jueves, 2 de febrero de 2012

Niña vieja

I

La miro lejana, esquiva;

busco palabras titubeantes

que huyen antes de ser mías

y enredan todo.

Ahora las junto.

Quiero que digan,

para que me escuches

desnuda,

igual que el sonido de las olas 

reventando en la orilla.

Claro.

Seguramente,

en la mesa de una buena amiga

almorzaste,

anocheciendo en una silla,

sola.

Con tus preocupaciones transversales

llegadas del mundo,

hablaste de cosas sin sentido,

como ausencia recordada.

Y te dolieron pensamientos prófugos

tras saborear algún plato preferido

y tamaña cortesía.

Te abrigas tiernamente

y aprietas con rigidez la bufanda.

El abrigo suspira y te hace señas.

Arrecia el frío y extraña la duda,

mientras el corazón suena

como río desbocado.

Luego meditas,

aferrada a tu tristeza

bajo el dintel de una entrada

que es salida.

Palpas el mentón

ya en retirada

y hundes las manos en los bolsillos 

rindiéndote a la nostalgia.

Un temblor llega a tu cabeza 

y la idea también,

tu corazón se contrae aún más

al evocar tu primer beso

desgarrando en la memoria,

matándolo suavemente,

desvencijada.

Tu carantoña acariciando

un rostro amoratado

es intangible en tu memoria.

Y está bien, y está mal  

haberlo mirado de arriba abajo

o viceversa,

cebado y rechoncho

en alguna foto que conservas 

en lugar predestinado.

También te has reído

mordiéndote los labios,

entendiéndolo todo sin esfuerzo,

tarareando sin respeto,

evocando completa su imagen

en el espejo reciclada.

Examinando, en fin,

sus distribuidos ornamentos

burlándote en conjunto

te has reído por completo.

Sabiendo que lo quieres

y odias con afecto,

sonríes por un momento.

Le haces un ademán a tu conciencia

y te miras perpleja en el espejo,

emocionada.

Casi abrazas a tu reflejo 

que nació por una llamada 

saliendo muy ampliada al aire,

llena de secretos.

Te ves desnuda,

flexible,

generando ácido y dulce jugo

en tus entrañas.

Buscas entre tus pensamientos

un zumo afilado de olores

con agradable forma de benevolencia.

Alcanzando estado febril

de llamas interiores de gozo  

logras mirarlo con reproche.

Te vengas musicalizando todo

con guitarra que resuena añeja.

Así tal vez deba ser

si llamaras terca como niña,

alguien vendría cual campana súbita

dando gritos cual fantasma,

dejándolo con la boca amarga

al borde de la espuma.

Pero si respiraras en su oído,

el corazón caería en el espacio

que se burla al alejarlos.

Dices que lo llamas,

que le das bajo la funda.

Viste. Todo se acabó.

Y la soledad te alumbra.

Deja de ser un quejido,

niña vieja.

No dejes que el tiempo encuentre

una catacumba donde solo hay

penumbra y nada se oye.

Yo veo sólo eso.

A veces, mucha lluvia

con ruido de llamas húmedas.

Como fantasma blanco

rasgando sus vestiduras.

¿Quieres ser ese fantasma?

Alguien vendrá y te soplará con furia.

 

Sin embargo, sería deleitoso

circular desnudos, como un grito

a orillas del océano,

solos,

y vestirla sin cerrar los ojos.

II

 

Oh musa lejana, en tu mirada estricta,

como hojas de un otoño vacilante,

busco las palabras que se deslizan,

mías pero fugitivas, enredadas,

las recojo ahora, las junto con gracia.

 

Quiero que hablen, que resuenen desnudas,

como las olas rompiendo en la orilla,

claro y posiblemente, en la mesa amiga,

anocheciendo en la silla solitaria.

 

Con cuitas transversales, como recién llegadas,

has charlado de sinsentidos, de ausencia recordada,

te han dolido pensamientos cercanos a la huida,

tras el disfrute de platos preferidos, cortesía compartida.

 

Te abrigas tiernamente, constriñes tu chalina,

el frío arrecia y la duda se cierne,

el corazón suena como río descarado,

meditas aferrada a tu tristeza, en el umbral que es salida.

 

Palpas el mentón en retirada, manos en bolsillos,

sucumbes a la nostalgia, recordando el primer beso,

lo matas suavemente en la memoria desvencijada,

carantoña intangible en el rostro amoratado.

 

Bien y mal se entrelazan al mirar de arriba o abajo,

cebado y rechoncho en alguna foto predestinada,

te has reído mordiéndote los labios con entendimiento,

tarareando sin respeto, reciclada imagen en el espejo.

 

Examinas tus ornamentos distribuidos, burlándote,

risas completas al comprender que lo quieres y odias,

sonríes un momento, haces un ademán a la conciencia,

te miras emocionada en el espejo, casi abrazas tu reflejo.

 

Nació por culpa de una llamada, aire ampliado,

llena de secretos, te ves desnuda y flexible,

originas ácido y dulce jugo en tus entrañas,

buscas un zumo de olores afilado en pensamientos.

 

En el estado febril de llamas interiores,

miras con reproche y enojo, te vengas con la guitarra,

quizás así deba ser, llamando como niña terca,

alguien vendrá como campana súbita, gritos de fantasma.

 

Pero si solo respiras en su oído, el corazón caerá

en el espacio que los aleja y se burla,

dices que lo llamas, das bajo la funda,

todo se acaba y la soledad te ilumina.

 

No solo un quejido, niña vieja, deja

que el tiempo encuentre una catacumba,

donde nada se oye, solo hay penumbra,

yo veo eso, mucha lluvia, ruido de llamas húmedas.

 

Como un fantasma blanco rasgándose vestiduras,

¿quieres ser fantasma? Alguien vendrá,

soplará con furia, deleitoso circular como grito,

orillas del océano, totalmente desnudos.

 

Vestir la realidad sin cerrar los ojos,

oh musa, deja que esta poesía sea

una danza de palabras, un canto que susurre

en el viento de la eternidad.

III

Contemplando, austera y distante,

como una palmada titubeante,

busco mis palabras,

más que mías,

ellas escapan

y enredan todo.

 

Ahora las reúno,

pretendo que expresen,

para que tú escuches

desnuda,

cómo resuena el sonido de las olas

rompiendo en la orilla.

 

Claro,

quizás,

en la mesa de alguna amiga

has almorzado,

anocheciendo en una silla,

solitaria.

 

Con tus preocupaciones transversales,

como si acabaran de llegar del mundo,

has dialogado sobre cosas sin sentido,

como ausencia recordada.

 

Te han pesado tus pensamientos,

cerca de la huida,

tras el disfrute de algún plato amado

y la cortesía inmensa.

 

Te arropas con ternura

y aprietas con firmeza tu chalina.

El abrigo, suspirando, te hace una señal.

El frío arrecia y la duda se extraña,

mientras el corazón suena como un río audaz.

 

Luego reflexionas,

aferrada a tu melancolía,

bajo el umbral de una entrada

que es una salida.

 

Has palpado tu mentón en retirada

y has metido las manos en los bolsillos del pantalón,

rendida a la nostalgia.

 

Un temblor te recorre,

la idea se asoma,

tu corazón se contrae con fuerza,

porque has recordado ese primer beso,

desgarrándolo en tu memoria,

asesinándolo con suavidad y desgaste.

 

Tu caricia,

acariciando un rostro amoratado,

es intangible en tu memoria.

 

Está bien,

está mal,

haberlo mirado de abajo hacia arriba

o de arriba hacia abajo,

ceñido y regordete,

en alguna foto que conservas

en un sitio predestinado.

