miércoles, 19 de octubre de 2011

Mi primera pasión llamada amor.

Todavía no tengo claro el recuerdo de aquel día en que comencé a sentir una súbita inclinación por una chiquilla de 15 años. Ella era una amiga de mi colegio, de mi salón de clases. Sus cabellos lacios y negros eran brillantes y finos, y sobre su rostro se posaban, irascibles, unas gafas que escondían unos ojos pequeños y achinados de color marrón. Sus manos tenían una forma delicada y grácil, y su boca se amoldaba en un gesto delicioso y deleitable. La conocí en 1975; era de mañana cuando la encontré inclinada y vestida con su uniforme único; recogía un libro, y yo llegaba por primera vez a mi nuevo salón de clases, el "3.º C". Era, repito, 1975; supongo que aquel encuentro en el salón sucedió en abril. Supongo, digo, porque no tengo la fecha precisa. Pero me encandilé o entusiasmé con ella en el cuarto de secundaria. No sé qué día ni qué mes ni a qué hora o minuto. Solo recuerdo que ya estaba prendado a mitad o algo más de aquel año. ¿Cómo me di cuenta? No lo sé ni lo sabré nunca. O tal vez lo sé y no puedo explicarlo. Lo intentaré, a ver si resulta...

El cuarto de secundaria fue para mí un año muy curioso. No quiero extenderme en describirlo, aunque tengo hartos recuerdos imborrables, casi como pensamiento intacto. Recuerdo que cuando me cruzaba con ella, yo hacía un esfuerzo para rehuir; pero luego, cuando la veía de espalda, la miraba disimuladamente. A veces, cerraba los ojos y podía oír su voz y sentir el calor de sus manos sobre las mías. No sé por qué, pero siempre creí que ella sentía algo por mí.

Recuerdo muy bien el día en que el corazón me latió ligero en el pecho; fue cuando ella se acercó a mí con la intención de pedirme prestado un borrador. Nos miramos, y yo murmuré sin aliento algunas palabras. Aquella fue la primera vez que me di cuenta de que me gustaba. Ya en mi cuarto, a solas, me imaginaba hablando con ella, expresándole muchas cosas que no comprendía en ese momento; imaginaba que me hablaba como si nos conociéramos de siempre o como si fuéramos amigos de la misma calle o hubiéramos compartido algún juego infantil frente a su casa o en su vereda. En suma, estaba prendado de aquella chiquilla de ojos marrones y cabellos negros, lacios y brillantes.

También sé que no tengo recuerdos de aquel momento en que quedé flechado o encariñado totalmente de ella. No podría decir si fue en algún acto o en algún lugar preciso. Lo que sí les puedo decir es que me enamoré infinitamente. Lo digo ahora, porque ya lo puedo saber. En aquel tiempo, creo que no lo sabía. ¿Quién sabe a los quince años diferenciar lo que es estar enamorado, flechado o si solamente le gusta una chica? A mí me gustaba y me agradaba sobremanera mi amiga, porque al recordarla me emocionaba de día y de noche, despierto o dormido. Cuando uno está chalado no puede dejar de pensar en ella; hasta sueña con ella soltando una sonrisa que transfigura el rostro. Y en cualquier cosa que hagas, siempre apartado del mundo, estás pensando en ella. En resumen, es todo tu tiempo y tu vida. Esto me pasaba en aquellos días. Estaba desmesuradamente prendado, hecho un memo. En fin, hablando coloquialmente, estaba templado.

Nunca le dije nada, nunca me atreví a decirle a ella o a alguien lo que sentía. Era mi secreto guardado con un millón de cerrojos y candados...

Era un lunes y hacía ya dos semanas que había empezado el colegio en el 4.º C. Yo, ese día, como nunca, no tenía ningún plan, solo repasar geometría plana para seleccionar algunos teoremas. Estábamos en hora de recreo. De improviso, alguien ingresó a mi salón de clases, y sin que yo me diera cuenta, se acercó y se sentó en la carpeta contigua. Ahí se quedó quieta, mirándome de soslayo, y a la espera de que yo la mirara.

—Hola, ¿qué haces?...

Levanté la cabeza y la miré sorprendido. Ese alguien llegaba después de quince días o algo más; porque yo no la había visto al principio del año escolar, ni en los días siguientes. Por eso, me desconcertó su intempestiva presencia.

—Hola, ¡qué tal!

No quise demostrar mi alegría al volverla a ver; aunque me quedé hecho un tonto, un idiota. Y mi saludo fue un balbucear torpe y bobo.

—¿Qué haces?

En ese momento, como ya dije, yo estaba tratando de entender algunas hipótesis de geometría plana; algunos postulados que no entendía. Todos mis amigos se encontraban en el patio disfrutando del recreo; y yo estaba tratando de invertir ese tiempo para comprender aquellos extraños teoremas, cuando ella me interrumpió.

—¡Ah!... Aquí, tratando de entender algunos problemas. Mañana tengo que exponerlos y aún no los comprendo...

Ella estaba sentada con el cuerpo girado y muy cerca de mí, apoyada sobre mi carpeta; sus ojos tras sus gafas miraban atentamente mi cuaderno garabateado de números y figuras geométricas. Pude sentir su respiración apacible sobre una de mis orejas cuando se inclinó un poco. Entonces, levantó totalmente la cabeza y se quedó observándome por unos segundos; sus labios hacían un suave gesto que llegaba casi a una sonrisa; y en su rostro se presenciaba un mohín, un ademán de desconcierto. Ruborizado, dejé de escribir, y en ese mismo instante solté mi lapicero que rodó sobre mi carpeta, sin lograr caer al suelo. Me acomodé como pude y logré cerrar mi cuaderno y mi libro de geometría plana. Me volví hacia ella y la miré hecho un tonto. Mi rostro, supongo, era el de un pasmado adolescente que no sabía qué hacer. Recuerdo la mirada tierna de sus ojos pequeños y marrones; parecían decirme que ella estaba de vuelta y que estaría conmigo todo un nuevo año en el mismo salón de clases. Que nuevamente estaba presente.

—¿Con quién te sientas? —preguntó insinuando una sonrisa complaciente, pero seria.

Yo me recobré de mi rubor y le respondí:

—Con Elmo. Ahora él está en el patio... ¿Qué pasó? ¿Por qué llegas después de tantos días?

Cuando la pude ver con más atención, me di cuenta de que había adelgazado un poco desde la última vez que la vi, al finalizar el tercero de secundaria. En sus manos tenía, apretado, un paquete de galletas de vainilla que no soltaba. Se quedó en silencio durante unos momentos. Creo que meditó su respuesta. Luego continuó sin dificultad.

—Es que la ESEP es una tontería. No me gustó. Mis hermanos me han recomendado que la deje.

Encima de la carpeta mi lapicero rodó finalmente hasta caer. Me incliné y lo recogí. Luego, volviéndome, la volví a mirar. Ella seguía sentada con los codos sobre mi carpeta y con la mirada atenta sobre mí; en su rostro se dibujaba una tierna expresión de sencillez. Al verme sonreír, bajó la cabeza y me miró por encima de sus anteojos. No soportando mi sonrisa, volvió a sonreír, pero esta vez logró hacer una hermosa mueca con sus labios. Me di cuenta de que se estaba burlando. Por eso, bajé los ojos hasta alcanzar los suyos; entonces vi que en su rostro se dibujaba un rictus insospechado. No sé qué tiempo estuvimos así, porque parecía que todo transcurría muy despacio.

