domingo, 16 de abril de 2017

El ascensor

Debo al encuentro de un corredor y a una puerta abierta el descubrimiento de un personaje que conocí hace infinitos años. Por cosas del destino, en un instante, dos almas se aproximaron dentro de un pequeño mundo. La puerta abierta de un ascensor nos juntó de improviso. No me saludó ni quiso mirarme a los ojos, solo movió las manos y aplastó el interruptor. Su cabeza, que estaba girada a la derecha, descubría algunas canas y una pequeña calva. Por unos segundos agoté en vano mi mirada, y hasta creí que no se trataba de él. Confieso que quise tocarle el hombro y pasar mi mano por su cabeza para solucionar mi duda. A mi izquierda, había un espejo como pared, en el que lo veía duplicado; su rostro, con arrugas serias, consolaba una sonrisa contenida. Aunque es difícil de imaginar, estaba allí, casualmente, con este hombre que en mi adolescencia significó mucho para mí.

De pronto, giró y me dio la espalda intencionadamente. Hizo un ademán con la mano y se inclinó hacia adelante, moviendo la cabeza en un acto de negación. Luego, tirando la cabeza hacia atrás, acabó sus movimientos con una significativa sonrisa. Parada allí, sentía que, en aquel estrecho lugar, reinaba un absoluto silencio. Y estaba bien que así fuera. No había más gente, claro está, lo que hizo que llevara la prudencia al extremo. Con el espacio justo, me empeñaba en pasar desapercibida. Así, mientras memorizaba sus nuevas facciones, el ascensor no dejaba de avanzar penosamente. Viéndolo de soslayo, mis ojos brillaban y mis mejillas ardían de vergüenza; todo transcurría como si lo que sucedía allí fuera el último momento de mi vida. Entonces, me digo a mí misma: "No pasa nada, no puedes evitarlo". Aunque quería huir en un instante, desaparecer de aquel interior que me obligaba a estar tan cerca de él. Adondequiera que dirigía la mirada, él siempre estaba allí. Esto me sofocaba, pero a la vez me hacía sentir frío. Para disimular, sonreía débilmente. El ascensor se detiene y alguien ingresa muy deprisa, ¡maldita sea! Y en el espejo se cuadruplican las cosas. Es una mujer de mi misma edad —así la veo— que viste muy conservadora. Él le saluda con un efusivo beso en la mejilla y le da un fuerte abrazo; luego, se inició una conversación y empezaron a fanfarronear con mucha confianza. Yo permanecía quieta y callada, apartada de él y unida a ella por el hombro. De rato en rato, giraba la cabeza y los veía por el espejo. Esa voz la conozco, no me puede engañar, es la misma que a escondidas me reveló inmortales secretos. Pienso muchas cosas más, pero recuerdo que llevo puestos los lentes oscuros, y mis cabellos tienen un color diferente. Cuando volteé a mirarme en el espejo, yo misma no me reconocí. Lo cual no me sorprendió, porque ahora era otra, estaba cambiada, sin escrúpulos. Llevaba unos tacones altos y un vestido que me marcaba toda la aprisionada cintura. ¡Qué espantosa me veía!, pero esa era yo... Su mano se dirige otra vez hacia los botones. Ahora me mira y esboza una pequeña sonrisa, como si fuera un saludo. Yo también sonrío y curvo las cejas, creyendo que me había reconocido. La puerta está abierta y ella sale apurada; al mismo tiempo, con un gesto, algo le insinúa. Volviéndose hacia ella, la queda mirando, inconcluso, y sus labios empiezan a moverse hasta originar una pequeña y provocadora sonrisa. Volvemos a quedarnos solos. Se rasca la mejilla, se vuelve hacia mí y me mira. Parece reconocerme... ¡Santo Dios! Tengo miedo y más miedo. Ahora empieza a soplar y resoplar, mordiéndose los labios. La puerta se abre y sale apurado... Yo me quedo sola y me alegra que mis ojos no hayan sido descubiertos. Unas inmensas lágrimas resbalan por mis mejillas.

