lunes, 18 de abril de 2016

Examen de una muerte declarada III



Mientras tanto, ya en 1487, Huayna Cápac baja a la costa a fin de conquistarla; llega al valle de Chimú —Trujillo—. Luego de medir fuerzas, ordena que se allanen los del valle de Chacma y Pacasmayo; quienes al verse disminuidos responden positivamente. Lo mismo ocurre con los de Zaña, Collque, Cintu, Tumi, Sayanca, Mutupi, Pichiu y Sullana. Esto le costó dos añitos, más o menos. Pero para bien, porque con sus nuevas conquistas renovó su ejército haciéndolo cuatro veces mayor.
Entonces volvió a Quito donde se ocupó en la construcción de varias fortalezas y ductos de agua. También mandó construir, para variar, “la casa de las escogidas”.
Lo mismo hizo, pero en menor grado, en Tumbes. Para esto trascurría el año de 1492.
***
Así, luego de la toma de Granada por los castellanos y que el rey moro besara, de rodillas, las reales manos a los Reyes Católicos, el cargoso de Colón volvió a reunirse con ellos después de mendigar por toda Europa con un nuevo mundo en las manos. Ahora no le quedó otra que contarles la susodicha “información privilegiada”.
Pero como los recursos del erario eran harto escasos, la campaña tenía que ser pospuesta o, por último, desechada. Entonces apareció un tal Luis de Santángel, funcionario de la corte de los Reyes Católicos, de familia judeoconversa, y que luego se convertiría en protector de Colón. Como buen judío se había enriquecido a costa de la guerra. En su “afán” de auxiliar a moros y judíos perseguidos por la inquisición, hizo gran fortuna. Hubo una en especial: el rescate de los judíos malagueños que fueron expulsados de Castilla. Este angelito y su adjunto, un tal Pinelo, les cobraron mucho dinero, que fue pagado en efectivo y en bienes. Y así, siguiendo con sus fechorías, los dos personajes se vuelven prestamistas de la corona. Aunque ya entre 1489 y 1491 habían financiado parte de la conquista de Granada; la que llegó a la friolera suma de 315.000.000 maravedís. También dicen las malas lenguas, que a inicios de 1492 los reyes mandaron pagar, por intermedio de Santángel, a un tal Isaac Abravanel —nombrecito nada judío—, la “pequeña” suma de 1.500.000 maravedís por un préstamo que éste les había hecho; pero como el judío estaba en trance de expulsión, el angelito de Santángel se “olvidó” de pagarle. Y así sucesivamente…
En esta galería de colección industrial de maravedís por parte de Santángel, nace la financiación del primer viaje de Colón por encargo de su alteza Isabel la Católica. Así, la nueva cruzada tenía resuelta lo económico. Es decir, se desembolsó 1.400.000 maravedís contantes y sonantes.
Mejor sigamos, porque si me detengo en estos avatares el relato se convierte en la de “Las mil y una noches” con Alí Babá y sus cuarentas ladrones incluidos.               
Entonces Colón llega a América creyéndose el nuevo Marco Polo; atraca en la isla de San Salvador, que queda en el archipiélago de Lucayas. Pero el muy tarugo cree que ha llegado a la India. Por eso, pluma en mano, relata sus aventuras épicas con el afán de hacerse famoso; aunque siempre dejando en duda el lugar de su nacimiento. ¿Por qué sería?... Pero está contento porque acaba de encontrar los nuevos mercados y el futuro enriquecimiento de él y de los hombres que se sumaron a la expedición; y porque también llegan para evangelizar a los pájaros, animales y plantas y ponerlos al “servicio de Dios”. Le había llegado la hora de salir de misio, escalar hacia la nobleza castellana y buscar nuevas historias que contar a sus nietos. Así, mismo Concilio de Clermont que dio inicio a la primera cruzada, lo divino y lo caballeresco fueron los ejes en las que giró la conquista del nuevo mundo. Para estos angelitos, los “indios” son un grupo homogéneo carente de atributos culturales; tienen la misma estatura, el mismo color, la misma desnudez, todos andan pitados igual y no tienen lengua, ley ni religión. Seres raros como los animales que no tienen voluntad; especímenes dignos de cualquier álbum coleccionable para ser mostrado en el “viejo mundo”. Desde sus perspectivas religiosas y novelísticas, había que domarlos y transformarlos. Se creían los mejores del mundo. Así, el imbécil de Colón descubría un nuevo mundo sin saberlo; pero no a los americanos. Fueron estos pensamientos los que sentaron las bases para la justificación del esclavismo y la explotación de los indígenas. Después de todo, el intercambio de oro por religión era lo justo y necesario.
5 de diciembre de 1492, Colón llega a la isla de La Española (Haití y la Republica Dominicana). Forma la primera colonia europea en el nuevo mundo. Ningún monje Dominico o Jesuita lo acompañan en su primer viaje; ni tarugos que fueran.
Pero esta expansión castellana en el oeste produce tensiones con Portugal. Así que el papa Alejandro VI —Rodrigo de Borgia— entra a tallar de mediador; y lanza su bula Inter Caetera en 1493 que limitó el área de influencia de ambos. Se reunieron y acordaron trazar una línea imaginaria de polo a polo situada a 100 leguas al oeste de las Azores —conjunto de nueve islitas paradisiacas entre Europa y América—. Ahora cada reino podía reclamar al otro. Poco después, el tratado de Tordesillas de 1494 trasladó la línea fronteriza a 370 leguas al oeste de Cabo Verde, que abrió así una amplia zona al este de Sudamérica, para la expansión portuguesa, que luego se conocería como Brasil.    
***
El tiempo, que a todos nos ocurre y que como Cronos devora todo lo existente, no se detuvo; siguió y hasta allí llegó un viejo Huayna Cápac. Ahora consuela su vejes —como todo viejo huevón— recordando cada pasaje de su conquistadora vida. Habían pasado muchas lunas de no ver su palacio de oro y piedra. Ahora el hijo nacido del vientre de la extranjera era un mozalbete guerrero y ambicioso. ¿Qué edad tenían los dos? El Auqui “veintiocho veces trece lunas”; el bastardo, apenas “sesenta lunas menor”.
Sí, “El Joven Señor” está viejo; ahora es un carcamán de 72 veces trece lunas. En el amor y sexo no tuvo competencia. Ni su padre Tupac Yupanqui llegó a tanto. Tal vez podríamos compararlo con algún cuerdo emperador romano que tomó como deporte favorito lo erótico.
—Sapa Inca, un grupo de extranjeros han puesto sus pies en el imperio.
—¿Otra conferencia? Llevo el alma cansada… y mi cabeza quiere volar en mil pedazos; y no sé si por mucha metida de lengua tengo unas manchas rojas por toda la boca que se van ampliando; qué te parece si lo dejamos para mañana. ¡Ay, cómo me duele el cuerpo, por la puta madre! —Disimulando su dolor, aumentó— ¿Qué más?... Tú sabes que mi reino es inmenso, sacerdote. El Tahuantinsuyo ha crecido tanto que abarca muchas razas. Y todas pueden llevar una existencia digna del ser humano. Tú sabes lo que me costó la Maskaypacha: intrigas y ambiciones cortesanas. Primero, que el hijo de una de las concubinas de mi padre; después, que el hijo de mi tío Apu Huallpaya… cojudeces, puras cojudeces. Para eso estaba mi vieja Mama Ocllo y la lealtad de mi tío Huamán Achachi.
El Villac Umu lo mira impávidamente, detiene los ojos en dirección de la borla carmesí, de la Maskaypacha; quiere explayar mejor la idea. ¡Aquellos extranjeros! ¡Estos extranjeros son diferentes, sin dudas! Serian acaso los mismos del sueño que le contó el Sapa Inca. Aquel sueño manso que luego se convirtió en pesadilla: Fantásticas y gigantes naves atracaban a la orilla de la verde e inmensa Mama Cocha, traían hermosos atavíos, que presiente y adivina no conoce. Eso le da miedo. Por eso el narrador desfigura los hechos y soslaya sus presentimientos. “Mi reino es demasiado grande que mis veloces chasquis tardan muchas lunas en entregarme la última noticia de lo que sucede con mis tropas que combaten en el Maule”.
—¡Sapa Inca, en el Cusco te reclaman!
—Iré… Ya veremos, hoy quiero el día para mí y algunas de mi Huayrur aclla… Tal vez sea mi último polvito. Así que retírate y de pasadita dale aviso a la mamacona, dile que se haga presente con tres de ellas… y que no demore, que mi desayuno de maca me ha puesto “duro”. Y también manda llamar a mi hijo Ninan Cuyochi… No sé por dónde anda ese pendejo…
—Ja, ja, ja. —se ríe en silencio el sacerdote — Si a éste ya le han preparado su estatua de oro, su “guaoqui”. Debería de llamar a sus chácaras, yanaconas… e ir a su gineceo… El pobre está más allá que para acá… Hace buenas lunas que no se le levanta ni el ánimo… Lo que necesita son tres, pero del Taqui Aclla. Éste es puro pututo… —dijo saliendo y murmurando el Villac Umu.  