Sobándome el cuello con las dos manos y evitando su mirada, le dije:

—Hum. ¿Qué? ¿No es lo que dicen? Todos los mejores alumnos del colegio se han trasladado a ese instituto.

—No. No es lo que dicen. Mejor quiero acabar el colegio y luego seguir en la universidad.

—No sé. Si tú lo dices. No tengo conocimiento sobre ese instituto.

Ella seguía vigilante, observándome siempre con una sonrisa suave y dulce. Yo no sabía qué hacer. Quería decirle que se sentara conmigo y que Elmo tenía que buscar otra carpeta. Pero no pude decirle nada. No tenía agallas para decirlo. Sólo logré hacer unos gestos con las manos y esbozar una irónica sonrisa con el propósito de que ella sonriera y dejara de simular una cara seria. De pronto, soltó el sobre de galletas, y al tratar de cogerlo en el aire, me dio un fugaz golpe en el hombro con su cabeza. La emoción del golpe hizo cambiar de súbito nuestros rostros. Soltamos una carcajada muy bajita y corta. Me dijo no sé qué otras cosas más que traté de entender; y es por ello por lo que esa atmósfera que creaban nuestras disimuladas miradas logró que le respondiera tontamente.

Estábamos entretenidos, no sé si embelesados, con nuestra conversación lacónica, cuando de pronto:

—¡Hola, hola!... ¡ya viene la profesora de matemáticas!

Era Elmo, que ingresaba intempestivamente... Y lo dijo así no más, empujándome y sentándose a mi lado; derrumbando nuestra amigable y tierna conversación. Un tiempo antes, quise decirle algo más, pero me contuve. A mi amiga no le quedó otra cosa que ir a buscar asiento en otro lugar. Así que se puso en pie y se despidió haciéndome una señal con la cabeza. Yo me quedé mirándola mientras se alejaba. Por primera vez la pude contemplar de espaldas, atento, y pude ver su cabello lacio, largo, negro y brillante. Su mano izquierda seguía apretando el paquete de galletas. No sé, pero creo que aún no estaba enamorado de ella. Fue después, porque no me importó demasiado que se marchara a otro lugar.

La profesora ingresó y empezó a dictar su clase. No me fijé en que sitio ni en que carpeta se había sentado mi amiga. Elmo empezó con sus bromas y su chacota de siempre. Ese día no tenía ganas de seguirle la corriente. Me incomodó en ese momento. Estaba fastidiado con él, enojado por estorbar mi breve charla con ella, con mi amiga que estaba de vuelta y que se había presentado conmigo.

Pasaron muchas cosas después. Mis lecturas de varios libros de raros títulos que había encontrado entre los objetos guardados de mi padre. Mis visitas furtivas a la playa con mis amigos. También es posible que me haya encontrado frente a ella varias veces y tal vez la haya saludado. Eso sí, nunca con un beso en la mejilla. ¡Nunca! Lo recordaría.

También recuerdo que ese mismo día, ya en la hora de salida, yo me quedé jugando básquet en el patio con los otros amigos. En una suerte de resistir la pelota, giré y pensé que era mi imaginación cuando la vi: estaba parada y recostada junto a la ventana de nuestro salón de clases. Así, en el trascurrir del tiempo y en el entrevero del juego, pude sentir que me miraba por todos lados. No sé si fue una proyección de su mirada o la rapidez con que se produjo lo que logró que yo me quede quieto sin saber qué hacer con la pelota. Entonces me di cuenta de que estaba descontenta. Es que yo era bajito, enclenque, sin ninguna chance para el baloncesto. Alguien recibió un fuerte golpe y pidió un descanso. Fue esta pequeña pausa la que originó que ella se acercara hacía mí. Gradualmente me miró levantando la nariz y haciendo una mueca cómica con sus labios. Después caminamos cruzando la frontera del patio. Ya parados y quietos, me dijo:

—Eres bajito para este deporte —luego prorrumpió apenada—. Tienes que crecer.

No pude más que sentirme mal. Yo no sabía en aquel momento si mi amiga sentía algo por mí; ni lo imaginaba siquiera, porque sólo conversábamos amenamente.

—Lo pensaré... No, ya es cosa decidida... He nacido sólo para jugar fútbol. ¡Ya qué voy a crecer!

Cuando volví a la cancha y la miré, la vi sonriente, espléndida. Tenía aspecto de buen ánimo, de buen humor. Después de muchas caídas, golpes e intentos, se alegró mucho cuando pude encestar, por fin, el balón en una oportunidad; se alegró mucho más de lo que yo esperaba. Levantó la mano empuñada, luego irguiendo el pulgar, me dijo:

—¡Sí, así se hace! ¡No corras tanto, aguarda un poco!

Soltó unas carcajadas tan sonoras que me fue imposible reconocerla. Se hizo otra pausa en el juego y ella se volvió a acercar. Parecía mi entrenadora. Faltó poco para que nos abrazáramos, pero yo retrocedí avergonzado, y me limité a estrecharle la mano con el rostro ruborizado y sudoroso.

—¿Eres tú? Vaya, sí que juegas bien. Aunque el tamaño no te ayuda. Te están dando de alma. Tienes un moretón en la cara.

Puso sus dedos sobre mi rostro indicándome el lugar del golpe. Luego soltó una risotada corta pero jocosa. Yo también me eché a reír. Entonces se estremeció y me miró asombrada. Se turbó y me abrazo sin darme tiempo. Se dio cuenta y me soltó rápidamente. Pude disimular mi emoción y mi rubor.

—Sí, soy el mismo de siempre. —respondí exigiéndome una sonrisa, limpiándome el sudor del rostro con mi pañuelo tendido sobre mis dos manos.

Trató de disimular su abrazo y volvió a estrecharme con más fuerza la mano que cogía el pañuelo humedecido por el sudor. Me miró tiernamente. También estaba ruborizada. Tenía las mejillas rojas y sus ojos estaban desnudos sin sus gafas. Me soltó cordialmente cuando se dio cuenta de que seguía con mi mano casi pegada a sus pequeños senos. Aprovechó ese ínterin y me dio una palmada en el hombro; después giró y exhaló un suspiro suave y corto, tanto que se provocó una sonrisa ingenua e inocente. Atreviéndose, pasó brevemente su mano por mi cabeza, y me dijo:

—Ya me tengo que ir, pero estás aprobado... Hay algo de talento.

Cogió sus cosas y me observó con un interés asolapado. Tratando de entender lo que pasaba, yo la quedé mirando como un tonto. No dije nada. Solo la acompañé durante unos momentos, siguiendo sus pasos hasta la puerta de salida. Ella me hizo volver desde la puerta haciéndome un ademán y toqueteando mi pecho. Quiso que entendiera las circunstancias. Que no era el momento de flirteos ni de nada. La dejé marchar mirándola sin hacer ningún ruido. Quise llamarla y darle las gracias por su emoción y su barra cuando encesté el balón. Como si lo supiera, volvió la cabeza y me miró severa, pero con una sonrisa de afirmación. Yo no pude negarme a devolverle aquella emoción con otra sonrisa. Mi amiga se marchaba de allí llevándose sus manos y su saludo, llevándose aquel rostro desnudo sin sus gafas y toda su emoción que al final llegó al abrazo. Luego, volví al patio; seguí jugando con los demás amigos. Ya el juego no era el mismo sin ella apoyada en el borde de la ventana, sonriente, agitando sus manos y mirándome sin importarle nada. Fue la primera vez que la extrañé infinitamente. Sentí un temor que me hizo quedar con la boca abierta tratando de evitar mi agitación...