Libertad

domingo, 9 de abril de 2017

Aquí estoy

Aquí estoy, después de tanto tiempo, acodado sobre la mesa de un conocido restaurante, en mi barrio, solo, observándome: 
Con los olores de mi antiguo cuarto y la comida esperándome sobre la mesa.
Recordando la voz de mi Madre y su consabida paciencia, contándome cuentos de almas perdidas; inventándose temas.
Los hermosos ojos y la blanca risa de Katia ¡Tendrían que verla y oírla reír!
Las bromas de mi mejor amiga, ¡cómo se curvan sus cejas cuando ríe!
Verme en los ojos de quien amo ¡Menos mal que son claramente grandotes!
La teleportación cuántica desde el hoy al ayer, con mis grandes amigos del colegio, en el point de siempre, acompañados de unas cervezas bien heladas: siempre con historias sobre los amores de adolescencia: ¡Parece que son temas que nunca se agotan!
Las lecturas nunca olvidadas: Poe, Gorki, Dostoyevski, Benedetti, Borges, Lovecraft, Ribeyro, Joyce, Hamsun…
Explorar mi creatividad en cualquiera de sus manifestaciones.
Jugar con un perro, observar su rostro perplejo, buscando que mis manos le proporcionen cariño.
Caminar, caminar, caminar; tal vez gesticulando.
Leer: un buen libro o uno regular, un cuento infantil o para gente grande, el periódico, una revista actual o pasada, los correos de mis amigos, los laborales… leer, leer es un placer.
Oír música mientras me baño; juro que estoy en cualquier otro lugar.
Los días soleados de mi país.
La corriente de aire que entra por mi ventana… y yo pertrechado con mis pensamientos: todos locos.
Oír una buena historia, las narraciones de mi amiga Alejandra, de la seria de Tania; siempre mis relatoras favoritas, de quienes copio tanto…
Fotografiar a la gente que quiero.
Un cebiche, una parihuela, un arroz con pato… una limonada frozen.
Un helado de lúcuma y fresa, tal vez de chocolate.
Ir al cine y llegar justo cuando va a empezar la película…
Nadar en el mar, con los gritos de los más pequeños, pidiéndome que los espere.
¡Comprar libros, nuevos, de segunda, antiguos o modernos, en fin; o que me los regalen!
Cruzar desde mi casa hasta mi barrio antiguo y observar que todo ha cambiado, que la gente ya no es la misma. Que hay nueva gente y que nos miran distraídos, que ya no nos quieren…
Los domingos como morsa, acurrucado y con la flojera hasta el cuello, olvidándome del lunes, de lo planificado.
Escribir, escribir, escribir… Escribirme a mí mismo…

Loro

lunes, 3 de abril de 2017

El sueño de Martín

Se quedó dormido, con el libro en la cara, en uno de esos días en que acostumbraba quedarse leyendo hasta que la oscuridad y el silencio le resultaban más apreciables y evidentes. En sus hipnóticos sueños, siempre seguía los parámetros que le imponía su ya lejana y estudiosa juventud. Aleccionado por sus lecturas, tenía la esperanza de encontrar a su otro "Yo", cueste lo que cueste. El sueño le llegó de improviso, sin que terminara de leer un cuento inédito de Allan Poe; cuento que encontró entre la mezcla de libros revueltos en los estantes de su biblioteca. Este hombre, que dormía boca arriba en una improvisada cama, presintió, dentro de este último sueño, su destino inapelable. Al cabo de unas horas, el timbre del teléfono celular lo despertó. "Sí, ¿dígame?", contestó. Era uno de sus íntimos amigos que lo invitaba a una reunión de jueves, para tomar un cebichito, unas cervezas y conversar de todo. "Angelito, ¿cuánto demoras en llegar? Estamos reunidos en el punto", le dijo. Sin decir palabra, el adormilado hombre apagó el celular y siguió durmiendo.

