viernes, 20 de marzo de 2015

Cartas bíblicas

Carta abierta de Eva para Adán.

Mí congelado y siempre engatusado esposo:
Por medio de la presente te hago saber que voy a salir unos cuantos días con la señora serpiente, de modo que tendrás que buscar a un oso revoltoso que te abrigue y cobije durante mi intempestiva ausencia. El motivo de mi fugaz escape no es para ir al salón de belleza “Dinosaurio Coffiure”, ni para comprar hojas de parra transparentes que están muy de moda, sino más bien para visitar el frondoso paraíso selvático y recolectar raíces y frutas para el almuerzo de la semana. Como tú estás más agripado que un pollo, no voy a cruzar las piernas y rascarme la panza... ¡No, qué va! En esta sociedad hay igualdad de derechos y debemos compartir actividad; claro que cuando te recuperes tendrás que chambear duro y parejo, tanto como negro esclavizado de la época mercantilista. Por cierto, respecto a mi comadre la víbora, me parece una bella persona y no una arrastrada como tú dices. Voy y vuelvo en 5 días o más. Cuida a Caincito que también está resfriado y no lo dejes jugar con la quijada de burro, porque me parece muy sospechoso y no le creo el cuento ese que “quiere ser integrante de una peña”. La señora Yacumama dice que conoce una fruta exquisita llamada manzana, rica en vitaminas, deliciosa y llena de sorpresas. Traeré algunas para que las pruebes. Arregla el jardín en lugar de perder el tiempo jugando al póker y ganándole sus chivilines al burro y al inocente cabrito. Coge un espinazo de “pescau” y péinate; aféitate que no vas a poder imitar a Diego Maradona, ¡Ah, y sobre todo báñate, que el agua no hace daño! No duermas demasiado porque eso te hace engordar. He barrido la cueva. Por favor, si llueve no entres con los pies mojados porque ensucias.
I kiss you.
Eva.

Carta desnuda de Abel a su hermano Caín

Estimado y revoltoso “Cumpa”:
No es que yo sea un gran matemático o cosa por el estilo, ni pienso descubrir las leyes de la relatividad, allá cualquier otro Huamán que lo haga, pero sí te digo que tengo un sentido analítico, lógico y calculado que me hace sospechar que te estás portando muy pero muy mal. Yeso no es digno de un joven catalogado como uno de los primeros estudiantes de la clase –tú eres el segundo, por lo que el primero soy yo y después no hay otro gato más en la escuela–; esto me indica que habrá que aplicarte el rigor militar con su respectiva brigada del caso. ¡Después no te quejes! Mi mamita Eva dice que yo en cambio soy muy diferente –por cierto, eso a kilómetros se nota–. Soy muy obediente y todos los días me lavo las orejas, la carabina, el cuello, el pechito, el ombliguito que está chick y por cierto también los “gemelos” que voy a estrenar cuando salga la moda de la camisa. En cambio, tú necesitas tres personas (mamita, papito y yo) para agarrarte y meterte al agua cada cinco meses. Dice papá que quiere saber quién te acusó de haberte metido un tronco en la boca a la señora serpiente mientras bostezaba. Para que no te rompas el coco le diré que fui yo el que te tiró dedo, porque no quiero tener un hermano maleducado, especialmente ahora que somos tan pocos en el mundo. Por cierto, el otro día te vi hablando con el sicario rinoceronte y señalando a la burra Casimira ¿Qué intenciones tienes con ella? ¿Por qué llevas esa cesta de honguitos envenenados? ¿Acaso no puedes trabajar honrada y decentemente como yo que trasquilo a mis ovejitas en invierno? ¿Tampoco puedes vender manzanas chilenas ahora que hay venta libre sin ninguna prohibición ni temor por el cuentillo del pecado? Aunque sea cambia pollos por botellas, de repente así llegas a magnate. Pórtate bien y si tienes algún tono invita.
Se despide con un efusivo abrazo desodorantizado:
Abel.

