sábado, 3 de diciembre de 2016

Una imagen perfecta

Aquel hombre estaba parado junto al bar, bebiendo vino de una copa de largo pie como base. En cada sorbo, sacudía la cabeza y daba pequeños golpes de puño a la mesa. Al rato, balanceándose, dio unos pasos y se sentó con la cabeza apoyada al respaldar de una cómoda silla giratoria, de asiento regulable, y se quedó de espaldas al gigante espejo. Ahora, cogiendo la copa y con el rostro quieto, observaba fijamente a una araña de cristal y bronce que pendía del techo. Entre sus piernas tenía un libro abierto que cogía con la otra mano. Se repuso, se sentó verticalmente, cruzó una pierna sobre la otra e inclinó la cabeza para ojear el interior del libro. Después de tres minutos, su semblante cambió; descubría o parecía expresar lo que acontecía en el fondo de su memoria; parecía como si meditara un lejano recuerdo. Recuperado y girando lentamente la silla, apoyado en uno de sus pies, se volvió hacia las ventanas y se quedó quieto, inespacial, como si observara la nada; parecía que estaba muerto de verdad. Pero el muerto revivió cuando le brotó una sonrisa burlona y palpó su pecho y volvió los ojos por entre sus piernas. 
Así se mantuvo, por no sé qué tiempo, de espaldas a mí y sin quitar la vista del interior del libro. Su situación parecía sencillamente contradictoria, porque no paraba de sonreír tontamente. De pronto, como persuadido por alguna nostalgia, sacó los ojos del libro y se puso a discutir consigo mismo suspirando eventualmente; luego se tiró sobre el espaldar de la silla y empezó a menear la cabeza y a reír amenamente; lo hacía de tal forma, que parecía estarse escapando de algún pensamiento cruel de venganza.
Aquel hombre estaba como a diez pasos de donde yo me encontraba sentado. Nunca lo había visto antes. Era de mediana estatura y de tez clara como la mía. Por más esfuerzo que hacía, no lo recordaba de ningún lado. Así, se van cinco minutos, siete minutos; me resisto a dejar de observarlo; parece molido moralmente, aunque no deja de sonreír haciendo movimientos teatrales, cómicos. Tamborileo mi frente y sonrío fijándome en él, me aprieto las sienes y me quedo inmóvil, confuso; levanto mi copa y bebo un pequeño sorbo de vino; dejo la copa sobre la mesa y me froto los ojos que muestran cierto interés por lo que ven; me tiro el cabello hacia atrás con las dos manos; tengo el propósito de observarlo mejor. Ahora no puedo lograr apartar la mirada de su nuca; una visión seductora me atrapa el alma. Con sobreexcitada curiosidad, veo que aquello destroza mi razón. Era inexplicable. Había una cosa extraña, había una luz pintada en colores claros que se evaporaba iluminando toda su cabeza, como si aquello fuera un halo suave y travieso. A punto de sudar y como reacción ineludible, sorprendido, curvo mis cejas y abro completamente los ojos. Entonces puedo distinguir que el resplandor dibuja una imagen perfecta, diáfana. Vacilando, y con la idea atemorizada, logro observarla por unos minutos. Como tirado por mi mirada penetrante, el dueño de la nuca se pone en pie y viene hacia mí. Luego de saludarme cortésmente, me pregunta: “¿Yo lo conozco a usted o usted me conoce a mí?”. Me quedé mudo y quieto por unos segundos. Levanté la mirada y le contesté: “No. No lo creo. Lo que sucede, señor, es que estoy sorprendido, por no decir perplejo. He visto la representación de una imagen juvenil sobre su cabeza, una perfecta imagen juvenil”. Se apartó un poco y se llevó una de sus manos a la cabeza, dejándolo a la altura de su nuca. “¿Qué me dice usted?”, preguntó asombrado, con la sonrisa perdida. “Siéntese”, le dije. Se dejó caer melancólicamente en la silla adjunta que acompañaba a mi mesa. “Señor, usted comprenderá que me ha intrigado su comentario; porque lo cierto, lo cierto es que sí. Sí, yo estaba pensando en una joven que conocí hace muchísimo tiempo; la recordaba en nuestra juventud. Me puede decir, ¿cómo era la imagen?”, preguntó impaciente. En esos instantes, todo en él era risible; y se sumaba a esto los ademanes nerviosos que originaban los movimientos de sus labios. Desde donde nos encontrábamos, y a través de las ventanas abiertas que teníamos al frente, se podían distinguir el horizonte del mar y una muralla de edificios a los costados, como si fuera una cavidad entre colinas. Yo sentía la brisa del mar que forcejeaba con mi nariz, influenciada tal vez por los recuerdos. Desde mi ubicación, todos ahí estábamos fuera de las fauces del espejo gigante que adornaba la pared principal de la estancia; en su interior, sólo se divisaba el piso de parquet y las patas de mesas y sillas… “Bueno, aquella imagen que estuvo sobre su cabeza era la de una mujer joven, de tez clara y rostro curioso, que sonreía irreverente detrás de una ventana; tenía el cabello crespo, largo y negro; y me miraba como si me conociera”, le dije. “Ahora estoy más sorprendido. Me está describiendo a la persona que yo recordaba”, balbuceó. “¿Por qué supone que le conocía a usted?”, agregó. “No lo sé. Tal vez fue mi imaginación”, le contesté.
