ceñida por una “gorda” correa, de hebilla ancha que sujetaba un pantalón acampanado. Un diente dorado se exhibía en su boca abierta, mientras respiraba pesadamente, como rendido de cansancio. Mientras me hablaba con voz tierna y gutural, su mirada se paseaba por mi rostro. Me sorprendió…
—¡Ah! Eres tú —le dije, reteniendo mi voz.
—¿Cómo estás?... ¿Te puedo acompañar?
—Sí.
Entonces, caminamos juntos; trataba de insinuarme algo, hablaba con jergas casuales y miraba de reojo, insistentemente, hacía mis espaldas, mientras nos alejábamos de aquella esquina. Me paré instintivamente, se volvió hacía mí y se quedó callado, aproveché y le pregunté por los amigos del retaco y flaco. Meditó dudando, apoyado en sus piernas casi cruzadas, balanceándose ligeramente.
—No. No los he visto —contestó, disimulando una mentira.
¿Qué más podía decirle? Andando junto a él, sentía detrás de mí, aquella mirada que no había y me disgusté. Giré mi cabeza y me volví hacía la esquina del chino, no había nadie parecido él. Mi amigo seguía mirando a mis espaldas, extrañado, como tratando de descubrir a alguien que me esperaba.
—Estrella, ¿esperas a alguien? —me preguntó.
—No. ¿Por qué?
—¿No? Porque mueves la cabeza hacía todos lados, que pensé que buscabas a alguien…
—No. A nadie…
Sí. Lo recuerdo.
Hacia el medio día fui al centro de mis emociones para verlo parado allí, en la tienda del Chino. Estaba de buen humor, caminaba mirando a la gente, tratando de encontrar su mirada. Me detuve junto a un amigo y respiré amargamente; estuve allí algún tiempo, mirando la esquina, algo avergonzada, mientras los ojos de mi amigo vigilaban mis movimientos.
—Los chicos del salón ¿a dónde se han ido? —le pregunté.
—¿Quiénes? —respondió.
—Los…
—¡Ah! Esos se han ido a la playa… ese es su vacilón… ¿Charly? Está también con ellos…
Me miró buscando una respuesta. Hubo un silencio. Me disgustó que me juzgara tan rápidamente. Me separé un poco de él.
—Hum ¿Cómo?... No. —me avergoncé.
Aproveché, la ocasión, para pedirle que me hablara algo de ellos, disimulando la mención de Charly. Él asintió algo enojado, tal vez incapacitado para describirlos y con cierta impaciencia. Solo aportó para mis conocimientos, triviales minucias y patéticas diatribas.
—¿Te gusta Charly? —me preguntó, mirando a su alrededor y a cada paso.
Me conmovió su mirada y su pregunta.
—¿Ah?... ¿De qué hablas? —exclamé.
Así dimos vuelta a la última esquina, aflojó su correa, lustró uno de sus zapatos frotándolo en el pantalón y continuamos nuestro camino. Algunos minutos después, estábamos parados en la puerta de mi casa, yo iba distraída y escuchando sus palabras sin interés, algo confundida. Sabía que mi propósito del día ya era imposible, el retaco y flaco se encontraba a muchos siglos de distancia, semidesnudo, en alguna playa. Me despertó el sol, que era propicio a esa hora, al iluminarme el rostro. Salí de mi laberinto y toqué el timbre; me abrieron casi automáticamente; no esperaron un segundo toque. Me alegré. No tenía ninguna intensión de prolongar la charla con mi amigo circunstancial. Nos despedimos rechazando su invitación. Tartamudeo burlonamente.
Apresuradamente subí las escaleras. Al entrar a mi habitación, tiré los libros y cuadernos en mi escritorio; me quité rápidamente el uniforme, lo doblé y lo puse en cualquier parte. Estaba confundida y molesta por su fantasmal presencia. Alcé mis hombros y me dije: ¡Qué diablos me importa! Pero todo se confabulaba. Por todas partes había tranquilidad, y yo allí, intranquila. Reflexionándolo sin pasión, me decía a mi misma: “retaco, feo y flaco, qué me interesa”. De súbito mi rostro se enrojece y no me imagino el rubor. No sabía lo que me sucedía. Tuve a bien decirme que me comportaba como una idiota. Pero me deleitaba cruelmente esta sensación y este esfuerzo de no querer pensar más.
Víctima como era de estas influencias misteriosas e invisibles, me daba cuenta de lo que me sucedía ¿Me daba cuenta?... En esos momentos nada escapaba a mi atención; conservaba una intolerable lucidez, no quería entender lo que originaba todo aquello. Solo se me ocurrió gritar para mis adentros… Me contuve, tomé aire. Dije a media voz: “¿Estoy enamorada?”. No quise pensar más.
