lunes, 14 de noviembre de 2011

Una reunión en la casa de Martín

La noche del 4 de noviembre de 1976 hubo tono en la casa de Martín. “Tono”, porque en aquellos años cualquier reunión con una radiola alquilada, tres botellas de guinda y muchachos sudando salsa ya merecía categoría de acontecimiento social. Martín —a quien todos llamaban el Cuervo— apareció vestido con su mejor versión de galán setentero: camisa celeste abierta hasta donde el pudor barrial lo permitía y un pantalón marrón de boca ancha tan exagerada que parecía dispuesto a despegar si corría con viento a favor.

Tenía la piel cobriza, el rostro severo y una mirada grave que él confundía con misterio intelectual, aunque a veces solo parecía un prototipo platónico para la envidia de la gente. Su cabello negro, largo y cuidadosamente embadurnado en gomina Glostora, brillaba bajo la luz amarillenta del foco de la entrada. Las muchachas lo miraban bastante; unas por atractivo, otras quizá por curiosidad científica.

Pero aquella noche Martín no estaba para coqueteos secundarios. Dentro de él sobrevivía una esperanza obstinada, trabajada durante meses como quien pule una joya barata esperando que algún día parezca diamante. Había organizado la fiesta con la excusa de reunir a los muchachos de la promoción, aunque la verdad era mucho menos democrática: esperaba a Lily. La muchacha de su salón. La dueña involuntaria de sus insomnios adolescentes. La única capaz de convertirlo, en cuestión de segundos, de filósofo taciturno en perfecto imbécil.

Permanecía parado en la puerta fumando con aparente calma, observando la calle con auténtica vocación de cuervo: la cabeza girando hacia todos lados, atento hasta al movimiento de los perros. De vez en cuando aspiraba el cigarrillo con una profundidad teatral, como si estuviera protagonizando al detective duro y elegante.

Entonces la vio.

A lo lejos, hacia su derecha, una sombra avanzaba bajo la luz triste del poste. Llevaba algo apretado contra el pecho, probablemente libros; porque incluso para ir a una fiesta Lily parecía preparada para rendir examen de álgebra.

Martín sintió un golpe seco en el pecho. Tiró el pucho al suelo y lo aplastó rápidamente con el zapato, no fuera a parecer nervioso. Después se metió las manos en los bolsillos tocándose los huevos y fingiendo una indiferencia monumental; la clásica indiferencia del muchacho enamorado que, por dentro, ya se imaginó matrimonio, hijos y entierro conjunto.

La sombra se detuvo frente a él.

—Hola. ¿Cómo estás? ¿Ya llegaron todos los chicos?

Dentro de la casa, varias jovencitas uniformadas bailaban mientras los muchachos daban rienda suelta a esa felicidad escandalosa y sudorosa propia de los tonos escolares: una mezcla de salsa, cumbia, adolescencia y hormona mal disimulada. El aire olía a colonia barata, cigarro y guinda clandestina. En un rincón sonaba, por enésima vez, Viento del Grupo Celeste en un mano a mano con Ricardo Ray cantando Mírame, como si el tocadiscos también estuviera borracho y despechado.

Martín la observó lentamente y terminó de reconocerla bajo la luz amarillenta de la sala. Sonrió apenas. Sacó las manos de los bolsillos y, por reflejo, se acomodó la camisa. De pronto se sintió elegantísimo… y ridículamente fuera de lugar. Era el único muchacho sin uniforme; parecía un viejo divorciado infiltrado en una reunión escolar.

La muchacha de tez clara llevaba la clásica falda ploma con tirantes y una blusa blanca impecable. Incluso entre el bullicio conservaba algo ordenado y sereno, como si perteneciera a un escenario más tranquilo que aquella jungla de adolescentes desaforados.

—Hola. Hasta que te atreviste a venir. Pasa… los chicos están danzando con las demás chicas —dijo Martín.

Eligió “danzando” con deliberada solemnidad. Le horrorizaba decir “bailando”; le sonaba vulgar, demasiado terrenal. Él quería hablar como poeta maldito, aunque viviera en un barrio donde la gente resolvía todo gritando desde la ventana.