Al poco rato, hizo unos gestos con las manos y llamó al mozo. “Le invito una copa, ¿puedo?”. Sus ojos bailaban de alegría, como si me hiciera un favor. Estaba seguro de que yo iba a aceptar. Asentí moviendo la cabeza. Entonces abrió el libro y sacó una foto amarilla, muy antigua, y me la enseñó. Era el retrato de la mujer que vi sobre su cabeza. Me quedé impresionado por la perfecta semejanza de ambas facciones. Mientras él escondía la foto en las páginas del libro, quise hablar, pero me lo impidió con unas palmadas en mi hombro. Prefirió que nos quedáramos en silencio a la espera del mozo. No quería que éste lo interrumpiera. Al ver que demoraba, excitado, llevó la mano sobre mi copa y de un solo sorbo vació el contenido. Luego se dejó caer en la silla y entró en una especie de dilatada gloria. Me quedé viéndole los pies, las rodillas, y no hubo necesidad de que yo hablara. Recuperándose, soltó el libro sobre la mesa y empezó a hablar:
—Recuerdo cuando la volví a ver. Recuerdo la impresión incómoda que me produjo aquel encuentro en el avión. Era una magia escuchar su voz, clara, pausada y resentida. “Él me quiere”, me dijo, con mucha seguridad. Sentada, se balanceaba sobre su espalda. Olía como a flores recién cortadas. “El destino es sólo una partida de ajedrez en donde nos enfrentamos a la vida. Y es la vida quien tiene la capacidad, siempre, de hacer la primera jugada: nos hace nacer. Luego, paciente e invisible de tiempo, espera que hagamos el primer movimiento. Nos deja infinitas probabilidades; cada una nos llevará por algún laberíntico camino. Aquel año, ambos hicimos nuestras jugadas; yo me bifurqué por ahí; y él por allá. Por eso ahora estoy aquí, a esta edad, conversando con usted”, agregó. “Pero nuestro encuentro ha sido casual; mi viaje estaba planificado para ayer, pero el clima, el clima postergó mi viaje”, le dije. “Yo no pensaba viajar hoy, pero lo tuve que hacer. Ya ve, tal vez es otra jugada más del destino que me insinúa que haga la mía, ¿quién sabe? Ya me ve usted aquí. Es que una no puede volver a su primera jugada, ¿o sí? Sería estupendo volver a la primera jugada; ¡qué no haríamos!”, me dijo soltando una seria sonrisa. “Ignoro eso”, le contesté. Sin pensarlo, me volví al llamado de una mujer; entonces… mi mirada tropezó con una falda. Era la aeromoza, parada junto a mí, que nos entregaba las dos copas de vino que habíamos pedido... Ella no paraba de hablar. “Mire cómo juegan los niños en sus asientos. La vida los prepara para luego jugar con ellos. Aún no saben lo que quieren. Agitar las manos y estirar el cuerpo es su juego: la pelota, la muñeca, el juguete es lo que quieren. No es una contradicción de la vida, porque ellos aún no saben hacia donde se dirigen. La vida los está esperando. Le repito, ¡todavía no saben lo que quieren! En cambio, usted sí y yo también. ¿Pero qué queremos?”, preguntó. “Lo que yo quiero ahora es concluir bien un negocio y que el proyecto que tengo bajo el brazo resulte un éxito”, le contesté. Su olor penetrante seguía en mi nariz; sí, olía a flores recién cortadas y a ambiente de avión también. Al volverme hacia ella, pude ver que se le nublaba la mirada. Al darse cuenta, posó interrogativamente sus ojos en los míos. “No sabe lo que quiere. Usted no sabe lo que quiere. Se comporta como los niños; juega aún con su juguete que le ha dado la vida. Por qué no puede comportarse como adulto. Tal vez tiene miedo”, dijo… Para sobreponerme de sus lapidarias palabras, me di un tiempo para ser capaz de entender, así que me abroché el cinturón y me remangué la camisa. Necesitaba contestarle, quería hablar y estaba a punto, pero ella irguió los hombros y prosiguió: “Qué ocurriría si yo, moviendo otra pieza, le invito a salir mañana. Supongamos que me acepta. Lo que luego ocurra no lo sabe ni usted ni yo. Pero si no me acepta, tampoco lo sabremos. Su proyecto puede ser un fracaso o un éxito; usted no lo sabe. Pero yo sé que él me quiere y que siempre me querrá. Lo sé, no porque lo intuyo, lo sé porque lo sé. Usted, ¿ha estado verdaderamente enamorado alguna vez?”, concluyó. Sonreí; la veía guapa, capitalina, como si ya nos conociéramos. Necesitaba pensar. Además, había otra cosa: me estaba exponiendo la teoría de la relatividad y el principio de incertidumbre, simultáneamente. La guapa suponía que éramos dos partículas convergiendo, independientemente del tiempo, en un mismo recorrido, la del avión; y que había entre los dos una igualdad de amistad que se quejaba de mareos. “Supongo que sí, estoy casado y vivo tranquilo. Soy razonablemente feliz“, contesté, condescendiente, sin hacer aspaviento. “Eso me parece una respuesta simple e inocente. ¿Tranquilo? ¿Qué edad tiene usted?”, preguntó. “Cincuenta y tres años recién cumplidos”, contesté. “Entonces, usted me engaña; a esta edad no se puede suponer, no se debe tener una visión periférica del amor; sería como ser un tunqui pequeño en una jaula o afligidos gallitos enjaulados en un parque zoológico; todos alguna vez nos hemos enamorado de verdad. ¿Tal vez ese gran amor suyo es una amiga de su barrio, o tal vez la amiga de su mujer? Por eso no quiere decirlo”, me dijo. “Pueda que tenga razón. La verdad es que me enamoré de una amiga de mi barrio. Pero éramos adolescentes. Sí, la quise mucho; hasta la fui a buscar un día, luego que se mudó a otro barrio con toda su familia, la busqué apasionadamente, recorrí calles, avenidas, bordeé parques, pero no la hallé; al final me quedé más ajetreado que nunca y con la sensación de que convenía volver a casa para pedirme una verdadera opinión de lo que me pasaba… Entonces, seguí mi camino. Hoy no sé con seguridad lo que hubiera ocurrido aquel día si la encontraba, la probabilidad de que me aceptara era bastante buena, pues yo estaba seguro de que ella también sentía lo mismo que yo. Aquel día fui dispuesto a decírselo; no tengo dudas… ¿Amiga de mi mujer? No. Por favor...”, le respondí. “Entonces, nunca le dijo que la quería. ¿La ha vuelto a ver, la reconocería?”, preguntó. “No. No lo sé, hace tanto tiempo ya; las figuras cambian, para bien o para mal; no sé lo que me hubiera deparado el tiempo, y no sé si estaría tranquilo como lo estoy hoy”, le contesté. “¿Recuerda su nombre?”; “Por supuesto, como no podría recordarlo…”. “Yo también tengo cincuenta y tres años; y yo si te reconozco; eres Alberto”.