Recuerdo otra anécdota con mi amigo Chicho. Él estaba con las revoluciones al tope y con una intranquilidad agobiadora. Los pendencieros de mis amigos lo retaron a bailar salsa, pero sin música; y él, sin ninguna vergüenza, se paró adelante y al centro del salón de clases y se puso a bailar como si estuviera en un salón de baile. Yo tuve vergüenza ajena, pero me desternillaba de risa con sus movimientos. Chicho era en esos momentos un cómico ambulante a todo dar. No sé cómo se me ocurrió, pero al volver mi cabeza hacía la carpeta en que se encontraba mi amiga, nuestras miradas se encontraron inesperadamente. Ella también reía a más no poder; se tapaba la boca con sus manos, para tratar de dominar la risa. Me saludó con una de sus manos y me hizo una señal, levantando sus cejas. Hizo un guiño conjugándolo con una sonrisa. Estaba colorada de vergüenza, como yo. Se atrevió a caminar y llegar hasta mi carpeta. Elmo no estaba. Llegó y se sentó a mi lado. Yo extendí las piernas apoyándome en la carpeta y me fui hacia atrás; así disimulaba mi rubor por su presencia.

—Este loco no cambia. Mira lo que hace —lo dijo riéndose.

Sentí calor, luego frío. Me noté sonrojado. Experimenté un hormigueo en la cara. Me preguntaba por qué se había sentado en mí carpeta habiendo otras vacías. No pude más que pronunciar unas cortas palabras.

—Sí, tremendo. ¡Qué cosa! No puede con su genio...

Además, mientras Chicho bailaba, ella me miraba detenidamente, dándome a entender que gozaba riéndose tanto como yo. Volvía la vista hacía el humorístico Chicho y luego me miraba, sonriendo. De pronto nos pusimos en pie, ella puso una mano sobre la carpeta, dio unos golpecitos con los dedos y me cogió del hombro, apoyando su cabeza sobre él sin parar de reírse; luego, soltó unas palabras casi con lágrimas en los ojos.

—Algo así como sexo en vivo.... —No podía contener la risa.

Chicho finalizó su baile con unos pasitos sicalípticos. Yo tuve que abrazarla para que no trastabillara. Ella hizo una mueca, sonrojándose, y dejó de reír. Le temblaban los labios y en su rostro se pintaron varios sentimientos a la vez, que no logré comprender. Estábamos abrazados, demasiado cerca y ella no lo quería permitir. No lo recuerdo muy bien. Creo que cuando ella se apartó con suavidad una ligera sonrisa le iluminó el rostro. Estoy seguro ahora de que ella cifraba algunas esperanzas en aquella amistad. Si no por qué tuvo que elegir mi carpeta y no la de otro. No sé qué me pasó en ese momento, pero sentí una extraña sensación al no poder explicarme lo que significaba estar tan cerca de mi amiga. Luego ella casi huyendo, me dijo:

—Bueno. Mejor me retiro. ¡Chicho es un loco!

Por lo visto, yo estaba quieto, inmóvil como una estatua. No pude decirle nada. Fue un momento en el que por primera vez logramos tantearnos el uno al otro. Ella se encaminó hasta su carpeta mirando a su frente, pero al no poder contenerse, volvió la cabeza y me quedó mirando. Mientras me observaba con asombro, se enjugaba los ojos desnudos con las mangas de su chompa; yo me sentía muy divertido, que hasta pude lograr esbozar una inmensa sonrisa. Se detuvo por un momento, luego continuó cogiéndose la barbilla e insinuándome un saludo con una de sus manos. Yo sabía que lo hacía para disimular el momento del abrazo.

 

* * *

El año que les cuento era 1976. El Colegio quedaba en el Parque Central del distrito. O, mejor dicho, nuestro salón de clases estaba en el antiguo Colegio, donde pasamos el primer año de secundaria; y donde transcurrieron los deleites del primer año. El colegio prácticamente era todo nuestro. Teníamos todo el patio para nosotros y practicábamos el deporte que queríamos. No me puedo quejar de haber estado en el «4º C»; ese año nos dieron total libertad para hacer lo que nos plazca. Frente al Colegio, cruzando el parque, estaba el Centro Comunitario. Lugar adonde nos dirigíamos a jugar tenis de mesa casi todos los días. Acudíamos durante el recreo o a la salida del colegio. Era el vicio, la afición del momento.

Ahora que escribo, no sé en qué momento me enamoré de la chiquilla de 15 años; porque todo ese año fue playa, fútbol, básquet y nuestra afición al tenis de mesa. Supongo que en un resquicio de espacio y tiempo sucedió el susodicho episodio, o tal vez fue consecuencia de esas pequeñas cosas diferenciales que nos suceden sin darnos cuenta y, que luego, se integraron haciendo de esta una sumatoria final. La cuestión es que me di cuenta ya en octubre de ese año. Lo recuerdo muy bien. Estaba exponiendo una lectura. Era una novela que encontré entre las cosas que guardaron de mi padre. Era un libro con pasta tipo pergamino. Muy antiguo. El título: «Aventuras de cuatro mujeres y un loro». De Alejandro Dumas (hijo). Mientras exponía, sentía que alguien me miraba con gran atención. Yo, de vez en cuando, trataba de deducir aquella mirada y la seguía de refilón. Intenté proseguir con mi relato oral, contando lo que había leído y tratando de recordar todos los pasajes de mi lectura del libro aquel. No pude contenerme más. Me volví hacia aquella mirada y me di cuenta de que era la de ella. Entonces, la miré directamente a los ojos. Parecía raro mirarla así; de pronto se me demudó el semblante llegando al rubor. Ella no se volvía, seguía mirándome a los ojos con los suyos, marrones y disciplinados. Durante un momento me quedé mudo, callado; no recordaba más. Hice un retorno. Logré abstraerme y llegar hasta la primera página y repasar de memoria y en silencio, luego me fui a la última en el que me quedé sin argumentos ni recuerdos de mi lectura. Lo intenté una vez más. Pero, nada. No recordaba absolutamente nada. Giré mi cabeza otra vez y la vi severa, inflexible. Al encontrase nuestras miradas, me sonrío de una manera tierna, pero provocativa. Yo estaba estático, parado en medio de todos sin poder hablar o decirles algo. Estaba hecho un imbécil. Había perdido hasta mi nombre.

—Disculpe, pero hasta aquí llegué con mi lectura. No he terminado de leer toda la novela —le dije a la profesora que en ese momento no sabía quién era el autor de la novela expuesta por mí.

—¿Cómo se llama la novela? ¿Y quién es el autor?

—«Aventuras de cuatro mujeres y un loro». El autor es Alejandro Dumas (hijo).

