miércoles, 10 de abril de 2013

Una esperada llamada

Tiene los ojos fijos sobre una hoja de papel. Lee lo escrito con curiosidad. Es una hoja con una receta que cuelga sobre el centro del refrigerador, pegada de una de las esquinas. Vuelve a la tarea; empieza a picar con apuro otra cebolla. La receta dice dos y no una. El aceite está salpicando en la olla, se resiste a evaporarse, hace ruidos de alerta.

Termina de picar todo lo que indica la receta y luego los desparrama consecutivamente en la olla, agitándolos con un cucharón de palo durante varios segundos. Instintivamente, prueba la sal; el sudor le invade la frente. Gira la cabeza y le da otra ojeada a la receta; falta algo. Da unos pasos, abre el refrigerador y extrae dos ajíes escabeche y los lleva a la tabla de picar… Faltaba el punto de sabor.

Y así concluye con todos los ingredientes. El almuerzo está listo para servir, pero en la mesa no hay nadie. Ella está sola. Prepara un café bien cargado y, con el plato servido, no va a la mesa de la sala, sino al escritorio de su habitación. Deja todo sobre el lado izquierdo y se sienta muy despacio. Enciende la computadora como de costumbre, chasquea los dedos. Se ha olvidado algo, se incorpora y vuelve a la cocina en busca de los cubiertos, regresa. La computadora está lista, está conectada a internet. Con una sonrisa de alivio, deja de pensar. Reacciona y entra en el administrador de Facebook. Hace clic en marcadores y su nick y password aparecieron automáticamente. Tenía seis mensajes nuevos, abre el primero, es una propaganda sin sentido; abre el siguiente, nada interesante; sigue así hasta el sexto. Entonces, su rostro se sonroja, sonríe. "Es un loco... No cambia", dice. Está encantada; aprieta el mouse con más fuerza, sigue leyendo, suspira. "Oh, pero es tan poco, mejor lo llamo. No, mejor no. Se reirá de mí, va a suponer que estoy pensando en él... Tengo que parar esto. ¡Maldita sea!... ¡Vete al diablo! No, no, no. Tengo que pensar en otra cosa. Sería dulce si él me llamara, pero seguro que está ocupado, por eso no me llama. Son seis días que no me llama... Sé que le gusto todavía, y que aún suspira por mí, sus amigos lo saben, ellos lo saben... Yo sé que no hice nada malo, nunca he sido posesiva y exigente, además, no le hubiera gustado que yo le dijera que he llorado, se hubiera puesto triste. Odia a la gente que moquea por tonterías, le gusta verme feliz, alegre y tranquila. Eso le tranquiliza el alma... Si tan solo me llamara, le diría tantas cosas, las que pienso ahora, las que pensé ayer y las que pensaré después de la llamada. Pero tal vez viene a mi encuentro sin que yo lo sepa, porque está preocupado de que yo no lo llame ni le escriba... ¡Qué tonterías pienso! Tal vez se accidentó. No, nada puede pasarle a él, Dios no lo quiera... No me lo imagino en un accidente de tránsito, tirado allí, junto a los fierros retorcidos, con sonidos de ambulancias y una camilla sosteniéndolo; pero qué estoy pensando... No debo, no debo suponer pavadas. Únicamente debo pensar en los momentos gratos y simpáticos, tal vez únicos. Sería tan fácil llamarlo, tal vez le alegraría, aunque luego se haga el tonto y me haga bromas tontas también... Tal vez ha intentado llamarme hasta el cansancio, el día que olvidé mi celular, tal vez se molestó y por eso no quiere llamarme. No lo digo por consuelo, eso pudo haber pasado... Mejor alejo este teléfono, por su culpa, él no me llama, sí, tú tienes la culpa. ¡Diablos! Ten un poco de orgullo, obsérvate en el espejo, mírate la cara que tienes, mírate la sonrisa idiota de impaciencia... Ah, con qué cosas salgo. Por qué me refugio en el pasado si este no vuelve en mi ayuda, nunca... Todo es diferente, todo ha cambiado. Él se ha hartado de llorar y gemir; yo he hecho lo mismo; entonces mejor sería que lo subrayara profusamente en un letrero que debiera fabricar y colocar en el refrigerador para recordarlo siempre que tenga hambre y quiera ir a la mesa, sola pero resuelta. Mejor es que esto que sentimos esté muerto, que él también esté muerto, así ya no esperaría su llamada o sus correos amplios y poéticos... No llama ni escribe relatos, se ha olvidado de la promesa que hizo, que juró, y que ahora le teme. Los milagros no existen, y los Santos solo caminan en las iglesias, acorralados, buscando devotas, idiotas, aturdidas... ¡Vaya, qué lástima!" ...