Cuando me volví hacia él, para opinar lo difícil que es el amor, me oí murmurar como si un fantasma saliera de mis adentros; entonces comprendí que no había nadie a mi lado. Estaba solo, sentado en el mismo lugar, observando la nuca y a la imagen perfecta que brotaba de aquella cabeza. No sabía qué hacer, tampoco me acuerdo que otras cosas hice. Asustado, me puse en pie y salí apurando el paso. Sólo oía al mozo que a lo lejos me llamaba.             

 Loro

Una carta perdida

Supongo que todos hemos hecho alguna vez una apuesta en nuestra vida. Lo cierto es, que no hace mucho supe de una de ellas.
Lo relato ahora porque en esta apuesta caprichosa y chabacana se describe, si no me engaño, un trágico desorden sentimental y el miedo a un destino nupcial, simétrico, sin variantes y convencional, por no decir, repetitivo. Yo lo juzgaría como una pantomima de la maquina mental del apostador, irresuelta, quieta en la adolescencia y confundida con el acaso y la tragedia moral que solo va en busca del Regreso Eterno.
El día que me enteré de esta apuesta fue un día no memorable ni trascendental. Yo estaba revolviendo mis libros en busca de uno que me templara el humor, lo acomodara en su sitio y pudiera robarme una sonrisa.
No me animaba por ninguno; lo que originó que cogiera uno al azar para luego llevármelo a la sala; y así, sumergido en la lectura, aislarme del mundo y de las incesantes banalidades de la calle.
Lo que sucede es que yo siempre he tenido un hobby que no me lo he podido quitar desde niño, y es el de comprar libros usados, revistas o algo que se le parezca. Creo que siempre lo hacía o lo hago para encontrar en ellos las historias que yo nunca pude lograr. Entonces entenderán el desorden que formaban mis libros y todos estos objetos esparcidos por todos los rincones.
Aquella tarde, mientras me encontraba leyendo este libro viejo y trajinado, que escogí al azar, me quedé sorprendido al hallar unas hojas en su interior. Estas estaban perfectamente dobladas y lucían intactas, aunque con un color amarillento, como de muchos años.
De pronto me asaltó el misterio de lo escrito. Me incorporé de inmediato, inclinando el cuerpo sobre el sofá y llevando las manos para cogerlas; mientras me acomodaba para leerlas, las desdoblaba y las ponía en orden. Eran cuatro hojas de papel con cuadriculas verdes escritas a mano y enumeradas.
En la cabecera se leía: “Carta a una amiga”.
Le dediqué algunos minutos a la lectura de este original y secreto manuscrito. Recuerdo que mientras la leía, elevaba las cejas y echaba la cabeza hacia atrás evitando una carcajada. Ya tomándola en serio, la volví a leer con más atención. Esto originó que en la pausa cerrara los ojos y colocara mis dedos sobre mis párpados como tratando de encarcelar en mi cerebro lo ya leído, lo que provocaba en mí un instante de abstracción y curiosidad, pues corría y resonaba en mi memoria la figura de la terrible apuesta. En este punto tenía que interpretar muchos detalles y descifrar algunas dudas. “La estupidez acaso es un pecado”, me decía. Yo estaba algo confuso. Y también me maravillaba una prisionera imagen y un sonido nostálgico, que ingresaban a mi pensamiento, hasta tal punto, que me presentaban a aquella mujer como cortada en su intención y condenada a su suerte. Mi mente se fijaba en ella. Observaba, con más atención, la presencia irresuelta de la destinataria. Sin proponérmelo, me sentía interesado en esta mujer que parecía más exageradamente reservada de lo que en la carta se decía. La imaginaba con un discreto escote y unas gafas alojadas sobre un rostro limpio de monja mártir. Me sentí culpable por pensarla así… (Ahora sería una anciana ya sin alma o con ella, pero muy antigua tal vez; aunque me la represento sana y vigorosa, digna de ser amada).
Mi estómago experimentó una sensación de vacío al terminar de leerla. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Mi corazón temblaba de disgusto y mi primer sentimiento fue de absurdo desasosiego.  
Estuve algún rato sentado en el sofá y meditando mi lectura, pensando hacia delante: ¿Cómo serán ahora? ¿Cómo serán?... Proyectando en mi mente un examen de curiosas ilusiones, me puse en pie, di unos pasos, me encogí de hombros y me quedé observando, con una sonrisa algo forzada y confusa, mi imagen dentro del espejo amplio de mi sala. En esta tarea, percibía la naturaleza de aquella mujer de una manera extraña y llena de misterios. No eran deseos sicalípticos ni de placer; lo que suscitaba en mí era una honda y agradable tristeza. La veía como en un sueño, en medio de una maraña de confusión, sollozando en silencio, desolada y con un gesto de estupor. Esto logró al final que me sobresaltara y quedara con los ojos sombríos y tristes.
Volví al sofá y me quedé echado, dejando pasar el tiempo. Estiré mi brazo, agarré la carta y la volví a leer. La leí con duda y temor, y la volví a examinar con desconfianza. Esto me dejó, otra vez, profundamente conmovido.
Esta carta se movía llena de amor, se paraba cargada de entusiasmo, y se arrastraba llena de orgullo y miseria, ¡una y otra vez!
El autor de esta carta perdida se llamaba Charly; y la destinataria, Estrella.
Pude deducir que era una carta perdida porque no tenía signos de haber sido abierta.