 

Te has reído también, mordiéndote los labios,

comprendiéndolo todo sin esfuerzo,

tarareando sin respeto,

recordando su imagen completa,

reflejada en el espejo.

 

Examinando, al fin, sus dispersos ornamentos,

burlándote en conjunto,

se han reído por completo.

 

Comprendes que sabes que lo quieres

y que lo odias con afecto,

sonríes por un momento,

haces un gesto a tu conciencia.

 

Emocionada, te miras perpleja en el espejo,

casi le das un abrazo a tu reflejo,

nacido por culpa de una llamada,

saliendo al aire ampliada,

llena de secretos.

 

Te observas desnuda, flexible,

generando un ácido y dulce jugo en tus entrañas.

 

Buscas entre tus pensamientos

un agudo néctar de olores,

con amable forma de benevolencia.

 

Al alcanzar el estado febril

de las llamas internas de tu gozo,

logras mirarlo con reproche y enojo.

 

Te vengas musicalizando todo,

con una guitarra que resuena antigua.

 

Así es,

tal vez debe ser así,

si solo llamases como niña terca,

alguien vendría como campana súbita,

gritando como un fantasma,

dejándote con la boca amarga,

al borde de la espuma.

 

Pero si solo respirases en su oído,

el corazón caería en el espacio

que los separa y que se burla.

 

Tú dices que lo llamas,

que le das bajo la funda.

 

Viste.

Todo se acabó.

Y la soledad te ilumina.

 

Deja de ser solo un quejido,

niña antigua.

No permitas que el tiempo encuentre una catacumba,

donde nada se oiga,

donde solo haya penumbra.

 

Yo veo solo eso,

a veces mucha lluvia

con un murmullo de llamas húmedas,

como un fantasma blanco

rasgándose sus vestiduras.

 

¿Quieres ser fantasma?

Alguien vendrá y soplará con furia.

 

No obstante,

sería un deleite

circular como un grito,

a orillas del océano,

completamente desnudos,

solos,

y vestirlo sin cerrar

los ojos.

IV

La miro estricta, lejana;

como palmada vacilante

busco mis palabras:

más que mías 

ellas huyen 

y todo lo enredan.

Ahora las junto.

Quiero que digan,

para que me oigas

desnuda,

como es el sonido de las olas

reventando en la orilla.

Claro.

Posiblemente,

a la mesa de una buena amiga has almorzado,

anocheciendo en una silla,

sola.

Con tus cuitas transversales,

como si recién llegaran del mundo, 

has conversado de cosas sin sentido, 

como ausencia recordada.

Y te han dolido tus pensamientos cerca de la huida,

después del disfrute de algún plato preferido 

y de tamaña cortesía.

Usted se abriga tiernamente 

y constriñe con rigidez su chalina.

El abrigo suspirando le hace una seña.

El frío arrecia y la duda se extraña 

y el corazón como rio descarado le suena.

Luego medita

aferrada a su tristeza,

bajo el umbral de una entrada 

que es una salida.

Se ha palpado el mentón 

ya en retirada 

y ha puesto las manos en los bolsillos del pantalón 

sucumbiendo a la nostalgia.

Se le viene a la cabeza un temblor 

y la idea llega,

su corazón se contrae con más fuerza,

porque ha recordado su primer beso 

rasgándolo en su memoria, 

y lo ha matado suavemente 

desvencijada.

Su carantoña, 

acariciando un rostro amoratado, 

es intangible en su memoria.

Y está bien 

y está mal 

haberlo mirado de abajo para arriba 

o de arriba para abajo, 

cebado y rechoncho, 

en alguna foto que conserva 

en un sitio predestinado.

Se ha reído también mordiéndose los labios, 

comprendiendo todo sin esfuerzo,

tarareando sin respeto,

recordando completa su imagen 

reciclada en el espejo. 

Examinando, 

en fin, 

sus distribuidos ornamentos, 

burlándose en conjunto, 

se han reído por completo.

Comprendiendo que sabe que lo quiere 

y que lo odia con afecto, 

sonríe por un momento.

Le hace un ademan a su conciencia, 

y emocionada se mira perpleja al espejo.

Casi le da un abrazo a su reflejo, 

que nació por culpa de una llamada, 

saliendo al aire muy ampliada, 

llena de secretos.

Se miró desnuda, 

flexible, 

y originó un ácido y dulce jugo en sus entrañas.

Buscó entre sus pensamientos 

un afilado zumo de olores 

con agradable forma de benevolencia.

Alcanzando el estado febril 

de llamas interiores de su gozo, 

logra mirarlo con reproche y enojo.

Se venga musicalizándolo todo, 

con una guitarra que resuena añeja.

Así es, 

tal vez deba ser así, 

si solamente llamaras como niña terca,

alguien vendría como campana súbita, 

dando gritos como un fantasma, 

dejándolo con la boca amarga 

al borde de la espuma.

Pero si solamente tú respiraras en su oído, 

el corazón caería en el espacio 

que los aleja y que se burla.

Tú dices que lo llamas, 

que le das bajo la funda.

Viste.

Todo se acabó.

Y la soledad te alumbra.

Deja de ser solamente un quejido, 

niña vieja.

No dejes que el tiempo encuentre una catacumba,

en el que nada se oye, 

en el que sólo hay penumbra.

Yo veo sólo eso.

A veces mucha lluvia 

con un ruido de llamas húmedas

Como un fantasma blanco 

rasgándose sus vestiduras.

¿Quieres ser fantasma? 

Alguien vendrá y te soplará con furia.

Sin embargo 

sería deleitoso 

circular como un grito,

a orillas del océano,

totalmente desnudos,

solos 

y vestirla sin cerrar

los ojos. 

Loro

La continuación

I
Dicen que las grandes oportunidades se presentan una sola vez en la vida. La duda que me desconcertaba era en qué momento se daría tal ocasión; entre dos mundos dicotómicos divergentes, era más complicado aún. Llegará el momento propicio – pensaba – con la bendición del cielo y todos sus arcángeles. Era una aventura extremadamente difícil de emprender, pero seguía sumergido en las encandiladas fantasías quiméricas del sueño primaveral, rodeado de querubines y serafines. ¿Acaso estaría convirtiéndome en un ente perruno, o ya lo era y no me daba cuenta?
No debería explayarme en los comentarios de mis escarceos romanceriles. Presiento granjearme más antipatías de las que debo tener ya acumuladas gratuitamente; aún así el momento discursivo lo amerita. Para continuar, algunos dicen que las heridas sentimentales son al mismo tiempo infortunios o galardones, la hiel amarga o el dulce néctar almibarado, la caliginosa oscuridad entre las sombras o la luz que destella en el ancho horizonte; quien no haya tenido una ilusión, ni amado nunca, no debe opinar sobre el conflicto del amor, y mucho menos sobre sus efectos lacerantes.

Liliana, la chica predilecta, preferida y pretendida llegaba siempre muy temprano a clase, no se si acompañada como en el año anterior, pero la puntualidad era parte de su rutina diaria. Desde el comienzo del año escolar hasta mediados del mismo habían transcurrido mil y una peripecias a las cuales ya nos habíamos acostumbrado diplomáticamente. Travesuras van, travesuras vienen, unas más pervertidas que las otras, fiel a nuestros principios y estilo propio.