Hizo una pausa, cerró por un instante los ojos, se puso en pie y se fue hasta la ventana. Se acomodó acodándose y se puso a mirar el cielo con sus ojos muy abiertos. Ya no quiso escucharse más y se fue a la cama...

Libertad.

martes, 2 de abril de 2013

Cándidas sensaciones

Ocurrió poco después de distanciarme de Miguel, en la fiesta de cumpleaños de una amiga a la que no veía desde hacía tiempo. Él estaba allí, pero nos evitábamos con una frialdad impropia de nuestra edad. La celebración se prolongó con una numerosa concurrencia hasta altas horas de la madrugada. Cuando quise darme cuenta, el día empezaba a clarear. Tuve que acurrucarme en un viejo sofá, aguardando paciente la salida del sol para poder regresar a casa.

Al despertar, me dirigí al patio exterior, aferrándome al pasamanos de una amplia escalinata que conducía desde el gran salón. Dentro aún reinaba el caos, con estruendos discordantes y vestigios de botellas vacías desperdigadas sobre las mesas. Retrocedí sobresaltada y, ágil, di media vuelta para toparme cara a cara con un hombre de mediana estatura, unos cincuenta años, delgado y de aspecto petulante, provinciano. Pasó rozándome sin articular palabra, saltó al otro lado de la escalera y se detuvo en el extremo opuesto. Aunque conocía a aquel individuo, su torpeza al esquivarme delataba su inocuidad. Eran las cinco de la mañana.

—¡Ojalá lo supiera! Vamos. No nos detengamos más...

—¿Me hablas a mí? —pregunté con cierta vacilación.

—No pretendo tal cosa. Cuando estoy contigo, siempre hablo para mí mismo.

—Sí, es indudable. Eso es natural en ti; siempre logras convencerme de que no estás aquí, o allí, o allá. De por qué estás aquí.

—¡Hum! ¿Quieres hablarle a un desconocido? Espero estar aún aquí… No soy un fantasma.

El suspicaz hombre permanecía quieto, pero sus brillantes ojos saltaban de alegría. Yo estaba conmovida, sintiendo mi cuerpo sólido y su mirada fija en la mía, como buscando reconocerme.

—Sí, no hay posibilidad de que seas otra persona...

Terminé de bajar y nos alejamos del salón inconscientemente y nos dirigimos hacia una banca que se ubicaba al pie de un árbol. El patio era un parquecito espacioso, cubierto de pasto y árboles. Tres bancas estaban distribuidas equidistantemente y muy cerca del perímetro. Un farolito, pegado al árbol y a nuestra banca, proporcionaba una luz tenue, mientras el cielo estaba despejado. Sin embargo, el viento se hacía sentir, golpeando las hojas del árbol y tirando de mis cabellos hacia atrás.

—¡Vaya que los milagros existen! El mundo es tan pequeño que uno se tropieza hasta con su sombra —dijo, volviéndose hacia mí.

—Así parece. ¿Y tú, cómo estás? —le dije, dándole un beso en la mejilla.

—Como me ves, tranquilo y feliz. ¿Sigues sin volver a enamorarte?… Dime, ¿eres feliz? ¿He sido tu primer amor?

La oscuridad no era completa; llegó hasta mi olfato un pronunciado olor a tabaco. Estaba fumando, y en sus ojos se percibía lo embriagado que estaba. Ninguna poesía altisonante llegaba a mis oídos, a pesar de estar cerca del poeta y de la persona que conocía desde hacía un cúmulo de apilados años. Fumaba y fumaba sin cambiar el tono de voz; hablaba pausadamente, sin rimar, interpretando cada sílaba. Luego se recostó en el banco, acomodándose con las piernas entrecruzadas y soltando una bocanada de humo. Me quedé parada, escuchándolo. Se detuvo; siguió un silencio y una confusión de gestos; aproveché para responderle.

—Desde luego que no… Las copas se te han subido a la cabeza… Pero no veo por qué tengo que responder a tus preguntas.

—No, ¿qué?... ¿No eres feliz? —volvió a insistir, aspirando el cigarrillo y mirándome a los ojos.

