domingo, 16 de abril de 2017

El ascensor

Debo al encuentro en un corredor el descubrimiento de un personaje que conocí hace muchos años. La puerta abierta de un ascensor nos juntó de improviso. No me saludó ni quiso mirarme a los ojos, solo movió las manos y aplastó el interruptor. Su cabeza, que estaba girada a la derecha, descubría algunas canas y una pequeña calva. Por unos segundos agoté en vano mi mirada y hasta creí que no se trataba de él. Confieso que quise tocarle el hombro y pasarle mi mano por su cabeza, para solucionar mi duda. A mi izquierda había un espejo como pared, en el que lo veía duplicado; su rostro con arrugas serias, consolaba una sonrisa contenida. Aunque es difícil de imaginar, estaba allí casualmente con este hombre que en mi adolescencia significó mucho para mí. Me digo a mi misma: “no pasa nada, no puedes evitarlo”. El ascensor se detiene y alguien ingresa deprisa, ¡maldita sea! Y en el espejo se cuadruplican las cosas. Es una mujer entrada en años, que viste muy conservadora. Él la saluda y le da un fuerte abrazo y conversan calmadamente. Esa voz la conozco, no me puede engañar. Pienso muchas cosas más; pero recuerdo que llevo puesto unos lentes oscuros y mis cabellos tienen un color diferente. Cuando volteé a mirarme en el espejo, yo misma no me reconocí. Lo cual no me sorprendió, porque ahora era otra, estaba cambiada, sin escrúpulos. Qué espantosa me veía, pero esa era yo. Su mano se mueve otra vez hacia los botones. Ahora me mira y esboza una sonrisa, como si fuera un saludo. Yo también sonrío y curvo las cejas creyendo que me había reconocido. La puerta está abierta y ella sale apurada. Volvemos a quedarnos solos. Se rasca la mejilla, se vuelve a mí y me mira. Parece reconocerme… ¡Santo Dios! Tengo miedo y más miedo. Ahora empieza a soplar y resoplar mordiéndose los labios. La puerta se abre y sale apurado… Yo me quedo sola y me alegra que mis ojos no hayan sido descubiertos. Unas inmensas lágrimas resbalan por mis mejillas.
Libertad             

domingo, 9 de abril de 2017

Aquí estoy

Aquí estoy, después de tanto tiempo, acodado sobre la mesa de un conocido restaurante, en mi barrio, solo, observándome:
Con los olores de mi antiguo cuarto y la comida esperándome sobre la mesa.
Recordando la voz de mi Madre y su consabida paciencia contándome cuentos de almas perdidas; inventándose temas.
Los hermosos ojos y la blanca risa de Katia ¡Tendrían que verla y oírla reír!
Las bromas de mi mejor amiga, ¡cómo se curvan sus cejas cuando ríe!
Verme en los ojos de quien amo ¡Menos mal que son claramente grandotes!
La teleportación cuántica desde el hoy al ayer, con mis grandes amigos del colegio, en el point de siempre, acompañados de unas cervezas bien heladas: siempre con historias sobre los amores de adolescencia: ¡Parece que son temas que nunca se agotan!
Las lecturas nunca olvidadas: Poe, Gorki, Dostoievski, Benedetti, Borges, Lovecraft, Ribeyro, Joyce, Hamsun...
Explorar mi creatividad en cualquiera de sus manifestaciones.
Jugar con un perro, observar su rostro perplejo, buscando que mis manos le proporcionen cariño.
Caminar, caminar, caminar; tal vez gesticulando.
Leer: un buen libro o uno regular, un cuento infantil o para gente grande, el periódico, una revista actual o pasada, los correos de mis amigos, los laborales... leer, leer es un placer.
Oír música mientras me baño; juro que estoy en cualquier otro lugar.
Los días soleados de mi país.
La corriente de aire que entra por mi ventana... y yo pertrechado con mis pensamientos: todos locos.
Oír una buena historia, las narraciones de mi amiga Alejandra, de la seria de Tania; siempre mis relatoras favoritas de quienes copio tanto…
Fotografiar a la gente que quiero.
Un cebiche, una parihuela, un arroz con pato… una limonada frozen.
Un helado de lúcuma y fresa, tal vez de chocolate.