Pero ahora era 1525. Y después de una larga ausencia, volvía al Cusco. Iba acompañado de sus generales y por toda su nobleza. En hombros y con gallarda caminata llegaban al Ombligo del Mundo. “El Inca regresaba después de intensas campañas en el norte del imperio. Ahora todos saben que ha conquistado Chachapoyas y Llamichus; y aplastado la rebelión de los Calanques. Regresa acompañado de sus consejeros. Ha dejado en Tomebamba (Tumipampa o Tumipamba) a uno de sus hijos predilectos, Atahualpa. Y lo espera otro de sus hijos, Huáscar. Sí, Huayna Cápac regresa como lo hiciera antes; sólo que esta vez, y pocos lo saben, el Inca está sin alma”.

***
Mientras tanto en Portugal, después del tratado de Tordesillas y luego del “gana, gana” o de quién llega primero a las islas Molucas (Maluku en la actualidad o Malucas en el siglo XVI), también conocidas como las Islas de las Especias —que forman parte de la actual Indonesia—, entre Portugal y España, el primer conde sin sangre real, conde de Vidigueira, fue enviado de regreso a la India tras permanecer de asueto naval 20 añitos. Tenía que sustituir al desastroso y pervertido virrey Duarte de Meneses. El destino quiso que este lobo de mar contrajera la malaria al poco tiempo de su llegada. Así, convaleciente, puso mano fuerte y logró poner todo en orden; lo que no pudo fue vencer la enfermedad; así que ésta lo llevó con diosito en las vísperas de navidad del año 1524. Era nada más y nada menos que Vasco da Gama, navegante portugués que descubrió por primera vez una ruta para llegar a la India rodeando el Cabo de Buena Esperanza. Entonces Lisboa pasó a ser la capital de las especias. Pero antes, como ya lo hemos dicho, Cristóbal Colón dio un nuevo giro a la idea de navegar hacia el este; se mandó con todo al oeste, descubriendo América.

***
Luego de la muerte del Sapa Inca Huayna Cápac y luego de la misa de un año por la muerte de Vasco da Gama, empieza lo bueno.

***
El potente empresario y gobernador Pedrarias, alias “el Galán”, crea la Armada de Levante en julio de 1525. Levante era la región a conquistar que quedaba al sureste de Panamá y que luego recibiría el nombre de Perú. Aunque antes ya había un proyecto de expedición que figura en un texto del 6 de marzo de 1524. Lo sabemos porque un resentido Gil González Dávila, luego de llegar a Panamá, y dar cuenta de sus exploraciones, y ante el temor de que el gobernador Pedrarias atentase contra su vida, huyó a Santo Domingo, desde donde le escribe al Rey Carlos I de España, V del Sacro Imperio Romano Germánico e hijo de Juana I de Castilla (la loca) y Felipe I (el hermoso) y le informa que Pedrarias pretende organizar una expedición para descubrir el Levante. Pero Pedrarias, al enterarse, cambia de parecer y decide organizar por su cuenta la Armada de Nicaragua. Como tiene amigotes nobles y oficiales reales de Panamá, y harto billete y harto poder —pero como es duro—, decide hacer una chanchita para financiar la expedición a Nicaragua y jorobar a Gil, que se encontraba allí y había recibido oro de manos del cacique Nicarao. Se reúnen en una comilona de padre y señor mío y todos colaboran, pero con desconfianza, ya que hay muchos intereses; entonces deciden nombrar a Francisco Hernández de Córdoba como lugar teniente de Pedrarias. Pero no todos quedan conformes. Unos quieren que sea un tal Francisco Pizarro; otros, Diego de Albítes.
Al final, Pedrarias formaliza la Compañía Comercial del Poniente y envía a Francisco Hernández, quien previamente le había prometido muchas ganancias y le había “roto la mano” con una fuerte cantidad de dinero.
Pero como el destino es siempre imprevisible y crea laboriosas e insospechadas contradicciones, sucede que el pendejo de Francisco Hernández, ya en Nicaragua, se le subleva a Pedrarias, que queda botando espuma por la boca, franco el rostro y sumido en un absoluto silencio. El hablador, ya no sonreía muy fácil. Entonces, ni corto ni perezoso, va en busca de Pizarro y le ofrece el cargo de lugarteniente de Nicaragua; y le pide, además, que utilice sus navíos y se dirija a traer al susodicho Hernández para propinarle un reverendo castigo. Pizarro, perplejo, reacciona echándole flores; pero le dice que con él no es la cosa, porque se halla entregado a su trabajo y con los barcos preparados para su segundo viaje al Levante, y que allá había full oro. Por eso, pese a la tentadora oferta, Pizarro decide continuar su empresa con sus otros dos socios.

***
Retrocediendo al primer viaje de la conquista del Perú, y como ya dijimos, eran tres socios o consocios —fundaron en Panamá, después de la debacle de la primera expedición en 1524, la Compañía de Levante, suscrito ante el escribano Hernando del Castillo, 25 de marzo de 1526—: Francisco Pizarro, Diego de Almagro —algo mayor que Pizarro— y Hernando de Luque que era cura de Panamá, y por lo tanto “gozaba de influencia y de general estimación”. No olvidemos que Hernando de Luque representa los intereses de la Iglesia Católica y del licenciado Gaspar de Espinoza, oidor de la Audiencia de Santo Domingo y miembro de la familia de “los Espinosas”, banqueros de Sevilla y Valladolid. Este curita pendejo, previamente había hecho un contrato traspasando sus derechos —el tercio que le tocaba— a esta “Compañía”. Los 20 mil pesos aportados en 1526 lo confirman. Aunque los dos capitanes también se mojaron y aportaron parte de la suya. Es por eso que Hernando del Castillo acredita que los dos capitanes reciben del curita la suma de 20 mil pesos en barras de oro, o sea, más o menos, nueve millones de maravedís.

***

Arranquemos con el primer viaje luego de tanto preámbulo.
Para la primera expedición, y luego de una corta búsqueda, compraron dos buques pequeños. El más grande era uno de los construidos por Balboa para el mismo propósito; pero, como ya sabemos, a éste le llegó antes la muerte; injusta muerte por culpa de la envidia y la sinrazón, por no decir la urdida pendejada de Pedrarias… Al más pequeño de ellos lo bautizaron con el nombre de “San Cristóbal”; al de Balboa de “Santiago”.
Pero la mayor tarea fue reclutar hombres. Porque la desconfianza en las expediciones hacia el sur era más o menos como lanzarse a la mar en el primer viaje de Colón. Al final, luego de ofrecer el oro y el moro, pudieron reunir 100 castellanos.
Entonces Pizarro se adelantó en el “buque insignia” de Balboa con 80 españoles, 32 “nicaraguas”, 15 esclavos negros y 4 caballos. Esto sucedía a mediados de setiembre de 1524, cuando el clima era harto malísimo: “había lluvias y vientos contrarios a la navegación”. Pero nada detenía al oblongo y cazurro Pizarro. Almagro, luego de darle un fuerte abrazo y sobarle la espalda, lo vio partir. Le daría alcance después de conseguir más hombres, “aparejar” el buque pequeño y llenarlo de vituallas.
Primero tocaron en el archipiélago de Las Perlas, atravesaron el golfo de San Miguel y se dirigieron al puerto de Las Peñas. Luego bordearon la actual costa colombiana, entrando en el rio Birú —que algunos creen que la mala aplicación de este nombre originó la de Perú—, “y se internaron como dos leguas”. Desembarcaron todas sus fuerzas; ningún mercenario quedó en el barco excepto los marineros. Penetraron con mucha dificultad; el calor intenso, los moscos y los ruidos de pájaros y otros animales, para ellos desconocidos, llenaban todo el espacio. En su penosa caminata, destajaban a fuerza de machete la densa y apretada vegetación caribeña. Durante dos días estuvieron reconociendo el lugar. Sólo encontraron un bosque infinito lleno de pantanos y peñascos. Cuando por fin logran salir, se hallan en una región montañosa llena de innumerables piedras filudas que les cortan los pies. El hambre, las ganas de una mujer y el calor reinante les obligaron a volver, reembarcarse y partir. Así, siguieron recorriendo la costa colombiana, hasta que eligieron un lugar para detenerse y para aprovisionarse de agua y leña —otra cosa no había que conociesen—. Las provisiones en el barco estaban a punto de agotarse. Así que, para retardar este conflicto, se llevaban a la boca, para todo el día, dos mazorcas de maíz. Tanto fue el exceso de hambre que, Pizarro y sus hombres parecían insectos peludos por lo demacrado de sus cuerpos. En estas condiciones, sus soldados maldecían la hora en que aceptaron tal viaje. Por ello, sólo deseaban regresar a Panamá, en donde podían tragar, beber y tener sexo con las nativas. Hubo algunos que quisieron revelarse, pero Pizarro desplegó las notables condiciones de su carácter —mismo Balboa antes de que perdiera la cabeza, literalmente—; los animaba y les infundía fe con palabras fuertes, pero llenas de consuelo. “¡Sí se puede! Estos muros serán nuestros peldaños que nos llevarán a la victoria… Lo muy lejano será cercano si viajamos hacia allá… Griten conmigo: ¡Sí se puede! ¡Ra! ¡Ra! ¡Ra! …”. Pero los días trascurrían y los “bastimentos se iban agotando; estaban en el extremo”. Así que, para remediarlo, acordaron dividirse. Unos fueron en el barco a las islas de Las Perlas, al mando de Gil de Montenegro, en búsqueda de provisiones; Pizarro y los otros se quedaron allí rasgando la olla y abasteciéndose de la mejor manera hasta la vuelta de los otros. Así que, los que se quedaron, todos juntos, construyeron barracas, en donde dormían apegaditos; por las mañanas iban a cazar culebras y a buscar raíces —mismo Adán y Eva luego de que diosito los botara de su mansión—, muchas de ellas venenosas, que al poco tiempo les hinchó la panza. 27 infelices fallecieron en esas condiciones. Había transcurrido 47 días de la división, y ya se les agotaba el tiempo, la espera. Estaban por fallecer todos cuando hizo su aparición Gil de Montenegro trayendo carne, frutas y maíz.