Me puse a evaluarla y me di con la sorpresa de que estaba muy bien escrita. Tenía un solo sentido: el de encandilar con una eterna disculpa; por ello, estaba redactado con las palabras más sofisticadas y penetrantes. El que la escribió parecía que tenía dos existencias o dos personalidades: como adolescente y como adulto. Pero triunfaba la de adolescente. Describía a Estrella como una de las chicas más agradables e inteligentes de su salón de clases. No la trataba como la más bella, sino la más encantadora que había encontrado en su vida. Le gustaba su forma de andar, orgullosa e indiferente. Era su manera de hablar y el tono que le ponía a sus palabras lo que le volvía loco. Además, se sumaba a todo esto, esa naturalidad, espontanea, persistente y continua que ella lograba sin buscarlo.
La esmerada carta y sus cortas notas explicativas nos daban una descripción reflexiva de la destinataria. La reseñaba como una de esas personas con las que uno cree poder pasar el resto de su vida sin hastiarse, interminablemente; y que además los dos estaban destinados el uno para el otro; no a contraer nupcias ni a disfrutar la vida con hijos ni a envejecer juntos ni a seducirse tiernamente, adentro, en el agradable calor de un hogar, sino a jugar a las escondidas, en el que uno busca y la encuentra, para después esconderse y la otra lo encuentre; y así pasar la vida buscándose eternamente.
Además apuntaba, que nunca los vieron coquetear en el recreo ni en el salón de clases. Jamás caminaron juntos a la salida del colegio. Había como un pacto tácito de no idilio entre Charly y Estrella. Un aplazamiento de declaración que ellos mismos no lograban entender. Una independencia, una libertad sin despedida. Una lógica magia, perversa, inventada para que no sucediera. Como quien dice, razonando en alta voz: “En la separación está el gusto; así es más divertido”.
Así trascurrió el tiempo y tuvieron que distanciarse. Ambos dispusieron su atención en los dilatados manantiales del estudio. Estaban empeñados en continuar carreras universitarias. Cada uno por su lado se preparó como mejor pudo. El esfuerzo tuvo un satisfactorio resultado. Ambos ingresaron, pero a distintas universidades.
No hay más que hablar sobre esto.
Sigo con lo que el remitente escribió en las dos últimas páginas.
No me corresponde ser un juez y juzgar esta carta, realmente hermosa, que da lugar a hechos afortunados y desafortunados. Solo me atengo a dar un homenaje al genio que la plasmó en estas cuatro hojas, en esta misiva o mensaje inmortal, sin duda alguna, en que la exactitud no se rinde ante el encanto humano que de ella se desprende.
Las líneas que siguen no tienen relación con los sentimientos propios de Charly y Estrella en su mundo escolar. Los hechos transcurren ya en sus tiempos universitarios y en época diferente.
El remitente se define así:
“… Soy de temperamento dulce y de carácter alegre; un chico de barrio de hablar criollo. Durante año y medio que duró mi preparación e ingreso a la universidad no tuve la suerte de encontrarte; por lo tanto, no había manera de cometer una falta que pudiera merecer tu castigo.”… “Tú habías desaparecido y estabas lejos de mis pensamientos. Pero una mañana de abril la aventura del destino nos presentó de nuevo”.
Ese día, y en ese instante, nuestro joven criollo descubrió que seguía, apasionada y versátilmente, enamorado de ella. Mil ruidos diversos ingresaron a su alma; mil suspiros; mil sonrisas llenaron su rostro inundando su alma hasta el infinito. El rostro de Estrella era incomparable, representaba la seriedad alemana, y exhibía, con recato, el desorden de su corazón que ardía enmarañado y salvaje, fingía contemplándolo, con una expresión despreocupada y dulce, arqueando, inocentemente, sus hermosos labios.     
Pero lo que Charly hizo aquella primavera de 1979, a pocos meses del inapelable y circunstancial encuentro, fue de lo más infantil. Apostarles a sus amigos —que eran amigos del colegio, de la misma promoción de Estrella—, a sus patotas, que él podía conquistarla, enamorarla y luego abandonar el redil.
La vio fácil. Estrella, sin antifaz, había sido condescendiente con él hasta tal punto de invitarlo varias veces a su inveterada casa, en donde la puerta y la escalera estaban secretamente vedadas para otros. Estrella era una mujer, una niña inflexible y rigurosa que no toleraba malas pulgas a nadie.
Después de una inevitable agonía, que no se agotó un segundo, Charly lanzó un corto suspiro de asombro…“¡Oh!... ¡Claro que sí, la tengo comiendo de mis manos!”. El calor le subió a las mejillas y un cosquilleo le colmó las orejas. Respiró profundamente, como para darse valor. “¡Va la apuesta!... Una caja de cerveza”.
Pero sus amigos continuaron especificando la apuesta: “… Es necesario que la invites a salir al cine; una vez aceptada la invitación, tú no te presentas… Tiene que quedar plantadita, con los crespos hechos… Esto bastará para que ganes la apuesta”.
¿Entienden ahora por qué digo que una carta excelentemente escrita puede esconder desafortunados hechos y esconder en sí mismo un amor inagotable?
En fin, Charly ganó la apuesta.
Yo no sé si el rechazo de Estrella haya sido a consecuencia de esto. Pero al menos en el tiempo en el que fue escrito esta carta coincidieron los hechos.
Así recibí estas graduales confidencias de Charly, a una generación de distancia. Me pregunto: ¿Quién es hoy? ¿De dónde llegó? ¿Qué representa todo esto?..., todo este misterio que se agolpa en mi cabeza y salta como una leyenda sobre mí y se deleita en los rigores de mi imaginación. Pienso nuevamente en Estrella y comprendo que su venganza había comenzado con todas sus fuerzas, llena de señales y curvas y con la mayor sencillez del mundo.
La carta termina así: “… Las disculpas llegan tarde, más tarde. O a lo mejor, no llegan nunca”.      

Loro

Una amiga virgen

Eran ya las 2.30 de la tarde y mi estómago pedía a gritos algún bocado.
Caminaba algo extraviado de mí mismo y en compañía de una oscura idea nostálgica, hasta diría nómada; me deslizaba lento por una calle de mi antiguo barrio, cuando de improviso una amiga, que no veía hacía muchos años, me abordó intempestivamente sin que yo pudiera reaccionar y me dio un beso en la mejilla y me remeció con un abrazo.