Ir al cine y llegar justo cuando va a empezar la película…
Nadar en el mar, con los gritos de los más pequeños, pidiéndome que los espere.
¡Comprar libros, nuevos, de segunda, antiguos o modernos, en fin; o que me los regalen!
Cruzar desde mi casa hasta mi barrio antiguo y observar que todo ha cambiado, que la gente ya no es la misma. Que hay nueva gente y que nos miran distraídos, que ya no nos quieren…
Los domingos como morsa, acurrucado y con la flojera hasta el cuello, olvidándome del lunes, de lo planificado.
Escribir, escribir, escribir… Escribirme a mí mismo…
Loro
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lunes, 3 de abril de 2017

El sueño de Martín

Se quedó dormido, con el libro en la cara, en uno de esos días en que él acostumbraba quedarse leyendo hasta que la oscuridad y el silencio eran más apreciables y evidentes. En sus hipnóticos sueños siempre seguía los parámetros que le imponía su ya lejana y estudiosa juventud. Aleccionado por sus lecturas, tenía la esperanza de encontrar a su otro “Yo” cueste lo que cueste. El sueño le llegó de improviso, sin que terminara de leer un cuento inédito de Allan Poe; cuento que él encontró dentro de la mezcla de libros revueltos en los estantes de su biblioteca. Este hombre, que dormía boca arriba, en una improvisada cama, presintió, dentro de este último sueño, su destino inapelable. Al cabo de unas horas, el timbre del teléfono celular lo despertó. “Sí, ¿dígame?…”, contestó. Era uno de sus íntimos amigos que lo invitaba a una reunión de jueves, para un cebichito, unas cervezas y conversar de todo. “Angelito, qué tiempo demoras en llegar; estamos reunidos en el point”, le dijo. Sin decir palabra, el adormilado hombre, apagó el celular y siguió durmiendo.
El día era una bendición, típica de los días de primavera. Ya era de tarde. Su amada esposa llegó hasta la biblioteca, donde estaba tirado Martín, y lo despertó. “Mi amor, no has tomado desayuno; el almuerzo ya está servido…”, le dijo con ternura. Forrado en una chompa desteñida, cubierto hasta el cuello por una vieja frazada y con el libro tirado cerca de sus pies, el maduro hombre no salía de su largo y acostumbrado sueño, el que le giraba siempre dentro de su calavera, atormentando su imaginación. Ella, viéndolo así, le retiró lentamente la frazada, dejándolo al descubierto. “Mi amor, ya es tarde; tienes que ir al colegio…”, le dijo, insistiendo. El profesor Martín, después de volverse y atender con la mirada a su querida esposa, bostezando, estirando los brazos, y con un golpe de voz sin autoridad, le responde: “Otra vez. Hoy no tengo ganas de ir a ninguna parte…”. Luego siguió un silencio parecido a su desentonada voz. Ella, sin remedio que pueda despertar al dormilón, se inclina y lo vuelve a cubrir, le da la espalda y se encamina sola al comedor.
La hoja de la puerta dio un sonido tronador al girar por el viento. Atolondrado, Martin sale del sueño que lo cobijaba placenteramente. Para darse ánimos, estira los brazos y las piernas y da un aullido sordo. “Otro día más…”, pensó. Ahora le relucían los ojos, y la jeta era relamida por su lengua amarilla y seca. Alrededor, la quietud y el silencio no le eran desconocidos. No había muchachito ni muchachita que deambulara jugueteando y destrozándolo todo. Su única hija, ya casada, vivía muy lejos de ahí hacía dos años.
Martín, luego de recordar las series de imágenes casi reales vistas en el sueño, sintió multiplicarse como si estuviera frente a una multitud de espejos paralelos. Las recordaba con singular claridad, era una visión suelta y contundente que no podía evitar. En el sueño él era el centro del universo, omnipotente, omnipresente; y sin él, la vida humana, que giraba a su alrededor, no era imaginable o simplemente no existía. Él era lo único real y toda la inteligencia laboriosa.