—¡Te pasaste, barrio! Pero, hubieras traído unos culitos… —dijo un desfalleciente Nicolás de Rivera, el viejo, tesorero de la expedición.
—Tranquilo, no te me achores… Con las justas puedes con tu vida y estás pidiendo un culo… Además, la chachita sólo alcanzó para esto… —reculó Gil de Montenegro.
Aquella mañana de cielo despejado, y luego de llenarse la panza hasta el cansancio, todos, al unísono, acordaron abandonar aquel infierno. Así que, sin usar más que unas pocas neuronas, bautizaron el lugar con el nombre de “Puerto del Hambre”. Y continuaron el viaje; tocaron varios puntos en los que, a lo lejos, se encontraron frente a frente con indios caribes, a los que no les hicieron mucho caso. Hasta que por fin anclaron en un paraje, que aparentaba solitario, y desembarcaron. Estaban examinando el lugar, sin comprender muy bien dónde se encontraban, cuando de pronto sintieron una lluvia de piedras y lanzas que caían de todos lados. Cinco castellanos quedaron sin almas; y hubo muchos heridos, incluyendo a Pizarro. La lucha fue feroz; tanto, que al capitán le hicieron rodar por una ladera con el alma en peligro. Pero este se agazapó y, estirando el brazo, pasó por su filudo sable a dos; luego se incorporó y contuvo a los demás. Así quedó de pie, gravemente herido y echando risitas y mirando para todos lados.
—¡Puta madre, me han metido un buen combo en la espalda!… Llegaron como un huayco. Casi manco… porque mi vida quedó a merced de una inmensa piedra que pasó rozándome la mitra. Bueno…, pero no me queden mirando…, necesitamos curar nuestras heridas. Otro día dirán Pizarro a muerto… pero no será el día de hoy… por más que alguno lo desee. 
Curados, con aceite hirviendo, único remedio que tenían a la mano, todos apuraron a reembarcarse.
Ahora se trasladaban a Chocama, punto muy cerca de Panamá. Pizarro, confundido, quería saber el paradero de su socio Almagro.
—Me tinka, me late que este pendejo ya me cerró… Y, no contento, me quiere terciar con mi nueva hembrita allá en Panamá… —bramó un colérico Pizarro.
Se equivocaba, porque éste ya se había hecho a la mar, siguiendo el mismo camino, con 50 hombres a bordo del San Cristóbal. Pero para mala suerte de Almagro, desembarca también en el “Fortín del Cacique de las Piedras”, lugar funesto para los dos capitanes. Pues, si allí casi violan a Pizarro, a él le mataron un ojo. No solo eso, porque si un negro no lo rescata de las manos de los nativos, al pobre le quitan la poca ropa que llevaba y, calatito, lo pasan por las armas.
A las horas, ya pasado el susto, los castellanos lograron vencer. Almagro, con el hígado en la boca y hecho un bravucón, mandó incendiar el fortín rebelde. Luego llamó al negro que le salvó la vida y le dijo: “ves lo que les pasa a los que se me amotinan, pues, este es su fin. ¡Nadie se me achora!… Toda esta porquería se llamará ahora Pueblo Quemado”.
Pensativo, taciturno y refunfuñando sus penas, Almagro se pregunta por Pizarro. En sus conjeturas se hace la idea de que su amigo ha sucumbido. “Si a mí me han matado un ojo, a este cómo le habrán dejado el ojete”.
Así, llenos todos de desaliento, decidieron volver a Panamá. Por si las moscas, antes llegan al rio San Juan —manglares colombianos—. Ni los residuos de Pizarro. Ya, creyendo que el alma de su amigo correteaba en el infierno junto al alma del primogénito de Maximiliano I, partió. Por fortuna tocaron antes en la isla de Las Perlas. Aquí se enteró de que, el hijo de la guayaba y el mandarín, se encontraba muy horondo en Chocama. Entonces decidió ir a su encuentro.
Al reencontrase, saltaron como locas, y se dieron besitos, y se propusieron volver a intentarlo. Acordaron entonces, luego de hacer un inventario de lo sucedido: la muerte de un ojo y la casi violación de Pizarro, más el mal estado de los navichuelos, que el nuevo tuerto “marchara a Panamá en busca de nuevos auxilios”.
Al llegar a Panamá, Almagro fue mal recibido. Algunos desleales y chismosos, misma prensa chicha, habían dado cuenta a Pedrarias de lo acontecido en la primera expedición. Entonces entró a tallar la iglesia católica, por intermedio de Hernando de Luque, pues deseaba más carneros, digo, feligreses, para explotarlos. “Business to business” esa era su filosofía teológica. Además, no olvidemos que el hereje y antisemita de Lutero ya estaba haciendo estragos a la iglesia católica y en especial a su cabeza: empezó jorobando y llevándolo hasta el quicio a Leoncito X —segundo hijo de Lorenzo de Medici—; continuó con el siguiente Vicario de Cristo, el Papa Adriano VI, y le hacía la vida imposible al nuevo Sumo Pontífice, Clemente VII”.
Pedrarias, ni tonto ni perezoso, se propuso chapar la suya.
—Bueno, si me ofrecen parte de las ganancias que se obtengan, yo levanto la prohibición para el nuevo embarque de gente… Y hasta pongo un billetito.
—Pero usted arriesga poco, casi nada. Es un sencillo lo que usted colabora —dijo un acalorado Luque.
—Mire, curita, tú tienes que saber que ya me cabeceó el pendejo de Francisco Hernández…, se me sublevó en Nicaragua… Pero ahora yace su cuerpo sin alma ni cabeza; así que… lo tomas o lo dejas… Además, ya estás enterado de lo que le pasó a Balboa por marchar sin mi consentimiento… —aumentó el gobernador—. Ah, y designa a Almagro como capitán y adjunto de Pizarro. Éste se me “achoró” y no quiso ir a traer a su tocayo; además es muy avezado y pendejo…
Cuando Pizarro llegó de Chocama a Panamá, y se enteró de lo sucedido, se le encendió el rostro de cólera… Pero no podía hacer nada. Al final, el curita Luque lo convenció y todo quedó cordialísimo, que hasta celebraron los tres una misa para consagrar la unión o contrato. Por eso, enternecidos, “los comandante o capitanes Pizarro y Almagro, juraron en nombre de Dios y por los Santos Evangelios ejecutar lo que prometían haciendo el juramento sobre el misal en el cual trazaron con sus propias manos el sagrado emblema de la cruz” para luego comulgar los tres con la misma hostia. Obviamente, el cura que ofició la susodicha misa fue Hernando de Luque. Esto sucedía un 10 de marzo de 1526.
Ahora empieza el segundo viaje.
Una vez juntado los fondos, habilitaron dos buques mayores y dos canoas, las que llenaron de “bastimentos y armas”. Luego pregonaron sin disimulo su expedición al sur, en donde encontrarían riquezas nunca vistas. El propósito era que más hombres se adhirieran a la aventura. Pues sabían que había “hombres colocados en situación ruinosa” y nada tenían que perder. Al final, alistaron unos 160 hombres, 30 esclavos negros y 30 nativos; además de 20 caballos y 6 perros de razas alana, mastín y dogo. El piloto era ni más ni menos que Bartolomé Ruiz, natural de Moguer, en Andalucía, quién ya había explorado la costa occidental hasta Coaque.
Con todo esto, Francisco y Diego emprendieron el segundo viaje por el mismo rumbo que la primera vez, cada cual en su buque; pero ahora sin cometer los mismos errores. No hay primera sin segunda… dice el dicho.
En esta travesía, entrando por la desembocadura de un rio, vieron que sus orillas estaban cubiertas por casas de nativos. Entonces, furtivamente, desembarcan Pizarro y algunos hombres, logrando sorprenderlos. Capturan un excelente botín consistente en adornos de oro, los que se hallaban en el interior de los bohíos.