—¡Hola Pepe! ¿Qué ha sido de tu vida?
Recuerdo claramente su voz, ligera, resentida y hasta lírica. Mi amiga no era fea, tampoco bonita; su cabeza estaba anclada sobre un cuerpo de acogedor poto y mediana cintura; presentaba, además, unas tetas inmensas, escondidas y firmes, que bailaban ansiosas, sostenidas por un sostén no muy apretado. Tenía el cabello negro, lacio y corto, muy bien cuidado. Vestía un pantalón oscuro y una blusa blanca tipo sastre. La reconocí después de ingresar en mi recóndita memoria y descartar, de una en una, a todas mis antiguas amigas. Sí, era ella, pero su rostro se me había mezclado con otras figuras y otros nombres. Al final la reconocí, no sin sorpresa...
Cuando la dejé de ver, ella era más alta que yo, me llevaba como cinco dedos juntos. El tiempo había hecho su trabajo. Estaba cambiada totalmente, ya no era la chiquilla voluptuosa que apasionó febrilmente, en mi adolescencia, mis instintos carnales, para nada idílicos. Pero su belleza madura me hacía verla encantadora, suelta y risueña. Ahora, a pesar de sus zapatos de tacones altos, era como cinco centímetros más baja que yo.
—Hola, ¿qué tal?... ¡Hola Estrella! Aquí, visitando el barrio y dirigiéndome a la casa de Juan Manuel… ¿Te acuerdas de él?
A esa hora, las calles del barrio estaban concurridas. Ella agitaba sus manos y sonreía y me miraba como quien mira una visión, un fantasma.
—No, no lo recuerdo… Me dijeron que te casaste. ¿Cuántos hijos tienes? —dijo, haciendo rotar su cartera, moviéndolo de un lado a otro y sin esperar que le dijera el apellido de Juan.
Yo seguía un poco despistado, resolviendo mecánicamente algunas ideas sin fondo ni tiempo y quizá también por el hambre, pero entendí su pregunta; me volví a ella y la quedé mirando con las cejas arqueadas y con una mueca elegante y seria en el rostro. Reaccionando, le respondí:
—Sí. Me casé en los noventa. Tengo dos hijos. Un hombrecito y una mujercita. Ya están inmensos. ¿Y tú?
—No. No hubo hombre que me aguantara. Parece que todos me tuvieron miedo… Sigo soltera. Ahora radico en los Estados Unidos… Pero vengo a Perú seguido. Extraño mucho nuestro país… A veces pienso quedarme… Lo estoy pensando seriamente.
Tratando de recordarla mejor, yo dejaba hablar a Estrella; la miraba de rato en rato a los ojos, como un modo de ingresar en la conversación y a la espera de un momento adecuado para decirle que llevaba un hambre y una sed de cosaco y que podíamos hacer otra cosa más interesante que estarnos parados allí, bajo el sol que lo inundaba todo e irritaba nuestra piel. Pero Estrella seguía hablando con un castellano que no le conocía, medio agringado, hablaba hasta por los codos.
—No te molesta si vamos a comer algo, estoy sin desayuno y sin almuerzo. ¿Estás apurada?... Te invito… Sí, pues, no se puede matar al peruano que llevamos dentro… La comida y su gente son insustituibles... Yo no podría vivir en otro lugar que no fuera Perú, nunca estaré preparado para eso…
Adelantándose unos pasos, dijo que sí, que la siguiera, que ella conocía un buen sitio en el barrio en donde podíamos deleitar el paladar. Yo la seguí impaciente, con el olfato buscando indicios de aromas, de olores a guisos por el aire. Al llegar a un restaurante, en cuya puerta de ingreso estaba colgado un letrero con el menú del día, se detuvo.
—Hace muchísimo tiempo que no vengo por aquí. Cocinan muy rico. Te recomiendo un arroz con pato y una limonada frozen. Siempre venía con mi hermana…
Cogiéndome del brazo, hicimos nuestro ingreso. Me dijo, sin disimular, que nos ubicáramos en la parte del fondo. Yo no protesté. Era mi amiga de la secundaria, la misma que, por aquel tiempo, se desenvolvió seria y chanconcita. Además no sabía cómo se había originado esto ni por qué, pero lo cierto es que estábamos allí, en nuestro antiguo barrio, el que nos cobijó en los días de colegio y universidad; y en uno de sus restaurantes. Estrella se detuvo y me detuvo; hizo una pausa y me contempló por un momento; entonces aproveché y le dije que estaba guapa; ella sonrió y aspiró el aire sin poder contenerse. Infundiéndose un nuevo aliento, se apoya sobre una silla y continúa:
—¡Gracias! Pero creo no me conoces; yo soy una mujer compleja. El que quiera estar conmigo tiene que acostumbrarse a mí. Tuve algunos pretendientes, pero ninguno serio para mi gusto. No nací para eso de: “Hasta que la muerte nos separe…” Mi libertad es todo para mí. Puedo hacer lo que se me plazca sin dar explicaciones a nadie… No tengo el aspecto nervioso ni el hábito de la esclavitud matrimonial. La verdad es que no creo en el matrimonio... ¿Qué es el matrimonio? Sólo una apariencia social, sólo un detalle de cultura; la menudencia en el fondo por no poder comprender que sola se puede estar mejor...
Mientras nos ubicábamos en la mesa, yo y el mozo escuchábamos, perplejos, su defensa a la soledad. Nos sentamos y ella, sin parar de hablar, me obligó a pedir un plato de arroz con pato y una jarra de limonada frozen. Para ella pidió un plato de escabeche de pollo. Ahora la veía como si fuera mi esposa, parecía una despótica reina del hogar.