Inclinada, apoyada en el árbol, lo observaba como algo que se mira pero no se ve. Lo vi encender otro cigarrillo sin sufrimiento, sonriendo.

—Tú no sabes nada. ¿Siempre has creído que buscaba a alguien por su dinero? —le contesté, un poco confusa y mirándolo como si fuera un ladrón.

—De riesgos, ¡yo qué sé! —contestó cínicamente.

—Pero ya que lo preguntas, te diré que quise a alguien y mucho. Pero le quería porque él me amaba. Hice todo lo posible para amarlo como él a mí… Y ese, obviamente, no eras tú…

—Sí pues, el corazón tiene sus propios sentimientos y sus propias locuras —dijo con voz melancólica.

Lo miraba. Tenía la actitud de un hombre con rabia amable y sensata. Lo miraba cada vez más inclinada hacia él.

—¿Sigues enamorado de mí? Sé que te casaste, pero algunos se casan porque no quieren a nadie. O ese nadie es un imposible —le dije, moviendo la cabeza y modificando mi tono de voz.

—Te equivocas. Yo podría enamorarme de cualquier mujer bonita.

—¿Hablas en serio? —le dije, soltando una sonrisa.

—¡Claro que sí!... Muy en serio.

—No se puede conversar en serio contigo. Yo pregunto si en verdad he sido tu primer amor. No el segundo ni el tercero —le dije, con cierta ofuscación.

—Pues bien, te lo diré: una sola.

—Una sola ¿qué?

Puso sus manos sobre las mías, invitándome a tomar asiento. Con el rostro extremadamente sorprendido y mirándome tiernamente, me respondió:

—No tengo idea de quién pudo ser. ¿Quién puede saber a ciencia cierta qué es el amor? Hasta hace poco pensé que eras tú. Ahora lo dudo. Siempre reproché tu frialdad, tu exagerada reserva y el no haber apostado por mí... Y tú, ¿me amaste?

—Te amé, desde luego. Y si hui fue para que tú me persiguieras. Al principio me halagaba, me divertía tu sentimiento, porque fuiste el primero de quien supe que me amaba de verdad —le respondí, muy excitada.

—¿Tan profundo fue?... Nunca lo reflejó tu rostro. Yo ya no sé lo que siento… Hasta creo que estoy siendo egoísta.

Me dio a entender que no quería decir la verdad y que buscaba un medio para disfrazarla.

—Tanto, que ni siquiera te diste cuenta. No soy tan mala como tú crees —le dije, masticando una rabia.

Mis últimas palabras lo inquietaron.

—No tengo la menor intención de engañarte. Es suficiente el rodeo que le hemos dado a todo lo nuestro. ¿Esto te interesa?

—Sí —contesté al instante.

—No, no ha muerto. Si fuera así, no hubiera arriesgado todo por venir a verte.

—¿Es verdad lo que dices? ¿Sigues enamorado de mí?... ¿Me has perseguido hasta aquí?... No será que me estás embaucando… No sé qué decir. No puedo creer.

—La verdad es que no tengo valor para destruirlo, para olvidarlo. Pero no quiero, por nada del mundo, hacerme y hacerte daño. No, no, no, no. Es un imposible… ¡Maldición!

—Sí. Estoy de acuerdo contigo. Siento curiosidad por saber qué diablos es esto… Miguel…

—¿Miguel?... ¿Es el fulano de quien no te llegaste a enamorar?

—Sí. Creo que hasta lo traté hostilmente. Era todo confuso.

—¡Cielos! Otro loco que no supo enamorarte… Lo has torturado también.

—¿Qué es lo que pretendes insinuar con ello? ¡Alto ahí!

La charla empezó a tomar otro rumbo. Después de echar una mirada a su alrededor, contestó:

—Nada, nada. Después de todo, es tu vida. Voy a tener más cuidado conmigo mismo. No hablemos más de eso. Siento que hay una espada desnuda blandiendo entre nosotros…

—Deja la poesía… Habla, a ver si terminamos de una vez. Déjate de quijotismos… No estoy para bromas… ¿No tengo yo el derecho de involucrarme con quien me dé la gana?

—¿Quién lo duda? Tienes todo el derecho… Pero ¡a tu edad! ¡Vamos! Tiempo es lo que no te sobra… No seas tonta. Piensa en el presente, en quien está contigo ahora.

—¡Qué adulador eres! Con qué sales ahora. Te comportas como un zoquete… Te crees un seductor… El orgullo te embriaga… Pero, puedes decir todo lo que verdaderamente sientes. Todo, sea lo que sea, sin ningún fingimiento —le dije, con aspereza.