El día era una bendición, típica de los días de primavera. Ya era tarde. Su amada esposa llegó a la biblioteca, donde Martín estaba tirado, y lo despertó. "Mi amor, no has tomado desayuno; el almuerzo ya está servido...", le dijo con ternura. Envuelto en una chompa desteñida, cubierto hasta el cuello por una vieja frazada y con el libro tirado cerca de sus pies, el maduro hombre no salía de su largo y acostumbrado sueño. Un sueño que, como una nube, siempre giraba dentro de su cabeza, atormentando su imaginación. Ella, al verlo así, le retiró lentamente la frazada, dejándolo al descubierto. "Mi amor, ya es tarde; tienes que ir al colegio...", insistió. El profesor Martín, luego de bostezar y estirar los brazos, se volvió y atendió con la mirada a su querida esposa y con un golpe de voz sin autoridad le respondió: "Otra vez. Hoy no tengo ganas de ir a ninguna parte...". Y de inmediato siguió un silencio parecido a su desentonada voz. Ella, sin poder despertar al dormilón, se inclinó y lo volvió a cubrir, le dio la espalda y se encaminó sola al comedor.

Después de una hora, la hoja de la puerta, al girar por el viento, dio un sonido tronador. Atolondrado, Martín salió del sueño que lo cobijaba placenteramente. Para darse ánimos, estiró los brazos y las piernas y dio un aullido sordo. "Otro día más...", pensó. Ahora le relucían los ojos, y la boca era relamida por su lengua amarilla y seca. Alrededor, la quietud y el silencio no le eran desconocidos. No había ni un muchachito ni una muchachita que deambulara jugueteando y destrozándolo todo. Su única hija, ya casada, vivía muy lejos de allí desde hacía dos años.

Martín, luego de recordar las series de imágenes casi reales y vistas en el sueño, sintió multiplicarse como si estuviera frente a una multitud de espejos paralelos. Las recordaba con singular claridad, era una visión suelta y contundente que no podía evitar. En el sueño él era el centro del universo, omnipotente, omnipresente; y sin él, la vida humana, que giraba a su alrededor, no era imaginable o simplemente no existía. Él era lo único real y toda la inteligencia laboriosa.

Después de cambiarse de ropa, pasar por el baño y mirarse atentamente en el espejo, salió de su casa furtivamente, sin decir nada. Deambuló por las calles de su barrio durante tres horas. Durante ese tiempo, caminaba confundido en sus reflexiones, convertido en una especie de Diógenes contemporáneo, hasta que divisó un letrero prendido en lo alto de un edificio en el que estaba escrito: "Señora alquila cuarto para persona sola". Entonces se abrió paso alejando a un perro esquelético que lo seguía olfateándole los pies y subió las escaleras en busca de la dueña. Se detuvo frente a una puerta de metal, con vidrios y recién pintada. Se empinó tratando de observar por una ranura. Hacía esfuerzos ágiles con el cuello para mirar el interior. Así, mientras fisgoneaba, se le acercó arrastrando los pies y apoyada en un bastón una madura y rechoncha mujer, que lo miró fijamente. El profesor Martín, asustado por el reflejo oscuro, abrió más los ojos y olfateó furtivamente la sombra. Sintió un perfume desabrido y rancio. "¿Viene por el cuarto?", interpeló la sombra con voz áspera. "Sí... ¿Este es?", preguntó Martín esbozando una pequeña sonrisa inventada. "Sí, este es... pase", respondió la rechoncha mujer que iba cubierta por un grueso abrigo y unos zapatos parecidos a los de Charles Chaplin. Al hacer su ingreso, Martín se quedó perplejo. Desde la ventana, y sin mucho esfuerzo, podía divisar su hogar, su casa. En esos precisos momentos, vio que su amada esposa tenía una bolsa de tela en las manos y salía cerrando la puerta. Supuso que iría a la panadería a buscar pan. "Lo tomo, ¿puedo venir hoy mismo?", dijo. "Claro, son doscientos soles por mes; como usted ha visto, la cama es buena, tiene baño propio y un punto para el cable... Su ropa la podemos lavar nosotras, eso lo hacemos con todos los huéspedes... Es una entrada adicional...", dijo la madura mujer, que al mismo tiempo se arreglaba el pelo canoso y lo miraba como si se mirara en un espejo. "De acuerdo. Aquí están los doscientos soles, el recibo me lo da luego; me tengo que ir, en un par de horas vuelvo", dijo él con su voz de siempre.

