sábado, 5 de octubre de 2013

Travesuras del destino

Las travesuras del destino, siempre enigmáticas, originaron un incidente testimonial. Fue aquel día en que mi madre estaba a punto de dar a luz en un distrito cubierto de frondosos matorrales, arena y piedras.

Esta dinámica de tiempo estaba reglamentada para que yo naciera y también otro noble caballero, un hombre menudo de escuálidas facciones, cuyo nombre no es necesario mencionar. Y que también —supongo—, forzado por las circunstancias de mi destino, tenía que ser carmelino, como yo, en sus cuatro puntos cardinales.

Mis padres tuvieron que viajar desde muy lejos para presenciar el nacimiento de ese lugar, todo para que eso ocurriera.

Ya en esta etapa inicial de mi distrito, fundada por José López Pasos y otros insignes caballeros, ocurrieron infinidad de hechos imprevisibles que asumieron un carácter temerario, tal vez más apasionado que el lamento de una guitarra, como le sucede a un adolescente oscilando entre la infancia y la juventud. A pesar de carecer de edificios excepcionales, calles encantadoras y casas de noble estructura, logró atraer a la mejor gente provinciana y aguerrida.

Lo cierto es que esta acción directa, innovadora y creativa logró terminar el distrito con el propósito de que nuestro destino se encontrara. Pero con la salvedad de que nuestra infancia no se juntara ni en mañanas, ni en tardes ni en noches, hasta que discutido en otro extremo y de golpe, se llegó a la conclusión de construir una sede para el bendito Colegio Nacional Mixto Raúl Porras Barrenechea.

Claras imágenes, acumuladas de los relatos contados por mi padre, me llevan a reconocer que el destino origina, de la causa accidental, hallazgos asombrosos, como un concepto de milagro.

Una vez que el distrito fue fundado (no oficialmente) y a meses de fundarse el colegio —Cooperativo Mixto de Educación Vespertina Secundaria Común (ese fue su primer rimbombante nombre antes de su nacionalización como "Colegio Nacional Mixto Raúl Porras Barrenechea")—, según lo previsto por el destino, tocó una varita mágica y aparecimos yo y el otro caballero, bajito y escuálido, cuyo nombre no quiero mencionar.

Yo podría haber aparecido en Sihuas o Arequipa; el fulano en Piscobamba o Cañete; pero no, aparecimos en el mismo pequeño y rectangular distrito chalaco.

Así fue desdoblándose el tiempo, hasta que un día de abril —no diré el año—, fue público nuestro encuentro: su carpeta pegada a la mía, en el mismo salón, en el mismo grado, y con los mismos amigos en común. Tal vez, todo eso también estaba previsto.

Una hora después, ya estábamos escuchando a la misma regordeta y malhumorada profesora de biología. En aquel espacio o cascarón que físicamente parecía estar desprovisto de todo, de vez en cuando nos mirábamos extrañados; era un escenario distinto, desconocido, porque veníamos de aulas diferentes. Terminada la clase, acordamos formar un grupo con los otros amigos de carpeta. Nadie había ingresado aquí por error, el destino nos había juntado a todos. ¿Qué les parece?

Otra faceta del enigma, aquí acontecida, es el hecho de reunir a un grupo de actores disímiles, variopintos. La representación de algunos fue compleja; la de otros, momentánea y desapercibida. Ustedes replicarán que nuestro encuentro no tuvo nada de interesante. Yo replicaré que nada fue improvisado, que el azar tiene bien afiladas las garras cuando el destino se lo reclama.

El segundo acto, el más desamparado, por irónico y tierno, fue cuando uno de los actores, cumpliendo su rol, con ávido sigilo, enredó dos de nuestros cabellos que fueron cogidos furtivamente. Mi reacción fue mirarle con ojos severos, él me miró con ojos perplejos, abochornado. Pero el hecho ya había sido identificado. "Pareja unida para siempre", nos dijo.

Sin rechazar esta posibilidad de broma —al fin y al cabo, estábamos jugando—, vi cómo mi amigo, casi anulado, escapó enseguida hacia el otro lado del aula y se puso a conversar con otro amigo, rascándose nerviosamente una oreja. Apenas extendió las manos para recibir un cuaderno. Intuí, por primera vez, que nuestra indiferencia al hecho era la milagrosa confirmación de lo innegable. Estábamos convergiendo, melodramáticamente, hacia la lógica del destino. ¿Hacia dónde y para qué?