Pero no todo fue de maravillas; cuando antes tocaron la bahía de San Mateo y se dispusieron a desembarcar, fueron atacados por naturales que en su extremo eran agrestes; tanto, que hubo muchos heridos. Entonces Almagro consideró imposible y estéril la permanencia en aquel punto. Pizarro dijo lo contrario: “¡Retroceder nunca, rendirse jamás!” … Al no ponerse de acuerdo, discutieron acaloradamente llegando a la injuria y a amenazarse arma en mano. Cuando ya estaban dispuestos a trenzarse, cual gallitos de pelea, el piloto Ruiz logró separarlos con la ayuda de otros castellanos. Al final, los dos capitanes terminaron dándose besitos hipócritas y un abrazo gay. Se notaba ya una repulsión mutua y solapada. Es entonces que de común acuerdo determinan que Almagro vuelva con el botín conseguido a Panamá en busca de nueva gente y que Pizarro se dirija con los demás a la Isla del Gallo. Este quedaba en la bahía de Tumaco, al sur de la actual Colombia.
Sin más, Almagro parte. Desde la proa y con un solo ojo los ve desaparecer en el horizonte.
Sin detenerse, Pizarro y el piloto Ruíz se dividen. Deciden que El capitán y el resto de sus fuerzas permanezca cerca del rio, porque algunos nativos capturados les aseguraron que a corta distancia había una región abierta y cultivada, en que él y sus soldados podían vivir con comodidad; mientras el piloto Ruíz, siguiendo la costa del gran continente, se dirigiera a la pequeña Isla del Gallo.
Y así partió Ruíz. Pero al llegar a la isla, los habitantes, que eran numerosos, los recibieron con hostilidad. Interrumpido, abandona su proyecto y no desembarca. Da vuelta a la vela y recorre la costa hasta la bahía de San Mateo. Grata fue su sorpresa, al observar que conforme avanzaba, hallaba indicios de mejores cultivos y una población más considerable. Así visitó la punta de Manglares, el rio Santiago, Puma Lagartos, Punta de Ostiones, islas del Corcovado, el cabo de San Francisco —en honor de Pizarro—, el morro de Jama, la Punta Pedernal y el poblado de San Juan de Coaques, donde halló a los nativos muisnes o cojimíes; población que no les tuvo miedo ni fueron adversos; sólo les quedaron viendo con la boca abierta, como complacidos de ver a unos dioses. Al percatarse de ello y no queriendo desengañarlos, Ruíz se embarcó y se alejó de la costa, ingresando a alta mar. Otra fue su sorpresa cuando vio que una balsa, de regular construcción, le dio alcance. “Al atracar la balsa al buque, Ruiz encontró en ella varios nativos (tallanes); había hombres y mujeres; algunos engalanados con un mosaico de plumas multicolores en estilo heráldico, además de muchos adornos de plata y oro, trabajados con mucho esmero”. Pero lo que más le llamó su atención fue el tejido de lana que componían sus trajes. Eran tejidos muy finos con adornos de flores y pájaros. “También vio algo que parecía una balanza, que supuso era para pesar metales preciosos”. Dos de los nativos eran procedentes de Tumba (Tumbes), puerto peruano que se encontraba a unos grados más al sur; al parecer eran comerciantes con cierta civilización. Éstos les confirmaron la existencia de un gran imperio cuya capital era el Cusco. Por lo tanto, resolvió detener a los más parlanchines y condescendientes, que eran tres; a quienes bautizó con los nombres de Felipillo, Fernandillo y Francisquillo. A los demás los dejó en libertad.
Así, emprendió el viaje y siguió sin detenerse hacia la línea equinoccial, que cruzó sin problemas; luego llegó a la bahía de los nativos Caráquez, y, finalmente, a la isla de San Mateo. Aquí se encontró con los habitantes de Jocay —hoy Manta—. Estos tenían un oratorio en donde rendían culto a la diosa Umiña, que estaba revestida de oro y plata. Se hicieron de ellos y partieron para reencontrase con Pizarro y los demás soldados en el lugar que los había dejado.
Ya era tiempo que llegara, porque, para entonces, el ánimo de la gente que se quedó con Pizarro estaba decaído. No había en sus pensamientos aquel entusiasmo primitivo que mostraron cuando se hicieron a la mar. No hallaban los campos que les dijeron ni las soñadas riquezas. Por donde miraran, sólo había una isla llena de horribles temporales; y el sol, que originaba un clima abrazador, más en aquellos terrenos impenetrables, llenos de salvajes caribes, los llenaba de fatiga, hambre y enfermedades.
Por otro lado, el tuerto está por llegar a Panamá en un mísero barquichuelo. Todos traen cuerpos de poca carne y rostros afligidos por hartas derrotas. Sus bocas están selladas por miedo a terribles castigos, que sin chistar le aplicaría un severo Almagro, “que no gusta de hablar, sino de hacer”. Pero un avispado soldado cuchichea con otros en un rincón del barco.
—“Éste nos venderá como reses…Y el otro espera más víctimas… El tuerto es menos astuto y cruel, por eso lo manda a la boca del lobo…”
—Entonces hemos de decirlo todo… Pues el capitán ha decomisado todas las cartas… hasta mi carta de amor y mis poemas escrita con mucho cariño para mí amada Celia.
—¿Tú crees que siquiera podremos ver al Gobernador?… Naca la pirinaca.
Entonces, el avispado soldado, sonríe y vuelve los ojos a todos los presentes.
—Miren lo que tengo aquí… ¡Visto o no visto! Para huevón… mi perro —Muestra a los ojos de todos un enorme y hermoso ovillo de algodón, de cuyo interior extrae una larga misiva —Éste será un obsequio para la mujer de Don Pedro de los Ríos, el nuevo Gobernador.
—Por favor, lee lo que dice… Nos tienes intrigado —dijo uno de los presentes.
—Es larga, así que remataré con esto… ¡Oído a la música!…
“Pues, señor Gobernador,
Mírelo bien por entero,
Que allá va el recogedor
Y acá queda el carnicero” …
Luego, ágilmente, vuelve a introducir la misiva en el ovillo.
—Es un secreto… ¡Que quede claro!… Que satanás lleve a su regazo al que se dispusiera a hablar…
De pronto, todos quedan en silencio. Hace su aparición, con el rostro agrio, el tuerto. Lleva un parche negro en el ojo izquierdo, mismo pirata.
—¡Toda esta gente ¿qué carajo hace?! ¿En qué piensa, arrejuntada en esta parte del barco…? ¡Cuchicheando como peluqueras…! Cuidadito con que alguien diga algo, lo colgaré calato y de los testículos en lo alto del mástil para que las gaviotas se los coman… Así que preparen todo que pronto desembarcamos…
Todos se limitaron a sonreír y decir: “está bien, está bien”. Luego, como ratas, se dispersaron murmurando y apurando el paso.
Desembarcan.
Mientras hay una tarde calurosa, la mujer del nuevo gobernador recibe la carta. Después de releerla y enterarse del contenido, se dirigió, como alma que lleva el diablo, a la presencia de su esposo.
—Esposo mío, mira lo que tengo aquí… Es cruel lo que les ha pasado a los hombres que llegaron con el capitán Almagro… Pero más triste es lo que les pasa, en estos momentos, a los muchachos que se quedaron con el capitán Francisco Pizarro… Cariño, tienes que evitarlo… Todo esto es una desgracia…
—A ver, dame esa carta… —En silencio se puso a leer— ¡Qué carajo! Ahora mismo doy la orden para que los traigan… Ya van a ver de lo que soy capaz.
Entonces llamó en su presencia a Almagro y le dijo “que se negaba en absoluto a permitir que hiciese nuevos alistamientos”. Luego de darle un café, bien cargado, ordenó llamar al capitán Tafur.
—Venga para acá, acérquese sin miedo… La orden que le voy a dar es terminante. Me los traes por las buenas o por las malas a los insensatos que se han quedado con el capitán Francisco Pizarro… Y diles que se dejen de huevadas, que sus locuras por obtener oro los va a llevar a una horrible muerte. Así que tome dos barcos y diríjase a recogerlos.
La suerte estaba echada. Hincha las velas de los bergantines y parten. En la playa solo un ojo los mira con cara de malos amigos.
La buena suerte acompaña al Capitán Tafur. Hay buen viento y el clima parece primaveral, poético. Por eso no tiene mayores percances en su travesía.
Así, cuando los hombres de Pizarro vieron llegar a los dos buques fue tanta la alegría en un grupo de soldados, que empezaron a saltar como locas…
—“¡Llegan por nosotros… llegan por nosotros!”.
En el otro pequeño grupo, que estaba muy cerca de Pizarro, las voces son, por el contrario:
—“¡Podemos seguir!”
El capitán Tafur desembarca y se dirige al encuentro con Pizarro. Se miran por un buen rato; luego se dan un fuerte y cariñoso abrazo. Tafur aprovecha y le murmura al oído:
—No he venido a ayudarlos… Tengo órdenes del gobernador don Pedro de los Ríos de llevarlos a todos, incluido a su capitán. Usted sabe que el gobernador es un cosito… Y su mujer le ha ordenado, por culpa de una misiva que llegó a sus manos, que cargue con todos los presentes. Ella le ha dicho que no puede permitir…
—Ya, no se diga más… Me hierve la sangre cuando las mujeres se meten en cosas de hombres… “Nadie fue traído por fuerza ni nadie se quedará sin su consentimiento… sino por su libre voluntad” —interrumpe alejándose el futuro conquistador— Y usted será testigo de lo que ahora digo.