Después de mudarse de ropa, pasar por el baño y mirarse atentamente en el espejo, sin decir nada, furtivamente salió de su casa. Deambuló por las calles de su barrio por espacio de tres horas. Durante ese tiempo, caminaba confundido en sus reflexiones, convertido en una especie de Diógenes contemporáneo, hasta que divisó un letrerito prendido en lo alto de un edificio, en el que decía: “Señora alquila cuarto para persona sola”. Se abrió paso, alejando a un perro esquelético que lo seguía olfateándole los pies, y se fue escaleras arriba en busca de la dueña. Se detuvo frente a una puerta de metal con lunas de vidrio y recién pintada. Se empinó, tratando de observar por una ranura. Hacía esfuerzos con el cuello para observar el interior. Así, mientras fisgonea como ladrón y cliente, se le acerca, arrastrando los pies y apoyada por un bastón, una madura y rechoncha mujer, que le queda mirando. El profesor Martín, asustado por el reflejo oscuro, abre más los ojos y olfatea furtivamente a la sombra. Siente un perfume desabrido y rancio. “¿Viene por el cuarto?”, interpeló la sombra con voz áspera. “Sí… ¿Éste es?”, preguntó Martín esbozando una pequeña sonrisa inventada. “Sí, éste es…, pase”, respondió la prototípica rechoncha y puritana mujer. Al hacer su ingreso, Martín se quedó perplejo. Desde la ventana, y sin mucho esfuerzo, se podía divisar su hogar, su casa. En esos precisos momentos vio que su amada esposa, con una bolsa de tela en las manos, salía y cerraba la puerta. Supuso que se iba a la panadería en busca del pan. “Lo tomo, ¿podría venir hoy mismo?”, dijo. “Cómo no, son doscientos soles por mes; como usted ha visto, la cama es buena, tiene baño propio y un punto para el cable… Su ropa la podemos lavar nosotras, lo hacemos con todos los hospedados… Es una entrada adicional…”, contestó la madura mujer mientras se arreglaba el pelo canoso y le miraba como si se mirara en un espejo. “Ok. Aquí están los doscientos soles, el recibo luego me lo da; me tengo que ir, en un par de horas vuelvo”, dijo finalmente Martín.
Dio unas vueltas en su cuarto, girando alrededor de su cama, observándolo todo. No sentía pena, sólo lo trivial y vano de su pesquisa. Dejó de observar; dio unos pasos y se fue hasta la cómoda. Luego de llenar con objetos personales a una vieja maleta, fue hasta la cocina, donde se encontraba su amada esposa: “Tengo que ir a un Congreso Magisterial que se realizará en el interior del país; no me esperes, llegaré en cuatro días”, le dijo. Estaba algo colorado de vergüenza, pues era la primera vez, en veinticinco años de casados, que le mentía. Su amada esposa no sintió coraje, porque creía conocerlo y porque sabía que siempre él había sido algo raro; además ya lo había hecho antes; siempre partía de improviso.
Ya ubicado en el cuarto, acodado en el borde de la ventana, se quedó mirando el tránsito de la calle. Miraba esas cosas de la vida que otras veces no las había distinguido. Sintió con rigor que el barrio estaba lleno de infinitos detalles. Tal observación logró que se sintiera un mortal más. Porque hasta fijó los ojos en una mujer que llevaba una falda muy pegada al cuerpo y se bamboleaba con toda libertad. Sacudió la cabeza, intentando desviar la mirada. “No es lo que me ha traído aquí”, se dijo, sonriendo.
Ahora, sentado en la cama, esperaba algo. No sabía qué. De pronto, con una cerebración instintiva, dedujo, de sus inveterados y frescos sueños, a su otro “Yo”: Al del Decamerón de Bocaccio y la Sherezada de las Mil y una noches. Por eso era lógico traer al Quijote que batallaba siempre en su mente. Pero los ecos de sus pequeñas y antiguas felicidades le hacían dudar de que su vida, la de atrás y la de hoy, no era una mierda. Se puso en pie, se rascó la cabeza y caminó hasta el umbral de la ventana; luego regresó y se sentó al filo de la cama. “Qué parodia, qué ligera, qué novela picaresca es mi vida…”, pensó. Por eso de alguna manera trataba de borrarla y acusarla de falsedad. “Son siempre versiones de una misma historia, es un clásico. Y yo no soy eso.”, se dijo. Era su convencional dilema. Por ello, introspectivamente, empezó a darle argumento, a llevarlo hasta un punto en el que le era más a fin, más homogéneamente ilustre. Al rato, le pareció como si alguien le observara y quisiera descubrirlo. Aspiró hondo y se puso en pie. Luego dio unos pasos hasta encontrarse con su ropa amontonada y sucia que estaba tirada en un rincón. Encorvado ahí y agitando las manos y apretando los dientes en el lugar preciso, partió en dos lo que quedaba de un bivirí desgastado y amarillento. Algo le molestaba. Por eso, precisamente, se dio la tarea de ir hasta la puerta y tapar la ranura por donde él había husmeado más temprano. No quería consentir que lo curioseara nadie. Cansado, se echó a dormir, tirándose boca abajo con la ropa puesta.