Dio unas vueltas en su cuarto, girando alrededor de su cama, observándolo todo. No sentía pena, solo lo trivial y vano de su pesquisa. Dejó de observar, dio unos pasos y se dirigió a la cómoda. Después de llenar una vieja maleta con objetos personales, se dirigió a la cocina donde se encontraba su amada esposa y le dijo: —Tengo que ir a un Congreso Magisterial que se realizará en el interior del país; no me esperes, llegaré en cuatro días. —Estaba algo colorado de vergüenza, porque era la primera vez, en veinticinco años de casados, que le mentía. Su amada esposa no sintió coraje, ya que creía conocerlo y también porque sabía que siempre él había sido algo raro; y además ya lo había hecho antes; siempre partía de improviso.

Ya ubicado en el cuarto, y apoyado en el borde de la ventana, se quedó mirando el tránsito de la calle. Observaba esas cosas de la vida que otras veces no había distinguido. Sintió con rigor que el barrio estaba lleno de infinitos detalles. Incluso fijó los ojos en una mujer que llevaba una falda muy ajustada y se bamboleaba con toda libertad. Tal observación logró que se sintiera más humano. Martín cerró los ojos para no sentirse atrapado, sacudió la cabeza e intentó desviar la mirada. —No, no es eso lo que me ha traído aquí —se dijo, sonriendo salvajemente.

Ahora, sentado en la cama, esperaba algo. No sabía qué. De pronto dedujo, con una cerebración instintiva, lo que sus inveterados y frescos sueños le querían decir. Sí, tenía que encontrar a su otro "Yo". No al del Decamerón de Bocaccio o al siervo amante de la Sherezada de Las Mil y una Noches. Eso era la imperfección. Por eso, lo más lógico era ser Alonso Quijano, el que siempre batallaba en su mente. No estaba dispuesto a ser solo los ecos de sus pequeñas y antiguas felicidades, las que le hacían dudar de que su vida, la de atrás y la de hoy, no era sino una mierda. Se puso de pie, se rascó la cabeza y caminó hasta el umbral de la ventana; luego regresó y se sentó en el borde de la cama. —Qué parodia, qué ligera, qué novela picaresca es mi vida... —pensó. Por eso, de alguna manera, trataba de borrarla y acusarla de falsedad. —Son siempre versiones de una misma historia, es un clásico. Y yo no soy eso —se dijo. Era su dilema habitual, una costumbre, una caricaturesca indumentaria. Por eso, introspectivamente, comenzó a darle argumento a sus sueños, a llevarlos hasta un punto en el que se sentía más afinado, más homogéneamente ilustre.

Al rato sintió unos pasos y le pareció como si alguien lo estuviera observando y quisiera descubrirlo. Inspiró hondo y se puso de pie. Lentamente dio unos pasos hasta encontrarse con su ropa amontonada y sucia que estaba tirada en un rincón. Encorvado y agitando las manos, apretó los dientes en el lugar preciso y partió en dos lo que quedaba de un bivirí viejo y amarillento. Algo le molestaba. Por eso se dio la tarea de ir hasta la puerta y tapar la ranura por donde él había husmeado antes. No quería permitir que nadie lo espiara. Cansado, caminó hasta la cama y se tumbó boca abajo, se echó a dormir con la ropa puesta.

Pasaron cuatro días y la soledad iba en aumento. Pensó por un instante en ir a su casa y poner fin a lo planificado. Pero cuando estaba a punto de salir, rumbo al encuentro de su amada esposa, un torrente de agua imaginario le inundó el cerebro y le impidió dar un paso más. —No, ¡qué estoy haciendo! —pensó. Afuera estaba empezando a amanecer y los ruidos insoportables llegaban hasta su habitación.