No me hizo más preguntas delante de los demás alumnos. Luego, cuando todos estaban en el recreo, se acercó y me preguntó cómo había conseguido el libro y dónde. Le expliqué como había sido, que había cogido tres libros más y que en ese momento estaba leyendo uno de ellos. El autor era Julio Verne; y que la novela trataba sobre la narración de un biólogo (Pierre Aronnax) en que aparecían un capitán Nemo y su Nautilos y etc., etc. Ese año obtuve una nota muy buena en literatura; creo que la mejor de todas.

Al transcurrir los días siguientes, quise olvidar todo lo ocurrido cuando expuse aquella lectura. Ahora me había dado cuenta de mis sentimientos para con ella. Todo me llevaba al mismo lugar: su primer saludo, su barra y emoción cuando jugaba básquet, el abrazo disimulado, furtivo, sin darnos cuenta, su mirada adictiva cuando expuse mi lectura. Mejor dicho, deseaba olvidar la humillación que sufrí cuando lo supe, aquel día, por culpa de una mirada dulce, pero incitante. Seguí con mi rutina de siempre, como si ella nunca hubiera llegado. Trataba de evitarla, de esquivarla. Muchas veces me quedó mirando en silencio. Otras, hasta me sonrió como si fuera un saludo. Entonces sentía como si en mi cabeza existieran dos personas distintas. Como si pugnara uno alegre, jovial y optimista queriéndose acercar a ella; y el otro, que procuraba dejarla en el olvido y trataba de apartarse lo más lejos que podía. Ganó el segundo a pesar de todo. Por entonces no tenía ni idea de lo que era estar enamorado. Lo único que deseaba, era ser siempre su amigo, su mejor amigo y que ella siempre me acompañara. Pero aquel sentimiento de humillación hizo que deambulara al azar de los días, dedicándome con más ahínco a mis juegos más que a mis estudios. Sí pues, la obvié hasta el fin de año. No recuerdo otro instante más, que los que he narrado, en que hayamos platicado o entablado conversación alguna con mi amiga, la de la mirada fija y la de la sonrisa hechicera. Sí. No hay más recuerdos. Creo que su encanto quedó congelado e incomprendido en mi cerebro. Quedó gratamente escondido en mi memoria. Había vuelto sin haber llegado mi amiga; y supongo que de alguna esquina habré soslayado alguna mirada hacía su carpeta soltando un suspiro, pero del que hoy no tengo recuerdo.

Loro

sábado, 15 de octubre de 2011

Durmiendo en la biblioteca con Charly

Soy una testigo ocular y de sentimiento, y ahora que escribo y la imaginación me llama al recuerdo, es un poco como si me transportara a aquel espacio y tiempo sin proponérmelo. Debe ser por lo intolerable de estar ahí, en un rincón acurrucado de mi memoria. Tal vez por eso no pretendo sumarle ni quitarle detalles a lo acontecido... Aunque algo me mueve y me inquieta a hacerlo.

Por aquel tiempo, tenía muy buenas amigas en mi facultad, aunque eran pocas. Los culpables eran mi carácter y mi manera de ver la vida. Al fin y al cabo, no necesitaba a nadie más; porque me sentía mejor así, viviendo así, sin la necesidad de buscar esperanzados momentos o hechos que cambiaran mi forma de vivir.

Ese año compartía la misma carpeta, la del centro y en primera fila, con una amiga de mi barrio. Ella era, en cierta medida, condescendiente conmigo. Nunca la vi preocuparse por lo que yo hacía. Recuerdo que desde aquel lugar yo observaba los movimientos de los profesores. Los veía estirar los brazos para tratar de explicar cada ángulo, cada curva... y desarrollar su clase preparada. Se comportaban como si fuera la descripción de sus propias vidas o un escape de estas. Otras veces, mientras esperábamos la siguiente clase, me entretenía viéndolos bromear entre ellos y juguetear con las chicas, y hacer gestos con ademanes exagerados y voz exaltada. Testimoniaban, quién sabe, alguna circunstancial anécdota. En resumidas cuentas, se advertía en el ambiente algo natural, tal vez diría, locuras estables.

Después de algo más de un año, una noche, luego de salir de la universidad rumbo a mi casa, me encontré con un viejo amigo en el ómnibus. Habíamos estudiado en el mismo colegio, en la secundaria, y compartimos la misma aula durante tres años consecutivos. Ahora también estábamos en la misma universidad. Casi al principio del año, él solía frecuentar la puerta de mi casa, lo cual me sorprendía enormemente. Y sucedió lo que tenía que suceder. Los más increíbles milagros suceden así.

Un día, por alguna ley de causalidad, llegó de improviso y me invitó al cine; pero ¡oh maravilla!, nunca llegó. Me dejó plantada y con los crespos hechos. Después de tan incalculable error, inventó infinitas disculpas, o tal vez solo una: las circunstancias, las circunstancias. Se empeñó radicalmente en resolverlo haciéndome infinitas llamadas por teléfono. Él creía que una nueva invitación lo solucionaría todo. Me llamó y me invitó a salir no sé cuántas veces, pero yo me negué de diferentes maneras. Estaba herida, más que herida, decepcionada. Recuerdo que en plena conversación, yo siempre apretaba muy despacio el pulsador y terminaba la llamada. Lo dejaba hablando solo. Era una estúpida venganza, creía que la merecía. Y también era una forma de dejarlo escarbar a solas en su conciencia...

En aquel día que les cuento, yo iba sentada y conversando amigablemente con mi amiga, cuando me pareció verlo por detrás de la ventana. Tres o cuatro personas más avanzaban a sus espaldas en el momento en que lo vi treparse al ómnibus y subir apuradamente, para luego pararse muy cerca de mí. Al principio dudé de que se tratara de él. El resplandor de la luz que se reflejaba en las ventanas creaba una sombra que no me permitía distinguir su rostro, pero sí sus facciones. El sujeto, que presentía era mi amigo, llevaba puestos unos jeans y una chompa de color azul de Jorge Chávez. Además, era exageradamente delgado, con cabello casi largo, lacio y negro, con raya al costado. Entonces sonreí y a partir de ese momento todo sucedió tan rápido. Alguien a su lado se levantó y él se retiró un poco para dejarlo pasar. Cuando se inclinó para tomar asiento, pude verle el rostro. Al reconocerlo por completo, me atrajo su apariencia, su aspecto de estudiante descuidado e indiferente. Yo seguía sentada, quieta, girada un poco, agarrada al soporte y en compañía de mi amiga del barrio y de carpeta, con la que charlaba. Él, con las piernas flexionadas, se encontraba sentado junto a la ventana en compañía de una joven mujer por azar, que supuse era otra estudiante. No se percató de que yo estaba detrás de él. En ese momento, yo charlaba con mi amiga y elevaba el tono de mi voz para que me pudiera oír y notara mi presencia. Pero no logré mi propósito. Él seguía inmutable, estático y leyendo unas separatas de algún curso de ingeniería, no sé cuál.

De pronto, sentí un saludo.

—¡Hola! —exclamó la joven que iba junto a él, a quien apenas pude reconocer.

No sé qué movimientos hice, pero me quedé observándola de forma tonta. Su cuerpo, ligeramente inclinado, estaba recostado sobre la ventana y tenía la cabeza girada hacia mí; su mano derecha permanecía levantada en señal de saludo. Traté de ignorarla, fingiendo no haberla oído.