Pasaron cuatro días; la soledad iba creciendo. Pensó por un instante ir a su casa y terminar con lo planificado. Cuando estaba por salir, rumbo al encuentro de su amada esposa, un torrente de agua imaginaria le inundó el cerebro, impidiéndole dar un paso más. “No, ¡qué estoy haciendo!…”, pensó. Afuera estaba empezando a clarear y los ruidos, insoportables, llegaban hasta su habitación.
En todo este tiempo, el iniciador de Adán antes de Eva, se dedicaba a acopiar todo lo ocurrido en sus sueños, hasta el mínimo detalle. En una libreta no dejaba de anotar lo recolectado. En la soledad de la noche, trataba estadísticamente de darle un sentido formal y decente; por ello, mediante un proceso, que él mismo había creado, analizaba e interpretaba cada dato. Su fin era concatenarlos y lograr darle sentido. Hacía todo tipo de histogramas y gráficos circulares; generaba modelos, inferencias y predicciones; hasta tomaba en cuenta la aleatoriedad de las mismas.
Un día, desnudo en la ducha, con la lluvia de agua cayendo sobre su cabeza, piensa que ha superado algunos detalles de todo lo registrado hasta ahora. Se da cuenta de que la vida sólo tiene tres dimensiones, pero que le falta una. Precisamente, la dimensión que le falta y que ha descubierto, es la que él quiere ofrecerle a la humanidad: la cuarta dimensión, la dimensión de los sueños. Piensa también en lo paradójico que es la vida alejado dilatadamente de una relación marital. “El sueño es mío, esta dimensión es imposible compartirla: es propio, particular y camina postergado, ahuyentado en sus propósitos”, se dice.
Han transcurrido diez años desde que dejó su hogar. En todo este tiempo, él se ha dado cuenta de que el proyecto adolece de una molestia: ama a su mujer. También sabe que económicamente no tiene problemas y que su salud no merece la visita de médicos. Debe atenerse, en consecuencia, a esta consideración relativa de clasificación humana: salud, dinero y amor. No lo acepta, la estadística de sus conjeturas le dice todo lo contrario; por eso se da cuenta de que el porvenir, sin la cuarta dimensión, no puede ser justo ni para él ni para su amada esposa.
Esta ensayada vida ha logrado que consideren a su amada esposa una viuda más. Su casa, sus objetos personales y todos sus bienes han sido repartidos sin atención a un testamento. Pero lo cierto, lo estúpidamente cierto, es que el muerto sigue vivo y adueñado de una cuarta dimensión que no quiere dejar, y, que por ello, camina perdido en las otras tres dimensiones reales que no merecen su atención. Dimensiones en los que el andar de las figuras de su amada esposa y la de su querida hija transcurren ocupando el mismo espacio y tiempo.
Es ésta incomprendida justicia del profesor Martín lo que lo llevó a traspasar la muralla y recluirse en una torre figurada, tratando de abolir todo su pasado, para abolir tan solo su incomprendida vida terrenal. Conjetura que él cree atendible desde su verdad, verídica y particular, en donde el tiempo no tiene acogida, y en donde el sueño es el elixir destinado a detener la muerte; porque él cree, resueltamente, en la cuarta dimensión; dimensión que lo llevará a la vida eterna, a la inmortalidad.