Ese mismo día, por la noche, mi imaginación se alimentaba de sentencias que me repetía. Era un laberinto incansable que reclamaba una solución exacta. Pero siendo adolescente, como era, no la entendía, o tal vez, quién sabe, disimulaba aquella revelación. Desvelándome, ensayaba un argumento sobre mi existencia en el pasado, presente y futuro. Me encontraba atrapada en la infinita riqueza de lo desconocido. Así, me quedé dormida. "¿Todo está premeditado? No, no puede ser", me decía en el interior del sueño. En ese punto, me desperté; no podía presentar un solo cargo contra él o contra lo desconocido. Muy despierta, sentada aún en la cama, reflexioné que el sortilegio no puede ser realidad, aunque da la incómoda impresión de serlo.

Comienza el tercer acto, el último. Es penoso para mí, pero debo contarlo; es lo justo. Regresa un actor que parecía descartado. Tiene cara de boxeador y es bajito: es el miserable. El destino le ha entregado una errata de argumento apta para disimular su triste vida. Él tiene que cumplirlo. Bruscamente se vistió con el ropaje de un insignificante desdichado. Corrió desde el otro lado de la ventana, cogió una granada de mierda mezclada con arena y la lanzó al interior sin misericordia. El día soleado se nubló para mis ojos. Vanamente intento recordar los detalles que me resultan inverosímiles. El tiempo y el espacio se detuvieron. Ahora es una mano la que me dirige hacia un penoso caño, proyectando una sombra muy cercana a la mía; es una sombra fija, antagónica, compensatoria; diría incluso que complementaria, aunque refleja una personalidad oculta, individual, irresuelta. Ya inclinada, con lágrimas recorriendo mis mejillas, murmuro reproches y una serie de sílabas perplejas, empantanadas por la resignación. Mi vergüenza se inflama al ver a mi amigo, de quien no quiero decir su nombre, agregando palabras fuertes: "Me las va a pagar, esto no va a quedar así", amplifica. "Déjalo ahí, no quiero problemas. Y hazme un favor, ve al salón y trae mis cosas...", le digo, gimoteando en voz alta y tratando de articular mis palabras. Sin dar explicaciones, toma mis gafas y las baña rápidamente. Una vez limpias, las sacude y las seca detenidamente con la manga de su chompa. Luego, extiende lentamente el brazo y me las entrega. Su mirada me tiene cautiva, y su boca no deja de apretar los labios. Finalmente, logra comprender que heroicamente ha renunciado al honor de ser mi caballero Lancelot. "Maldito sea", dice y se va. Al poco tiempo regresa, saliendo de su amargura, condescendiente, y me cuenta una de sus muchas travesuras en el barrio; añade que posiblemente una vez estuvo sentado en la vereda de mi casa, jugando con otros amigos. Yo lo escucho seriamente, intentando mostrar una falsa indiferencia en mi rostro. En ese momento, creo que estuvo a punto de decirme algo. No sé si por no querer escucharlo o por miedo a saberlo, me alejo de él, simulando prisa, y me dirijo hacia la puerta de salida. Sin embargo, no puedo contenerme y me vuelvo para mirarlo... Allí sigue, parado en el mismo lugar, con la cabeza erguida como un niño inquisidor. Al final, apresuro el paso y me alejo.

El argumento del destino, en nuestro caso, no fue complejo; aunque tuvimos que pasar por momentos monstruosos, presumo que era la única forma de entender, en estas visibles circunstancias, nuestros sentimientos bien guardados.

Libertad

jueves, 3 de octubre de 2013

Mi chica de quince años

"Se busca". Las letras del título son innecesariamente inmensas. Está escrito en la primera plana de los diarios colgados en un pequeño quiosco. "Se busca". Hay una foto de medio cuerpo que no lleva camisa limpia ni corbata; es un polo sucio. Tiene un rostro nocturno, poco afortunado, pues lleva una cicatriz que le atraviesa la cara; además es tuerto, de cabello canoso, ensortijado; un típico nacido para hacernos creer que es malo...