Al rato volvió el mozo y dejó nuestro pedido. Sin pérdida de tiempo, empecé a dar rienda suelta a mi hambre y a mis instintos; destrozaba al difunto pato con los cubiertos y sin misericordia. En alguna pausa sólo atinaba, condescendiente, a levantar la vista en busca de su mirada. Ella, entendiendo que no le ponía atención, soltó una pequeña sonrisa crepuscular, como reflejo de una solapada tristeza. Sin esperar, cogió suavemente mi mano, la que ágilmente daba rienda suelta sobre el plato, y la detuvo. Reaccionó diciéndome:
—Sabes Pepe, tú siempre me gustaste. Me había enamorado de ti en el quinto de secundaria. Tú nunca te diste cuenta porque siempre mirabas a Bety, la más estudiosa del salón. Siempre tranquilo, soslayando todo, no matabas ni una mosca. Te acuerdas de aquella vez que nos encontramos camino al colegio; tú ibas con tu perro siguiéndote y no podías librarte de él… Y después de lograrlo, nos fuimos juntos, conversando, hasta llegar al colegio… ¿Recuerdas?...
Levanté la vista y la miré cargado de emoción; mis manos se abrieron y soltaron los cubiertos sobre el plato; me temblaban los músculos. La primera ley de Newton si hizo presente. Entonces la volví a mirar mejor, adecuándome a las circunstancias, porque me sentía sobrecogido. Sí, me hizo recordar ese momento tierno y hasta nostálgico de mi vida colegial junto a ella, también logró que recordara a Bety, mi primer amor. No quise decir nada. Ella continúo hablando. Sus labios no paraban de moverse, hacía un recuento de toda su vida y de todos aquellos momentos en que nos habíamos encontrado, circunstancialmente, fuera del colegio. Era la única que hablaba, la única que parecía enterada de todas las cosas, la única que demostraba tener opiniones, ideas, voluntad y vida. Tratando de proporcionarme fuerzas y evadirme de las nostalgias, tomé un sorbo de limonada y volví a coger los cubiertos; me puse a comer sin pudor escuchando su relato; pues ¿era ella, el pasado o mi hambre? Priorice mi hambre. De pronto, al observarla mejor, sentí pánico. Los ojos de Estrella exhalaban una luz cegadora, hablaba casi mecánicamente, y movía el cuerpo como en una conferencia. La verdad es que yo empezaba a desesperar, pero la miraba y le sonreía cordialmente, ajustándome a sus palabras. Se esforzaba en explicarme como deseaba ser, pintándose tal cual era, sencilla y espontánea; en el fondo quería demostrarme que pertenecía a un ambiente cultivado. Sin darme tiempo a hablar, trasladó su mirada atenta a la mía y continuó:
—En este país las solteras disfrutan de más libertad moral y sentimental que las casadas. ¿Sí o no?... Además todas las mujeres, salvo unas que otras, son más cultas que los hombres... Somos hoy por hoy más liberales en todo el sentido de la palabra... y hemos ganado mucha plata, nos hemos independizado...
No me había aún recuperado de su perorata, cuando haciendo un giro de 180º y cambiando totalmente el rostro, me lo dijo:
—¡Soy virgen!... ¿Qué te parece?
En el instante se me revolvió el alma, arrebatándole el hambre a mi estómago. Me llegó, sin proponérmelo, palpitaciones eróticas y un destello de ferocidad espartana. Ahora la contemplaba fascinado, estudiando cada detalle de su rostro y cada línea de su pecho. La sentía exuberante, provocadora. ¡Dios santo! Ahora terminaba de comprender, por completo, el significado de todo ese preámbulo exótico de sueños e imposibles que se atrevió a lanzarme. Entendí que durante años ella había viajado por todo el mundo sin poder encontrarse a sí misma; y justamente me encontró cuando yo iba de salida, tranquilo, sin siquiera haber tenido malos sueños. Sentí miedo y alegría a la vez. Fue una cosa violenta que me apretó la garganta. Fue por esto, o por un pueril sentimentalismo, que me pude dominar y le dije:
—¿Virgen? Eso es muy hermoso. Es extraordinario… Esa palabra ya no existe en el diccionario..., ¿y a tu edad?
Ella movía la cabeza para respirar, mientras su mano derecha iba y venía haciendo bailar el cubierto sobre el plato. Ya no me miraba; miraba hacia abajo. Luego alzó la cabeza y se quedó un tiempo mirándome; no sabía que decir. Se puso en pie, me cogió del hombro y me dijo:
—Vamos a otro lugar…
—¡Sí! ¡Claro que sí!… —le contesté, para no darle tiempo a hablar.
Sin terminar de comer, como un autómata, me puse en pie y la seguí. Se fue directo a la caja y pagó los almuerzos.
—¿Todo marcha bien? —preguntó, interrumpiendo nuestro silencio— ¿Me extrañaste? —volvió a preguntar sin mirarme.
Suspiré reflexionando. Al final le dije:
—Todo va bien… ¡Cómo no se te puede extrañar!…
Alzó sus ojos hacia los mío, sonrío y se quedó callada.
Ahora, la roca inconmovible, la graciosa y simpática amiga, redujo su poder. Yo saboreaba su silencio. Por eso me quedé callado, no quise decirle algo más. Entendía que mi amiga llevaba un gran peso y que toda su perorata había sido puro detalle. En aquel poco tiempo me lo había contado todo, hasta su secreto, y hasta creo que estaba sorprendida de que hubiera necesitado tan poco tiempo para confesármelo. “No es mi culpa si está sola”, pensé.
Y entonces me atreví a proponerle lo que se me vino a la cabeza:
—Ok. Vamos a otro lugar. Ahora yo te llevo. Tú has invitado el almuerzo, yo invito la cena… ¿Qué te parece?
Levantó su cartera, se puso los anteojos y se acercó casi chocándome. Me tomó del brazo y me condujo hasta la calle. Quiso decirme algo muy rápido, pero se ahogó y empezó a toser. Ese nimio incidente fue motivo para tocarle la frente y darle unas palmadas en la espalda.
—¡No, no es nada! Es un simple atoro… Ok, acepto tu invitación, en verdad quiero conversar contigo. 