Los soldados, luego de enterarse de lo que sucedía, empiezan a cuchichiar; hay voces discordantes; discusiones por el sí y por el no. Pero cuando se acercan los dos capitanes, se hace el silencio y nadie osa murmurar.
Sin más tiempo que mediar, Pizarro desenvaina su espada y pronuncia una singular y breve arenga. Luego traza de oriente a poniente una raya sobre la arena “con la punta de su estoque”. Mueve la cabeza en media circunferencia observando a todos por un instante. Allí parado, alto y más bien delgado, muy erguido, y con la barba larga y saliente, estira el brazo hacia el norte y dice, “broco y viril”:
—Por ahí se va a Panamá a ser pobres y cositos; por aquí —señalando al Sur— al Perú a tener buen sexo y ser ricos… Escojan lo que mejor le parezca —Y con paso firme cruza la raya, mirando desafiante al Capitán Tafur.
Uno, dos, tres, cuatro… trece galifardos lo siguen. El piloto Ruiz es uno de ellos. El destino para todos está echado, no hay marcha atrás. Trascurría el año de 1527.
—Bueno, capitán, ahí nos vemos…
—Pero, “barrio”, déjame uno de los barcos… —Pidió Pizarro.
—Oye… tú eres o te haces… Estás muy huevón si crees que por tu culpa voy a ir preso a mi llegada… Las órdenes son claras y estrictas… “Al Cesar lo que es del Cesar y al huevón lo que es del huevón” … Así que, haz lo que mejor puedas para conservar tu vida y la de los trece giles que se quedan contigo.
Momentos supremos y tristes. Pero a Pizarro no se le mueve ni un musculo del rostro. Entonces extiende uno de los brazos y con el índice levantado, señala a uno de los doce galifardos.
—Piloto Ruíz, coge tus cosas y regresa a Panamá para informar al pendejo de Almagro lo que aquí ocurre. Llévate a estos naturales… y aquellos frutos… y aquel oro.
Allí quedaba el trujillano, con una docena de muertos de hambre y falto de todo auxilio, en un islote espeso y en medio del océano, sin ningún bote de que disponer.
Pero el ánimo que les imprimió Pizarro hizo que se creyeran dioses del olimpo y con hercúleas fuerzas como para continuar y llegar al Perú.
—Bueno, empezaremos por el principio. Así que, manos a la obra, tenemos que construir una balsa. No vaya a ser que se aparezcan los nativos y nos violen —dijo Pizarro, volviéndose bruscamente hacia los once famélicos.
Así que construyeron una balsa y se trasladaron a otra isla distante “cinco o seis leguas de la costa”. Al llegar, desembarcaron y se encontraron con un monte lleno de cerradísimos bosques. Al pie de los árboles, no sentían que el sol existiera. Por todos los rincones del cielo no dejaba de llover y por todas partes manaba el agua. Todo parecía un paisaje salido de algún cuento de Allan Poe, por lo horrible y tenebroso. Entonces, Pedro de Candía, por lo que ahí veía le puso de nombre “isla de la Gorgona”. Eso sí, tenían abundante caza y no les faltaba pesca. Hasta divisaron varias ballenas en el horizonte del mar.
Con el paso de las horas, las plagas de insectos venenosos quebrantaban su salud. La situación cambio a angustiosa. Tanto, que uno de ellos sacó un pequeño crucifijo y, arrodillado, empezó a orar. Los demás lo siguieron.
Aunque no de hambre, pero llenos de soledad, pasaron uno tras otro los días y las noches infinitas; muchas veces amanecían enterrados en la arena, para que los jodidos mosquitos no los picaran. Y el pendejo de Almagro no aparecía. Siete meses transcurrieron; la locura los embargaba; en sus pesadillas se creían perdidos para siempre.
Hasta que una tarde, cerca de la playa, al pie de una palmera, sentado en cuclillas, con el pantalón hasta las rodillas, un Alonso Briceño se retorcía de estreñimiento. En su último pujo, colorado el rostro, logró divisar en el horizonte las velas de un barco. En el instante, cogió un par de hojas grandes y se limpió el culo apuradamente. Luego, con el pantalón suelto, gritando como loco, corrió a darles aviso a sus amigos.
—¡Barco a la vista, barco a la vista!
Era el leal y noble piloto, Bartolomé Ruíz, que llegaba acompañado sólo de marineros indispensables para dirigir el barco. Ningún refuerzo más. El cosito del gobernador no había consentido que llevaran más hombres. Almagro se lo pidió hasta de rodillas, pero el gobernador no cedió.
—Se van con lo que tienen —le dijo — Así que levántate y no me hagas cambiar de opinión.
Almagro murmuro infinitas lisuras, que por suerte no llegaron a los oídos del gobernador. Hasta le mentó la madre y le dijo cachudo en voz baja… Al final, “así será”, dijo. Salió y se reunión con el piloto Bartolomé Ruíz.
—No hay nada que hacer… Te tienes que ir sólo con los marineros. El sacolargo no quiere ni uno más… Ya tengo las cosas que tienes que llevar a Pizarro y su gente, así que manos a la obra.  
Partió el barco arrastrándose por el mar y desapareció en el horizonte.
A su llegada y después de la algarabía, Pizarro y los trece se embarcaron. No había derrota posible; si tenían que morir, morirían luchando cara a cara con la parca.
Salieron de Gorgona medio muertos y llegaron con mucho trabajo a la costa cerca de Tangarara. Después de 21 días llegaron a Tumbes. Allí, sin que lo creyeran, fueron bien recibidos y agasajados. Siendo para las dos partes de admiración mutua. Por fin para los castellanos existía un mundo civilizado, con comida, bebida y buenos mujeres. Por fin, y sin que lo supieran, estaban asentados en el Imperio del Tahuantinsuyo.
Para todo esto, soldados atrevidos como Alonso de Molina y el griego Pedro de Candía conocen el ágil meneo y las jadeantes voces de las hembras quechuas. Por ello prefieren quedarse para siempre entre indígenas peruanos que volverse a la península o a Panamá. Luego de discutirlo con Pizarro y los demás, todos acordaron dejarlos al cuidado de las mujeres, con quienes convivían, y de los nativos que se habían hecho amigos suyos. Y también para que aprendieran la lengua y costumbres de los nativos de aquella región. Entonces, se embarcaron y dieron la vuelta con destino a Panamá.
A su llegada fue recibido con honores. Hasta el sacolargo de Pedro de los Ríos le testimonió su admiración. Por todo esto, el capitán se encontraba de buen humor y muy contento por lo hallado y sabido del nuevo imperio. De Panamá pasó a España.
Sucedió que lo estaba esperando un hombre muy conocido por los aventureros españoles, un tal bachiller Enciso. Quien había tenido una activa participación en las primeras colonizaciones de tierra firme en el nuevo mundo. Y era acreedor de algunos de los primeros colonos de Santa María la Antigua del Darién o Cumaná. Entre ellos estaba el susodicho Pizarro. Así que inmediatamente que éste desembarcó, ni corto ni perezoso, le pidió el pago de la deuda. Al negarse a pagar —no por distraído, sino porque llegó aguja— fue encarcelado.


Este hecho causo indignación en varios de sus amigos que también lo esperaban en el puerto. Uno de ellos era Hernán Cortés. Inmediatamente dieron aviso al rey, quien dio la orden para que lo soltaran.

Examen de una muerte declarada II


Nacido en Tomebamba, durante la conquista del septentrión, ciudad de los cañaris, que ocupaba el segundo lugar en importancia después del Cusco —sus edificaciones competían con los de la capital del Imperio—. Estuvo en su afamada ciudad natal hasta la edad de seis años. Obligado por la edad y la circunstancia lo llevaron al “Ombligo del Mundo” junto a su padre el Sapa Inca Tupac Yupanqui. Allí, los mejores amautas y sacerdotes, hicieron de él un disciplinado e inteligente muchacho. En esa inclinación, el Inca, en medio de duras y constantes faenas guerreras, lo curtió.
¡Pero cuántas intimidades eróticas y asfixiantes concubinas del Sapa Inca inculcaron al primogénito! Conviene recordar que las mujeres tenían bastante poder y que las relaciones familiares no eran matriarcales, sino matrilineales. Es por eso que una maniaca madre se ocupaba de sus hijos; era ella la principal encargada de prepararle el matrimonio. Inevitablemente sabía que, de una de estas uniones, muy bien planificada, su hijo podía tener un control efectivo del Tahuantinsuyo o de los cuatro Estados Unidos o cuatro Suyos Unidos del Incanato.
Cuentan algunos desaforados cronistas que las cuestiones eróticas eran muy importante en la nobleza del Imperio; había un ritual en que los jóvenes de ambos sexos, luego de tomar chicha fermentada y bailar al son de la quena, la tinya y la zampoña, terminaban totalmente desnudos en cualquier iluminada y amplia cancha; para luego continuar en una tremenda orgía de padre y señor mío. Gusto florido que ellos creían era disfrutado por la Pachamama.