Impaciente, un hombre está parado frente al mismo quiosco, leyendo los titulares de los diarios; se inclina, levanta la vista, hace gestos de insatisfacción. Es de tarde y el sol no ha aparecido, solo una garúa persistente le humedece el rostro; siente frío. Se descubre el brazo y mira su reloj; "ya es tarde, no vale la pena ir; ella tal vez lo entienda", piensa. Saca el celular y llama a un amigo: "hola, ¿qué tal, estás ocupado?"; "no, ven no más, ¿has llamado a Joel?"; "no, ahorita lo llamo"; "ok, entonces en el mismo lugar de siempre"; "sí, está bien, pero no demores, estaré en quince minutos, te vuelvo a llamar cuando esté cerca, si puedes, también dale una llamadita"; "ok, lo llamaré".

Está sentado en la mesa de un pequeño restaurante, afuera, cerca de la entrada, para aquellos que fuman; una botella de cerveza lo acompaña; sus amigos no están por ninguna parte. Saca un papel en blanco y se pone a escribir; levanta la cabeza, se coge el rostro, piensa; se da cuenta de que sigue solo, mira a su alrededor y sus amigos no aparecen; se inclina pegándose a la mesa y vuelve a su arbitraria redacción. De pronto, siente una palmada en el hombro; "hola, cómo estás"; "ah, hola —está exaltado—, parece que los milagros existen, no me lo esperaba"; "¿qué no te esperabas? Acabo de llegar de viaje, todo está completamente cambiado por aquí, el tiempo vuela, ¿qué tiempo que no nos vemos?"; "no me lo digas..., te estuve llamando, pero no tuve ningún resultado"; "qué raro, no tengo ninguna llamada tuya, tal vez coincidió con otra llamada, a veces sucede"; "tal vez, ¿me puedo sentar?"; "cómo no". Suena el celular; "hola Charly, tengo bailongo hoy día, se me pasó, Joel me ha dicho que tampoco puede, tiene 'Escuela de padres', pero mañana puede ser, él también estará libre"; "ok, no te preocupes, mañana los llamo".

Al fin sucede, son cosas del destino. Ella tiene el rostro confundido, hasta agitado, pero con una sonrisa larga; él se mueve con notorio asombro, parece una melcocha sentimental. "Mejor vamos a otro lugar", le dice; "bueno, ¿adónde me quieres llevar?", pregunta. Lo piensa. Reacciona. "Vamos, te va a gustar".

Ahora están sentados en la mesa, en una terraza; la luz es tenue, el ambiente es acogedor. "¿Tu firma sigue siendo la misma?", pregunta ella; "¿mi firma? ¿Qué hay con mi firma? Es la misma desde la secundaria, mira" —saca la billetera del bolsillo del pantalón y le enseña el documento de identidad—, "ves, sigue siendo la misma"; "a ver, dámela… hum, qué raro te ves en esta foto". "Sí, es cierto, es la misma... no me vas a creer, pero la otra vez soñé con ella y era diferente, el garabato estaba encima de tu nombre completo..., pero no me hagas caso", murmura ella; "raro sueño", dice él con duda; "sí, raro sueño", finaliza ella.

Los vasos de vino están vacíos; el mozo se acerca y vuelve a llenarlos. Conversan amenamente, sonríen, agitan las manos. Poco tiempo después acuerdan en manifestar que el destinado encuentro —¿casual?— es consecuencia de un arruinado y viejo amor que algún hecho metafísico alienta gustosa por la impensada coincidencia. “El amor es enigmático, de falaces probabilidades en la vida real, pero abundante en las telenovelas lacrimógenas de la TV”, dice ella; "lo que llamamos primer amor no es más que una abreviatura, filoso, puntiagudo, nunca eficaz", añade él; "pero su fin es obstinadamente práctico: nunca concluye", responde ella.

Están ahí, llenando el recinto de palabras abstractas, balbucientes, como buscando lo perdido en el espacio infinito, repleto de pasado. Sus ruinosos ademanes, sus gestos conmovedores por la tranquilidad del ambiente, muestran esa apetencia de seguridad que nunca tuvieron. Todo este contraste origina, como voluntad de magia, un conmovedor momento: el efecto accidental de un beso. Los testigos son solo sombras indefinidas, curiosas apariciones en esa conjunción del espacio-tiempo, algo sin importancia.

Solo a ellos les atañe el efecto inmediato, el regocijo o el dolor de ausencia. Hay infinitos libros llenos de este mejunje, de señalarse como viva una esperanza muerta siglos atrás, de creer en el infinito poder del destino; solo cambia el estilo, los señalamientos, las imágenes; es un regalo piadoso del tiempo aplicable a tan dilacerante encuentro.

