La
noche del 4 de noviembre de 1976 hubo tono en la casa de Martín. “Tono”, porque
en aquellos años cualquier reunión con una radiola alquilada, tres botellas de
guinda y muchachos sudando salsa ya merecía categoría de acontecimiento social.
Martín —a quien todos llamaban el Cuervo— apareció vestido con su mejor versión
de galán setentero: camisa celeste abierta hasta donde el pudor barrial lo
permitía y un pantalón marrón de boca ancha tan exagerada que parecía dispuesto
a despegar si corría con viento a favor.
Tenía
la piel cobriza, el rostro severo y una mirada grave que él confundía con
misterio intelectual, aunque a veces solo parecía un prototipo platónico para
la envidia de la gente. Su cabello negro, largo y cuidadosamente embadurnado en
gomina Glostora, brillaba bajo la luz amarillenta del foco de la entrada. Las
muchachas lo miraban bastante; unas por atractivo, otras quizá por curiosidad
científica.
Pero
aquella noche Martín no estaba para coqueteos secundarios. Dentro de él
sobrevivía una esperanza obstinada, trabajada durante meses como quien pule una
joya barata esperando que algún día parezca diamante. Había organizado la
fiesta con la excusa de reunir a los muchachos de la promoción, aunque la
verdad era mucho menos democrática: esperaba a Lily. La muchacha de su salón.
La dueña involuntaria de sus insomnios adolescentes. La única capaz de
convertirlo, en cuestión de segundos, de filósofo taciturno en perfecto
imbécil.
Permanecía
parado en la puerta fumando con aparente calma, observando la calle con
auténtica vocación de cuervo: la cabeza girando hacia todos lados, atento hasta
al movimiento de los perros. De vez en cuando aspiraba el cigarrillo con una
profundidad teatral, como si estuviera protagonizando al detective duro y
elegante.
Entonces
la vio.
A
lo lejos, hacia su derecha, una sombra avanzaba bajo la luz triste del poste.
Llevaba algo apretado contra el pecho, probablemente libros; porque incluso
para ir a una fiesta Lily parecía preparada para rendir examen de álgebra.
Martín
sintió un golpe seco en el pecho. Tiró el pucho al suelo y lo aplastó
rápidamente con el zapato, no fuera a parecer nervioso. Después se metió las
manos en los bolsillos tocándose los huevos y fingiendo una indiferencia
monumental; la clásica indiferencia del muchacho enamorado que, por dentro, ya
se imaginó matrimonio, hijos y entierro conjunto.
La
sombra se detuvo frente a él.
—Hola.
¿Cómo estás? ¿Ya llegaron todos los chicos?
Dentro
de la casa, varias jovencitas uniformadas bailaban mientras los muchachos daban
rienda suelta a esa felicidad escandalosa y sudorosa propia de los tonos
escolares: una mezcla de salsa, cumbia, adolescencia y hormona mal disimulada.
El aire olía a colonia barata, cigarro y guinda clandestina. En un rincón
sonaba, por enésima vez, Viento del Grupo Celeste en un mano a mano con Ricardo
Ray cantando Mírame, como si el tocadiscos también estuviera borracho y
despechado.
Martín
la observó lentamente y terminó de reconocerla bajo la luz amarillenta de la
sala. Sonrió apenas. Sacó las manos de los bolsillos y, por reflejo, se acomodó
la camisa. De pronto se sintió elegantísimo… y ridículamente fuera de lugar.
Era el único muchacho sin uniforme; parecía un viejo divorciado infiltrado en
una reunión escolar.
La
muchacha de tez clara llevaba la clásica falda ploma con tirantes y una blusa
blanca impecable. Incluso entre el bullicio conservaba algo ordenado y sereno,
como si perteneciera a un escenario más tranquilo que aquella jungla de
adolescentes desaforados.
—Hola.
Hasta que te atreviste a venir. Pasa… los chicos están danzando con las demás
chicas —dijo Martín.
Eligió
“danzando” con deliberada solemnidad. Le horrorizaba decir “bailando”; le
sonaba vulgar, demasiado terrenal. Él quería hablar como poeta maldito, aunque
viviera en un barrio donde la gente resolvía todo gritando desde la ventana.
Ella
lo miró con una expresión entre divertida y desconcertada.
—¿Danzando?