—Vaya, no te molestes. ¡Qué voz pones! ¡Qué cosa más curiosa es esta conversación, que nunca me la imaginé!... Me alegro de que me des la oportunidad de decirte lo que siento.

—Pues ya ves, es una feliz casualidad. Pero no te asustes y habla; suelta las cosas que tiene el señor guardadas en su bendita memoria. Me parece que no tenemos por qué preocuparnos, ¿o sí?…

—Ahí está el problema. Creo que mis sentimientos merecen ser percibidos sin apartarnos de lo que nos importa. Esto será muy agudo y franco. Sí, sigo enamorado de ti, ¿qué falta hace repetirlo, si siempre lo has sabido? Pero la mujer, al saberlo, se hizo tiránica y egoísta, desconfiada e incluso celosa. Tiraste para tu lado y lograste que yo tirara para el mío… Tú sabes lo que quiero decir…

—No comprendo —respondí, protestando.

—Déjame acabar… Este encuentro no es fortuito ni gratuito. Llegué hasta aquí con el propósito de encontrarme contigo. No sabía qué hacer y decidí venir. Ten en cuenta que soy casado y que estoy haciendo mal uso de una libertad que no me pertenece. Pero la vida es corta y hay que aprovecharla…, desenredando todo este embrollo en el que nos hemos metido.

—¡Ah! Sí. Por mí no hay ningún inconveniente. Entonces deja de ser su esclavo. A ella tú la has criado con ideas algo ñoñas…

—¡Qué mal la conoces! Ella es como…

—Bueno, bueno, no hablaré de ella si te molesta… Ella tiene sus características originales. Por eso te casaste con ella, ¿verdad?... ¡Qué le vamos a hacer!

—¿Te estás burlando de ella?

—¡Dios no quiera! Yo no he dicho nada semejante a una burla… Lo que digo es que si las personas fueran francas y dijeran lo que piensan, otro sería el cantar.

—Me hace mucha gracia tu discurso irónico. No puedes olvidar a Miguel… Cuéntame algo de su vida y de lo que hacen… Porque tienes comunicación con él, ¿no? Para mí, eso está bien claro.

—La verdad es que pareces un chiquillo malcriado y celoso. No confundas las cosas. Te aseguro que nunca fue cosa seria para mí. No tienes por qué preocuparte. Solo hay algunas cartas amorosas… Pero, en fin, nunca me empeñé en ello, y por eso nunca hubo nada serio.

Extendió su brazo en dirección a mi cabeza. Me acarició soltando una sonrisa. Me puse en pie y, soltándome, me apoyé en el árbol.

—Ya se ha dicho lo que teníamos que decir. ¡Ven aquí! —susurró—. ¿O quieres que te persiga alrededor del árbol?

No respondí. Se levantó, adelantó unos pasos de modo que el tronco del árbol dejó de interponerse entre nosotros. Tenía el rostro impasible. Súbitamente se abalanzó sobre mí abriendo los brazos. Caí de espaldas al pasto con una de las manos sujetas a su cintura.

Durante unos instantes aprovechó para toquetear mi cuerpo. Todo esto ocurrió en cuestión de segundos.

—¿Te das por vencida? Te tengo en mis manos…

Respiraba afanosamente y yo estaba quieta. Un silencio impresionante reinaba alrededor del árbol y la banca. A continuación, se arrodilló muy apegado a mi cuerpo. Cogió mi muñeca.

—No hay necesidad de ello. ¿Quieres insultarme? ¿Quieres que te digas que me has vencido? Pues bien; estoy vencida.

Estalló en una breve carcajada. Se inclinó y me dijo muy despacio al oído:

—No tenemos tiempo que perder.

Me tomó por la cintura precipitándose sobre mi cuerpo. Abrió los ojos y nos quedamos quietos, pegados sus labios a los míos. Tardamos unos momentos en comprender lo que había acontecido.

—¡Eres un loco!

—Sí —respondió sonriendo—. Espero que no lo tomes a mal.

—Antes de responderte, quiero hacerte una pregunta. Ven acércate. ¿Estás todavía enamorado de esta tiránica y egoísta mujer?

—¡Uff! Sí que me conoces… Todo esto es un milagro. No hemos cambiado nada. Pero la suerte no lo quiso, ahora lo entiendo.