En este estrangulado ayer —porque no puede ser presente—, ella, preclara por su altiva soltería, renueva, traviesa, al forasterizado amigo, una lírica nueva. Él, poeta mareado, inconsolable e innegablemente casado, renueva la sentencia con epítetos juveniles y compendiosos.

Treintaicinco años de ausencia logró en él, ese preciso cumplimiento, el de elaborar heréticos versos, para su chica de quince años.

Libertad.

martes, 1 de octubre de 2013

La rúbrica

No recuerdo la fecha exacta, pero el hecho ocurrió el primer día de clases. Serían las ocho de la mañana cuando lo conocí. A primera vista, presentaba rasgos particulares: su cuerpo, delgado hasta el extremo, se parecía a un pequeño poste; y su pelo, recién cortado, me lo hacía imaginar como un puercoespín. Cuando lo observé mejor, me di cuenta de que llevaba el uniforme sin el menor cuidado.

Cuando coincidimos en el umbral de la puerta, yo estaba llegando a mi nuevo salón de clases. Entonces me detuve. Él también se detuvo y se quedó quieto, mirando de soslayo el interior. Luego asintió con un gesto y me miró esbozando una pequeña sonrisa. Yo lo miré igual, pero sujetando mi vestido que se revolvía flotante por el viento tibio que ingresaba entre mis piernas. Pronto huyó hasta llegar a la primera carpeta de la fila del centro; y con la misma rapidez se sentó a la derecha y dirigió una mirada a su alrededor. Dado que yo iría en la misma dirección, acabé por entender que al final seríamos vecinos, porque también, por coincidencias de la vida, su amigo de carpeta era mi amigo; y mi amiga, que se sentaría a mi costado, también era su amiga.

Aparte de esta nimia convergencia, obvia tal vez, sería difícil de explicar lo que luego nos sucedió. Aunque lo intentaré.

Desde un inicio, nuestra indiferencia se convirtió en el hecho de llevarnos la contraria. Discutíamos sin asombro y con pocas palabras delante de nuestros amigos. Lo que era blanco para mí era negro para él. Sin embargo, cuando estábamos a solas nos llevábamos muy bien, aunque ninguno de los dos dio muestra de reconocerlo. En pocas palabras, era como tener un secreto a medias.

Recuerdo que en diciembre yo iba a cumplir quince años. Sin embargo, no presentaba el regocijo de las otras niñas de mi edad. Hasta tal punto, que solo me empeñaba en mis estudios y no tenía más propósito que ese. Por consiguiente, estaba tranquila. En cambio, él paseaba el cuerpo calculando sus pasos y teatralizando su reñida realidad. Su rostro reflejaba un historial de vida muy ajena a la mía, de ese que no tiene espacio sino para la reflexión. Y creo que, debido a esta diferencia, siempre me interesó aquella sonrisa pendenciera, que brotaba espontánea, casual y lacónica, cuando atendía a mi mirada. Me enamoré de ella, porque siempre me permitía ingresar, sin saberlo, a su alma. Me enamoré de sus ademanes curiosos: aleteando sus cuadernos, golpeando el lapicero, dibujando rudimentariamente las letras con mucho esfuerzo, y haciendo de su firma una estrella pequeña e incompleta...

Ese mismo día fue que después de saludar a mi amigo y ponerse en pie hizo lo mismo con mi amiga que estaba sentada a mi costado. Sin embargo, yo le rehuí y no supe presentarme y confesarle que deseaba su amistad. Aun así, giró la cabeza y me miró con atención. Luego hizo un pequeño gesto en el rostro como señal de saludo. Con el propósito de que mi rubor no se hiciera evidente, le contesté tímidamente, levantando apenas una de mis manos. De ahí, se volvió para no mirarme y fue inmensa su sonrisa. Yo creo que sonreí también. Fue curioso ese instante de trascendencia auténtica para mí. No sé si alguien pueda recordar la primera vez que saboreó un buen desayuno o el primer libro que leyó sin importancia —cuando se es niño las cosas suceden sin tiempo, sin comprobación, todo nos es infinito, nada es trascendente; y así debe ser, supongo—. Pero hay una primera vez que nadie olvida, por más que lo pretenda. Ese día fue. A pesar de que había bastante gente y un gran griterío y sombras trajeadas con uniformes escolares. Ese mismo día fue que su sonrisa —su alma— se encontró con la mía; poco tardaron para reconocerse, y para desatarse laberínticamente.