Acá hay un relato. Esto empezó poco antes del matrimonio del príncipe Inca.
Se ve al sol en toda su altura y hay una fuente hecha de piedras bien talladas de donde brotan chorros de agua que fluyen suavemente. Un grupo mixto de jóvenes, moviendo las manos, señalan los jardines colindantes. Parecen preparados y resueltos para una competencia. La corriente de aire produce un bienestar en sus cabellos sueltos. Y hay sentimientos que proliferan en las mujeres que se ubican muy cerca del Sapa Inca, que sonríe astutamente.
Desde su lugar, la Coya que está sentada, se pone en pie y se acerca a su hijo, que está alejado del grupo.
—Hoy tienes que participar en la danza ritual de fecundidad en honor de Chaupiñanca —le dice.
Éste sonríe para sí.
—Bueno. ¿Me ofrecerán los dos puñados de coca, madre?
—Los dos puñados de coca y un buen kero de maca… porque me ha dicho tu padre que sólo quieres tener sexo con cinco de ellas… Hijo, no me vayas a fallar… Debes saber que cuando crezca tu pájaro negro chiwillu todas las mujeres vendrán… Y cuando digo todas, son todas… Ya tu padre te habrá dicho que no se salva ni tu abuela ni las embarazadas.
—¡No, madre, no se preocupe…! Hoy entraré en trance y llevaré al wachoq a diez de las que usted escoja; y con mi raka las copularé hasta las últimas consecuencias… Ya el Sapa Inca me ha instruido… Me dijo que en sus orgias con tía Pillcu y diez concubinas se entregaba con mucha pasión; las ponía en las poses convenientes y les daba por todos lados… Y que al final no dejaba agujero sin estrenar… aunque terminaba con el chiwillu muy escaldado… Pero lo solucionaba con un pedazo de nieve que el chasqui le traía; con eso calmaba el ardor…
—Naturalmente que sí; pero… no te cuides… Si una de ellas te dice que concluyas en sus senos, no le hagas caso… Siempre salen con una sobadita en las tetas y en la cara; eso déjalo para el final porque si no te harán terminar pronto… Tú tienes que ser el último en concluir con la faena… Recuerda que eres el primogénito del Sapa Inca… El futuro Viracocha.
—Claro que sí… ¡Gracias por sus consejos! Pero ahora voy a juntarme con el grupo. 
Cincuenta, sesenta repeticiones como éstas se encargaban de ejercitar fisicoquímica y mentalmente al futuro Sapa Inca.     
Todas estas enseñanzas no faltaron; por ello, el Auqui barrió —literalmente— con toda la familia, para envidia de Vargas Llosa, Charles Darwin y Edgar Allan Poe.
¿No me creen? Entonces avancemos hasta su primer matrimonio.
Hoy se nos casa el futuro Sapa Inca con la mayor de sus hermanas y es axiomático. No sabemos si hay romanticismo, inocencia o ganas de aventura. Lo que sí sabemos es que los nobles y los curacas han llegado de todo el confín del imperio. Todo está preparado para el éxito, y es divertidísimo y contagioso… Se casa el Auqui Huayna Cápac. Ha salido del templo del sol y se dirige a la casa de la novia con varios regalos. Padres, hermanos y hermanas lo acompañan, es una panaca grandísima. También va acompañado de los señores del Chinchaysuyo. La novia luce los emblemas de su panaca, que están representados en su vestimenta: el acsu, la lliclla, un tupu, un chumpi, y en la cabeza, una hermosa sukkupa; también cuelga de uno de sus hombros la chchuspa; y calza unas amigables y frescas usutas. Luego del intercambio de regalos, ella se muestra triunfal; al fin y al cabo, sabe que nada es al azar, que es inevitable la conservación de la pureza de la sangre, y por ende su poderío.
—¡Afortunados muchachos! —dice el Sapa Inca.
El Auqui sonríe para sí, algo asustado.
—¡Es tan guapo! —dijo su madre. 
Los representantes de los tres estados restantes acompañan a la futura esposa, Mama Pillcu. Lo que significa que la Coya tiene un estándar más alto que el futuro marido. Esta unión le asegura al Auqui la participación de los cuatro suyos y por tanto el control total y efectivo del Imperio.
Ahora el príncipe acompaña a la futura Coya. Van agarraditos de la mano. Y hay una demanda.
—Me gustaría tener muchos hijos, me gustaría vestidos nuevos, me gustaría…
—¡Ah!, ¿Sí? Hijos, los que vengan… Por lo otro, no me pidas una promesa cuando no la puedo dar. Eso lo coordina con la Coya…
—Cuando me tenía desnuda y abrazadita en la cama, me ofreció muchas cosas…
—Creo que sí. Es porque eres un waylluy, un ser divino en esas circunstancias… Pero ahora estoy tan nervioso como una vicuña. ¿Quieres verme trastabillar?
—No, señor.
—Pregúnteme todas las cosas que quiera en la luna de miel.
—¿Qué diría usted si, hoy precisamente he enviado la fabricación de vestidos en el norte? No puedo lucir menos que la tal Rumi Taya.
—¡Ah, ya sabía yo que se iba a meter con mis concubinas!
—Ya lo creo… ¡Ellas nunca le harán sentir como yo!
—Tiene razón, es verdad…, no lo puedo negar. En especial cuando usted se convierte en jaguar y me hace el estilo pachamanca. Cojo pierna, pechuga, y rabadilla…
—¡Qué me dice! Me hace sonrojar…
—No me haga reír… Si eres es un huaco tatuados de muchas poses.
—Ya decía yo que le han ido con el cuento…
—Descuide, que ésas son las que más me gustan.
—¡Es todo un semental, mi hermanito!
Así que, se casaron.
Ya en el patio amplio hablaban con voz distinta. El frio y la altura se aliaban para un abrazo. Luego de un beso continuaron su camino.  
—Me gustaría ir contigo y diez concubinas más de luna de miel…
La futura Coya se volvió sobresaltada y se encogió de hombros y le dirigió una significativa sonrisa de aprobación.
Entonces se fueron de luna de miel y pasó lo que tuvo que pasar. Ella nunca llevó un diario —no sabía escribir sobre los huacos ni manejar los quipus, lamentan los expertos y fisgones—; por ello es difícil abarcar todo lo que sucedió en ese lapso de tiempo. Lo que sí se sabe es que por más que le aplicó las 100 posiciones del kamasutra, no obtuvo descendencia.
Trascurría el año de 1470 cuando el Sapa Inca, viendo dilatada la conquista del norte y queriendo hacer una permuta, lo mandó llamar para que se ejercitase en la milicia. Tenía 19 añitos. Se preparó y al año siguiente le dijo chau a su mujer y se fue con sus generales y 12.000 soldados a la conquista del reino de Quito y de las provincias de Quillacenca, Pastu, Otavallu y Caranque.
—Pero ¿qué pasa, hijo? ¿No te da vergüenza? Aún sin novedad en el frente. Necesitamos un nuevo príncipe… Cuéntame, cuéntame, hijo... ¿Qué pasó, qué piso? Porque esas cosas se hacen aquí en el Kay Pacha y no en el Uku Pacha. Dime ¿ya has tomado chicha de maca?
—¡Figuraciones suyas, padre! ¡Ojalá viera usted lo que hago; quemo hasta el último cartucho! ¿Maca? Sí, viejo. Además, el chamán me ha dado de comer cochayuyo; y de tomar, chucapaca; y sí funcionan, que hasta me han levantado la moral…  El problema no soy yo, padre, porque me apalanco en su cama y lo hacemos en distintas posiciones, todos los días, en especial cuando la noche presenta luna llena… Ella me dice que le haga lo que quiera… “¡Amorcito, amorcito, este cuerpito es todo suyo!… Soy tu hermana, pero también tu puta… ¡Conmigo, sólo conmigo!”. Así me dice… Y yo la estrujo hasta más no poder… Figúrese que me miente; grita que me ama cuando estamos haciendo el amor y ella está a punto de llegar a su estornudo de placer. También sucede que mientras yo lanzo mi último aullido, ella ya logró cuatro convulsiones; entonces se yergue soberbia y pide más… pero a los días, naca la pirinaca… No pega. Y repite que lo volvamos a intentar… Viejo, creo que tengo que probar con mi otra hermanita, la Rabita…
—¡Con mil supayas! No pierdes tiempo… Pero creo que tienes razón. Ya me has excitado hasta los tímpanos… Termina la conquista del norte… y ya veremos; yo tengo que volver al Cusco; le llevo unas ganas a tu vieja… Aunque aquí las concubinas no se han portado nada mal… Se mueven como jaguares, en especial las dos gemelitas: Corihuaita y Cusicoyllur del reino de los Sachapuyos; son de incomparable belleza. Corihuaita se hizo la difícil, hasta me dijo que tenía pretendiente, un tal Huamán. Y tuvo la desfachatez de retarme, de retar al Sapa Inca. ¡Te imaginas! Me pidió un proyecto imposible y al toque se lo hice… Así que no le quedó otra que aflojar… Lo demás es puro cuento. Dicen los chismosos que el general Huamán se me iba a amotinar y resistir con cinco mil hombres en la fortaleza de Kúelap… Pero nada que ver… Ya el pobre tiene la cabeza separada del cuerpo… Y nada…
Con estas últimas palabras, el Inca partió al Cusco y dejó en manos de su hijo la conclusión de la conquista del norte.