Carta antediluviana de Matusalén a Sara

Querido y siempre jovial señora mía:
Debo avisarle con mucha emoción y júbilo otoñal que ayer cumplí 960 años y la tribu patriarcal me hizo un agasajo bien chévere, paja, pajita, y me preparó una torta de 10 toneladas con 6 π metros de diámetro, esto por supuesto debo confesarlo no se debió al gran sentimiento abnegable y altruista de los patas, si no más bien para que entraran todas las velitas del cumplemenos. Desgraciadamente a la hora de encenderlas se produjo un dantesco incendio que redujo el pueblo a cenizas. No se escapó ni una mísera choza y por esta razón esta noche nos mudamos todos a una caverna. Felizmente no hubo desgracias personales por que el único carbonizado fue mi tío Anacleto que tenía 1300 años y estaba tan reseco que se había hecho altamente combustible. Su muerte fue muy sentida por nosotros... ya que sus gritos se oían a 2 kilómetros de distancia.
Fuera de este pequeño contratiempo, la fiesta resultó muy bonita. Mi nieto Noé hizo un espectacular número con sus leones amaestrados, pero no le salió perfecto porque los mininos todavía no le obedecen bien y se comieron 13 espectadores ¡Qué mala suerte!... siquiera se hubieran comido uno más... también hicimos un sacrificio humano, y en la rifa salió agraciada tu suegra, que murió chillando como un gorila, aunque tuvimos que bajarla entre varios del árbol donde se había trepado. El brujo de la tribu me hizo un chequeo y dice que todavía viviré muchos años más, pero me hizo jurar y perjurar de no celebrar más mis onomásticos en la forma tan delicada como lo hice. Sin otras novedades, se despide tu superarchiultratatarabuelo que te estima mucho:
Matusalén.

Carta certificada de Jacob a Rebeca

Rebeca, mi obsesionada y ahorrativa ilusión porcentual:
Me encuentro preocupado por los rumbos que lleva mi azarosa y trajinante vida, debido a una serie de percances dignos de ser incluidos en las historietas de Ripley. Te contaré que hace algún tiempo estuve más asustado que cucaracha en fiesta de huancaínos al compás del son de los rompepisos, y este temor se debía a dos pequeñas bromillas que le gasté a mi hermano Esaú. En la primera le cambié mi plato de lentejas por su primogenitura –poca cosa– y en la segunda le hice el cuento de la musaraña y, mientras estuvo ausente, hice que el viejo Isaac me bendijera antes de salir de viaje en busca del paraíso celestial. Claro que el viejo atracó y me dio su bendición creyéndome ser el tartufado de mi hermano. Hubieses visto la cara de orangután estreñido que puso cuando se enteró del pingüe suceso; hasta ahora me debe estar buscando, pero como soy muy tahúr busque asilo en una colonia africana donde la vida es más moderna y ahora me dedico a los negocios de embargo y usura. Pero no todo es brillante como las monedas recién acuñadas, el otro día que fui a cobrar a un cliente se me ocurrió pasar por el zoológico de la ciudad y al apostarme junto a la jaula del león ocurrió mi gran desgracia, de súbito y sin poder percatarme se abrió mi James Bond y ¡zas! Se esparcieron los billetes por el suelo; tardé media hora en recogerlos, pero uno de ellos estaba dentro de la jaula del melenudo y, al tratar de recuperarlo estas son las consecuencias: estoy desgarrado por el dolor y por los rasguños del felino que redujo mi casimir bueno bonito y barato a un simpático plumero de hilachas con pellejo, ya que, cuando entré a su jaula a recuperar la libra que se voló con el viento, el león me agarró de contraataque y me escarmenó todo el esqueleto, ¡pero recuperé mi billete!, y para salir tuvieron que sacarme los bomberos. Mi fina corbata inarrugable importada se arrugó con mi pescuezo adentro. Mi camisa de popelina se encogió con el agua de las mangueras y se convirtió en pañuelo con botones a la última moda. ¡Pero recuperé mi billete! Por cierto, también perdí un kilo de carne que tenía debajo del pantalón (confeccionado en cómodas cuotas mensuales sin intereses). De la camiseta no me quedaron más que los huecos y al final el león terminó con mis zapatos puestos... ¡Pero recuperé mi billete!
Ahora me encuentro en mi lecho de dolor desde donde te escribo y estoy con una fiebre de 40 grados, pero por ser para ti que eres un cliente de la casa te la dejo en 39,8 grados.
Como siempre, con una ganga se despide tu devaluado amo y señor.
Jacoibito$.