Loro

sábado, 3 de diciembre de 2016

Una imagen perfecta

Aquel hombre estaba parado junto al bar, bebiendo vino de una copa de largo pie como base. En cada sorbo, sacudía la cabeza y daba pequeños golpes de puño a la mesa. Al rato, balanceándose, dio unos pasos y se sentó con la cabeza apoyada al respaldar de una cómoda silla giratoria, de asiento regulable, y se quedó de espaldas al gigante espejo. Ahora, cogiendo la copa y con el rostro quieto, observaba fijamente a una araña de cristal y bronce que pendía del techo. Entre sus piernas tenía un libro abierto que cogía con la otra mano. Se repuso, se sentó verticalmente, cruzó una pierna sobre la otra e inclinó la cabeza para ojear el interior del libro. Después de tres minutos, su semblante cambió; descubría o parecía expresar lo que acontecía en el fondo de su memoria; parecía como si meditara un lejano recuerdo. Recuperado y girando lentamente la silla, apoyado en uno de sus pies, se volvió hacia las ventanas y se quedó quieto, inespacial, como si observara la nada; parecía que estaba muerto de verdad. Pero el muerto revivió cuando le brotó una sonrisa burlona y palpó su pecho y volvió los ojos por entre sus piernas. 
Así se mantuvo, por no sé qué tiempo, de espaldas a mí y sin quitar la vista del interior del libro. Su situación parecía sencillamente contradictoria, porque no paraba de sonreír tontamente. De pronto, como persuadido por alguna nostalgia, sacó los ojos del libro y se puso a discutir consigo mismo suspirando eventualmente; luego se tiró sobre el espaldar de la silla y empezó a menear la cabeza y a reír amenamente; lo hacía de tal forma, que parecía estarse escapando de algún pensamiento cruel de venganza.
Aquel hombre estaba como a diez pasos de donde yo me encontraba sentado. Nunca lo había visto antes. Era de mediana estatura y de tez clara como la mía. Por más esfuerzo que hacía, no lo recordaba de ningún lado. Así, se van cinco minutos, siete minutos; me resisto a dejar de observarlo; parece molido moralmente, aunque no deja de sonreír haciendo movimientos teatrales, cómicos. Tamborileo mi frente y sonrío fijándome en él, me aprieto las sienes y me quedo inmóvil, confuso; levanto mi copa y bebo un pequeño sorbo de vino; dejo la copa sobre la mesa y me froto los ojos que muestran cierto interés por lo que ven; me tiro el cabello hacia atrás con las dos manos; tengo el propósito de observarlo mejor. Ahora no puedo lograr apartar la mirada de su nuca; una visión seductora me atrapa el alma. Con sobreexcitada curiosidad, veo que aquello destroza mi razón. Era inexplicable. Había una cosa extraña, había una luz pintada en colores claros que se evaporaba iluminando toda su cabeza, como si aquello fuera un halo suave y travieso. A punto de sudar y como reacción ineludible, sorprendido, curvo mis cejas y abro completamente los ojos. Entonces puedo distinguir que el resplandor dibuja una imagen perfecta, diáfana. Vacilando, y con la idea atemorizada, logro observarla por unos minutos. Como tirado por mi mirada penetrante, el dueño de la nuca se pone en pie y viene hacia mí. Luego de saludarme cortésmente, me pregunta: “¿Yo lo conozco a usted o usted me conoce a mí?”. Me quedé mudo y quieto por unos segundos. Levanté la mirada y le contesté: “No. No lo creo. Lo que sucede, señor, es que estoy sorprendido, por no decir perplejo. He visto la representación de una imagen juvenil sobre su cabeza, una perfecta imagen juvenil”. Se apartó un poco y se llevó una de sus manos a la cabeza, dejándolo a la altura de su nuca. “¿Qué me dice usted?”, preguntó asombrado, con la sonrisa perdida. “Siéntese”, le dije. Se dejó caer melancólicamente en la silla adjunta que acompañaba a mi mesa. “Señor, usted comprenderá que me ha intrigado su comentario; porque lo cierto, lo cierto es que sí. Sí, yo estaba pensando en una joven que conocí hace muchísimo tiempo; la recordaba en nuestra juventud. Me puede decir, ¿cómo era la imagen?”, preguntó impaciente. En esos instantes, todo en él era risible; y se sumaba a esto los ademanes nerviosos que originaban los movimientos de sus labios. Desde donde nos encontrábamos, y a través de las ventanas abiertas que teníamos al frente, se podían distinguir el horizonte del mar y una muralla de edificios a los costados, como si fuera una cavidad entre colinas. Yo sentía la brisa del mar que forcejeaba con mi nariz, influenciada tal vez por los recuerdos. Desde mi ubicación, todos ahí estábamos fuera de las fauces del espejo gigante que adornaba la pared principal de la estancia; en su interior, sólo se divisaba el piso de parquet y las patas de mesas y sillas… “Bueno, aquella imagen que estuvo sobre su cabeza era la de una mujer joven, de tez clara y rostro curioso, que sonreía irreverente detrás de una ventana; tenía el cabello crespo, largo y negro; y me miraba como si me conociera”, le dije. “Ahora estoy más sorprendido. Me está describiendo a la persona que yo recordaba”, balbuceó. “¿Por qué supone que le conocía a usted?”, agregó. “No lo sé. Tal vez fue mi imaginación”, le contesté.