En estas guerritas se detuvo el príncipe hasta 1475; entonces volvió al Cusco para dar cuenta a su padre de sus logros. La bienvenida fue de “rompe y raja”; hubo chicha y pachamanca para todo el mundo. Y ni corto ni perezoso se casó con su segunda hermana, Raba Ocllo, con quien tuvo, después de 7 años, a su primogénito Inti Cusi Huallpa, más conocido en el mundo de los cronistas como Huáscar.  
Hasta ahí las cosas iban bien, todo era formal y hecho legítimamente… Aunque, no habría que esforzarse mucho en dilucidar que este bandido tuvo con sus concubinas un total de 500, 300, 200 hijos. Mejor digamos que fueron el promedio: 333 en números redondos, ni un brazo más ni una cabeza menos. Pero eran hijos bastardos que el protocolo Inca no contaba como descendientes legítimos...
Sigamos.
El huevo loco de “Mozo Rico” —Huayna Cápac—, no contento con tener sexo a diestra y siniestra, y por no tener más hermanas legítimas, tomó en terceras nupcias a su prima carnal, Mama Runtu; con la que tuvo al luego enajenado Manco Inca. Pero esto no lo obligaba a quedarse quieto, porque a los pocos meses embarazó a una noble mujer de la provincia de Huaylas, una tal Añas Colque, con quien engendró al no muy “marketeado” Paullo Topac Inca, alias “Inca títere” o “traidor a su raza”; quien durante el periodo de 1534 a 1539 colaboró con Almagro, luego con Pizarro y finalmente fue partidario de Cristóbal Vaca de Castro; de quien tomó su nombre en la pila bautismal. Aunque algunos cronistas los soslayan, este angelito fue pieza principal en la conquista española.   
***
Pasaron algunos años más, llegando a 1481. Los Reyes católicos, después de una tremenda bronca familiar, llegaron al trono de Castilla. Habían efectuado muy bien su tarea, dejando de lado a la princesa Juana “la Beltraneja”, hija de su madre, pero no de su padre, porque al rey Enrique IV, hermanastro de Isabel la Católica —dicen los mal pensados—, le “sudaba la espalda”. No por las puras lo apodaron “El impotente”. Un tal Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, lo había terciado. En pocas palabras, la reina —Juana de Portugal— le había puesto los cuernos. Inmensos cuernos que toda la naciente nación española lo sabía.
Mientras esto sucedía en España, en el Tahuantinsuyo, el padre de Huayna Cápac, Tupac Yupanqui, se encontraba enfermo y sentía que era llamado a la otra orilla; donde los muertos no mueren en el espacio y tiempo.
—Bueno, quiero hablarles… —dijo y sonrió como una llama.
Por primera vez sentía deseos de acercarse a todos. Entonces llamó a toda su prole, que eran más de doscientos entre hombres y mujeres, y les dio un largo parlamento, con “café” incluido. Entre los principales, allí presentes, contando a Huayna Cápac, podemos nombrar a otros siete hijos varones: Auqui Amaru, Tupac Inca, Quehuar Tupac, Huallpa Tupac, Inca Yupanqui —abuelo de Garcilaso—, Tito Inca Pimachi y Auqui Mayta.
Con una perruna y expectante adoración, todos concentrados y tristes, asintieron. Al día siguiente murió y fue embalsamado y puesto en su gineceo, donde la Sapa Coya viuda y las concubinas seguirían consintiéndolo con el propósito de permitir la cohesión del grupo y la perdurabilidad de la panaca. Su momia era ahora un objeto sagrado como lo fue en su primera vida. Muerta la viuda era repuesta por otra nueva y así sucesivamente. No olvidemos que cada Sapa Inca tenía a su disposición 200 concubinas. Era la tradición. Y cuando era tiempo de fiesta o de algún aniversario o de algún bailongo lo sacaban a la plaza en una procesión. Iba en andas al lado de sus mujeres, criados y parientes, contentando al pueblo con la comida y diversos sacrificios; por suerte, para los Incas, no conocían la pólvora; de solo imaginarnos una actual fiesta patronal, conjeturaría que hubieran reventado tímpanos de muchos orejones.
Se coronó entonces al nuevo Sapa Inca Huayna Cápac a los treinta años de edad, recibiendo del Villac Umu —sumo sacerdote— la Borla carmesí o Maskaypacha.
***
Era el año de 1482. El nuevo Sapa Inca, después de visitar, muy horondo, Surampalli —su terruño— y cambiarle el nombre por el de Tumibamba, que correspondía a la de su panaca o ayllu real, se fue al Cusco a celebrar el nacimiento de su primogénito, el príncipe hijo de Raba Ocllo. Y después de veinte días y más que duraron los festejos, acordó solemnizar a los dos años el destete —bautizo— y primera “tonsura” —corte de pelo— del príncipe heredero. Siendo la fiesta principal la de la cadenita de oro que mandó fabricar a los orfebres chimús para dicha celebración. Dada la orden se mandó mudar otra vez al norte.
Luego de algo más de tres años, vuelve al Cusco para la susodicha fiesta. Para ser más exacto llegó en 1486. Ya en la Plaza Mayor de Aucaypata y Cusipata, a ritmo de zampoñas, tinyas y un danzante bailongo, con pachamanca y chicha al por mayor incluidas, se estrenó aquella cadenita de oro de muchos quilates. Era tan inmensa y pesada que algunos exagerados cronistas dicen que tenía 300 pasos —200 m— y que cada eslabón era como el grueso de la muñeca de una mano. Se necesitaban 300 orejones para levantarla; aunque otros dicen que 600. Bueno, los que fuesen; lo que sí sabemos es que era de una gran magnitud y la envidia actual de muchos vanidosos raperos.
Después de las fiestas reales y de la resaca vivida, Huayna Cápac se mandó mudar otra vez a Quito —¿Por qué sería? — con 40 mil hombres.           
Ahora, solo, sin la compañía de su padre, cruzó los andes, cruzó llanos; hizo sentir su autoridad a los subyugados del norte; y tomó como mujer a Paccha, “la dulce extranjera de sangre ardiente y carne de embeleso”, hija primogénita del rey difunto de Quito en la cual tuvo a Atahualpa y a otros más. Mientras en el Cusco quedaba la cornuda Mama Coya y el Auqui primogénito.
***
Para entonces, y después de setecientos ochenta años de combates y un día, y tres mil setecientas batallas y una noche, los castellanos habían logrado desterrar a los sarracenos de las montañas cantábricas a los montes de Toledo; de allí a las escarpadas sierras de Andalucía; para luego reducirlos a los muros de Granada. La nación española era ya un hecho.
Por ese mismo año Cristóbal Colón hacía su primer ingreso en la corte de Castilla pidiendo favor para el descubrimiento del Nuevo Mundo. Llegó con “información privilegiada”; sabía lo que estaba por descubrir; porque antes ya se había hecho de viejos mapas en Portugal e Italia y leído, como ratón de biblioteca, todo lo referente a navegación. Pero a pesar de estos conocimientos, tuvo una entrevista nada memorable, no le hicieron caso; los Reyes Católicos lo tomaron, simple y cortésmente, por visionario. Debemos de suponer que no les contó todo; su “información privilegiada” lo escondió bajo la manga. También debemos aumentar que ese mismo año, los Reyes Católicos vivían ocupados haciéndole la guerra a los moros en el Reino nazarí de Granada, último bastión árabe; por ello sus arcas presentaban un vacío espacial; estaban más misios que vendedores de caramelos y cigarrillos.
Cuentan algunos rimbombantes cronistas, para verificar mi hipótesis sobre la “información privilegiada” —incluyendo a Garcilaso—, que Colón tuvo previamente —para ser más exactos en 1484— un encuentro del tercer tipo con un piloto, un tal Alonso Sánchez de Huelva, alias el Prenauta; quien, por una misma ruta triangular, hacía frecuentes viajes llevando mercancías desde la península a las Islas Canarias para luego dirigirse a la isla Madeira y volver a la península. También de la costa de Guinea y Mina del oro extraía esclavos negros y los comercializaba. Es en una de estas travesías que una tormenta lo desvía de su ruta y lo lleva hacía el oeste por rumbos desconocidos. Así, luego de varias semanas de viaje a la deriva, que ellos juzgaron seis mil millas, la pequeña embarcación deshecha, llena de chinches, pulgas, piojo, ratas y demás alimañas, se encuentra en el mar con tiempos favorables; por ello sin impedimento ni obstáculo alguno, llegan a una isla muy grande, que los cronistas suponen Santo Domingo. La bordearon, examinándola durante tres horas. Había bellos bohíos labrados con plantas secas del lugar y jardines y viñas muy hermosas. Luego avistaron un pequeño puerto construido rudimentariamente. Al desembarcar, se encontraron cara a cara con un buen número de nativos.
Alguien dice:
—Capitán Alonso, ¿y ahora qué hacemos? Somos pocos para tanta gente…
El capitán niega con la cabeza.