—Hola, amiga. ¡Aquí!... Mañana tenemos que entregar el trabajo —dijo, insistiendo con su mirada.

—Ah, hola —respondí, como si despertara—; no te había reconocido. Sí, mañana es el último día —dije, dudando.

Mi amigo apretó los dedos y levantó la cabeza. En ese instante dejó de leer y se quedó quieto por un momento, luego inclinó la cabeza y siguió leyendo. Creí que había reconocido mi voz y se había dado cuenta de que yo estaba detrás de él.

—¿Me puedes dictar las preguntas? —preguntó mi amiga.

Sin perder tiempo, ella se volvió, levantándose. Ese movimiento hizo que su carpeta, que apretaba con ambas manos, rozara el hombro de él.

—Disculpa, amigo... Perdón. ¿Puedes hacerme un favor? ¿Puedes pasarte al asiento de atrás para que mi amiga se siente conmigo?

—¡Hum! —balbuceó, mirándola durante unos segundos—. Ok, claro...

Lo vi fruncir el ceño y molestarse un poco.

—¡Ven, amiga! Siéntate conmigo —exclamó, sonriendo y apartándose el cabello lacio y largo hacia atrás.

Me levanté y esperé a que él hiciera lo mismo para intercambiar los asientos. Al ponerse de pie y girar, me rozó ligeramente. Vi cómo sonreía y se volvía hacia mí sin levantar la vista. Por los gestos en su rostro, me di cuenta de que me había reconocido, pero lo disimuló rápidamente. Con la cabeza inclinada, hizo como si arreglara sus cuadernos. Al cruzarnos, lo miré fijamente, pero no pude verle la cara, ya que él mantenía la vista en el suelo, como si no se diera cuenta. Luego, cada uno tomó su nuevo lugar. Ahora yo estaba frente a él, soportando la compañía de mi amiga. Mientras me acomodaba, ella prácticamente me arrebató el cuaderno y se puso a copiar y hablar sin dejarme tiempo para decir algo. Mi otra amiga, detrás de mí, siempre comprensiva, permanecía en silencio. Al girarme hacia ella, soltó una sonrisa y asintió con la cabeza. Casi al mismo tiempo, sin poder evitarlo, volví mis ojos hacia él y lo vi leyendo sus separatas, en silencio, siguiendo atentamente su lectura. Después de un rato, el autobús se detuvo, momento que mi amiga, la lora, aprovechó para bajar apresuradamente.

"¡Ay, amiga, casi me paso...! ¡Nos vemos mañana!" dijo. Para mí, el hecho de encontrarnos mañana no tenía ninguna importancia. Rápidamente, una mujer de mediana edad con una ridícula manta al cuello se sentó junto a mí. Al hacerlo, me acorraló junto a la ventana. No le dije nada. Mi amiga que iba detrás de mí, pegada a él, solo levantó los hombros y soltó una pequeña sonrisa. Inmediatamente, el autobús reanudó su marcha.

En la Plaza Unión, cerca del paradero, el ómnibus se detuvo nuevamente; entonces, bajé apurada junto con mi amiga para dirigirnos hacia la cola y tomar el siguiente ómnibus, el que finalmente nos llevaría a nuestras casas. Agitadas y apurando el paso, atravesamos zigzagueando una vereda donde había ambulantes vendiendo golosinas. Casi al llegar, no tardé en oír una voz que me saludaba. Era mi amigo que caminaba a mi lado.

—Hola, ¿cómo están? Disculpa, estaba tan atento a mi lectura que no me di cuenta de que viajábamos juntos. Te vi bajar. Mañana empiezan mis finales y estoy un poco tonto... ¿Siempre sales a esta hora?

—Sí, casi siempre. Y tú, ¿qué tal? Te vi subir..., pero te has hecho el loco. ¿Me tienes miedo?

—Ah, sí... Digo, no. Sí, me di cuenta de que estabas a mis espaldas... Pero no he querido incomodarte... No sé si aún sigues molesta conmigo. Te he llamado tantas veces para salir... Que ya me estaba dando por vencido. No lo tomes a mal. Sí, te he visto varias veces en el ómnibus, pero..., la verdad, como ya te dije, pensé que podía incomodarte... ¿Miedo? No, nunca.

Con la cabeza casi vuelta hacia él, de soslayo, veía todo lo que hacía. Al darse cuenta de que le ponía atención, su boca resaltó una risita burlona. Giré mi cabeza y lo miré completamente. Sí, era flaquísimo. Sus ojos estaban chinos y vidriosos. Su rostro brillaba y se lo frotaba con una de las manos. Tampoco dejaba de mirarme furtivamente. Era imposible no mirarnos. Hacía mucho calor y supuse que estaba sudando. El verano se había adelantado. En este ínterin de tiempo, ruborizada por una de sus bromas, le di una leve palmada en el hombro, lo que aprovechó para quitarme uno de mis libros, el de mayor volumen.

—Te estás llevando toda la biblioteca a tu casa... ¿Y qué te cuentas? —me dijo alejándose de mí.

Me quité las gafas y me froté los ojos. Al colocármelas, lo vi apurar el paso y llegar rápidamente a la cola de los ómnibus.

—¡Apuren! Ya es muy tarde. La cola está larga...

Tal vez corrí, no recuerdo, pero ya en la cola empezamos a hablar de los amigos del colegio y de algunas cuestiones académicas. Allí parados y mientras conversábamos, no dejaba de examinarme. Sus ojos fijos en mí, me ponían nerviosa. Él también parecía estar igual que yo porque hablaba cosas sin sentido. Al fin la cola se terminó y nos trepamos al ómnibus. Mi amiga, al entender nuestros rubores, subió con nosotros y se fue a otro lado. Así que nos sentamos juntos por primera vez. En el colegio nunca lo habíamos hecho. Lo vi examinar el lugar sin parar de sonreír y de hacer gestos con su boca y sus manos. Cargaba sobre sus piernas un cuaderno, unos folletos y mi libro gordo. Sin advertirlo, me volví hacia él y nuestras miradas se encontraron. Me sonrojé y quedé inmóvil por un instante. Salí con una pregunta:

—Y, ¿qué preparativos para las fiestas de Navidad? De seguro te vas a perder... Te irás por ahí con tus amigos a alguna fiesta.

Se quedó mudo. Pensé que mi pregunta le había incomodado porque volteó la cabeza hacia la ventana y se quedó quieto y pensativo. Pero al rato se volvió y me miró con la cabeza detenida y sobándose la barbilla con una de sus manos.

—La voy a pasar en casa. Las Navidades son para pasarlas con la familia. El Año Nuevo, no sé, buscaré a los amigos de la promoción: Poncho, Joel, Roberto; vamos a ver qué se hace... Con ellos me veo y siempre salimos por ahí después de la cena.

Ese mismo día era mi cumpleaños. Quise decírselo, pero me contuve. A mí nunca me gustó celebrarlo ni que me lo celebren. Nunca me atrajeron ni cautivaron las fiestas.