—Así es —dije—. El futuro era nuestro y lo perdimos. Solo fuimos una broma del destino.

Libertad

sábado, 16 de marzo de 2013

Un adiós sin despedida

Hoy nuevamente me decidí, una vez más, a poner en orden los estantes en donde conservo la mayoría de mis libros. Es una tarea que he estado posponiendo desde siempre, pero que en esta ocasión estaba resuelto a concluir. Y es que en mi biblioteca ya no existe espacio para un libro más, y para cualquier ojo ajeno, seguro que luce por demás desordenada. Me armé de paciencia y comencé por inventariar todos los textos que he acopiado durante todo este tiempo, separando los más antiguos encima de mi sillón. Y una vez más pude comprobar que continúo conservando muchos libros que, aunque ya han quedado totalmente obsoletos después de tantos años y no hacen más que quitar espacio a otros mucho más actualizados que tengo regados por doquier, todavía conservo. Se trata de algunos libros de ciencias que adquirí entre los años ochentas y los noventas, cuya información hoy totalmente desactualizada sería digna de permanecer almacenada en algún archivo histórico, pero que inexplicablemente aún atesoro con pasión. Acaricié sus lomos y recordé la última vez que intenté deshacerme de ellos. Y me invadió el mismo sentimiento de nostalgia y melancolía de aquellas ocasiones, pues en realidad no es nada fácil descartar algo que en su tiempo te fue tan útil, y que leíste y releíste con tanta satisfacción durante interminables horas.
En aquel instante, mi esposa ingresó a mi oficina y se detuvo junto a la puerta. Al contemplar la escena y ver el desorden imperante, aplicó su lógica irrefutable de mujer, y me increpó:
—¿Todavía no te decides a botar todos esos libros tan viejos que ya no te son de ninguna utilidad? Mira que tu oficina está muy desordenada; ya ni ganas me dan de entrar aquí…
No supe qué contestarle. Ella se limitó a mirarme, y mientras se retiraba, me regaló con una de esas sonrisas que me desarman, al tiempo que replicaba: —¡Deja ya de ser cachivachero!
Tal vez ese era el impulso final que necesitaba. Con profunda aflicción comencé a extraer aquellos libros tan antiguos y procedí a introducirlos lentamente dentro del tacho de la basura, resignado a darles tan infausto final; pero de inmediato me invadió un sentimiento extraño, y no pude evitar recuperarlos. Los extraje uno por uno y esta vez los apilé cuidadosamente encima de mi escritorio, mientras me acomodaba en mi sillón, sin poder apartar la mirada de ellos durante varios minutos. Nuevamente, la nostalgia se apoderaba de mí. Sin proponérmelo, me puse a ojear algunos de aquellos libros que tanto disfruté antaño, pasando las hojas mecánicamente ante mis ojos, sin leerlas. El aroma típico de los libros añejos, junto con la visión de aquellos textos que tanto leí, hizo aflorar a mi mente miles de reminiscencias. Una sinfonía de rostros, nombres, sonidos, lugares y circunstancias comenzaron a ensamblarse en mi memoria, adoptando la forma de multitud de recuerdos, que disfruté con deleite durante un lapso indeterminado. Estaba ensimismado con esos detalles, absorto ante el alud de remembranzas que me asaltaban una y otra vez, como una bola de nieve que al rodar se hace cada vez más y más grande, cuando de pronto noté que de alguno de mis libros había caído una hoja de papel cuadriculado, amarillada por el tiempo, en donde pude descifrar mi típica escritura y cuyo contenido había olvidado por completo, pero que con el primer vistazo recordé de inmediato. Al releerla luego de tantos años, un relámpago pasó por mi mente y un millón de sentimientos me invadieron. Eran fragmentos de “poemas” que había escrito hace muchísimos años…
Ante esa inesperada visión, todos los recuerdos que estuve experimentando cesaron como por encanto, y ahora mi mente era poseída por una sola imagen, relacionándola con miles de situaciones que se agolparon súbitamente en mi cabeza, en forma sumamente desordenada y anárquica, creando un caos inicial que terminó por confundirme totalmente. Incapaz de procesar tanta información en tan escaso tiempo, opté por cerrar mis ojos y recostarme sobre mi sillón, cruzando los brazos sobre mi pecho, mientras me relajaba, intentando articular todos los recuerdos que me acechaban como si fuesen piezas de un rompecabezas. Luego de unos minutos, me descubrí a mí mismo sonriendo despreocupado, en tanto contemplaba en mi memoria aquellas escenas que el tiempo había pretendido borrar. Ella no fue mi primer “amor”; tampoco el definitivo, pero creo que puso lo suyo, como las demás, colaborando en darle forma a este amor que hace años descubrí y que ahora tengo el sereno privilegio de disfrutar.