Durante todo este tiempo, el iniciador de Adán, antes que Eva, se dedicaba a recopilar todo lo ocurrido en sus sueños, hasta el más mínimo detalle. En una libreta no dejaba de anotar lo recopilado. En la soledad de la noche, con atención perseverante y tenaz, trataba de darle un sentido formal y decente estadísticamente. Por ello, mediante un proceso que él mismo había creado con mucho esfuerzo, analizaba e interpretaba cada dato. Su objetivo era concatenarlos y lograr darles sentido. Realizaba todo tipo de histogramas y gráficos circulares; generaba modelos, inferencias y predicciones; incluso tenía en cuenta la aleatoriedad de los mismos.

Un día, desnudo en la ducha, con el agua cayendo sobre su cabeza, piensa que ha superado algunos detalles de todo lo registrado hasta ahora. Se da cuenta de que la vida solo tiene tres dimensiones, o algo peor, que le falta una. Precisamente, la dimensión que le falta y que ha descubierto es la que él quiere ofrecerle a la humanidad: la cuarta dimensión, la dimensión de las ideas, de los sueños. También piensa en lo paradójico que es vivir alejado de una relación marital y cómoda. —El sueño es mío, esta dimensión no se puede compartir: es propia, particular y camina postergada, ahuyentada en sus propósitos —se dice.

Han transcurrido diez años desde que abandonó su hogar y la comodidad que esta le ofrecía. En todo este tiempo, se ha dado cuenta de que el proyecto adolece de una molestia: ama a su mujer, diaria y constantemente. También sabe que no tiene problemas económicos y que su salud no requiere la visita de médicos. Debe atenerse, en consecuencia, a esta consideración relativa de clasificación humana: salud, dinero y amor. No lo acepta, las estadísticas de sus conjeturas le dicen todo lo contrario; por eso se da cuenta de que un futuro sin la cuarta dimensión no puede ser justo ni para él ni para su amada esposa.

Esta vida ensayada ha hecho que consideren a su amada esposa una viuda más. Su casa, sus objetos personales y todos sus bienes han sido repartidos sin tener en cuenta un testamento. Pero lo cierto, lo estúpidamente cierto, es que el muerto sigue vivo y dueño de una cuarta dimensión que no quiere abandonar, y que por eso camina perdido en las otras tres dimensiones reales que no merecen su atención. Dimensiones en las que la figura de su amada esposa y la de su querida hija transcurren ocupando el mismo espacio y tiempo.

Es esta incomprendida justicia del profesor Martín lo que lo llevó a traspasar la muralla y recluirse en una torre imaginaria, tratando de abolir todo su pasado, para abolir tan solo su incomprendida vida terrenal. Conjetura que él considera plausible desde su verdad, verídica y particular, donde el tiempo no tiene cabida y el sueño es el elixir destinado a detener la muerte; porque él cree, resueltamente, en la cuarta dimensión; dimensión que lo llevará a la vida eterna, a la inmortalidad.

Loro

sábado, 3 de diciembre de 2016

Una imagen perfecta

Aquel hombre estaba parado junto al bar, bebiendo vino de una copa de largo pie como base. En cada sorbo, sacudía la cabeza y daba pequeños golpes de puño a la mesa. Al rato, balanceándose, dio unos pasos y se sentó con la cabeza apoyada en el respaldo de una cómoda silla giratoria, de asiento regulable, y se quedó de espaldas al gigante espejo. Ahora, cogiendo la copa y con el rostro quieto, observaba fijamente a una araña de cristal y bronce que pendía del techo. Entre sus piernas tenía un libro abierto que sostenía con la otra mano. Se recompuso, se sentó verticalmente, cruzó una pierna sobre la otra e inclinó la cabeza para ojear el interior del libro. Después de tres minutos, su semblante cambió; descubría o parecía expresar lo que acontecía en el fondo de su memoria; parecía como si meditara un lejano recuerdo. Recuperado y girando lentamente la silla, apoyado en uno de sus pies, se volvió hacia las ventanas y se quedó quieto, inespacial, como si observara la nada; parecía que estaba muerto de verdad. Pero el muerto revivió cuando le brotó una sonrisa burlona y palpó su pecho y volvió los ojos por entre sus piernas.