Dicen que una golondrina no hace un verano, pero un cuervo si puede hacer un invierno; en los extremos contrapuestos, a media estación, llegó la florida primavera con algunos cambios sensitivos para algunos y de modo apático e indiferente para muchos. La vida cotidiana era casi siempre la misma: los hermanos Chávez fregando la paciencia de los inoperantes incautos en el salón, el coleóptero Montoya siempre alardeando y tratando de afinar su figuretismo y también de impresionar a Liliana, como lo hacían otros inquietos, desinhibidos y hasta cándidos parroquianos.

Salía de casa sólo en ciertas ocasiones, usualmente para hacer los trabajos de grupo, una que otra tarea asignada en Química, Biología, Historia y otros cursillos más. Me visitaban algunos amigos de la “collera”: el “negro” Espino, mi causa Richard Soto y el “cumpa” Ringo J.C, entre los más frecuentes.

Aunque la curiosidad mató al gato y a la cucaracha; tenía siempre la manía de sentarme en diferentes lugares del aula, pero nunca con féminas, por el congénito nerviosismo que me producía el estar cerca de ellas; en el último tercio del año escolar estaba ya ubicado en un sitio fijo y definido, mi compañero de carpeta era Juancito Trucupey o Ringo J.C, como también lo llamaban, un tipo novel y jovial con quien se podía dialogar de cualquier tema, un buen compañero para el intercambio de opiniones, con quien compartí más de una felonía y que, por lo demás, ya en el tercer año de secundaria habíamos conformado una dupla discutida, controvertida y polémica.

En el mes de Septiembre se eligió a la reina de la primavera en el aula, y aunque la votación estaba dividida, no quedó más remedio que elegir a Lucecita “bigotona”, una mozuela sensual y agradable de lejos y de cerca también, no voy a repetir sus atributos, pero me caía bien en todas formas y pude departir casi de inmediato su amistad… sólo eso; no estaba interesado en avatares ni acechanzas como los otros lobos y coyotes que merodeaban por aquellos lares. Fue una elección interesante, para colmo y desgracia de ciertos romanticones, la chica Liliana quedó relegada a un segundo plano; el chato Montoya, en una mezquina y desleal actitud, que lo pintó de cuerpo entero, cual alimaña era, trató de variar el resultado y convocar una nueva elección, pero allí nomás quedó, sus vanos esfuerzos no pudieron variar la decisión del respetable quórum, “vox populi, vox dei”. Por aquellos días se había producido el traslado de nuestra sección a la sede principal del colegio, y nos fuimos con todas nuestras chivas y tiliches al lugar en que nos ubicaron: un aula prefabricada que debíamos restaurar y ambientar. Por fortuna ya estábamos dirigidos y orientados por nuestro flamante tutor, el ciudadano Melvin, un teacher con precaria elocuencia y escasa capacidad de liderazgo, pero dispuesto a enfrentar el problema por convicción y porque ya no le quedaba otra alternativa.
Allí, en ese lugar sacrosanto, por primera vez se unieron las causas comunes y se limaron las asperezas y controversias entre todos, varones y damiselas nos juntamos en un imaginario abrazo común y fraternal y compartimos alegrías, penas y tristezas. Muy atrás quedó la famosa frase universal de Charo Bobby: “¿Por qué me odian?”. Le hicimos entender que era un resentimiento producto de su imaginación y fantasía… ¿o tal vez no?, de repente alguna minúscula travesura aberrante del “chato” Montoya podría contradecir esta afirmación. Ahora estábamos más unidos que nunca; juntos como bolas de ábaco, el milagro se había producido, San Martín de Porras se había acordado de nosotros; en la ya ornamentada aula estaban ahora juntos “perro, pericote y gato”, y algunas lagartijas también.

Estaba gratamente sorprendido al ver una confortable y exultante reunión, había un ambiente de esparcimiento en cada arista del salón, observaba a un grupo de zopilotes rodeando a Lady “bigotona”, sentada cual pavo real en su aposento preferencial de gala; allí estaban, para empezar, el “Quique Gavilán”, un microgalán, obsesionado por Lucecita, atrapado e hipnotizado en su letal telaraña; como un inquieto gorgojo intentando meterse “por los palos” al enjambre de la reina; un gallo más, el “flaco” Cancho, eterno cantante de la nueva ola aparecía también impaciente para embelesar con sus trinos canarios a la coronada damisela; otro improvisado singlista, motivado y emocionado fue el “Toto” Chávez, del clan de los traviesos empedernidos, esta vez estaba más sedita que un gusano, por símil a su morfología corporal; el larguirucho cantante estaba convertido en todo un rockero profesional, con sus gestos y sincronizados movimientos contagiaba el ánimo a los demás. Al final de esta jauría, pero en primera fila, aparecía otro angustiado trovador; el turno era esta vez para “el bongo” Jorge, un zambito zalamero y sandunguero quien también había caído en las garras de Lucecita y sucumbido a los embates y placeres de cupido y Afrodita; sin duda, era el más “encamotado” rival entre todos sus pretendientes; el susodicho con un gesto subliminal y romántico tuvo los cojones y el suficiente ánimo para cantarle muy de cerca a la interfecta, la canción de Julio Iglesias “a veces tú a veces yo”; era casi un susurro al oído y una declaración en línea recta… ¡Bueno, cada quien tiene su estilo, glamoroso o chabacano…!
No hubo mayor suerte en la contienda general del reinado por salones; Lucecita fue solo flor de un día, un saludo a la bandera, una moneda lanzada al aire cuyo destino final invitaba al desconcierto… ¡Y cómo no serlo si había mejores candidatas!, recuerdo tibiamente la presentación en el estrado de algunas chiquillas pintorescamente coloridas y ataviadas, desfilando en pasarela y mostrando sus atributos; aparecían sucesivamente ante la vista y paciencia de los condiscípulos presentes y delirantes la “pléyade” estelar de finalistas: Florcita Mesías, Carmen Legua, Mary Bravo, Carmen Flores (la prima del Burrito) y otras chicas más.
Después del estridente jolgorio y pasada la fiebre primaveral, todo volvió a su cauce normal; nos reunimos en el aula para compartir un brindis lixiviante con licor de guinda y gaseosas. Todos reunidos en conjunto, con el tutor, departimos una vez más un momento grato y significativo para nuestra voluble conciencia personal.