Ella lo miró con una expresión entre divertida y desconcertada.

—¿Danzando? Están girando como trompos. Mira a Juanca… se mueve como mototaxi subiendo cerro. ¿Quién es la chica que baila con él? ¿Es del colegio? No la reconozco.

Y era imposible no mirar a Juanca.

Bailaba en medio de la sala con un entusiasmo casi irresponsable, como si hubiera descubierto en la salsa el sentido definitivo de la existencia. Se movía sin conciencia de sus propios huesos, impulsado quizá por la música o quizá por la guinda, que a esas alturas ya comenzaba a convertir a varios en filósofos sentimentales y expertos bailarines.

La muchacha que lo acompañaba tampoco conocía la timidez. Seguía cada vuelta con precisión admirable; cuando Juanca la tomaba de la mano y la hacía girar sobre sí misma, ella regresaba hacia él con una naturalidad peligrosa, pegándose demasiado, sonriendo demasiado, respirándole demasiado cerca. Aquello ya no parecía un baile escolar sino una práctica acelerada de futuros problemas sentimentales.

Martín soltó una carcajada.

—¡Baila muy bien la niña! ¡Vamos, Juanca! ¡Tú le ganas!

Entonces ocurrió algo que dejó a varios mirando de reojo.

La muchacha inclinó lentamente la cabeza sobre el pecho de Juanca y se apretó contra él con una confianza inesperada. Juanca, lejos de escandalizarse, la sujetó de la cintura y dio dos vueltas consecutivas, ya completamente poseído por el espíritu tropical. Él sintió el roce insistente de los muslos y el vientre de la chica; ella se apartaba apenas unos segundos para luego regresar con más fuerza, girando entre sus dedos y pegándose otra vez a su cuerpo.

Juanca ya no sabía si aquello era coquetería, instinto femenino o simplemente los efectos devastadores de Ricardo Ray sobre el sistema nervioso adolescente.

Desde el rincón iluminado de la sala, varios muchachos observaban a Juanca con auténtica perplejidad. Algunos reían; otros simplemente lo miraban como si estuvieran presenciando un fenómeno paranormal. ¿Qué diablos le ocurría? El muchacho tímido que en el colegio apenas levantaba la voz para pedir prestado un lapicero estaba ahora convertido en una centrifugadora humana de ritmo tropical. La guinda había hecho efecto con una eficacia científica y lo había catapultado directamente hacia el furor salsero.

La canción terminó entre jadeos, aplausos y el chirrido fatigado del tocadiscos.

Martín levantó la mano y le hizo una seña.

Mientras tanto, Lily empezó a saludar a los otros muchachos. Todos parecían felices de verla; algunos demasiado felices, a juicio de Martín, que ya comenzaba a sentir esos celos absurdos y prematuros típicos del enamorado que todavía no conquista nada, pero ya actúa como propietario sentimental.

Juanca se acercó todavía agitado, secándose el sudor con la manga.

—Oe, Juanca… llegó Lily —dijo Martín, intentando sonar sereno—. Y me preguntó quién era la chiquilla que bailó contigo.

Juanca soltó una sonrisa torcida.

—¿Y qué pasa con Lily? Estás temblando, pendejo. ¿No era esto lo que querías? Es Romero, huevón.

Martín miró hacia el fondo de la sala. Lily y Charo conversaban cerca de la ventana, rodeadas ya por varios oportunistas románticos.

—Sí… pero vino con Roberta. Y las dos se fueron al fondo. Además, Piter y Gerardo quiere terciar.

Juanca lanzó una carcajada breve.

—Ah, ya. Drama amoroso escolar. Qué novedad.

Luego señaló hacia la puerta principal.

—Oye… Joel está afuera. ¿Por qué has cerrado la puerta? ¿No lo ves? Parece canguro saltando detrás de la ventana. Déjalo entrar.

Martín desvió la mirada con una frialdad extraña.

—Después.

Pasaron algunos minutos más. La música volvió a llenar la sala y el calor comenzó a espesar el ambiente. Entonces la puerta negra se abrió apenas una rendija, como si la casa desconfiara del mundo exterior.

Por aquella abertura apareció un rostro suspendido en la sombra.