Están girando como trompos. Mira a Juanca… se mueve como mototaxi subiendo
cerro. ¿Quién es la chica que baila con él? ¿Es del colegio? No la reconozco.
Y
era imposible no mirar a Juanca.
Bailaba
en medio de la sala con un entusiasmo casi irresponsable, como si hubiera
descubierto en la salsa el sentido definitivo de la existencia. Se movía sin
conciencia de sus propios huesos, impulsado quizá por la música o quizá por la
guinda, que a esas alturas ya comenzaba a convertir a varios en filósofos
sentimentales y expertos bailarines.
La
muchacha que lo acompañaba tampoco conocía la timidez. Seguía cada vuelta con
precisión admirable; cuando Juanca la tomaba de la mano y la hacía girar sobre
sí misma, ella regresaba hacia él con una naturalidad peligrosa, pegándose
demasiado, sonriendo demasiado, respirándole demasiado cerca. Aquello ya no
parecía un baile escolar sino una práctica acelerada de futuros problemas
sentimentales.
Martín
soltó una carcajada.
—¡Baila
muy bien la niña! ¡Vamos, Juanca! ¡Tú le ganas!
Entonces
ocurrió algo que dejó a varios mirando de reojo.
La
muchacha inclinó lentamente la cabeza sobre el pecho de Juanca y se apretó
contra él con una confianza inesperada. Juanca, lejos de escandalizarse, la
sujetó de la cintura y dio dos vueltas consecutivas, ya completamente poseído
por el espíritu tropical. Él sintió el roce insistente de los muslos y el
vientre de la chica; ella se apartaba apenas unos segundos para luego regresar
con más fuerza, girando entre sus dedos y pegándose otra vez a su cuerpo.
Juanca
ya no sabía si aquello era coquetería, instinto femenino o simplemente los
efectos devastadores de Ricardo Ray sobre el sistema nervioso adolescente.
Desde
el rincón iluminado de la sala, varios muchachos observaban a Juanca con
auténtica perplejidad. Algunos reían; otros simplemente lo miraban como si
estuvieran presenciando un fenómeno paranormal. ¿Qué diablos le ocurría? El
muchacho tímido que en el colegio apenas levantaba la voz para pedir prestado
un lapicero estaba ahora convertido en una centrifugadora humana de ritmo
tropical. La guinda había hecho efecto con una eficacia científica y lo había
catapultado directamente hacia el furor salsero.
La
canción terminó entre jadeos, aplausos y el chirrido fatigado del tocadiscos.
Martín
levantó la mano y le hizo una seña.
Mientras
tanto, Lily empezó a saludar a los otros muchachos. Todos parecían felices de
verla; algunos demasiado felices, a juicio de Martín, que ya comenzaba a sentir
esos celos absurdos y prematuros típicos del enamorado que todavía no conquista
nada, pero ya actúa como propietario sentimental.
Juanca
se acercó todavía agitado, secándose el sudor con la manga.
—Oe,
Juanca… llegó Lily —dijo Martín, intentando sonar sereno—. Y me preguntó quién
era la chiquilla que bailó contigo.
Juanca
soltó una sonrisa torcida.
—¿Y
qué pasa con Lily? Estás temblando, pendejo. ¿No era esto lo que querías? Es
Romero, huevón.
Martín
miró hacia el fondo de la sala. Lily y Charo conversaban cerca de la ventana,
rodeadas ya por varios oportunistas románticos.
—Sí…
pero vino con Roberta. Y las dos se fueron al fondo. Además, Piter y Gerardo quiere
terciar.
Juanca
lanzó una carcajada breve.
—Ah,
ya. Drama amoroso escolar. Qué novedad.
Luego
señaló hacia la puerta principal.
—Oye…
Joel está afuera. ¿Por qué has cerrado la puerta? ¿No lo ves? Parece canguro
saltando detrás de la ventana. Déjalo entrar.
Martín
desvió la mirada con una frialdad extraña.
—Después.
Pasaron
algunos minutos más. La música volvió a llenar la sala y el calor comenzó a
espesar el ambiente. Entonces la puerta negra se abrió apenas una rendija, como
si la casa desconfiara del mundo exterior.
Por
aquella abertura apareció un rostro suspendido en la sombra.
Era
Joel.