El siguiente día lunes, de modorra y aburrimiento, nos reunimos como de costumbre la “patota” del salón; los muchachos del clan a las órdenes del enajenado Willy. ¿Qué fechoría barata tramaría ahora? Su última participación la habíamos secundado la semana anterior, cuando vociferaba con voz estereofónica exclamando a lengua suelta la frase: ¡¡¡¡BIGOTONAAAAAA!!!!; no es necesario mencionar a quién se refería; además, era parte de su ego personal y una forma motivante de conocer la temperatura grupal.
Estábamos prestos y atentos a sus divagaciones y ocurrencias, un clima de duda y desconcierto se cernía en todo el entorno perimétrico del grupo.
Unos segundos después se escuchaba la draculina e imponente voz, en tono enérgico, firme y fustigante: “Le vamos a sustraer su ropa a las chicas”, ¿En qué momento? Le preguntamos, medio desconcertados. El tipo respondió: ¡A la hora que hacen Educación Física!. Para la mala fortuna de las desdichadas, este cinético y dinámico curso lo llevaban a cabo separado de los varones, con una tal profesora Erika, quien tenía una pinta de Rambo en versión femenina. El “chato” Montoya era su ultra-archi fanático y ferviente admirador. Ahora se me antoja pensar que tenía afición por el piano, porque le gustaban las teclas.
Hecha la propuesta, se esperaba la lacónica respuesta. A decir verdad, nadie se opuso a este pícaro juego, y seguimos indagando y preguntando más detalles y pormenores del asunto. Otra pregunta surgió de improviso: ¿A quién vamos a “chorearle” sus prendas? Todos nos miramos y cual telepática lectura de pensamiento exclamamos al unísono: ¡A Liliana!.
Todos asintieron afirmativamente. Ningún cristiano se opuso a la avezada idea de consumar tan singular latrocinio; el tremebundo Willy dijo finalmente: “Le vamos a robar su chompa azul… ¿están de acuerdo?”. Por supuesto, contestamos con firmeza y determinación. El amigo Luchito “la gata” Delgado agregó: “¡También hay que robarle un zapato!”. ¡Las dos “tabas”! replicó el cardumen de guachinangos. Finalmente, el gran jefe Willy, con expresión hitleriana, relinchó: ¡Con uno basta, para se vaya cojeando a su casa! El estallido burlón y sarcástico no se hizo esperar; sórdidas risotadas y muecas sardónicas se percibían por doquier; en este juego peligroso, el locumbeta Willy había señalado ya el destino de su nueva víctima.
No quiero hacer un acto de contrición ni un mea culpa personal. Estuve confabulado en el maquiavélico plan para sustraer la chompa azul de la chica que más me gustaba, por aprecio, por afecto o por cual sentimiento más. El hecho real me convertía en un canallesco y misérrimo badulaque por la decisión asumida y así lo sentía en mi subconsciente reflexivo. ¿Qué nos motivó a la trama de esta peliculina? No sabría decirlo. ¿Envidia, codicia, perversión, palomillada… o frustración? ¡Quién sabe señor!
Ya solitario y aislado del grupo pensaba en voz alta: “Ya que no pude robarle su corazón, me conformaré con robarle su chompa azul”. “Ahora sí se fijará en nosotros”. Tal vez reaccione con odio, inquina o rencor, pero ya no podrá mirarnos con indiferencia y nos podrá fustigar con el látigo de su desprecio… ¡Qué pilluelos fuimos!… Unos verdaderos granujas.
II
Meditando apaciblemente en mi cuarto de reposo, entre cuatro paredes y un gato ronroneando, esperaba pacientemente la llegada del día señalado; faltaba aún cuatro días más para consolidar la intrépida aventura confabulada; con un procaz y avorazado estilo propio, todo estaba mefistofélicamente preparado; ningún pelotudo ajeno al grupo sospechaba nuestras pérfidas intenciones.
Parecía un plan perfecto, como que lo fue, el hurto de la famosa chompa azul, toda una digna y encomiable proeza; con una sistemática, analítica y científica planificación, esta gansteril fechoría maquinada con facinerosa precisión fue tan perfecta que hasta hoy en día los rezagos y secuelas de la concebida sustracción constituyen un enigmático suceso sibilino… hay dudas ni incertidumbres por todos lados ¿Quién fue el gaznápiro plebeyo que osó apropiarse ilícitamente de la preciada, pretendida y anhelada prenda? ¿Cuántos pelagatos intervinieron en esta obtusa fechoría? ¿Qué hacía Marcolino en medio de este círculo de marrajos mermeleros? ¿Quién se quedó, finalmente, con la chompa como trofeo de guerra?… estas y muchas cuestiones dubitativas confluyen en un inescrutable y vasto misterio que no ha podido ser explicado hasta la actualidad.
Este protervo, intrigante y nefasto suceso podría ser considerado fácilmente como parte de un relato narrativo de las novelas del magistral Edgar Allan Poe, el maestro del misterio, la duda, el asombro, el razonamiento, la deducción y la lógica. Y bien podría compararse con este picaresco episodio de la chompa azul, como una enredada historieta deductiva del no menos famoso e infalible Sherlock Holmes, personaje ficticio de la novela del gran Sir Arthur Conan Doyle, una máquina de pensar cuyo razonamiento asombra a propios y extraños, un observador incansable analista genial, famoso por resolver los casos policiales más sorprendentes e intrigantes… Hasta dónde hemos llegado, por inercia… ¡Qué barbaridad!

Y ahora debo contar mi versión, fidedigna y singular, como muestra cabal de fugaz pensamiento y desgastada memoria, no sin antes emitir una imaginaria comparación de nuestra futura y avezada empresa con la épica hazaña de Jasón y los argonautas en busca del vellocino de oro… la chompa afamada y la rutilante piel dorada, el intrépido Jasón y el avorazado “loco” Willy… una hendidura para llegar a la Cólquida y una abertura para el ingreso clandestino al salón… un fornido Hércules y un naciente personaje de la triste figura… ¿Qué más hay? Claro, por supuesto, Medea, la hermosa hechicera guardiana del vellocino y Liliana la propietaria de la azulina prenda.

Soñando despierto como siempre e intentando tapar el sol con un dedo, Marcolino experimentaba en los días previos los preludios y avatares de la inquieta espera, solazándose como un mono alebrestado en el submundo interior del esparcimiento musical; efectivamente este ritmo contagiante era parte de nuestra vida cotidiana. Recordando pues que en aquella época, posterior a la rueda y a la carreta, la música se seleccionaba a través de la compra de discos de carbono o de acetato de 45 rpm o los famosos “long play”, disco de larga duración que almacenaba la majestuosa cantidad de hasta 10 canciones por ejemplar… ¡Qué tiempos especiales aquellos! Y parece que fue ayer y el recuerdo risible de aquella microtecnología nos suena hoy sarcástica e inviable, por decir lo menos.
Tenía una colección selecta de música salsa, la cual intercambiaba amicalmente entre gustos, sinsabores y disgustos con mi gran amigo J.C. Desde el segundo se secundaria nos habíamos dedicado a coleccionar los mejores temas musicales, sobre todo en la elección del disco del año; el mejor hit de la vigente temporada, por ejemplo en 1972 el honor recaía en el tema “La Cartera” del “judío maravilloso” Larry Harlow, y también “El día de mi suerte” del gran Willie Colón; en 1973 la nominación palmaria fue para el tema “La Candela” de la orquesta Típica 73; en 1974 la honorífica mención fue para el tema “Un verano en Nueva York” de El gran Combo de Puerto Rico; en 1975 el boom sensación elegido fue el tema “Llorarás”  del faraón de la salsa Oscar de León y el presente año 76 nos acogía el gusto exquisito y animosidad con la canción “El preso” del multifacético Fruko y sus tesos…