Después de todo aquello, nos enfrentábamos tímidamente, pero sin preocuparnos precisamente en ello. De ahí que lo hiciéramos costumbre. Por eso hubo un hecho que yo recuerdo muy bien. Ese día estábamos jugando al ludo con dos amigos más. Yo, con el pelo revuelto, lo veía agitar los dados y lanzarlos inmediatamente. Y cuando sus dedos cogían las fichas para avanzar, sus ojos no dudaban en mirarme. Movía la cabeza, proyectando la emoción de ganar la partida; queriendo pasar por encima de mis fichas y atraparlas, queriendo volverme al inicio. Me parecía muy feliz cuando lo lograba. No lo discuto, representaba, para él, un grandioso triunfo sobre mí.

En otra ocasión, y en otro escenario, lo veo en una mañana de primavera. Yo me dirigía al colegio y me lo encontré; me saludó con la misma sonrisa de siempre, pero un poco azorado. Aproveché para preguntarle el origen de su firma, de la simpleza de la misma. "Te pueden copiar", le dije. Conjeturó dándole importancia a la estrella de David y a una lectura sobre el rey Salomón. "Pero tu estrella tiene cinco puntas", le refuté. Se quedó pensando. Confieso que se lo pregunté con alguna incomodidad, tal vez, como un ejercicio estéril, inconveniente. Me dijo que él no proyectaba dos triángulos equiláteros; que era una forma de creación artística e imaginada luego de muchos garabatos que no le convencieron; que ese era el resultado. "No soy un copión; además, nunca firmaría escribiendo mi nombre y apellido, no soy un tonto; eso sería una cursilería", me dijo. Lo cual me sorprendió, por su poca modestia y su desajustado tono al decírmelo.

También hay otro recuerdo de confidencia, algo limitado por nuestra edad; no encuentro los diálogos precisos, pero sí el contenido. Fue luego de batirse al ajedrez con una amiga; lo recuerdo salir con sus cuadernos en las manos, mirándome de reojo, lleno de vergüenza. Fui a su encuentro con un visible propósito, el de burlarme de él. El hecho es que hasta ahora me duele tal propósito, como si fuera ayer. "¿Qué pasó?", le pregunté. "El número me aturde; el grupo contrae mi imaginación; pensaba más en las miradas que en el juego mismo; en especial en la tuya", me dijo. "¿En la mía?", pregunté. "Sí, en la tuya", respondió. Su respuesta no admitía la menor réplica; era un veredicto, una declaración, un adjetivo, un pronombre de posesión contundente.

Parece mentira, sin embargo, merece recordarlo; lo recuerdo ahora, no como quisiera, pero así fue. Este se mantuvo en secreto hasta hoy en que me atrevo a relatarlo; aunque los recuerdos propenden, por propia voluntad, a borrarse, a nublar los detalles:

Esta ilusión adolescente de un mundo infinito, como un océano, que uno cree suyo sin esfuerzo, logró un trivial y profundo desencuentro. Los hechos fueron premonitorios, como su rúbrica, como la mía, con la misma que hoy sigo firmando. Fue una evidencia que hasta ahora me inquieta. Lo tuve a la vista, lo tuve en la palma de la mano, por breves segundos; era un dije en forma de corazón; casi inmediatamente se lo devolví. Inquietamente, agitó su alma y se quedó sin dicción. Su desesperado semblante era el mismo de quien perdió la partida de ajedrez, casi bajo las patas de los caballos, incapaz de reaccionar, repensando lo que hizo. Al fin, se dio ánimo. "¿Debe ser así?", preguntó. Me quedé callada, como una imagen afligida, burda, la más burda.

Toda esa conjunción de espacio tiempo, junto a su voz excepcional, complaciente, surrealista, lo llevo grabado en mi memoria, luego de siglos de distancia. Me da pena recordar las circunstancias, el haberlo dejado jugando solitario, confundido, sin atreverse; y yo, agregando a esta confusión, sin poder añadir mi preferencia por él. Todo por esa irrefutable aniquilación de lo que se tiene por el temor a lo que viene; por lo que juzgué a priori, con desenfado, y con toda mi sabiduría estúpida, llena de enmarañados prejuicios, preexistentes, reprochables…

Luego, al día siguiente, me dolía apartarme de él. Lo tenía muy cerca, y muy lejos a la vez; sentado, delante de mis ojos, con una justificada ausencia. El hecho me dolía, por eso, furtivamente ensayé, tantas veces como pude, aquella firma de cinco puntas. Acaso para enseñársela y reanudar nuestra quebrada amistad. Llegué a conseguirla. Mi imitación era perfecta. Una tarde, al salir del colegio, me dispuse a entregarla. Fui dispuesta a decírselo. No lo encontré, había desaparecido. Ahora sé, que otra protagonista, en otro espacio y tiempo, ya lo estaba soñando.