Extendí la vista para ver alrededor, buscando a mi amiga. No pude hallarla. Cuando me volví a mirarlo, él miraba por detrás de la ventana, pensando en no sé qué cosas que me hubiera gustado saber en ese momento. Quise atreverme. Quería decirle si podíamos vernos y pasar juntos el Año Nuevo. Que viniera a buscarme a mi casa; que me gustaría conversar con él sobre muchas cosas. Dudé un rato, pero se lo dije:

—¿Por qué no vienes a mi casa el Año Nuevo?... Claro, después de la cena familiar.

Volteó casi al momento con una expresión de sorpresa y alegría. Apretó sus labios y se frotó los ojos inconscientemente. Y al fin elevó los hombros y me dijo:

—Me parece una buena idea... Sí. Es una buena idea... Espera..., voy a apuntarlo en mi agenda. No se me vaya a olvidar —respondió, evitando mirarme.

Sacó un papelito que tenía en el bolsillo trasero de su pantalón y empezó a escribir, entendiendo que yo lo leía: "12:01 de 1980, cita de amor con una amiga de promoción del colegio. Tengo que ir a buscarla en su casa. ¿A dónde iremos? Está por determinarse... Pero al cine no creo. Estoy por reivindicarme...".

Le puse mala cara y le hice un gesto torciendo mi boca porque me hizo recordar la primera vez que me invitó al cine y nunca llegó. Se dio cuenta y guardó el papelito rápidamente en el bolsillo trasero del pantalón. Tomando aire, lo volví a mirar con una sonrisa de complacencia, de agrado, como si lo estuviera perdonando. Lo vi entonces muy satisfecho, al igual que yo por mi atrevimiento. No pensé en mi aniversario, no me importaba. Me importaba el primer día del próximo año a las 12:01 como él lo apuntó. ¿Cuántas llamadas telefónicas me había hecho hasta ese entonces? Creo que un millón...

—Bueno, te espero. No vayas a tomar mucho y llegues tambaleándote. No te lo perdonaría —le dije, evitando preguntar por qué "lo de cita de amor". Lo tomé como una amistosa provocación.

No respondió, no quiso decir nada. Solo me hizo un gesto con su mano, tocando la mía. Cuando nuestras manos se encontraron, sentí un frío que logró escarapelar mi cuerpo y un vacío en mi estómago. Por suerte, el cobrador empezó a pedir los pasajes, lo que nos devolvió de inmediato a la cruda realidad. En seguida separó su mano de la mía y la metió en uno de los bolsillos de su pantalón y pagó por los dos. Estábamos cerca de llegar a nuestro destino.

—¡Gracias! En la próxima esquina tienes que bajarte —le dije, después de mirar mi reloj y tratar de ubicar el lugar por donde pasábamos.

—No, te acompaño a tu casa —contestó.

—Pero mira la hora que es. Vas a llegar muy tarde. No me has dicho que mañana tienes examen.

—Sí, pero ya estudié. No te preocupes —contestó, sonriendo.

Bajamos del ómnibus y caminamos juntos, en silencio, hasta llegar a la puerta de mi casa. La abrí y me quedé parada esperando su despedida. Nos quedamos en silencio, observándonos. Luego miró el entorno y me dio la mano con poca reverencia y sin atreverse a mirarme a los ojos. Hice un ademán de besarlo en la mejilla para que él me correspondiera, pero me detuve porque, como ahuyentado, se separó muy rápidamente.

—¡Feliz cumpleaños! —dijo, levantando la cabeza y con voz débil.

Luego apuró el paso y lo vi alejarse hasta que dobló la esquina.

 

***

Los sonidos típicos de la Nochebuena, la música y los acordes que seguían a toda esa fiesta, los abrazos familiares a las doce en punto y todo lo demás no lograron hacer que me olvidara de mi amigo. Recordaba el papelito que le servía de agenda. Ese retazo de papel estaba fijo en mi cerebro. "Las 12:01 de 1980, cita de amor..." estaba grabado en mi mente, y no podía dejar de pensar en el momento en que lo había anotado y se había burlado de mí mientras lo escribía... No recuerdo haberlo visto nunca triste ni molesto conmigo; aunque algunas veces lo sentí meditabundo, quieto, mirando fijamente algo. Realmente no lo conocía, solo lo poco que había podido conocer de él en el colegio. También sabía que él no me conocía, que no sabía nada de mí ni lo que yo pensaba y sentía por él. Por eso creo que tenía la necesidad de verlo, de conversar. Y él también lo necesitaba. Si no, ¿por qué esa risa de oreja a oreja que le vi cuando le propuse la cita? Y tal vez más que yo. No lo sé...

Los días transcurrían muy pausadamente para mí, hasta que por fin llegamos al último día del año. Con mis hermanos habíamos preparado todo lo necesario para celebrarlo. Y llegó por fin la hora de los sonidos estridentes y retumbantes, los brindis, la cena y compartir la llegada del nuevo año con los abrazos familiares... Hasta que pude notar que todos libremente merodeábamos la sala.

—¡Te buscan! —me gritaron desde abajo.

Bajé deprisa, casi trastabillando. Al abrir la puerta, me llevé la sorpresa de que no era él, era otro amigo, también de mi promoción del colegio, que apareció repentinamente.

—Hola, ¿qué tal? Pasaba por aquí y quise saludarte.

—Hola, ¿y a qué se debe este milagro?

Me tomó de la mano y me dio un beso en la mejilla. No sentí nada extraño, nada fuera de un saludo convencional, usual, común. Conversamos de muchas cosas, de varias cosas que para mí no tenían sentido; le seguía la corriente. Me hacía preguntas sobre mis gustos, mi cantante preferido o mi comida favorita, y muchas trivialidades más. Le dije que estaba un poco cansada y que tenía que ir a descansar.

—¿Podemos salir este domingo? —dijo, hablando atropelladamente.

Ya el reloj marcaba las 12:40 de la madrugada del jueves 1º de enero y mi amigo, el de la agendita, no hacía su aparición. Entonces lo miré sin saber qué responder. No me apetecía aceptar su invitación, pero estaba bastante molesta porque mi amigo no llegaba. Le dije que no sabía, que el domingo tenía una reunión familiar y que era difícil que yo no participara. Que mejor lo dejáramos para otra vez.

—No, no te preocupes, lo dejamos para la próxima semana. Yo te llamo y coordinamos.

—Está bien. Me llamas y nos ponemos de acuerdo.

De pronto, como caído del cielo, hizo su aparición mi amigo, el de la cita, el que se hizo el loco en el ómnibus; el del papelito y su nota. Inmediatamente se acercó a mí.

—Hola. ¡Feliz Año Nuevo!... ¡Pucha! No me pude soltar de los amigos... Llegaron a mi casa y salimos con dirección a la Plaza Mayor. Pero al final pude escaparme y aquí estoy. Soy todo tuyo... —dijo, elevando los hombros muy frescamente. Y de inmediato me abrazó por primera vez sin dejar de mirar a mi otro amigo, como diciendo "y este, ¿qué hace aquí?". Luego se apartó de mí y lo saludó apretándole la mano. Y sin esperar que este reaccionara, empezó a soltar frases de doble sentido.

—Y, ¿qué tal? ¿Estás buscando fiesta? Poncho, Joel y los demás están en el parque, y se van a ir de parranda. Si te apuras, les darás alcance. Se van a una fiesta organizada por uno de los amigos del colegio.

—¿Tú no vas a ir? —contestó mi otro amigo, enfadado.