El tiempo es inexorable e inexpugnable, los incorregibles somos nosotros que no lo queremos aceptar como cuarta dimensión, y pensar que hoy en día pasada la barrera del segundo milenio se aceptan científicamente once dimensiones existentes; creo que si el genial Albert Einstein viviera nos mandaría directo por un tubo a la “chupetería” por no haber aquilatado y comprendido al menos frugalmente la importancia de su teoría, añadiendo además entre ajos y cebollas, expresiones sórdidas y estridentes seguidas de sapos, culebras y tripas de gato… ¡No hay que ser mezquinos en este momento!, estamos nomás de pasada y todos nos tendremos que ir de estos lares.
En la alborada matutina que anunciaba la puesta estelar de un sol resplandeciente, llegó el día esperado, un viernes primaveral del año 1976, apto para ser declarado como “Día mundial de las fechorías”.
El citado día viernes estaba instalado puntualmente en los confortables aposentos de nuestra aula recientemente ornamentada. Liliana había puesto de su parte más de lo que podía colaborar; la pared posterior del salón tenía un orificio circular de casi un metro de diámetro; todos habíamos colaborado para comprar cartulina negra, pintura esmalte, clavos y otros materiales adicionales para resanar y tapar aquella falla geométrica. Liliana había dibujado y pintado un paisaje decorativo con sus témperas de efectos fosforescentes. Yo siempre la observaba y, mientras lo hacía, ella permanecía inmutable e indiferente de mi percepción, era lo menos malo que podía esperar de ella, mi musa, el encendido aliciente que enervaba mis feromonas, la fuente sutil de mi sempiterna inspiración; muy a lo lejos había siquiera una minúscula sospecha de la prístina y sicalíptica travesura que le teníamos preparada con alevosía, premeditación y engaño.
Ahora sí podría fijarse en nosotros – pensaba críticamente – total, es una simple broma, como jugar a las escondidas con su chompa; al principio se asustaría un poco, luego quizá se moleste, pero de allí no pasara; además, estoy seguro que después le devolverían su azulina chompa. Por no pecar de ingenuos, esa actitud samaritana esperada del frenético Willy y de toda su caterva de facinerosos y lacayos acompañantes.
Ubicados en el principio secular del tiempo, recuerdo que ese día iniciamos las clases con la presencia del “chino” Elías y de su inseparable cajetilla de cigarrillos Marlboro, el curso de matemática se hacía asequible y agradable en su consecutiva charla, su disertación y explicación de la geometría euclidiana era jovial y expresiva; inteligible y al alcance general, hasta de los más desubicados pupilos. Era un mundo de teoremas y postulados, y de muchas situaciones anecdóticas vividas que en alguna ocasión podré narrar y detallar con mayor amplitud. Nuestro amigo, el “gordo” Chipana, discreto, mediano y oblongo alumno del salón, tan solo pudo mencionar 12 teoremas en su prueba oral de turno; decía con su esforzada y disimulada sonrisa: “por un punto pasan infinitas rectas”… “existen infinitos planos”… “los ángulos internos de un triángulo suman 180°” y así sucesivamente hasta el decimosegundo teorema, a partir del cual veía estrellitas y congelársele el cerebro. Estoy casi seguro que en algún momento pudo decir “el ángulo recto hierve a 90 grados centígrados” ¡Ah, que sujeto pícnico más ocurrente! Su defensor y mecenas, Albino “ricopelo” decía de este adiposo personaje: “el gordo es un tipo con una mente prodigiosa; se sabe de memoria más de 500 canciones, entre baladas, cumbias y salsas”.
Prosiguiendo con la habitual rutina de clases, las horas siguientes correspondían al curso de Lenguaje y Literatura, donde el panorama se presentaba bajo un espectro circunstancial diferente, la profesora Castillo, popularmente conocida como “La poderosa” era ligeramente más estricta que otros relajados profesores, no admitía escarceos ni escaramuzas, ni palomilladas o chacotas contrapuestas, mucho menos conatos ni beligerancias. Su carácter rígido y oclusivo era más cerrado que un aberrante círculo, la ley marcial era: “todos con sus libros, a leer, interpretar y analizar…”.
La profesora estuvo leyendo textualmente el verso completo de “La casada infiel”, poema pícaro de Federico García Lorca, la lectura se convirtió de pronto en un diálogo sostenido, tratando de interpretar el significado de tan peculiares versos. El eco energético de su estereofónica voz daba comienzo a la lectura: “Y yo que me la llevé al río pensando que era mozuela, pero tenía marido…” ¿Qué significaba este párrafo? ­– preguntaba “la profe” – Se miraban muchas caras raras y timoratas, pocos querían intervenir; harto gentío estudiaba por inercia. Luego la profesora daba la explicación pertinente diciendo: “era una muchacha joven y virginal … etc, etc, etc”. A continuación proseguía…
Marcolino