Mi oferta le pareció tentadora. Fue así como al poco tiempo nos encontrábamos lejos del barrio, sentados en la terraza de un restaurante, frente al mar y con un vino tinto sobre una pequeña mesa. Estaba suelta, alegre y familiarizada conmigo.
Conforme consumíamos el vino, sus labios y su lengua empezaron a moverse sin que nadie pudiera detenerlos, iban soltando palabras que nunca imaginé. Algunas fueron pequeñas e inquisidoras palabras que me dejaron algo confuso, aunque no encontraba razones para no estar de acuerdo. Se reía, toqueteando mis manos, sin parar de trabajar su mente; en mi visión interior de sus palabras yo notaba un hallazgo lleno de júbilo, de emoción placentera… ¿Qué cosa era? Todo era una suma infinita de lo acontecido hasta ese instante. Luego, con un movimiento de cabeza, se detuvo a pensar; me dijo que todo estaba correcto. Su rostro lo expresaba. Aún se interrogó por un instante, volviéndose hacia mí; pero fatigada por mis respuestas y las suyas, decidió que había llegado el momento y que no correspondían dudas. Me pidió un lapicero; cogió una servilleta y dejó escrito su recado. Lo leí, estaba invertido el orden de las palabras…, pero igual pude entender el significado: "Contigo sólo, con nadie nada"
—Yo voy a corregir esto. Créeme… Esto está mal y no se puede quedar así... —le dije, agitado, no aguantando más.
En medio del pequeño silencio que siguió, nos pusimos en pie y me volvió a coger del brazo y me acercó hacia ella y me dio un certero beso en la boca; yo me quedé con las piernas abiertas y tiesas, tratando de enderezar el ángulo de mi cuerpo. Después de columpiarse un instante de mi cuello, y reaccionando, me dijo:
—Tal vez no sirva para nada, pero sé que tú me enseñarás… No sé si eres un intelectual sin galanura o un galán sin cerebro... Lo único que sé es que fuiste mi primera ilusión, tal vez mi primer amor...
Y a continuación, luego de cancelar la cuenta y mirarnos atentamente, nos marchamos con destino fijo y sin ninguna duda…     

Loro

Mi amiga Muñeca

—¡Peeepeee! —gritó alguien en la calle.
Estoy en el segundo piso de mi casa, en mi cuarto; yo vivo aquí y soy su único huésped. Todas sus paredes y el techo son de madera usada y que forman figuras curiosas, muy curiosas; y hay una especie de música adicional que llega de la calle. Sí, aquí estoy; llevo sentado un buen rato en mi cama, sintiendo un aire caliente y arrecho que ingresa por la única y pequeña ventana; el sol del verano cuela sus luces por entre los agujeros, como si fueran linternas que alumbran objetivos. El polvo hormiguea en los haces de luces; a mí me gustan, me entretengo observándolos; achino los ojos y los examino con curiosidad, uno por uno; son más de diez o quince; estiro mi brazo, y con un espejo, pequeño y circular, logro desviarlos hacia cualquier punto menos claro, el que yo quiero.  
—¡Pepe, huevón, ya nos vamos!... ¿Qué mierda haces que no sales?
¡Al diablo con la vieja!... Me quito con mis patas; al final, igualito me va a sacar la mierda. Ayer me dijo que me vaya a cortar el pelo en la peluquería de don Triquiñuelas. Mi pelo está crecido y a mí me gusta así, pero a la vieja, no. Mi cara es de hombre con mi cabello largo; ella dice que parezco una mujercita. Nunca vamos a estar de acuerdo. Nunca.
Las piedras rebotan en las paredes de mi cuarto de madera.
—¡Ya voy carajo, cómo joden!… Estoy buscando mis chancletas…
Mi vieja se ha ido al mercado, y cuando regrese, dónde diablos estaré. Se va a molestar de nuevo. Ella siempre se molesta cuando salgo, cuando me escapo: “Ponte a estudiar, Pepe, luego no te arrepientas”. Si mi vieja supiera lo que hago en el colegio, si supiera lo que hago con mis amigos cuando me escapo: “Como te encuentre con ellos, te rompo el lomo a palazos, vagos de mierda… carajo. Ya no respetan las canas… En especial el malcriado, el boca sucia, al que le dicen Muerto Fresco, ese es el que les busca tragos y cigarrillos”. Pero en el barrio ella le tiene harto cariño a Muñeca, que es la hermana del Ñatón. “Es una niña tierna, estudiosa, y que quiere ser contadora; además es la hija de mi amiga América”, siempre me lo repite. Si ella supiera lo pendeja que es, si supiera lo que hacemos cuando ingresa a mi cuarto de madera. Mi vieja y su amiga lo permiten. Es toda una vampiresa la mocosa de mierda. La otra tarde se prendió de mi cuello y no paró hasta agarrarme los huevos…
—¡Esta mierda, cómo demora!... ¡Apura pajero!…
La mocosa se dejaba tocar el culo. Estaba arrecha, resbaladiza, y sobaba sus piernas en las mías, y me mordía suavemente la boca, dejándome una estela de baba. Esa tarde le levanté la falda y pude estrujar sus pequeños senos. Pero no se dejaba tocar en la entrepierna. Me quitaba las manos. Su ropa interior llegaba hasta su cuello, era de nylon: transparente y suave. Recuerdo que estaba apretada en su cuerpo: perfumado, limpio y arrecho. Solté una broma: “tu boca tiene un sabor a caramelo de menta; me refresca los labios”. Entonces, sonriente, entretenida, sincronizando el tiempo, me dio otro gran beso, mientras silenciosa, indiscriminadamente, metía la mano por encima de mi pantalón y me agarraba, calato, los huevos. Me los estrujó, haciéndome doler…
—Ya los encontré… ¡Ahorita bajo!… Un toque… —grité.