Era Joel.

Tenía la cara pegada al espacio de la puerta y los ojos abiertos con desesperación cómica. Hacía señas exageradas para que lo dejaran pasar, moviendo las manos como náufrago que ve un barco pasar. Martín, sin embargo, permanecía inmóvil, indiferente, como un portero cholo de discoteca.

Joel ladeó la cabeza y soltó un grito ahogado.

—¡Oe! ¡Martín!

Sus ojos chispeaban con una mezcla de fastidio y súplica. Luego miró a Juanca con expresión derrotada, como gato abandonado bajo la lluvia.

Juanca frunció el ceño y se acercó a Martín.

—Ábrele, pendejo... No te hagas el huevón.

Martín ni siquiera volteó completamente.

—Lo siento… lo siento muchísimo, Mr. Juanca —dijo con una solemnidad ridícula—, pero ya estamos completos.

La respuesta dejó desconcertado a Juanca.

No era solo la negativa. Era el tono. Una apatía elegante, estúpida, completamente absurda para un muchacho que vivía en un barrio donde la gente entraba a las fiestas sin invitación, sin vergüenza y, a veces, sin conocer al dueño de la casa.

Juanca lo observó unos segundos, incrédulo.

Sacudió la cabeza con brusquedad y frunció las cejas, como si la estupidez ajena comenzara a provocarle dolor físico.

—¿Completos? —gritó Juanca—. ¿Desde cuándo tu casa tiene aforo?

Martín no respondió. Permanecía con la vista fija en la sala, fingiendo interés por la música, aunque en realidad observaba a Lily. Ella reía junto a Charo mientras Piter, peinado como cantante de balada romántica, aprovechaba cada segundo para acercarse un poco más.

Afuera, Joel volvió a golpear la puerta.

—¡No seas malo! ¡Aunque sea déjame tomar una guinda!

Avilio y Wilfredo soltaron carcajadas. Pero Martín seguía inmóvil.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Lily dejó de reír.

Su mirada pasó por encima de todos y terminó clavándose en la puerta. Primero pareció confundida; luego, inquieta. Martín siguió la dirección de sus ojos.

A través de la rendija no solo estaba Joel.

Más atrás, bajo la luz opaca del poste, permanecía una mujer.

Nadie lo había visto llegar.

Era baja, delgada, vestida completamente de blanco. Tenía los brazos cruzados y el rostro hundido en la sombra. No hablaba. Solo observaba la casa con una quietud insoportable.

Juanca también la vio.

—¿Y esa quién es?

El Cuervo volteó rápidamente y el gesto burlón se le borró de la cara.

—No sé… parece que está ahí desde hace rato. ¿Y dónde está Joel?

—Ya se fue, huevón.

La música seguía sonando, pero ahora parecía lejana, deformada por el calor y el alcohol. Ricardo Ray repetía desde el tocadiscos:

“Mírame… mírame…”

La mujer no se movía.

El Cuervo sintió un escalofrío en el culo que le subió hasta la espalda. Intentó reírse de sí mismo. Seguramente era alguna vecina curiosa o una loca perdida. Sin embargo, había algo perturbador en aquella figura: parecía una imagen reflejada en un espejo, como si supiera algo que los demás ignoraban.

Joel, de la nada, apareció y empujó la puerta.

—Oe, ábreme de una vez. Esa mujer dice que viene del futuro y está con una cara de para qué te cuento.

Juanca ya iba a reclamar otra vez cuando, de súbito, las luces se apagaron.

Toda la casa quedó sumida en oscuridad.

Se escucharon gritos, risas nerviosas y el sonido seco de alguien tropezando con una silla. La aguja del tocadiscos siguió girando unos segundos antes de morir con un zumbido triste.

—¡Carajo! —gritó Daniel—. ¡Se fue la luz!

—No, huevón... Eclipse—respondió Juanca.

En el barrio era normal. Bastaba una llovizna miserable para que la electricidad desapareciera como promesa de gobernador.

Desde la calle llegó entonces un silbido largo.

No era una melodía. Era un llamado.

Las muchachas guardaron silencio. Algunos muchachos comenzaron a bromear para disimular el miedo. Juanca buscó la ventana, intentando distinguir a la mujer del poste.