Así se mantuvo, no sé por cuánto tiempo, de espaldas a mí y sin quitar la vista del interior del libro. Su situación parecía sencillamente contradictoria, porque no paraba de sonreír tontamente. De pronto, como persuadido por alguna nostalgia, sacó los ojos del libro y se puso a discutir consigo mismo suspirando eventualmente; luego se tiró sobre el respaldo de la silla y empezó a menear la cabeza y a reír amenamente; lo hacía de tal forma que parecía estar escapando de algún pensamiento cruel de venganza.

Aquel hombre estaba como a diez pasos de donde yo me encontraba sentado. Nunca lo había visto antes. Era de mediana estatura y de tez clara como la mía. Por más esfuerzo que hacía, no lo recordaba de ningún lado. Así, pasan cinco minutos, siete minutos; me resisto a dejar de observarlo; parece molido moralmente, aunque no deja de sonreír haciendo movimientos teatrales, cómicos. Tamborileo mi frente y sonrío fijándome en él, me aprieto las sienes y me quedo inmóvil, confuso; levanto mi copa y bebo un pequeño sorbo de vino; dejo la copa sobre la mesa y me froto los ojos que muestran cierto interés por lo que ven; me tiro el cabello hacia atrás con las dos manos; tengo el propósito de observarlo mejor. Ahora no puedo apartar la mirada de su nuca; una visión seductora atrapa mi alma. Con una sobreexcitada curiosidad, veo que eso destroza mi razón. Es inexplicable. Hay una cosa extraña, una luz pintada en colores claros que se evapora iluminando toda su cabeza, como si fuera un halo suave y travieso. A punto de sudar y como reacción ineludible, sorprendido, frunzo mis cejas y abro completamente los ojos. Entonces puedo distinguir que el resplandor dibuja una imagen perfecta, diáfana. Vacilando y con la idea atemorizada, logro observarla por unos minutos. Como si fuera arrastrado por mi mirada penetrante, el dueño de la nuca se pone en pie y se acerca a mí. Luego de saludarme cortésmente, me pregunta: "¿Yo lo conozco a usted o usted me conoce a mí?". Me quedo mudo y quieto por unos segundos. Levanto la mirada y le contesto: "No. No lo creo. Lo que sucede, señor, es que estoy sorprendido, por no decir perplejo. He visto la representación de una imagen juvenil sobre su cabeza, una imagen juvenil perfecta". Se aparta un poco y se lleva una de sus manos a la cabeza, dejándola a la altura de su nuca. "¿Qué me dice usted?", pregunta asombrado, con la sonrisa perdida. "Siéntese", le digo. Se deja caer melancólicamente en la silla adyacente que acompaña a mi mesa. "Señor, usted comprenderá que me ha intrigado su comentario; porque lo cierto, lo cierto es que sí. Sí, yo estaba pensando en una joven que conocí hace muchísimo tiempo; la recordaba en nuestra juventud. ¿Me puede decir cómo era la imagen?", pregunta impaciente. En esos instantes, todo en él es risible; y se suma a esto los ademanes nerviosos que originan los movimientos de sus labios. Desde donde nos encontramos, y a través de las ventanas abiertas que tenemos al frente, se pueden distinguir el horizonte del mar y una muralla de edificios a los costados, como si fuera una cavidad entre colinas. Siento la brisa del mar que forcejea con mi nariz, influenciada tal vez por los recuerdos. Desde mi ubicación, todos aquí estamos fuera de las fauces del espejo gigante que adorna la pared principal de la estancia; en su interior, solo se divisa el piso de parquet y las patas de mesas y sillas... "Bueno, aquella imagen que estuvo sobre su cabeza era la de una mujer joven, de tez clara y rostro curioso, que sonreía irreverente detrás de una ventana; tenía el cabello crespo, largo y negro; y me miraba como si me conociera", le digo. "Ahora estoy más sorprendido. Me está describiendo a la persona que yo recordaba", balbucea. "¿Por qué supone que le conocía a usted?", agrega. "No lo sé. Tal vez fue mi imaginación", le contesto.