Anonimus

martes, 5 de marzo de 2013

Una carta madura

¡Hola! Lo conozco. Por eso, experimento esta placentera impresión que me produce un relato solapado. Tal vez no durmió aquella noche.

Sabe, voy a ser sincera con lo que le escribo ahora, aunque tal vez tenga un sabor a cuento. Procuraré que su paladar no lo note. Como usted sabe, la noche siempre es una bendición tan fresca que nos obliga a decir lo que se piensa. 

A menudo relaciono, de una manera u otra, lo que me ocurrió al término de mi adolescencia con lo que me ocurre ahora. Pero lo curioso es que, a pesar del tiempo transcurrido, siempre me pregunto por este particular, por esta sombra que me persigue..., por esta conversación conmigo misma que advierte muchas dudas y que quisiera resolver, aunque diálogo conmigo misma en forma burlona.

A veces creo que es puro sentimentalismo. Yo soy una mujer pragmática. Pero otras veces supongo que todos aquellos momentos son puntos de referencia que no puedo borrar de mi mente; algo que pasó y que a partir de ahí trastocó mi futuro, marcándolo. Es un recuerdo que siempre está ahí, que evoco sin nostalgia y sin rencores. De vez en cuando lo aparto de mi mente, lo olvido; pero a veces también lo repongo y lo vuelvo a poner en el mismo lugar de siempre: mis pensamientos tenaces.

En resumidas cuentas, toda nuestra vida es un instante o unos instantes de felicidad, un punto de referencia de lo que uno sintió en esos segundos de vida, aunque no lo sienta ahora de igual manera... Nunca se vuelve a los grandes momentos del ayer, a esos momentos de ilusión humana, de verse impreso por primera vez y completo de placer.

No hablo de las relaciones familiares, fraternales, etc. Son instantes diferentes, momentos que quedan grabados para toda la eternidad. Momentos recuperables si uno quiere, momentos con olores y sabores insatisfechos... momentos gloriosos al lado de la familia, junto a los hermanos...

Lo releo... ¡Qué afición la suya por analizar la vida y verlo todo detalladamente! ¡No cabe duda alguna!... Eso sí que es intenso.

Bueno...

Y ahora, ¿qué hacemos?... No. No quiero ninguno de sus preciosos e iracundos consejos. No es cierto que el olvido lleve a la calma. ¡Pamplinas!... ¡Cuidado! Debe saber usted que es difícil guarecerse de la lluvia y del viento en un sitio como este, donde no hay paredes ni nada, salvo un techo con telarañas y algún baño húmedo y trajinado: el de su memoria.

Así que se convirtió en un silencioso lagarto, con el cuerpo encogido y el cuello estirado. Cree haberse trasladado a donde es más blanda la arena, para escribir el final de su capítulo a sus anchas. Esto confirma los rumores. Sonrío al verlo entregado a un silencio eterno: el de su propia muerte, como si no hubiera vivido nunca. Pero el hedor que despiden los cuerpos ya descompuestos origina el horror de la curiosidad. Aquella de mirar inclinada al muerto. De antemano sé cómo luciría: tiene la cabeza inclinada, los ojos abiertos y un libro en las manos que lo embelesa, fascinado y absorto. Seguramente, su situación social era inferior a la que tuvo en vida. Reconoció su tema y se rindió a su propio talento. Rebasó su genuino propósito. Seguramente, al hojear las últimas páginas de su libro, le dolió la experiencia.

¡Hágame el favor! Usted tiene en sus manos una obra inconclusa, una pieza sin resolver, que sé que será al final la mejor que escriba... y que haya creado hasta ahora. Lo incito a que la termine. Y deje tan ordinaria conducta. "A los cincuenta, todo se cuenta"... El azar ha puesto, para ser más exactos, a una de sus admiradoras y devota de su pluma, en su edad madura, a averiguar el grato detalle del final de su obra que usted se atrevió a iniciar.

Te confieso que hay un hermosísimo final feliz. Te lo mereces por tu atrevimiento. No habrá burbujas que terminen intactas. Te lo prometo.

Me gustaría hacer algo por ti. Hay posibilidad de salvarte...

Libertad