—No. Me he escapado de ellos. Tengo una cita aquí. Nuestra amiga me ha invitado a su casa. Y vamos a bailar y beber hasta morir. ¿No es cierto? —dijo, señalándome con un amplio ademán.

Sin vacilar, me miraba con su típica sonrisita, aunque esta era irónica, jodida. Trataba de hacerme cómplice para largar a mi otro amigo. Y, sin decir nada, me llevé la mano a la boca, frotándola. Y apreté con el índice y el pulgar mi nariz, para tapar mi inesperada risa de complicidad.

—Perdona —me atreví—, pero ya son casi la una. Quedamos a las 12:01 y tú lo apuntaste. ¿Qué pasó? —le dije, encogiéndome de hombros y casi riendo, pero esforzando una cara seria.

Mi otro amigo se dio cuenta de la situación y nos examinó por unos instantes. No le quedó otra opción que despedirse.

—Entonces, te llamo la próxima semana para salir. El viernes... ¿Está bien?

El del papelito se quedó mirándolo con las cejas levantadas y con un rostro de solicitud, de demanda, de interrogación. Luego se volvió hacia mí y me miró interrogativamente. No dijo nada; solo se llevó la mano a la boca y quedó meditando. Su cara se llenó de gestos y muecas que en nada ayudaban a su rala belleza.

—Está bien. Me llamas; si no estoy, dejas el recado. Estaré esperando tu llamada —le contesté.

Se lo dije de manera disipada y suelta, para que al del papelito le doliera en lo más profundo del alma, el corazón y la memoria (si se puede llegar ahí); y que supiera que solo era otro amigo más. Y también para que nunca más volviera a dejarme plantada y disculparse tonta y estúpidamente diciendo que se le pasaron las copas y las circunstancias, las circunstancias...

—Nos vemos, Charly. Pórtate bien y toma toda tu leche. Y si vas a beber, toma poco..., porque tú eres demasiado pollo... —dijo nuestro amigo, para burlarse de él.

—Todo depende de la persona con la que estés acompañado... Además, ella me va a cuidar. ¿Sí o no?... Y si se me pasan los tragos y no puedo ir a mi casa, me quedaré durmiendo en la casa de nuestra amiga. Ella me va a cobijar; no te preocupes. ¡Ah!, y este y el próximo domingo vamos a ir al cine. Así que no hagas muchos planes. Ella tiene agenda conmigo todo el ochenta.

Me quedé muda, paralizada. Lo desconocía. No era él, no podía ser él; algo le había caído mal y le había movido el cerebro; o estaba ya con algunos tragos y no me había dado cuenta.

—¡Adiós! No le hagas caso, este es puro bla, bla, bla. —intervine, algo turbada.

Charly estaba burlándose de nuestro amigo. Y burlándose de mí explícitamente. Lo quedé mirando con las cejas elevadas y tratando de saber qué le sucedía. Se quedó callado, pero mecánicamente hacía gestos con la boca. Mi otro amigo optó por despedirse y se alejó sin hacer otro comentario.

—¿Has estado bebiendo? Hum. Me sorprende tu soltura. Has estado un poco atrevido con T... —le inquirí.

—No. Un poquito. Creo que el champán se me ha subido a la cabeza más de lo que yo pensé... Pero no... Estoy tranquilo. Hoy día, no sé, pero estoy pilas...

Lo invité a pasar, y pareció volver en sí. Subimos juntos las escaleras. Iba muy relajado. El champán, o no sé qué otro trago, lo había puesto como un loro. No cuidaba sus palabras y las soltaba libremente. Hasta me dijo que bebía porque era egocéntrico. En ese momento, no le entendí. Llegamos a la sala y seguía hablando, no se callaba por nada. Empezó a saludar a todos sin ningún rubor, muy suelto.

Cuando ya estábamos cómodos y conversando con mis hermanos, quise saber por qué decía lo de egocéntrico. Me puse en pie, me acerqué y me senté a su lado. Entonces le sentí un tufillo de alcohol de muchos grados. No quise interrogarlo sobre el tufillo. No era el momento. Pero lo de egocéntrico me llevó a preguntarle:

—¿Bebes porque eres egocéntrico? ¿Por qué dices eso?

Soltó una risotada que me preocupó. Los demás lo quedaron viendo sorprendidos.

—Es que me gusta que el mundo gire a mí alrededor. Y Newton sabe que, si me paso de tragos, lo único que va a detener mi caída es el piso. Física pura...

Todos soltamos unas carcajadas por su ocurrencia. Nunca lo había visto conversar de manera tan desenredada y desbordada. Lo que yo recordaba era haber conversado siempre con un chico tímido, huidizo e introvertido; y no con éste, suelto de una manera desconocida. A cada una de mis preguntas respondía con una broma, un sarcasmo o una alusión. Lo vi fumar no sé cuántos cigarrillos y beber la cerveza sin contemplación. Lo interrogué entonces. Lo recuerdo siempre.

—Te veo fumar mucho y beber muy rápido. ¿No crees que te pueda hacer daño?

—Sí, pues, quisiera una vida sana y repuesta; el problema es que me voy a aburrir un carajo…

Y así, a cada pregunta tenía una respuesta.

Ya eran cerca de las tres de la mañana. Sentada frente a él, no cesaba de mirarle de cuando en cuando. Permanecía sentado junto a la ventana y con el rostro iluminado por las luces que llegaban del árbol de Navidad. Ya la frescura de la madrugada comenzaba a hacerse sentir. Apretó los dientes y se levantó con mucho esfuerzo para ir al baño. Entonces vi que sus movimientos eran torpes porque caminaba con mucha dificultad. A su vuelta, me fui a sentar con él. Y casi en sus oídos, le dije:

—Creo que ya debes descansar. A la próxima no te vas a poder parar.

Inmediatamente respondió haciendo un ademán con las manos.

—Sí, tienes razón. Creo que ya debo marcharme. Estoy que me busco y no me encuentro. Los tragos se fueron, como tiros disparados, directo a la cabeza —dijo, mirándome y sin oponer resistencia.

—No. No te puedes ir así. Mejor te llevo a la biblioteca, allí hay un sillón para que puedas descansar —le dije, muy angustiada.

Los que conversaban con él, todos familiares y eran cinco, no querían que se fuera. Me pidieron que lo dejara un rato más. Les dije que no. Que ya estaba muy mal y que por eso hablaba con dificultad y lograba, sin darse cuenta, unos gestos feos en el rostro. Querían que les resolviera un acertijo que él les había propuesto. Era un acertijo político. Lo pensó, trató de hablar, pero balbuceaba:

—No, mejor lo dejamos para otro día. Oye..., si no puedes convencerlos, desoriéntalos y que se jodan. La mejor arma en política es la confusión... —dijo, con la lengua trabada y soltando una penosa risotada.

Lo tomé de la mano y del hombro y lo llevé a la biblioteca. Todos nos quedaron viendo. Ya en el interior, lo ubiqué en el sillón. Pero cuando intenté soltarlo, no quiso soltar mi mano. Me guiñó el ojo e hizo unas señas con la otra mano y se quedó mirándome tiernamente. Me dijo:

—Sabes, Estrella, estoy perfectamente enamorado de ti; eres el amor de mi vida, y no pararé hasta llevarte al altar. Ese es nuestro destino. Te lo prometo… —Con el rostro emocionado, intentaba levantarse del sillón y acercarse más a mí. No lo permití.