Bajo las escaleras a la carrera, observando para todos lados. No hay moros en la costa. Desvío la mirada. La cartera de mi vieja está colgada en el respaldar de una de las sillas. “Con tres soles es suficiente”, pienso. Miro al espejo. Él me mira. “Paso con once”, susurro. Mi lacio pelo largo está desparramado por toda mi cabeza. “Mi vieja me va a reventar a palos cuando yo vuelva; entonces para qué estar triste ahora, mejor hay que sonreír. Seguramente estoy con la cara sucia…, no importa”, fundamento…
Sí, parecía una perra hambrienta, incansable, silenciosa… El sábado que pasó me fui al cine con la vieja y con la amiga de mi vieja, la vecina América. Muñeca también nos acompañó. Esa tarde, que ya era casi noche, yo estaba recostado en la pared, con la cabeza pegada a un letrero, y un incesante sonido de helicópteros y aviones anunciaban la llegada de los bandidos, que eran muchos y estaban bien armados, pero yo los esperaba agazapado, detrás de un árbol, a cien metros. Siguiendo su rumbo, los veía aterrizar por detrás de los árboles; el bosque era inmenso, y sus luces anaranjadas lo iluminaban todo… Dejaba pasar así el tiempo, entretenido, imaginando ser un superhéroe. Cuando ya los tenía en mi mira, adivino, morosamente, que una sombra se acerca con fatigada agilidad; me da un pequeño golpe en la espalda y me pellizca el culo furtivamente. Luego la sombra que es muñeca se aleja a toda velocidad. Su vieja se da cuenta, me mira, pero no dice nada. Sonrío con gesto inevitable de un chiquillo a quien le gusta la hija, siempre, siempre, pero en el interior de su cuarto de madera. Haciéndose la loca, con las manos en la cintura, mi vecina se cala el sombrero y se pone a contemplar los letreros; su seriedad es difusa, tediosa. Mi vieja, al otro lado, a su derecha, apoyada en el pasamano, la llama. Muñeca, en la esquina sureste, se queda dando vueltas sobre ella misma, como si se mirara en un espejo. Aprovecho, me sacudo y trago saliva, saco las manos del bolsillo y le doy alcance sin que ella se dé cuenta; disimulado, le doy un alce. Ella se lo merecía. Sorprendida, da un pequeño grito y me queda mirando con los ojos desorbitados y la frente llena de gestos y con la lengua fuera de su boca. Se retira corriendo y va en busca de mi vieja. Señalándome, le reconstruye el hecho, con intensidad perversa. Sin que me volviera a mirarla, corrí hacia el vacío de la calle, humillado. Mi madre, ágil como una fiera, me da alcance y me jala de las orejas. “Déjala tranquila… por qué la molesta”, me grita. No había como rebatir ese argumento. Es verdad, siempre he sido un tonto. Mi vieja tiene la culpa. Me trata como si fuera hijo único. Nosotros somos siete. El mayor de mis hermanos siempre me lleva para trompearme con el de la vuelta, con el loco Ludin. “¡Carajo, sé hombrecito!”, siempre me dice…
Ahora mi vieja y su amiga vienen de la otra punta, traen los boletos blandiendo en sus dedos. Nos llaman. Yo camino lentamente, con las manos levantadas, imaginándome ser Batman. Muñeca aprovecha esta distracción y me da un pellizcó en el brazo y se va a la carrera. Se detiene, gira el cuerpo y me mira bizqueando, con la lengua afuera. Yo me volví a ver a mi vieja y a la mamá de muñeca, creyendo que la habían visto, pero estaban de espaldas. “Ya no sé qué hacer con esta mocosa de mierda, pero me las tiene que pagar”, me dije…
Ya en la oscuridad del cine, nos hicieron sentar juntos. Ella estaba a mi izquierda, pegada a su mamá que miraba la película, atenta, con el rostro embotado. Mi vieja estaba igual, pero a mi derecha. El espectáculo parecía producirles una melancólica agonía, porque lloraban en silencio. Hasta creí que estábamos en un velorio. Yo estaba como plantado, pensando en uno de los cuentos de Andersen, “Las habichuelas mágicas”, pequeñito libro que llegó de regalo junto con la canchita, y cuyo protagonista era Periquín; lo había leído la tarde de ayer en el silencio de mi cuarto y en uno de mis retiros habituales del mundo. Periquín tenía mi edad y su estúpida inocencia me dejó perplejo. ¡Maldita sea, por qué no lo entienden! Procurando volver a la realidad, decidí volver a la película; pero al rato agitaba los pies y me movía sin voluntad, porque la película de charros era más aburrida que ver a mi abuela tejiendo. Entonces caí en la cuenta de que podía hacer otra cosa para no aburrirme. Simplemente aprovecho para deslizar rápidamente mi mano por sobre la espalda de Muñeca, llegando hasta su culo. Le aprieto una nalga. Grita. Yo también grito señalando la pantalla justo cuando el mariachi le da un caluroso y húmedo beso a su damisela. Mi vieja se vuelve hacia nosotros con las dos manos abiertas y nos tapa los ojos. “No debimos traerlos, esto no es para su edad”, dijo, volviéndose a su amiga. Muñeca aprovecha la oscuridad que ahora tenemos tras las palmas que cubren nuestros ojos y me estruja los huevos. Grito, mudo de dolor. Nadie entiende mis bruscos movimientos. Mi madre se para y nos lleva hasta la sala de espera. Trato de serenarme y darme ánimos. Quieto la cabeza, mis ojos repasan el rostro de muñeca con mirada perversa. “Quédense aquí; apenas termine volvemos por ustedes”, susurra. Mi vieja se aleja. Muñeca me mira y yo me pongo a silbar; trato de borrar su presencia. Pero esta vez meto las manos en los bolsillos, cubriéndome los huevos; ella sujeta su falda, muy cerca de su entrepierna. No me mira, sólo sonríe regocijada, con cara de triunfo. Yo no sé si sonrío, pero convencido de la inutilidad de mis gestos, sólo vuelvo a imaginar que soy un superhéroe detrás de un árbol, agazapado, esperando al rival de turno...
Abro la puerta de manera natural, doy unos pasos, y me encuentro del otro lado del mundo. Un segundo después, todos los rostros irritados se volvieron a mirarme.
—¡Por fin, carajo!… ¡Pareces hembrita!…

Loro