jueves, 26 de enero de 2012

Un e-mail


Estaba saliendo de la casa de mi amiga Gloria; era ya de noche. Ella me acompañaba, hablando sin parar. Nos detuvimos por un momento en la entrada de su casa. Me sentía un poco aturdida por las copas de vino que habíamos tomado. Nos pusimos a charlar sobre algunas cosas sueltas. Mientras hablábamos, yo exploraba en mi memoria hechos que me habían acontecido en mi juventud; recordaba lo ridículo que fueron algunas, y también otras inolvidables, las que me atrapaban seductoras y gratamente. Recordaba una en particular, la que me ocurrió con un singular amigo, un bajito muy mordaz, que me tenía desconcertada por aquellos tiempos, y con el cual nos veíamos apenas más de una vez al año; sí, lo recordaba agazapado, defendiendo mi honor en un restaurante, observando todo con ojos severos a insolentes, y repartiendo golpes por todos lados; aquellas imágenes se arremolinaban en mi cabeza. De pronto y sin darme cuenta, se me escapó una sonrisa que no pude evitar. Casi llegué a la carcajada. En un acto involuntario, me tapé la boca con una de las manos. Me sentí tonta en ese momento. Mi amiga sonrió al notar que mi atención volaba en otro espacio y tiempo; y aprovechó para darme una palmada en el hombro. “¿En qué piensas?”, preguntó. Volví la mirada fija hacia ella y regresé a la conversación. “Creo que estoy hablando sola”, agregó. Yo no había entendido casi nada de lo que me quiso decir antes de la palmada, pero creo que deseaba mi opinión sobre Willy, su esposo. Me quedé callada, no quise darle mi opinión, porque también era mi amigo y no estaría bien que yo chismorree sobre sus laberínticas emociones conyugales. Como buenas amigas, siempre nos hemos reído y conversando de otras relaciones muy lejanas en amistad, pero muy ricas en protagonismo. El marido de una de nuestras vecinas, por ejemplo, es todo un caballero, apuesto, galante; pero todo esto se pierde cuando abre la boca. Sólo nos queda taparnos los oídos. Francamente no es digno de nuestra vecina, una abogada, que intelectualmente hablando, le lleva siglos de cultura. Si por mí fuera, estaría sirviendo de espantapájaros en cualquier huerto de la vecindad.
Hice un giro imprevisto con el cuerpo, y di dos pasos hacia adelante. Entonces, le dije:
—Ya me tengo que ir. Te estoy dejando. Otro día la seguimos.
—¿Sí quieres te acompaño hasta tu casa? —preguntó.
—No. No te preocupes. No sé si primero voy al supermercado… Me faltan algunas cosas.
Nos despedimos con un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. Mientras me miraba por la rendija que se hacía menos al cerrar lentamente la puerta, me guiñó el ojo.
El cielo estaba quieto y despejado. No había manera de que nevara. Hacía mucho frío, pero no corría demasiado viento. Por ningún lado pude divisar a la luna. Los arreglos lumínicos en las casas hacían más hermoso el paisaje. Había luces por todos lados. Yo seguía parada en la loza de su puerta, decidiendo a dónde ir.
Era un domingo de diciembre, víspera de mi cumpleaños, y ella me había invitado a almorzar a su casa para agasajarme. Allí hemos conversado de muchas cosas; como si cada una hubiera querido y no hubiera podido expresar lo que quería completamente. Comprendí entonces la gran sencillez de la vida y la falta de franqueza cuando se la quiere explicar. Empecé a bajar los tres escalones que me separaban del ras del suelo, con algo de frio. Busqué la salida y caminé hacia ella. A la derecha de su espacioso jardín, iluminado con espléndidos juegos de luces, a unos cuatro o cinco metros de distancia estaba una mediana puerta de roble. La abrí y salí a la calle, apretando con más fuerza mi chalina alrededor de mi cuello. Abotoné mi abrigo, cubriendo totalmente mi chompa. Pensé por unos instantes en volver a mi departamento y tenderme en la cama con ropa y todo. Estaba sumamente cansada y abrumada de tanta amabilidad y con algunas copas de vino. Me decidí y caminé lentamente sobre la vereda, hasta el edificio donde estaba mi departamento. La casa de mi amiga Gloria, quedaba muy cerca de la mía. No había que cruzar ningún asfalto. Mientras caminaba, se me vino a la mente un e-mail estúpidamente burlón enviado por un singular amigo. Sí, el mismo; el menudo y mordaz amigo, quien tuvo la distinción de salvar mi honor en un pugilato, del cual salió muy maltratado. No sé, pero me vinieron ganas de hacerle una llamada telefónica. Quería que me explique el porqué de su último e-mail y la tonta manera de burlase de mí. Teníamos en nuestro haber "kilómetros" de palabras escritas mutuamente. Muchas ironías y sarcasmos; pero nada se comparaba con este deficiente y anormal e-mail. Por eso no pude contenerme y lo llamé.
—Hola Charly. Aló… ¡Creo que no me escuchas…! Aló...
—¿Sí? Buenas noches... ¿Con quién tengo el gusto? Aló. Aló. ¿Con quién hablo?
No era muy tarde aún. No había dado las ocho de la noche. Había una interferencia de los mil diablos en ese instante. Volví a marcar su número telefónico.
—Hola. ¿Ahora me escuchas? Soy Bety. ¿Puedes hablar?
—Sí. ¿Bety?... Ah, hola… Sí. Ahora si te escucho. ¡Vaya!, parece que los milagros existen y se hacen realidad en diciembre.
—Así parece. Y los correos tontos y estúpidos también se escriben en este mes.
Se quedó mudo por unos instantes. Lo sentí correr muy rápido, subiendo los peldaños de una escalera. Yo diría que, más que sorpresa, lo agarré desprevenido. Se detuvo y lo sentí en un lugar con mucho silencio. Luego dijo unas palabras completamente extrañas, fuera de contexto. Así quiso desviar la conversación hacia un saludo navideño y de aniversario. Masculló no sé qué, y algo agitado, me dijo:
—¿A dónde quieres llegar Bety? Es un mes de fiestas intimas, familiares. Pero te siento malhumorada. No lo sé. Me parece que quieres discutir conmigo. ¿Qué ha pasado?
Lo escuché contrariada, moviendo mí cabeza con desdén. El curso de mis pensamientos, en ese instante, era enigmático, diría hasta perverso. Quería mandarlo a volar muy lejos. Decirle que por favor ya no me escriba más. Me contuve.
—Sí. Estoy malhumorada por tu culpa. Te llamo para que me expliques el porqué de tu estúpido correo. El que me enviaste el día de ayer. ¿Qué te he hecho para que te burles de mí?  
Charly no respondió. Se quedó mudo por unos instantes. Carraspeó, y, comprendiendo mi pregunta, me dijo:
—No entiendo nada. ¿De qué me hablas?
—Bueno. Sabes de lo que te hablo y te das por desentendido. Déjalo ahí. Ahora da igual. Sabes, no vuelvas a escribirme de esa manera tan estúpida.
—Me gustaría saber a cuál de los correo te refieres. ¡No te entiendo!
Sentí que mi amigo, como sacudido por resortes, movía la cabeza y exhalaba de una manera profusa. Lo conozco muy bien —bueno, eso espero—. Me gusta que sus recuerdos se mezclen con el presente y se agolpen a su mente. Me encanta, me hace sentir estupenda. Es una forma de vengarme cariñosamente de él. Lo cierto es que mi ceñudo y menino amigo estaba probando de su propia medicina.     
—Mira, ya te dije que lo dejes ahí. Ya hizo el daño, y por favor no vuelvas a hacerlo otra vez.
De la pequeña discusión se me secó la garganta y me puse a hablar en voz alta para mí misma. El celular estaba encendido y en línea. Fue rápido, pero categórico. Él me escuchó.
—¿Que soy qué? ¡Me sorprende tu lenguaje!...
La catástrofe sobrevino. Lo percibía como si le hubiera clavado, desde poca distancia, una estaca en el corazón. Él sólo se limitaba a atestiguarlo y a sufrirlo, sin poder corregir nada.  No era más que un breve intermedio en mí caminar hacia mi departamento. Pero se convirtió, sin proponérmelo, en una situación de resarcimiento, de desquite. Por cierto, nunca pensé hacer ésta llamada. No tenía ganas de comunicarme con él por ningún medio. Se lo había hecho saber en un e-mail muy corto que le envíe, contestándole el suyo. Entonces, deliberadamente apuré la despedida.
—Nada. No me hagas caso. Ya te dejo. Luego te llamo.
Había una amenaza escondida en mi afirmación, pero no en el tono de mi voz. Le corté y cerré el teléfono celular. Lo dejé con la palabra en la boca. Comprendí enseguida lo que había hecho. Y eso sólo se llama desaire, vilipendio y desconsideración; que es lo que más le duele a sujetos como él. Estaba furiosa y él se hacía el que no entendía. Miré mi postura, me fijé en el lugar, y comprendí que estaba parada en el umbral, estorbando el paso de la gente al edificio. Me tuve que disculpar con una de mis vecinas. Mi cara de seguro estaba sonrojada de vergüenza. Un joven y extraño personaje me saludó tímidamente. No pude reconocerlo. Di algunos pasos en el interior y me detuve; estaba mirando el suelo y me sonreía sin ningún esfuerzo. Me sentía como una chiflada que había hablado en voz alta y consigo misma, delante de todos.