Al poco rato, hizo unos gestos con las manos y llamó al mozo. “Le invito una copa, ¿puedo?”. Sus ojos bailaban de alegría, como si me hiciera un favor. Estaba seguro de que yo iba a aceptar. Asentí moviendo la cabeza. Entonces abrió el libro y sacó una foto amarilla, muy antigua, y me la enseñó. Era el retrato de la mujer que vi sobre su cabeza. Me quedé impresionado por la perfecta semejanza de ambas facciones. Mientras él escondía la foto en las páginas del libro, quise hablar, pero me lo impidió con unas palmadas en mi hombro. Prefirió que nos quedáramos en silencio a la espera del mozo. No quería que éste lo interrumpiera. Al ver que demoraba, excitado, llevó la mano sobre mi copa y de un solo sorbo vació el contenido. Luego se dejó caer en la silla y entró en una especie de dilatada gloria. Me quedé viéndole los pies, las rodillas, y no hubo necesidad de que yo hablara. Recuperándose, soltó el libro sobre la mesa y empezó a hablar:
—Recuerdo cuando la volví a ver. Recuerdo la impresión incómoda que me produjo aquel encuentro en el avión. Era una magia escuchar su voz, clara, pausada y resentida. “Él me quiere”, me dijo, con mucha seguridad. Sentada, se balanceaba sobre su espalda. Olía como a flores recién cortadas. “El destino es sólo una partida de ajedrez en donde nos enfrentamos a la vida. Y es la vida quien tiene la capacidad, siempre, de hacer la primera jugada: nos hace nacer. Luego, paciente e invisible de tiempo, espera que hagamos el primer movimiento. Nos deja infinitas probabilidades; cada una nos llevará por algún laberíntico camino. Aquel año, ambos hicimos nuestras jugadas; yo me bifurqué por ahí; y él por allá. Por eso ahora estoy aquí, a esta edad, conversando con usted”, agregó. “Pero nuestro encuentro ha sido casual; mi viaje estaba planificado para ayer, pero el clima, el clima postergó mi viaje”, le dije. “Yo no pensaba viajar hoy, pero lo tuve que hacer. Ya ve, tal vez es otra jugada más del destino que me insinúa que haga la mía, ¿quién sabe? Ya me ve usted aquí. Es que una no puede volver a su primera jugada, ¿o sí? Sería estupendo volver a la primera jugada; ¡qué no haríamos!”, me dijo soltando una seria sonrisa. “Ignoro eso”, le contesté. Sin pensarlo, me volví al llamado de una mujer; entonces… mi mirada tropezó con una falda. Era la aeromoza, parada junto a mí, que nos entregaba las dos copas de vino que habíamos pedido... Ella no paraba de hablar. “Mire cómo juegan los niños en sus asientos. La vida los prepara para luego jugar con ellos. Aún no saben lo que quieren. Agitar las manos y estirar el cuerpo es su juego: la pelota, la muñeca, el juguete es lo que quieren. No es una contradicción de la vida, porque ellos aún no saben hacia donde se dirigen. La vida los está esperando. Le repito, ¡todavía no saben lo que quieren! En cambio, usted sí y yo también. ¿Pero qué queremos?”, preguntó. “Lo que yo quiero ahora es concluir bien un negocio y que el proyecto que tengo bajo el brazo resulte un éxito”, le contesté. Su olor penetrante seguía en mi nariz; sí, olía a flores recién cortadas y a ambiente de avión también. Al volverme hacia ella, pude ver que se le nublaba la mirada. Al darse cuenta, posó interrogativamente sus ojos en los míos. “No sabe lo que quiere. Usted no sabe lo que quiere. Se comporta como los niños; juega aún con su juguete que le ha dado la vida. Por qué no puede comportarse como adulto. Tal