Libertad

domingo, 1 de septiembre de 2013

Un fin secreto

Anoche —no sabría decir a qué hora exactamente— estaba sola en mi cuarto, con la puerta completamente abierta, sentada frente a la computadora e intentando escribir lo que había soñado. No quería que se me escapara ningún detalle. Me había propuesto una sola cosa: darle forma y cierre a ese sueño inconcluso de la noche anterior.

En él, mantenía una larga y profunda conversación sobre el amor y su carácter fugaz con un personaje que, estoy casi segura, conocía, aunque nunca logré verle el rostro. Me resultaba cómico verlo ir y venir, gesticulando con energía y hablándome con una voz chillona, casi de papagayo.

Recuerdo que conversamos bastante, con frases claras y directas, aunque al intentar evocarlas, mi memoria se volvía turbia: eran momentos nítidos en su origen, pero difusos en el recuerdo. Lo único que conservo sin sombra de duda es que nos reímos mucho. Nos divertimos de verdad.

Tal vez por eso me reprochaba mi mala memoria: no me permitía descifrar el sueño con la claridad y contundencia que yo deseaba. Quería entenderlo todo, sobre todo qué tenía de tan intrigante aquella conversación con el personaje principal de mi sueño.

Me levanté en silencio y di unos pasos. Tenía los ojos bien abiertos, hacía un frío intenso y me sentía algo desorientada, incapaz de ordenar con precisión lo que había vivido. Aprovechando ese estado de extrañeza —como suspendida en un deseo ideal— cerré los ojos e hice una pausa, larga, sin saber cuánto tiempo duró, intentando regresar a ese espacio adivinatorio que había visitado en sueños. Pero apenas intentaba alcanzarlo, se desvanecía.

Volví a sentarme sin hacer ruido y apoyé la cabeza en el respaldo, dejándome llevar por esa mezcla de lucidez y niebla.

Mientras intentaba reconstruir ese espacio que mi memoria había abandonado, algo me sacó de mi ensimismamiento: el sonido claro y rítmico de mi propia respiración, de mis resoplidos. Fue tan nítido que me devolvió de golpe a la vigilia. Ya recuperada, retiré las manos del teclado y me froté el rostro. Era tarde ya.

Sin embargo, quería seguir. Quería divertirme escribiendo, recordando el sueño a mi manera, a mi ritmo, aunque la memoria me jugara en contra. Era mi versión la que valía, la única que estaba dispuesta a aceptar. Por eso, decidida a ser más eficaz, dejé que mis dedos volaran sobre el teclado, dándole rienda suelta a una imaginación algo febril, pero persistente.

Cuando iba a medio relato, mi perro se acercó de pronto y comenzó a ladrar junto a mis pies, como si escapara de algo invisible. Me obligó a detenerme. Me incliné para acariciarlo y logró calmarse, pero apenas retomé la escritura, volvió a ladrar con insistencia. Esta vez no se movía: fijaba la vista con furia en el espejo rectangular de la cómoda, ese con cajones amplios que siempre había estado allí, inofensivo. Ladraba con una mezcla de rabia y alerta, como si aquel cristal ocultara una presencia viva, inesperada y molesta. Como si eso que veía —o sentía— no debiera estar ahí.

Sin entender del todo lo que pasaba, decidí seguir escribiendo. Pero los ladridos persistentes de mi perro comenzaron a erosionar mi concentración, ahuyentando por completo la imaginación que antes fluía con soltura.

Me levanté y me acerqué al espejo. De pie frente a él, lo observé detenidamente, recorriéndolo con la vista, inspeccionando cada borde, cada rincón. No encontré nada fuera de lugar. Todo parecía estar en orden, como siempre.