—Silencio, silencio —susurró y todos, hasta el propio capitán, empezaron a caminar sigilosamente. El viento soplaba elevando la melena de los visitantes y refrescando sus largas barbas.
Los nativos, con gestos, los llevaron hasta un patio amplio, en donde había varios bohíos rectangulares. De una de ellas, la más amplia, salió un pequeño hombre, casi desnudo y de aspecto musculoso, vestido mismo Tarzán, con unos colgantes de oro sobre el cuello. Éste, girando el rostro lampiño de un lado al otro y levantando una de las manos, empezó a hacer señas; quería saber quién era el jefe de los visitantes.
El capitán Alonso recorrió unos metros y se colocó frente a este hombre de piel cobriza, cabellos negros, nariz ganchuda y ojos oscuros. Por los tamaños, parecía el encuentro de David y Goliat. Cruzaron el umbral y penetraron en la penumbra de un cuarto totalmente cerrado y lleno de malos olores. Un camastro hecho de pieles de animales se alineaba junto a una de las paredes; sobre él se hallaba tirada y envuelta en mantas una mujer de aspecto joven, pero con el rostro deteriorado. Estaba llena de sudor y su respiración era ligera. El capitán se acercó y le cogió la frente. Luego se volvió hacia la puerta y salió apurado.
—¡Que venga el médico! —gritó.
El médico, un judeoconverso apellidado Alvarado, apuró el paso e ingresó al bohío. Allí, parados, el pequeño hombre y el capitán permanecieron contemplando el trabajo del galeno.
—Es curioso... con razón se estremece —musito Alvarado, apartándose de la enferma—. Capitán, que me traigan el maletín… Es por el malestar de un gran resfrió.
El capitán se encogió de hombros y soltó una sonrisa condescendiente. Así que salió y trajo lo pedido.
Luego de aplicarle un ungüento —que no era Vick vaporub ni Mentholatum— y esperar un tiempo prudencial, la enferma empezó a reactivarse. Todos esgrimieron una amplia sonrisa, menos el bohíque (chamán) que tenía la frente fruncida y la boca torcida; había estado a cargo de la curación de la muchacha y sus invocaciones a Yocafiuguama no dieron ningún resultado.
Entonces los indígenas les trajeron comida, una fermentada bebida blanca y les ofrecieron a sus mujeres como regalo. Ahora los trataban como si fueran dioses venidos del mar.
—¡Exquisitas criaturas¡ —exclamó el médico. Esto que nos pasa parece increíble.
Durante un largo periodo de tiempo los juegos eróticos eran algo normal. Nada estaba prohibido. Por eso no podían creerlo. Las “Cincuentas sombras de Grey” eran una bicoca, un chancay de a medio. Misma Sodoma y Gomorra, todo allí era un bacanal permanente. Muchas veces, vestidos como Mowgli, lo hacían sobre la copa de los árboles, en el interior del rio, parados en una hamaca y en la choza del jefe. Pero también salían a cazar y a tener batallas —en compañía de los nativos— con otras tribus enemigas; en especial con una que les habían matado una treintena de hombres y robado un número igual de mujeres. El jefe de la tribu les dijo que en esa región había cinco reinos controlados por caciques; pero que la pelea era con una que había llegado del sur. Después de romperse el coco y descifrar, mismo Champollion, su jeroglífica lengua, ellos entendieron que les llamaban caribes o cachires o cachivaches; y que así mismo se nombraban como taínos, tramposínos o sexínos. Estas guerritas y la lucha permanente con la naturaleza superaban la ficción; cualquier relato de Rudyard Kipling quedaba chico.
Un día, después de regresar de caza y matar a una veintena de caribes, dos de los náufragos se encuentran cómodamente instalados en el interior del bohío de uno de ellos; están sentados en unos taburetes de madera, que es regalo de la hija del jefe; tienen una ligera conversación:
—¿Con quién saldrás esta noche? —preguntó un tal Falla, volviendo de sus masajes diarios. Tenía el rostro iluminado y una sonrisa de oreja a oreja.
—Por ahora con nadie —contestó un tal Arenas. Mozuelo que reflejaba unos 23 añitos.
Falla arqueó las cejas, asombrado.
—¡Pero si estás en la edad justa para estos menesteres!
—Últimamente no me he encontrado muy bien. Me han salido granos en las palmas de mis manos y en otras partes de mi cuerpo. Mi malestar es general.
—¿No será que has decidido salir del “closet”?
—Nada que ver… Es por esta enfermedad, que jode y jode…
 —Bueno… Pero ¿ya se lo has dicho al médico?
—Sí, pero no entiende lo que me pasa. Me ha dicho que a él también le han salido llagas en el pájaro… Yo, convaleciente, no me he podido aguantar la risa… Por eso se molestó y me ha echado de su habitación… Mejor pasaré la noche jugando ajedrez en el bohío de Lorenzo.    
Así, en un lapso de tiempo, empezaron todos a enfermarse. No lo sabían, pero una enfermedad de trasmisión sexual los estaba exterminando. Ni cortos ni perezosos empezaron a preparar el viaje de regreso. El paraíso se les estaba derrumbando. Mientras tanto, el sol tropical relucía como nunca.
Luego de levantar vela y calcular el tiempo que les llevó, cuando fueron desviados y conducidos por la tormenta, que fueron varias semanas, el barquichuelo atracó en la isla de Porto Santo, donde —“oh casualidad”— residía Cristóbal Colón.
El genovés tenía su “mansión” muy cerca de la playa, en donde vivía con su aristocrática esposa Felipa Moniz y su pequeño hijo Diego; frecuentemente acudía a la playa para dar unos paseos y pescar encima de las rocas. En uno de esos días halló entre las peñas unos maderos con extrañas inscripciones y algunos troncos primorosamente tallados por manos desconocidas. En una ocasión incluso halló un cadáver de aspecto misterioso. Lo sacó del mar y lo llevó a su casa. Luego mandó llamar a un médico amigo, para que examinara el cadáver. Al final concluyeron que no era de raza conocida. Era un personaje de ojos achinados, de piel oscura e imberbe.
Todo esto mantenía despierto al futuro almirante; quería saber qué existía al oeste. En su mundo onírico, trataba de entender de dónde habían llegado todos estos objetos. Sus conjeturas eran infinitas…
Mismo Don Quijote, estaba obsesionado por culpa de todos los libros y mapas consultados en Italia y lo ocurrido en estas playas. Ahora tenía la necesidad de viajar al este por el oeste e inaugurar una ruta jamás explorada en el océano; hallar aquella vía prohibida que le demostrase la posibilidad de llegar a la tierra de las grandes riquezas; o a alguna parte desconocida del continente asiático, la que ya había descrito Marco Polo.
—¡Don Cristóbal, don Cristóbal¡, venga por favor… Una barcaza se ha estampado contra la arena. Hay varios muertos en su interior…
Había comenzado marzo de 1484 cuando un accidente fortuito iba a cambiar de raíz toda la vida de Colón y de la historia de la humanidad.
Era el único sobreviviente de aquella embarcación destartalada y arrastrada por el viento del oeste al este.
Un niño, Colón y su médico amigo arrastraron al sobreviviente hasta la orilla. Vestía una especie de túnica blanca llena de puntos de sangre negra. Su piel estaba tostada por el sol y su aliento era fétido y su voz grabe, casi sin sonido. Los miraba con los ojos bien abiertos y llenos de asombro.
—¿Cómo se llama? —preguntó Colón.
—Soy Alonso Sánchez de Huelva… —dijo murmurando bajito y casi sin aliento— Por favor, necesito agua…
Colón lo miró con inquietud, frunciendo sus labios irónicamente. Entendía que aquel hombre sabía muchas cosas.
—Tranquilícese, tome… beba… haré todo lo posible por ayudarle… Lo llevaré a mi casa.
Así, no tardaron en llevarlo. Lo sacaron del barquichuelo y lo tendieron en la arena; luego lo cargaron y torcieron por la derecha e ingresaron a un largo pasillo; casi al final, abrieron una amplia puerta y lo ingresaron cuidadosamente dejándolo tendido sobre un sillón.
Hacia las seis de la tarde y ya oscureciendo, el médico terminó de curarlo; su curioso paciente parecía de mejor ánimo.
Aprovechando esto, Colón le pidió que se retirase y se llevara al niño; que él se encargaría de cuidar y de alimentar al enfermo de la mejor manera.
Así estuvo con el náufrago algo más de una semana, en que éste le contó todas las aventuras que le habían sucedido. Luego, al amanecer, murió acabado por la enfermedad y por los sufrimientos de la jornada.
"Este fue el primer principio, y origen del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la cual grandeza, podrá loarse la pequeña Villa de Huelva, que tal hijo crio, de cuya relación certificado Cristóbal Colón, insistió tanto en su demanda." (Inca Garcilaso de la Vega)
"Siendo cierto, que el primero, que dio noticia a Cristóbal Colón del Nuevo Mundo, fue Alonso Sánchez de Huelva, marinero natural de Huelva." (Dr. D. Bernardo Aldrete (1615))


Loro