vez tiene miedo”, dijo… Para sobreponerme de sus lapidarias palabras, me di un tiempo para ser capaz de entender, así que me abroché el cinturón y me remangué la camisa. Necesitaba contestarle, quería hablar y estaba a punto, pero ella irguió los hombros y prosiguió: “Qué ocurriría si yo, moviendo otra pieza, le invito a salir mañana. Supongamos que me acepta. Lo que luego ocurra no lo sabe ni usted ni yo. Pero si no me acepta, tampoco lo sabremos. Su proyecto puede ser un fracaso o un éxito; usted no lo sabe. Pero yo sé que él me quiere y que siempre me querrá. Lo sé, no porque lo intuyo, lo sé porque lo sé. Usted, ¿ha estado verdaderamente enamorado alguna vez?”, concluyó. Sonreí; la veía guapa, capitalina, como si ya nos conociéramos. Necesitaba pensar. Además, había otra cosa: me estaba exponiendo la teoría de la relatividad y el principio de incertidumbre, simultáneamente. La guapa suponía que éramos dos partículas convergiendo, independientemente del tiempo, en un mismo recorrido, la del avión; y que había entre los dos una igualdad de amistad que se quejaba de mareos. “Supongo que sí, estoy casado y vivo tranquilo. Soy razonablemente feliz“, contesté, condescendiente, sin hacer aspaviento. “Eso me parece una respuesta simple e inocente. ¿Tranquilo? ¿Qué edad tiene usted?”, preguntó. “Cincuenta y tres años recién cumplidos”, contesté. “Entonces, usted me engaña; a esta edad no se puede suponer, no se debe tener una visión periférica del amor; sería como ser un tunqui pequeño en una jaula o afligidos gallitos enjaulados en un parque zoológico; todos alguna vez nos hemos enamorado de verdad. ¿Tal vez ese gran amor suyo es una amiga de su barrio, o tal vez la amiga de su mujer? Por eso no quiere decirlo”, me dijo. “Pueda que tenga razón. La verdad es que me enamoré de una amiga de mi barrio. Pero éramos adolescentes. Sí, la quise mucho; hasta la fui a buscar un día, luego que se mudó a otro barrio con toda su familia, la busqué apasionadamente, recorrí calles, avenidas, bordeé parques, pero no la hallé; al final me quedé más ajetreado que nunca y con la sensación de que convenía volver a casa para pedirme una verdadera opinión de lo que me pasaba… Entonces, seguí mi camino. Hoy no sé con seguridad lo que hubiera ocurrido aquel día si la encontraba, la probabilidad de que me aceptara era bastante buena, pues yo estaba seguro de que ella también sentía lo mismo que yo. Aquel día fui dispuesto a decírselo; no tengo dudas… ¿Amiga de mi mujer? No. Por favor...”, le respondí. “Entonces, nunca le dijo que la quería. ¿La ha vuelto a ver, la reconocería?”, preguntó. “No. No lo sé, hace tanto tiempo ya; las figuras cambian, para bien o para mal; no sé lo que me hubiera deparado el tiempo, y no sé si estaría tranquilo como lo estoy hoy”, le contesté. “¿Recuerda su nombre?”; “Por supuesto, como no podría recordarlo…”. “Yo también tengo cincuenta y tres años; y yo si te reconozco; eres Alberto”.
Cuando me volví hacia él, para opinar lo difícil que es el amor, me oí murmurar como si un fantasma saliera de mis adentros; entonces comprendí que no había nadie a mi lado. Estaba solo, sentado en el mismo lugar, observando la nuca y a la imagen perfecta que brotaba de aquella cabeza. No sabía qué hacer, tampoco me acuerdo que otras cosas hice. Asustado, me puse en pie y salí apurando el paso. Sólo oía al mozo que a lo lejos me llamaba.             

 Loro