Me puse a caminar con dirección a mi departamento, cogiéndome la barbilla de rato en rato. Sin darme cuenta, me puse a tararear en voz baja, como queriendo prolongar el sentimiento suscitado. Llegué. Saqué las llaves, apoyé la mano izquierda sobre la pared y abrí la puerta. Ingresé riéndome como loca. Atravesé la sala en busca del dormitorio. Entré. Toda la distribución de mis cosas: el espejo, la cama, el peluche engreído y confidente que lo sabía todo parecían aprobar mí conducta. Había hecho una tonta llamada que al final, en vez de encender mi ira, logró ponerme más cómoda y de buen humor. Lo había dejado como un tonto; y yo sabía que se lo merecía. Me miré en el espejo por unos instantes. ¡Qué hermoso semblante presentaba!... Había en él algo extraordinario que trataba de comprender. Plegaba los labios con mucha fuerza, pero no podía parar de reír. Es difícil explicarlo, pero para nada me sentía ridícula. Todo lo contrario, de un estado de fastidio, había sido transportado a un mundo que había olvidado y que él, mi singular amigo, siempre me lo hacía recordar. Luego, ya recobrando la cordura, encendí mi computadora para enviarle un e-mail justo y necesario... He aquí el contenido:
Hola Charly.
Hoy el héroe de mi historia eres tú. Sí. Tú. Tengo que presentarte ante la sociedad de mi mente y de la tuya tal como eres. Lo voy a hacer sin bromas ni ninguna chispa de burla. Sólo es lo que pienso de ti. Quiero que lo entiendas. Necesito que te enteres íntegramente.
Sabes, eres el perfecto buen muchacho. Quién podría quererte mal. Manso, alegre y tierno; por no decir sensible. Debes de caerles bien a todos tus amigos. De rasgos físicos que ya no me quedan más que verla por fotografía. Es lo convenido en nuestra última comunicación. Tu aspecto exterior ha cambiado mucho. Estás más cebado y rechoncho. Aunque sigues manteniendo esa sonrisa que agrada a cualquiera, y esos ojos pardos que centellan amabilidad y ternura. Recuerdo cuando vagabas por el colegio, con las manos en el bolsillo del pantalón, disimulando siempre tus intenciones cuando me veías; yo te presentía un amigo inocente; puro de alma y hasta de cuerpo. Podría decirse que no habías tocado mujer alguna. Hasta ahí tu descripción desde mi cómoda reflexión que me hace recordarte.
Pero apenas transcurrido varios meses de haber estado en el mismo salón de clases, cuando, por esas cosas, usted se enamoró de mí. Bueno, es la cosa más natural del mundo. Dicen los poetas que la energía de la juventud hace ver un atractivo en cada mujer. Y usted lo vio en mí. Tal vez se enamoró primero de mi rostro y luego de mis manos que supo contemplar con mucho empeño. Luego, tal vez, de las muecas que disponía cada una de mis sonrisas. Y finalmente, un día, que usted no puede recordar exactamente, se enamoró completamente o por entero sin poder dar marcha atrás. Ya crecidito y en la universidad, te diste cuenta de que me amabas. Entonces, lo primero que se te ocurrió fue componer versos; que no te puedo discutir, eran muy simples pero bellos. Sé que tu amor te costó carísimo. Por lo menos una colecta entre tus amigos para salir al cine conmigo. De seguro le has contado tus extravagantes historias sobre ese amor grande y sincero. Como lo hacías por amor, todo se te disculpaba. Hasta allí, tu autoconfesión. He leído todos tus relatos con mucha atención.
Pero tienes que saber que te enamoraste de Bety, no de una jovencita ingenua e insegura. Sí. Te lo confieso; tú lograste que yo sintiera lo mismo en aquellos días por ti. Sabes que traté de disimularlo. No, tú no podías hacer lo mismo. Era tu amor tan evidente que hubieras hecho todo lo posible por tocarme o besar siquiera mi mejilla. Nunca te atreviste a pensar qué quería mi boca.
Te he visto, por largo tiempo, en la universidad: otro día en el comedor, soltando una grosería y huyendo tontamente sin atreverte a replicarme con un beso, ¡qué tonto fuiste! Me dejaste ir sin dar ninguna lucha; y ese otro día, en un rincón, con unos amigos, bebiendo unas cervezas, lejos de la parrilla, tú y yo tumbados en el césped y toqueteándonos como niños… Me esperabas cerca de mi aula, y un día te vi sin que te dieras cuenta. Te vi esperándome y contemplándome mentalmente, reflexivo, conversando contigo mismo, de mí y del amor que te inspiraba. Tu rostro te delataba en el instante. Ahora te lo puedo decir. Pero lo que más recuerdo y que ha quedado intangible en mi memoria es aquella carantoña que nos hicimos mutuamente, después de la paliza que te dieron en aquel restaurante. ¿Recuerdas? Fue lo más cercano en emociones que tuvimos juntos. Superior, inmensamente, a nuestro impresentable primer beso. Es que nuestra relación siempre tenía algo de inocencia, algo sublime, casi pastoril, por así decirlo. En realidad, no sé cómo llamarlo. No lo creerás, pero no fueron pocas las veces que te me aparecías en sueños. A ver, me puedes decir ¿cómo logró usted eso? Estoy siendo bastante cursi. Disculpa, pero los detalles son para mí lo primero. Si nuestras escasas salidas y nuestras lacónicas conversaciones se pudieran imprimir, el resultado sería un poema del gusto intelectual muy moderno. El poeta tendría toda la libertad y muy pocas palabras para expresar semejante momento. Hasta aquí mi nostalgia.
Pasaron muchas cosas en el transcurrir del tiempo. Eran los noventas cuando el enamorado muchacho se sentía mareado de pies a cabeza y herido de dudas de amor. Entonces, se animó a visitarme un día, proponerme muchas cosas, para luego desaparecer. Se me ocurrió pensar si estarías loco. Sin embargo, y tú lo sabes, te quería así, y pensé también que darías media vuelta y regresarías antes de ver a nadie. Te esperé. Sí, te esperé. Pero la dura realidad te embarulló justo en tu último suspiro receloso. Supongo que lograste sacudirte definitivamente de aquel extravío que te había atormentado desde la secundaria. En pocas palabras: "un corazón en fuga herido de dudas de amor". Luego, me di cuenta y lo pude absorber. Infundí en mi ánimo un sentimiento seguro y firme de confianza en mí misma. Aunque, en ese momento, el sentimiento se me arremolinaba y hacía hervir la sangre. Pero al final, te pude decir ¡adiós!... Hasta aquí la culminación. ¿Qué te parece?
Luego pasaron muchos años, que ya no los quiero ni contar, en el que hemos vuelto a retomar una comunicación muy linda y sincera. Te confieso: te sigo queriendo. No como tú quisieras. Pero en fin, te quiero igual. Como tú dices, es tiempo de decir las cosas sin aspavientos y sin ninguna reverencia. No soy dueña de tus movimientos ni tú de los míos. Pero tenía que suceder lo más conveniente, lo necesario. Lo hemos conversado sin tapujos ni medias tintas. Así es la vida, supongo. Hasta ahí todo excelente, preciso y concreto… Entonces, a ver dime, por qué de tu estúpido e-mail. No lo comprendo. Desde luego que con ese e-mail ya no queda el menor vestigio del “buen muchacho” que conocí. Si todavía no me has comprendido, permíteme decirte que me das lástima. Lo repito, ha ennegrecido su pasado que recuerdo con mucha ternura. No me rebajaré a explicarte ni a justificar tus estúpidas maneras de malograrlo todo una vez más. Hasta aquí mi mala sangre y mi disgusto.
Por otro lado, reparando o resarciendo nuestros recuerdos y dejando lejos nuestros temores actuales y tu cargante e inoportuno e-mail, quiero agregar solamente, rechazando todo pensamiento de elogio y de aplauso, que tú eres un amigo sincero y hasta original. Un amigo que me animó a conversar con mi pasado en el más alto grado. No sé por qué, pero siento un respeto extraordinario por las cosas que haces y que me has hecho hacer. Te estoy muy agradecida. A pesar de todo, siempre he tenido deseos de saber cómo pudo iniciarse y terminarse de una manera tan estúpida aquello que nos ocurrió y no supimos manejar. ¿Cómo pasan esas cosas? No hay, desde luego, una curiosidad malsana de mi parte. ¿Qué hubo en mí que pudiese seducir a un muchacho como tú? Y también a la inversa. ¿Qué vi en un ridículo adolescente que, conservando su tonta inocencia, pretendía razonar y enamorar a la vez a una adolescente que no entendía ni jota de sus propuestas? Sí, eso somos, adolescentes que algún día, ojalá, puedan madurar...
Desde luego, te lo puedo decir, todavía no entiendo nada, y te lo confieso sin el mínimo orgullo; solamente que también puedo decir que tampoco tú entiendes nada y te lo probaré algún día. No tenemos que ir muy lejos en el tiempo. Creo que es mejor así... Y sabes, ya no quiero discutir contigo; porque, en el fondo de todo esto, no podemos siquiera llegar a ser malvados ni perversos. Y tú lo sabes mejor que yo, mi querido amigo.
Ahora me despido... ¡Cuídate!     