No vi otra alternativa que llevar a mi pequeño y peludo compañero al patio, al otro lado de mi habitación, y dejarlo allí por un momento. Regresé decidida a continuar con el relato, pero la duda ya había echado raíces en mi mente. “Tiene que haber algo en ese espejo que asustó a mi perro”, pensé. Sin embargo, esa sospecha apenas logró sostenerse unos segundos, antes de ser barrida por la lógica. Mi razón, firme y severa, la desechó de inmediato.

Volví a sentarme frente a la computadora, con el espejo iluminado a un lado, ligeramente de perfil. De pronto, sentí —no sabría decir cómo— que alguien me observaba. Giré la cabeza hacia el espejo y solo vi mi propio reflejo, devolviéndome la mirada con atención. Levanté la mano izquierda, y la imagen hizo lo mismo. Luego alcé ambas manos, en un gesto de saludo, y el reflejo repitió fielmente cada movimiento.

Me encogí de hombros, restándole importancia, y regresé al teclado. Pero una vez más, la sensación regresó. Esa certeza extraña de no estar sola. "Hay alguien más en la habitación —pensé— y mi perro lo sintió antes que yo".

De pronto, un estruendo de movimientos escalofriantes subió desde la calle y se coló por la ventana, como una ráfaga hecha de pasos y susurros. Mi piel se erizó al instante, y una especie de nudo invisible me arrugó el alma. Invadida por el miedo, corrí hacia el patio, donde estaba mi perro, buscando consuelo en su compañía.

Por el susto, me vinieron a la mente pensamientos extraños, incluso absurdos, hasta que caí en cuenta de que me estaba comportando como una tonta. Al principio, me costó reunir el valor para volver a mi habitación y aceptar que no había nadie más allí, solo mi perro y yo, y que los ruidos que tanto me inquietaron eran los mismos de siempre, amplificados por mi imaginación. De pie en el patio, temblando de frío, finalmente decidí regresar.

Al entrar, evité mirar el espejo. No quería enfrentarme a esa imagen mía que, de alguna forma, comenzaba a parecer ajena. Me convencí de que todo era fruto de una ilusión quimérica, esas ideas que solo existen mientras se les presta atención. Pero la inquietud persistía, alimentada por esa costumbre tan humana —y tan traicionera— de la curiosidad. Y miré.

Fue entonces cuando lo noté: mi mano izquierda era, efectivamente, la izquierda en el reflejo. Pero lo más inquietante era que aparecían dos puertas a mi espalda, una cerrada y otra completamente abierta. Sentí un escalofrío recorrerme. Un espanto mudo me invadió.

Me froté los ojos una y otra vez, esperando que la imagen se corrigiera, que volviera a la lógica. Pero nada cambió. Y sin comprender del todo lo que estaba viendo, me quedé paralizada, atrapada en un terror sin forma, pero profundamente real.

A esa visión desconcertante le siguió otra, aún más absurda: el cristal de un viejo espejo de vidrio biselado colgaba de la pared junto a un antiguo reloj de cobre, detenido en las diez en punto. Las lámparas del techo despedían una luz tenue, casi espectral, y todo estaba cubierto de telarañas. Me quité los anteojos para ver mejor.

Fue entonces cuando lo reconocí: era el mismo escenario del sueño, aquel donde había sostenido una larga y grata conversación con ese personaje familiar cuyo rostro nunca logré ver. Una ola de asombro, casi placentera, disipó de golpe el miedo que hasta hacía un momento me tenía inmóvil.

Volví a quitarme los anteojos —esta vez con calma— y me acerqué al espejo. No sé cómo ocurrió, pero ya estaba dentro de él. Me encontraba allí, de pie, fascinada. Lo sabía con certeza: mis ojos estaban ahora fijos en la puerta cerrada. Estaba erguida, con las manos en la cintura y llena de curiosidad, como si aguardara una revelación.

Parada ahí, como una estatua viva, sentí que alguien se aproximaba al otro lado. Escuché el roce leve de unos pasos y una respiración agitada, contenida. Aquello agudizó mis sentidos; todo mi cuerpo se tensó, alerta. Entonces, desde el otro lado de la puerta, una voz suave y ubicua me habló con total familiaridad:

—Soy yo. Aquí me encuentro. Gracias por volver. Entra...

En ese instante, sentí el roce cálido y juguetón de mi perro sobre los pies. Abrí los ojos. Me había quedado dormida frente a la computadora. Seguía allí, en la misma posición, sentada frente a la pantalla encendida. El documento de Word seguía abierto… pero en blanco. Completamente en blanco.

Libertad