Ya no estaba.

—Ya se fue —dijo Joel desde afuera.

Nadie respondió.

Entonces Lily habló por primera vez desde el apagón:

—Martín…

Su voz sonó pequeña.

Él avanzó entre las sombras guiándose apenas por el recuerdo de los muebles.

—¿Qué pasa?

—Hay alguien en el patio.

Un silencio heló la sala.

Martín tragó saliva.

La puerta del patio daba hacia un pequeño jardín interior donde la madre de Martín cultivaba geranios y colgaba ropa los domingos. No había motivo para que nadie estuviera allí.

Waldo soltó una risa nerviosa.

—Seguro es tu gato.

—Nosotros no tenemos gato —dijo Martín.

Y justo entonces se oyó el ruido.

Un paso.

Después otro.

Lento.

Arrastrado.

Alguien estaba caminando sobre las losetas del patio.

Las muchachas comenzaron a agruparse. Juanca, olvidándose del miedo, empujó con fuerza la puerta y logró entrar de una vez.

—¡Nada, nada! —dijo agitado.

Lily sintió una furia al ver la cobardía de Martín.

—¡¿Y tú por qué estás asustado?!

Martín señaló hacia afuera.

—Porque cuando volteé… esa mujer me señalaba.

Otro paso resonó desde el patio.

Más cerca.

Juanca intentó hacerse el valiente.

—Ya, no jodan. Seguro es algún borracho.

Buscó a tientas una linterna sobre la repisa y la encendió. El haz de luz cruzó lentamente la sala, iluminando rostros tensos, vasos vacíos y el humo suspendido de los cigarrillos.

Después apuntó hacia el pasillo que conducía al patio.

Y todos lo vieron.

Al fondo, inmóvil entre las sombras, estaba la mujer de blanco.

No tenía expresión.

Parecía levitar.

Y sonreía.

No una sonrisa presente, sino algo inquieto y torcido, como una grieta abierta en el rostro. Como una puerta que conduce a otro tiempo y lugar.

Las muchachas gritaron.

Juanca dio un paso atrás.

Martín sintió que las piernas dejaban de obedecerle. El culo le pulsaba y se meaba del susto.

La mujer levantó lentamente una mano y señaló a Martín.

Solo a él.

Entonces habló con una voz ronca, casi apagada:

—Tú me invitaste.

El miedo atravesó la sala como un cuchillo.

Martín abrió la boca, pero no pudo responder.

Porque en ese instante recordó algo.

Las invitaciones.

Aquella tarde había recorrido los salones entregándolas una por una. Había invitado incluso a muchachos que apenas conocía, todo por llenar la casa y parecer popular delante de Lily.

Pero hubo una invitación extra.

Una que nunca debió escribir.

La encontró horas antes sobre la mesa, entre los cuadernos de su madre.

Un sobre nuevo y pulcro.

Que no envejecía.

Con una frase escrita a mano, grande como un cartel:

“Yo no soy para ti”.

Martín, creyendo que era una broma absurda de su hermano menor, escribió detrás la dirección de su casa y la dejó olvidada sobre el muro de la esquina.

Ahora comprendía.

La mujer dio otro paso.

La linterna de Juanca parpadeó violentamente.

Y de pronto las luces regresaron.

La sala volvió a llenarse de claridad, música y color.

El tocadiscos siguió sonando exactamente donde había quedado.

“Mírame…”

Pero el pasillo estaba vacío.

No había nadie en el patio.

No había pasos.

No había mujer.

Solo el viento moviendo la ropa colgada.

Durante varios segundos nadie habló.

Luego, como sucede siempre con el miedo cuando sobrevive demasiados minutos, alguien soltó una risa nerviosa. Otro hizo un chiste. Las muchachas comenzaron a respirar otra vez. Y poco a poco la fiesta continuó.

Solo Martín permaneció inmóvil.

Porque sobre la mesa, junto a los vasos de guinda, había aparecido un sobre húmedo.

El mismo sobre blanco.

Y en la parte de atrás, escrito con tinta negra que aún chorreaba, podía leerse:

“Yo no soy para ti”.

Loro

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