Libertad

domingo, 8 de enero de 2012

El misterio de la chompa azul

 III
Transcurría ya el año 1976. Con la experiencia adquirida en los años anteriores, y habiendo pagado el derecho de piso en repetidas ocasiones, Marcolino, el polémico y controvertido narrador de esta trivial historieta, se disponía a enmendar los perrunos errores de su conducta personal. Aunque lo ideal es siempre propender a cambios con responsabilidad mesurada y sentido holístico, también sería necesario analizar con sobreestima, empatía y afectividad al entorno galáctico que lo rodeaba; aquellos entes siderales referidos aparecen como un símil de la obra de Herbert George Wells en “La guerra de los mundos” tal cual su calificación definida: irrumpir, asolar y causar zozobra permanente.
En la sección del 4° año “B” de secundaria se había consumado ya en apariencia el desarrollo somático de sus integrantes, digamos hasta en un 85%, pelos más pelos menos, pero, como lo decía, el desarrollo evolutivo era netamente físico, por lo cual el panorama estelar del aula quedaría sujeto siempre a merced de las ocurrencias de algunos líderes en percepción, con características psicopatológicas inherentes y definidas; con todo respeto, creo que era parte del proceso normal en la maduración biológica para alcanzar una personalidad propia y sostenida.
Cuántas alimañas y galifardos aparecerían en este mundanal espectro, otras tantas sabandijas, filibusteros y mercenarios serían un factor común determinante para el colapso y desintegración del aula, lo cual acontecería en un futuro próximo, mientras el resto de cristianos mozalbetes permanecerían impávidos e indiferentes, continuando con su rutina inercial de convivencia.
Tan eximios personajes, que he presentado con ligereza en relatos anteriores, aparecen ahora abruptamente con sus baterías cargadas y desenfrenadas, con sus estrambóticas ocurrencias y sus ansias subrepticias de figuretismo; esta última “virtud”, a ciencia cierta, era el factor común del pensamiento adolescente rutinario; recordemos también que nuestra emergente sección se constituía en un islote semialejado de la metrópoli principal, pues fuimos ubicados arbitrariamente dentro de la escuela primaria colindante a nuestro Centro Base.
Habría que reconocer, con acervo crítico y modesta apreciación, el honor y la gloria de algunas actitudes individuales, cuyos méritos es saludable resaltar.
En alguno de mis relatos afirmé que Liliana constituía una motivación especial para mí, provocando en mis pensamientos una rara sensación y atracción magnética, que exacerbaba mis ánimos y producía en mis neuronas un shock eletrocinético hasta dejarme aturdido, absorto y alelado, tal vez impávido y hasta perplejo; sin embargo, era una sensación inevitable, había algo más que simpatía o atracción que  me absorbían, y concluyo firmemente que no era el frenesí de un plano sentimental. Más allá de las dubitables emociones estaba mi expandida admiración hacia su intelecto y capacidad de memoria, me impresionaban mucho estas cualidades y algunas virtudes más que hasta hoy no logro comprender. Por lo demás, como repito, no había mucho para escoger, a mencionar ligeramente desde la gordilínea Dorita Mateus, quien en un futuro mediato se convertiría en la “sandía de la discordia” entre dos de mis más cercanos amigos, como son el “chacal” Charly y su rival el “indio” Joel; quisiera saber si algún día se podrá conocer esta romancesca e hilarante historieta del siglo XX, réplica símil del triángulo idílico entre César, Antonio y Cleopatra… ¡que tal comparación!
Pero también estaban las hermanas Vilma y Nancy, quienes llegaron por inercia hasta el 4° año de secundaria, la última de las hermanas era una petiza pegajosa, más resbalosa que un jabón de sábila sin glicerina.
Como podrán observar, siempre estoy presto a destacar las virtudes y valores de mis connotados amigos; las adulaciones, elogios y ditirambos son merecedores a sus cualidades innatas. Lo bailado y lo vivido nadie nos lo quita… ¡Al César lo que es del César!
Como en un “coitus interruptus” prosigo intermitente con mi lacónico relato, con intervalos y pausas incontenibles, bajo una lluvia de espesas descripciones.
Más ovejas que aumentaban el redil, a citar, como la compañera de aula “charito” Bobby, una chica más noble que una lechuga y más buena que el pan francés, servicial y sociable, virtudes que lamentablemente tardamos cierto tiempo en comprender, o que en el fondo no quisimos comprender. Ella tenía detractores gratuitos, como el “chato” Montiya – un inverecundo mequetrefe, el “loco” Willy – un parlanchín bochinchero estrambótico y lunático del salón ¬¬–; del resto un establo, entre cuadrúpedos, alimañas, plumíferos hacían eco de su naturaleza ginecofóbica perturbando ocasionalmente el sosegado y armonioso ambiente. ¿Y quién más? Para continuar con este impertérrito recuento del franciscano plano femenino… A ver, contemos, Bertha, tan flaca como una sardina; la menuda “Quisi”; Lucy, la cuadrilínea, una de las pocas chicas asequibles al trato varonil.
Por supuesto, dejo para el colofón a otra chica singular y especial: Lucecita Román, “la bigotona”, y digo especial porque tuve un trato amical, cordial y liberal con ella; siempre servicial y comprometida al diálogo; algunas veces sensual y agradable a la vista, con algunas falencias que me recuerdan al árbol del alcornoque, no era voluptuosa pero su grácil estructura somática captaba de inmediato la atención de cuanto gallinazo o cernícalo se aproximaba a su carpeta; ¿Quiénes eran estos vultúridos? Según contaban las malas lenguas, estaban el “chato” Gavilán, un microfigureti de bolsillo, encamotado hasta el tuétano; el “bongo” Jorge, otro galancete de pueblo joven, el calorímetro del colegio, la versión barata y arrepentida de Giácomo Casanova, pero un gran amigo personal. Otro gallo colorete era “el cantor” Canchi, la réplica picafloresca de Romeo Capuleto Otra escoria digna de mención era el “chato” Montiya, quien también estaba al acecho de esta fémina. Sin embargo, según su propia confesión, ante la seguridad de que iba a ser choteado por la bigotona, “se conformaba con joderla”. Este protozoario de agua hedionda tenía una fácil verborrea para el convencimiento en farfullerías y escandaletes, sin duda era tan ladino y sagaz como un zorro revoltoso. Tantos postulantes más aparecían aliñados y emperifoliados para impresionar a Lady “bigotona” quien, aunque no se podría considerar como la última Coca Cola del desierto, tenía su atractivo singular. Por cierto, Marcolino estaba autoexcluido de esta rapaz banda de pajarracos carroñeros.
No pretendo pecar de soberbio ni petulante, pero la afirmación anterior es extensivamente válida. El único vínculo conectivo con Lucecita, como deseo llamarla, era exclusivamente por el esparcimiento; esta facultad la llegaría a descubrir a mediados del año, cuando se iniciaban los primeros compromisos sociales y acudíamos timoratos a las primeras reuniones de onomásticos de los más selectos compañeros. Sólo acudían los varones, bien catrines y pachucos para la ocasión, con la mejor música del momento y la bebida alcohólica emblemática para la ocasión, que inicialmente fue el macerado de “Guinda”, luego el “Chilcano” y, finalmente, la cerveza, bebida que se convertiría en una de nuestras preferidas hasta la actualidad.
Fue una etapa experimental, divertida y también perturbadora. La apertura de nuestras destrezas danceriles. Para muchos, cada fiesta era sólo diversión y desborde de alegría, muy lejos estaba todavía el líbido pensamiento hacia el exquisito y sibilino mundo del cortejo. Sólo la imaginación obnubilada de la musa invisible podrá aparecer al fragor de los estragos del alcohol, como un paliativo mediato, como un placebo circunstancial que producía mil formas de sueños y fantasías, y sin embargo nada era real, todo era ficticio y decadente, un mundo irreal, una burbuja virtual que encapsulaba nuestros más intrínsecos pensamientos.
Continuará

Marcolino.