Al poco rato, hizo unos gestos con las manos y llamó al mozo.

—Le invito una copa, ¿puedo? —dijo.

Sus ojos bailaban de alegría, como si me hiciera un favor. Estaba seguro de que yo iba a aceptar. Asentí moviendo la cabeza. Entonces abrió el libro y sacó una foto amarilla, muy antigua, y me la enseñó. Era el retrato de la mujer que vi sobre su cabeza. Me quedé impresionado por la perfecta semejanza de ambas facciones. Mientras él escondía la foto en las páginas del libro, quise hablar, pero me lo impidió con unas palmadas en mi hombro. Prefirió que nos quedáramos en silencio a la espera del mozo. No quería que éste lo interrumpiera.

Al ver que demoraba, excitado, llevó la mano sobre mi copa y de un solo sorbo vació el contenido. Luego se dejó caer en la silla y entró en una especie de dilatada gloria. Me quedé viéndole los pies, las rodillas, y no hubo necesidad de que yo hablara. Recuperándose, soltó el libro sobre la mesa y empezó a hablar:

—Recuerdo cuando la volví a ver. Recuerdo la impresión incómoda que me produjo aquel encuentro en el avión. Era una magia escuchar su voz, clara, pausada y resentida. "Él me quiere", me dijo, con mucha seguridad. Sentada, se balanceaba sobre su espalda. Olía como a flores recién cortadas. "El destino es sólo una partida de ajedrez en donde nos enfrentamos a la vida. Y es la vida quien tiene la capacidad, siempre, de hacer la primera jugada: nos hace nacer. Luego, paciente e invisible de tiempo, espera que hagamos el primer movimiento. Nos deja infinitas probabilidades; cada una nos llevará por algún laberíntico camino. Aquel año, ambos hicimos nuestras jugadas; yo me bifurqué por ahí; y él por allá. Por eso ahora estoy aquí, a esta edad, conversando con usted", agregó.

"Pero nuestro encuentro ha sido casual; mi viaje estaba planificado para ayer, pero el clima, el clima postergó mi viaje", le dije.

"Yo no pensaba viajar hoy, pero lo tuve que hacer. Ya ve, tal vez es otra jugada más del destino que me insinúa que haga la mía, ¿quién sabe? Ya me ve usted aquí. Es que una no puede volver a su primera jugada, ¿o sí? Sería estupendo volver a la primera jugada; ¡qué no haríamos!", me dijo soltando una seria sonrisa.

"Ignoro eso", le contesté.

Sin pensarlo, me volví al llamado de una mujer; entonces... mi mirada tropezó con una falda. Era la aeromoza, parada junto a mí, que nos entregaba las dos copas de vino que habíamos pedido... Ella no paraba de hablar.

"Mire cómo juegan los niños en sus asientos. La vida los prepara para luego jugar con ellos. Aún no saben lo que quieren. Agitar las manos y estirar el cuerpo es su juego: la pelota, la muñeca, el juguete es lo que quieren. No es una contradicción de la vida, porque ellos aún no saben hacia dónde se dirigen. La vida los está esperando. Le repito, ¡todavía no saben lo que quieren! En cambio, usted sí y yo también. ¿Pero qué queremos?", preguntó.

"Lo que yo quiero ahora es concluir bien un negocio y que el proyecto que tengo bajo el brazo resulte un éxito", le contesté.

Su olor penetrante seguía en mi nariz; sí, olía a flores recién cortadas y a ambiente de avión también. Al volverme hacia ella, pude ver que se le nublaba la mirada. Al darse cuenta, posó interrogativamente sus ojos en los míos.