Me dijo muchas cosas más que no tomé en serio. Estaba demasiado borracho y no era el momento de responder, discutir o rebatir nada. Lo vi afligido y con ganas de desahogarse y llorar en mis brazos.

—Sabes, la vida ha sido dura conmigo, muy dura. Siempre me ha dado la espalda.... No sé cuántas veces me la he “culeado”. ¿Por qué me da la espalda? ¿Tú qué dices? —continuó, soltando una risa.

—No puedo lidiar contigo ahora; descansa. Me haces reír cuando siento que vas a llorar. Más tarde hablaremos sobre todo lo que me has dicho. Pero ahora, descansa.

Se acostó, lo cubrí con una manta y lo dejé allí, con sus frases y ocurrencias.

—Tendrá que repetírmelas cuando se le pase la borrachera y despierte —me dije mientras me dirigía hacia la puerta.

Llegué a la sala. Los demás seguían bebiendo. Me preguntaron por él. Les dije que estaba descansando y que no lo molestaran. Yo también estaba muy cansada y tenía ganas de dormir. Fui a mi cuarto y me tiré en la cama, vestida como estaba. Apenas pude quitarme los zapatos. Me quedé dormida, sin saber por cuánto tiempo.

Desperté y empecé a recordar todas sus ocurrencias junto con sus últimas palabras. Me sacó una sonrisa. Sabía que fue el alcohol lo que lo hizo hablar de esa manera. No pude resistirlo más y decidí ir hacia la biblioteca. Los demás ya estaban descansando y la música había dejado de sonar. Me detuve en el umbral de la puerta y encendí la luz; allí estaba él, cubierto hasta la cabeza con la manta. Hacía mucho calor, pero él estaba tapado hasta el último pelo. Le bajé la manta hasta el cuello y vi gotas de sudor en su frente. Permanecía quieto, soñando quién sabe qué cosas que me hubiera gustado saber en ese momento. Lo miré fijamente y le presté atención durante un tiempo que no sé cuánto fue.

 Creo que incluso me quedé dormida un poco. Aún cansada, agarré una silla, la acerqué y me senté al borde del sillón donde él estaba tumbado. El sueño me vencía, pero no quería ir a mi habitación. Incliné la cabeza y la puse sobre su hombro, y me tumbé. Me quedé dormida sin darme cuenta, en algún momento.

Y luego escuché ruidos que me despertaron. Para mi sorpresa, yo estaba tumbada en el sillón y con la manta cubriendo todo mi cuerpo hasta los hombros. Miré a mi alrededor y no lo encontré. Inmediatamente me puse de pie y caminé con cuidado. Sentía dolor en la cabeza y en el cuerpo, como si me hubieran golpeado. El dolor era punzante y desagradable en toda mi frente y nuca. Estaba aturdida, mareada. Pero me preguntaba dónde se había metido Charly. En medio del silencio, decidí ir al baño para darme una ducha. Al cruzar la sala, me sorprendí; Charly estaba sentado tranquilamente en la mesa del comedor, desayunando junto a toda mi familia. Por suerte, él no me vio.

Mi cuerpo y mi alma volvieron conmigo después de la ducha. Me estiré por unos segundos y me dirigí a donde estaban todos. Eran las diez de la mañana.

—¡Buenos días a todos! ¡Buenos días, Charly! Parece que después de seis horas de descanso el mundo sigue viéndose igual. ¿O crees que ha cambiado un poco? —dije mientras elevaba la cabeza con el pan en la boca y la taza de café en la mano. Y sin sorpresa, él me quedó observando.

—Buenos días. ¿Cómo has amanecido? El mundo nunca sigue igual; es una ley del universo. La cuestión está en saber cuándo uno debe abrir o cerrar una puerta sin golpearse el dedo. Parece que yo me lo he golpeado de un portazo al ingresar a la biblioteca.

—Parece que empezamos este año barnizando la susodicha puerta; después del golpe, el golpeado se ha quedado muy calladito... Parece que hasta las bisagras están bien aceitadas. Me gustaría que se diera otro portazo más tarde y poder escucharlo ahora que estás sobrio.

Sí. Él recordaba todo. Ahora estaba en mis manos. Solo era cuestión de tiempo. De agarrarlo del cuello.

Agarré una silla y tomé asiento. Me coloqué frente a él. Lo vi tomar otro gran sorbo de café. Quería terminarlo pronto.

—Creo que ya es muy tarde. Deben de estar preocupados en mi casa. No saben nada de mí —dijo, algo apurado.

—Salir corriendo y provocar sonrisas parece que no es una mala opción. Quiero conversar un momento contigo. Deja que termine mi desayuno. ¿Puedes? —le dije, volviéndome hacia él, mirándolo fijamente.

—Ok. No hay problemas. Te espero —contestó, elevando la mirada.

Su rostro dibujaba todas las muecas que nadie podría hacerlo en tan poco tiempo. Lo veía muy intranquilo y desvelado. Tal vez alarmado por las preguntas que tenía que contestarme. Aceleré mi desayuno. No tenía muchas ganas de tomar nada. No tenía hambre. Di el último sorbo a mi taza de café y me puse en pie. Él también hizo lo mismo. Luego caminamos juntos hasta la biblioteca.

—Mira, la puerta te está esperando. Necesitas un portazo para decirme las cosas que me dijiste en la madrugada. ¿Me las podrías repetir ahora que estás cero mililitros de alcohol?

—Mira Estrella, recuerdo que me ayudaste a llegar hasta la biblioteca y luego me acosté en un sillón. Pero no recuerdo más. Cuando desperté, te vi durmiendo a mi lado. Estabas sentada en una silla y con tu cabeza en uno de mis hombros. Me levanté y te acosté en el sillón y te cubrí con la manta. No me aproveché de ti. Aunque faltó poco... ¡No! Mentira... ¡Nunca lo haría sin tu consentimiento!

—¿No recuerdas más? ¿No recuerdas lo que me dijiste antes de quedarte dormido?

Se quedó callado, meditando, con cara de estúpido. Estaba furiosa y lo miraba a la cara con toda mi furia. Me contuve, como siempre lo hacía con él. No le quise preguntar más. El dolor de cabeza volvió otra vez. Ahora más fuerte que cuando me desperté.

—Sabes, tengo que irme. No dejé aviso de a dónde iba. Deben de estar preocupados en mi casa. Dime, ¿qué dije?... La resaca no se me va... Me duele la cabeza.

—No. Nada. Déjalo ahí. Solo dijiste que me invitabas al cine para este domingo. Pero si no recuerdas ni eso, menos recordarás lo demás.

—Disculpa. Es verdad, te dije que este y el otro domingo saldríamos al cine. Pero tú no dijiste que sí. Entonces, ¿estás diciendo que sí?

Lo miré con cólera y cariño. Con ganas de golpearlo con un palo, o con mis manos, en la cabeza. Bueno, me dije, tal vez se atreva a decírmelo el próximo domingo, antes o después de ver la película. Ojalá tenga el valor de hacerlo. No sé si los milagros existen. Él me hizo pensar que no. 

Libertad