A los dos días siguientes, luego de salir del colegio, caminaba a paso lento, examinando el asunto, sin poder hallar una respuesta… —Cuando lo vi en el salón, sentado, fingiendo no verme, se me ocurrieron tantas cosas, que me hacían pensar en un enjambre de sentimientos no comprendidos. Me irritaba su indiferencia. Y para colmo, aún tenía adolorido los brazos. Me encolericé y estuve a punto de ir hasta su asiento para interpelarle, pero mi orgullo no me lo permitió—… Sentí alguien a mis espaldas. Me detuve. Me volví hacia atrás y lo vi. No estaba muy lejos. Me es imposible describirlo. Súbitamente, me sentí del mejor humor por este inesperado encuentro.
Dio unos pasos lentos y me dio alcance.
—Hola, Estrella. Tengo un encargo para ti…
Crucé las piernas y me dediqué a observarlo. Extendió su brazo, dejó correr su vista a lo largo de mi cuerpo y me entregó un libro.
—Teresa me lo ha prestado… Pero me dijo que era tuyo…
Su voz fue como una palmada en mis hombros.
—¿Sí? No me había dicho nada… —le contesté, indiferente.
Me miraba provocándose una sonrisa nerviosa, pero sus ojos tenían un aspecto serio, atractivo y oculto.
Instantáneamente se me ocurrió interrogarlo irónicamente, casi bromeando.
—¿Tuviste miedo de pedírmelo personalmente?... —le pregunté, sonriendo con amabilidad.
—¡Jem, jem! ¡Sí, así parece…! Pero, no… fueron las circunstancias —respondió, llevándose la mano a la cabeza e irguiendo los hombros.
—Ya ves. A ella si se lo pides, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir? —respondió, mirándome de frente.
—Hazme el favor… Sé que le gustas a ella —le dije, un poco emocionada —. ¿Tienes algo con ella?
—Claro que no. Estás lejos de saber el origen de mis sentimientos… Me halagan tus afirmaciones, ella no te va a perdonar la infidencia.
—Eso depende… —le dije, en son de reproche.
—Depende, ¿de qué? —respondió, sonriendo sutilmente.
—De que me delates.
De repente, percibo que me falla el brazo y trastabillo. El libro se cae de mis manos y doy un grito de dolor. Él se inclina y lanza sus manos en el vacío y logra cogerlo en el aire. Se queda mudo. Durante unos segundos, no le interesa mi embarazosa situación, disimula. Luego, me toma del brazo y me retiene casi chocándonos. Me dan unas tentaciones de ir sobre él. Me lo impido excusándome.
—¡Perdón!
Esto dura, dura un tiempo deliciosamente corto. Mis cuadernos yacían desparramados en el suelo. Inmediatamente él se agacha y los recoge ordenadamente. Lo observo inclinado, en cuclillas. Me rueda la alegría, la satisfacción de verlo que me engríe, que se disculpa… ¿Qué hora sería?... ¡Qué me importaba!...
Esto produjo su efecto, un efecto imprevisto y mágico. Cada uno de sus movimientos me pedía perdón por no haber sujetado bien el libro. Le di las gracias por el servicio de juntar mis cuadernos y entregármelos ordenados. Mentira, no me los entregó. Se los puso en el otro brazo y se encargó de cargarlos.
Comenzamos a zigzaguear entre la gente, casi al final del mercado, jugueteando y discutiendo sobre una obra que él se atrevió a leerme. Sentí entonces una mano sobre mi hombro y me volví. Observo con curiosidad que son dos amigos.  
—Hola, Estrella. ¿Por qué tan solita? —oigo un saludo burlón.
—Hola, ¿qué tal? —respondo molesta.
Me detuve allí y decidí enviarlos al fin del mundo. Pero no pude. Eran también mis amigos de mi salón de clases, de mi colegio. Me puse a conversar con ellos por unos instantes, tratando de despedirlos.
—¡Ah, sí! —dijo Charly, dando un paso atrás y con un rostro de pocos amigos.
Un instante después, me entregó el libro y mis cuadernos, dio media vuelta y cambió de dirección. Tuve que cederle el paso para que no me atropellara. La presencia de aquellos amigos lo exasperó.
—¿Ya te vas? —le pregunté.
—Sí. Creo que ellos son una mejor compañía…
Los dos echaron a reír de una manera tonta. Al pasar Charly junto a ellos, lo torearon, lanzándole algunas burlas.
Cambié de aspecto. Furiosa y rudimental, los fulminé con mi mirada; luego me llevé la mano al rostro, me volví hacia Charly y lo miré alejarse, apurando el paso.       
Libertad