Tenía
la cara pegada al espacio de la puerta y los ojos abiertos con desesperación
cómica. Hacía señas exageradas para que lo dejaran pasar, moviendo las manos
como náufrago que ve un barco pasar. Martín, sin embargo, permanecía inmóvil,
indiferente, como un portero cholo de discoteca.
Joel
ladeó la cabeza y soltó un grito ahogado.
—¡Oe!
¡Martín!
Sus
ojos chispeaban con una mezcla de fastidio y súplica. Luego miró a Juanca con
expresión derrotada, como gato abandonado bajo la lluvia.
Juanca
frunció el ceño y se acercó a Martín.
—Ábrele,
pendejo... No te hagas el huevón.
Martín
ni siquiera volteó completamente.
—Lo
siento… lo siento muchísimo, Mr. Juanca —dijo con una solemnidad ridícula—,
pero ya estamos completos.
La
respuesta dejó desconcertado a Juanca.
No
era solo la negativa. Era el tono. Una apatía elegante, estúpida, completamente
absurda para un muchacho que vivía en un barrio donde la gente entraba a las
fiestas sin invitación, sin vergüenza y, a veces, sin conocer al dueño de la
casa.
Juanca
lo observó unos segundos, incrédulo.
Sacudió
la cabeza con brusquedad y frunció las cejas, como si la estupidez ajena
comenzara a provocarle dolor físico.
—¿Completos?
—gritó Juanca—. ¿Desde cuándo tu casa tiene aforo?
Martín
no respondió. Permanecía con la vista fija en la sala, fingiendo interés por la
música, aunque en realidad observaba a Lily. Ella reía junto a Charo mientras Piter,
peinado como cantante de balada romántica, aprovechaba cada segundo para
acercarse un poco más.
Afuera,
Joel volvió a golpear la puerta.
—¡No
seas malo! ¡Aunque sea déjame tomar una guinda!
Avilio
y Wilfredo soltaron carcajadas. Pero Martín seguía inmóvil.
Y
entonces ocurrió algo extraño.
Lily
dejó de reír.
Su
mirada pasó por encima de todos y terminó clavándose en la puerta. Primero
pareció confundida; luego, inquieta. Martín siguió la dirección de sus ojos.
A
través de la rendija no solo estaba Joel.
Más
atrás, bajo la luz opaca del poste, permanecía una mujer.
Nadie
lo había visto llegar.
Era
baja, delgada, vestida completamente de blanco. Tenía los brazos cruzados y el
rostro hundido en la sombra. No hablaba. Solo observaba la casa con una quietud
insoportable.
Juanca
también la vio.
—¿Y
esa quién es?
El
Cuervo volteó rápidamente y el gesto burlón se le borró de la cara.
—No
sé… parece que está ahí desde hace rato. ¿Y dónde está Joel?
—Ya
se fue, huevón.
La
música seguía sonando, pero ahora parecía lejana, deformada por el calor y el
alcohol. Ricardo Ray repetía desde el tocadiscos:
“Mírame…
mírame…”
La
mujer no se movía.
El
Cuervo sintió un escalofrío en el culo que le subió hasta la espalda. Intentó
reírse de sí mismo. Seguramente era alguna vecina curiosa o una loca perdida.
Sin embargo, había algo perturbador en aquella figura: parecía una imagen
reflejada en un espejo, como si supiera algo que los demás ignoraban.
Joel,
de la nada, apareció y empujó la puerta.
—Oe,
ábreme de una vez. Esa mujer dice que viene del futuro y está con una cara de
para qué te cuento.
Juanca
ya iba a reclamar otra vez cuando, de súbito, las luces se apagaron.
Toda
la casa quedó sumida en oscuridad.
Se
escucharon gritos, risas nerviosas y el sonido seco de alguien tropezando con
una silla. La aguja del tocadiscos siguió girando unos segundos antes de morir
con un zumbido triste.
—¡Carajo!
—gritó Daniel—. ¡Se fue la luz!
—No,
huevón... Eclipse—respondió Juanca.
En
el barrio era normal. Bastaba una llovizna miserable para que la electricidad
desapareciera como promesa de gobernador.
Desde
la calle llegó entonces un silbido largo.
No
era una melodía. Era un llamado.
Las
muchachas guardaron silencio. Algunos muchachos comenzaron a bromear para
disimular el miedo. Juanca buscó la ventana, intentando distinguir a la mujer del
poste.