"No sabe lo que quiere. Usted no sabe lo que quiere. Se comporta como los niños; juega aún con su juguete que le ha dado la vida. Por qué no puede comportarse como adulto. Tal vez tiene miedo", dijo...

Para sobreponerme de sus lapidarias palabras, me di un tiempo para ser capaz de entender, así que me abroché el cinturón y me remangué la camisa. Necesitaba contestarle, quería hablar y estaba a punto, pero ella irguió los hombros y prosiguió:

"Qué ocurriría si yo, moviendo otra pieza, te invito a salir mañana. Supongamos que me aceptas. Lo que luego ocurra no lo sabes ni tú ni yo. Pero si no me aceptas, tampoco lo sabremos. Tu proyecto puede ser un fracaso o un éxito; tú no lo sabes. Pero yo sé que él me quiere y que siempre me querrá. Lo sé, no porque lo intuyo, lo sé porque lo sé. Tú, ¿has estado verdaderamente enamorado alguna vez?", concluyó.

Sonreí; la veía guapa, capitalina, como si ya nos conociéramos. Necesitaba pensar. Además, había otra cosa: me estaba exponiendo la teoría de la relatividad y el principio de incertidumbre, simultáneamente. La guapa suponía que éramos dos partículas convergiendo, independientemente del tiempo, en un mismo recorrido, la del avión; y que había entre los dos una igualdad de amistad que se quejaba de mareos.

"Supongo que sí, estoy casado y vivo tranquilo. Soy razonablemente feliz", contesté, condescendiente, sin hacer aspaviento.

"Eso me parece una respuesta simple e inocente. ¿Tranquilo? ¿Qué edad tienes?", preguntó.

"Cincuenta y tres años recién cumplidos", contesté.

"Entonces, me engañas; a esta edad no se puede suponer, no se debe tener una visión periférica del amor; sería como ser un tunqui pequeño en una jaula o afligidos gallitos enjaulados en un parque zoológico; todos alguna vez nos hemos enamorado de verdad. ¿Tal vez ese gran amor tuyo es una amiga de tu barrio, o tal vez la amiga de tu mujer? Por eso no quieres decirlo", me dijo.

"Puede que tengas razón. La verdad es que me enamoré de una amiga de mi barrio. Pero éramos adolescentes. Sí, la quise mucho; incluso fui a buscarla un día, luego de que se mudó a otro barrio con toda su familia, la busqué apasionadamente, recorrí calles, avenidas, bordeé parques, pero no la hallé; al final me quedé más ajetreado que nunca y con la sensación de que convenía volver a casa para pedirme una verdadera opinión de lo que me pasaba... Entonces, seguí mi camino. Hoy no sé con seguridad lo que hubiera ocurrido aquel día si la encontraba, la probabilidad de que me aceptara era bastante buena, pues yo estaba seguro de que ella también sentía lo mismo que yo. Aquel día fui dispuesto a decírselo; no tengo dudas... ¿Amiga de mi mujer? No. Por favor...", le respondí.

"Entonces, nunca le dijiste que la querías. ¿La has vuelto a ver, la reconocerías?", preguntó.

"No. No lo sé, hace tanto tiempo ya; las figuras cambian, para bien o para mal; no sé lo que me hubiera deparado el tiempo, y no sé si estaría tranquilo como lo estoy hoy", le contesté.

"¿Recuerdas su nombre?"; "Por supuesto, ¿cómo no podría recordarlo...".

"Yo también tengo cincuenta y tres años; y yo sí te reconozco; eres Alberto".

Cuando me volví hacia él, para opinar lo difícil que es el amor, me oí murmurar como si un fantasma saliera de mis adentros; entonces comprendí que no había nadie a mi lado. Estaba solo, sentado en el mismo lugar, observando la nuca y a la imagen perfecta que brotaba de aquella cabeza. No sabía qué hacer, tampoco me acuerdo de qué otras cosas hice. Asustado, me puse en pie y salí apurando el paso. Solo oía al mozo que a lo lejos me llamaba.             

 Loro