Ya
no estaba.
—Ya
se fue —dijo Joel desde afuera.
Nadie
respondió.
Entonces
Lily habló por primera vez desde el apagón:
—Martín…
Su
voz sonó pequeña.
Él
avanzó entre las sombras guiándose apenas por el recuerdo de los muebles.
—¿Qué
pasa?
—Hay
alguien en el patio.
Un
silencio heló la sala.
Martín
tragó saliva.
La
puerta del patio daba hacia un pequeño jardín interior donde la madre de Martín
cultivaba geranios y colgaba ropa los domingos. No había motivo para que nadie
estuviera allí.
Waldo
soltó una risa nerviosa.
—Seguro
es tu gato.
—Nosotros
no tenemos gato —dijo Martín.
Y
justo entonces se oyó el ruido.
Un
paso.
Después
otro.
Lento.
Arrastrado.
Alguien
estaba caminando sobre las losetas del patio.
Las
muchachas comenzaron a agruparse. Juanca, olvidándose del miedo, empujó con
fuerza la puerta y logró entrar de una vez.
—¡Nada,
nada! —dijo agitado.
Lily
sintió una furia al ver la cobardía de Martín.
—¡¿Y
tú por qué estás asustado?!
Martín
señaló hacia afuera.
—Porque
cuando volteé… esa mujer me señalaba.
Otro
paso resonó desde el patio.
Más
cerca.
Juanca
intentó hacerse el valiente.
—Ya,
no jodan. Seguro es algún borracho.
Buscó
a tientas una linterna sobre la repisa y la encendió. El haz de luz cruzó
lentamente la sala, iluminando rostros tensos, vasos vacíos y el humo
suspendido de los cigarrillos.
Después
apuntó hacia el pasillo que conducía al patio.
Y
todos lo vieron.
Al
fondo, inmóvil entre las sombras, estaba la mujer de blanco.
No
tenía expresión.
Parecía
levitar.
Y
sonreía.
No
una sonrisa presente, sino algo inquieto y torcido, como una grieta abierta en
el rostro. Como una puerta que conduce a otro tiempo y lugar.
Las
muchachas gritaron.
Juanca
dio un paso atrás.
Martín
sintió que las piernas dejaban de obedecerle. El culo le pulsaba y se meaba del
susto.
La
mujer levantó lentamente una mano y señaló a Martín.
Solo
a él.
Entonces
habló con una voz ronca, casi apagada:
—Tú
me invitaste.
El
miedo atravesó la sala como un cuchillo.
Martín
abrió la boca, pero no pudo responder.
Porque
en ese instante recordó algo.
Las
invitaciones.
Aquella
tarde había recorrido los salones entregándolas una por una. Había invitado
incluso a muchachos que apenas conocía, todo por llenar la casa y parecer
popular delante de Lily.
Pero
hubo una invitación extra.
Una
que nunca debió escribir.
La
encontró horas antes sobre la mesa, entre los cuadernos de su madre.
Un
sobre nuevo y pulcro.
Que
no envejecía.
Con
una frase escrita a mano, grande como un cartel:
“Yo
no soy para ti”.
Martín,
creyendo que era una broma absurda de su hermano menor, escribió detrás la
dirección de su casa y la dejó olvidada sobre el muro de la esquina.
Ahora
comprendía.
La
mujer dio otro paso.
La
linterna de Juanca parpadeó violentamente.
Y
de pronto las luces regresaron.
La
sala volvió a llenarse de claridad, música y color.
El
tocadiscos siguió sonando exactamente donde había quedado.
“Mírame…”
Pero
el pasillo estaba vacío.
No
había nadie en el patio.
No
había pasos.
No
había mujer.
Solo
el viento moviendo la ropa colgada.
Durante
varios segundos nadie habló.
Luego,
como sucede siempre con el miedo cuando sobrevive demasiados minutos, alguien
soltó una risa nerviosa. Otro hizo un chiste. Las muchachas comenzaron a
respirar otra vez. Y poco a poco la fiesta continuó.
Solo
Martín permaneció inmóvil.
Porque
sobre la mesa, junto a los vasos de guinda, había aparecido un sobre húmedo.
El
mismo sobre blanco.
Y
en la parte de atrás, escrito con tinta negra que aún chorreaba, podía leerse:
“Yo
no soy para ti”.
Loro
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