Marcolino

Un capricho singular

Yo iba a alcanzarla; tuve el impulso felino de atraparla, pero se me escapó nuevamente. Me incorporé y di algunos pasos más, pero ya decidida a huir, corrió hacia la sala y se tiró en el sofá boca arriba, y me guiñó un ojo. Yo la seguí titubeando. Algo había en su cuerpo que mis manos sensitivas no querían estrujar. Buscaba penosamente localizar su punto débil o algún músculo suelto que me permitiera apretarla. Ella estaba dispuesta a complacerme. Sin embargo, me era imposible llegar hasta mi objetivo, ya que mis brazos se habían reducido a los de un enano, y mi cuerpo agrandado estaba pesado y duro. Entonces, me miró y me palpó.
—Pareces un cadáver. ¿Te das cuenta de que ya has cruzado la mitad de tu vida? —me interrogó.
Cuando me lo dijo, me sentí invisible, como si fuera una sombra errante. Aunque por el peso de mis años, mi agilidad se asemejaba a los movimientos de un bloque de cemento. La atmósfera era exquisita, había lejanos ruidos que entonaban melodías armoniosas. Las oía como si fueran creaciones mías.
—No me preocupa —le respondí.
Un minuto después, se sentó en el sofá y yo me senté junto a ella. Me puso la mano en el hombro y empezó a reflexionar sobre el hijo de Dásilo.
—Fue un capricho singular que él tuvo que cumplir —dijo al final.
Tontamente, no le tomé importancia.
—El de la barba roja y espesa —contesté vulgarmente.
—No —dijo, tratando de sonreír.
De repente, recordó que alguien la había llamado temprano cuando llegó a mi casa. Creo que por eso en su rostro se notaba que había algo que le preocupaba más. O era la torpeza de no entender lo que nos pasaba. Por eso empezó a decaer su optimismo. Después, sintiéndose cansada, caminó en línea recta hasta la cocina.
—Me ha provocado un cebichito; ¡ven! —me llamó.
Inclinada, con una mano en la espalda y la vista clavada en el interior del refrigerador, se entretuvo durante unos segundos.
—Hum... No hay nada para prepararlo —farfulló.
Su cuerpo inclinado y desnudo contribuía a darle un aspecto de musa griega. Aquella visión me producía vigorosas lujurias. Veía claramente cada detalle de su cuerpo, cada vértebra, cada lunar en su espalda. Por culpa de mi mirada, se volvió y me examinó una vez más.
—Necesitas un cambio, bastaría una noche en cada cama: en la tuya y en la mía —aumentó.
—¡Hijo de puta! ¡Qué te pasa! —le dije al de abajo, cerrando fuertemente el puño.
—Deja de hablarle a tu rey difunto..., y sírveme una copa de vino —me dijo.
Finalmente, después de cenar, ella se dirigió a su casa. Mi mujer estaba de viaje y los chicos ya no nos frecuentaban. "La vida no puede detenerse", me dije. "Tú hiciste bien en respetar la casa y en mantener la puerta abierta", volví a decirme.
Ella estaba enamorada de un ingeniero que conoció en su trabajo, pero albergaba la duda de que su amor fuera lo que ella buscaba. Pensaban casarse en dos meses. Todo el reparto de la boda estaba orquestado para que no faltase nada. Cuando regresaba los sábados, me contaba con detalles todo lo acontecido. La última vez me dijo que él la amaba profundamente, pero que la decepcionaba su modo de tratarla. Era muy meloso y detallista, aunque a veces confundía su nombre con el de su mamá. En sus largos cuatro años de noviazgo, lo acompañó por todo el país, disfrutando juntos los aniversarios de los pueblos. Incluso fueron padrinos de una yunza. Fue en esta fiesta que se hicieron una fotografía de cuerpo entero, en la que estaban disfrazados y sonrientes, y que siempre me la enseñaba. Era como si solo existieran ella y él. "¡Era tan feliz!", exclamaba.
Ahora que está otra vez conmigo, me limito a mirarla. Tiene el cabello suelto y un vestido trasparente que deja notar sus abultadas curvas. También tiene una expresión severa y seria, y está pensativa sin poder resolver la trampa que el amor le ha impuesto. Esta observación me resulta bella, porque sé que está completa su inteligencia y juventud. Y, en todo caso, refleja el pecado de sentirse acompañada de un hombre viejo como yo.
—Son los obstáculos de la duda en los que nos sumerge el destino —me atrevo a decirle.
El ímpetu de mi frase logró que me mirara con insolente gesto.
—¿Tú eres consecuente? —preguntó.
—No, no lo creo. Soy un egoísta y moral e inmoral a la vez. Por eso trato de que mis sentimientos no me humillen —le contesté.
—¿Amas a tu mujer? ¿La extrañas? —preguntó fríamente.
Entonces le dirigí una mirada burlona y me eché a reír.
—Si te lo digo, ¿prometes no contárselo a nadie? —le dije.
—Prometido.
—Sí. La amo. Aunque en este momento no la extraño. La extraño cuando tú desapareces.
—Lo mismo me sucede a mí. No la extraño cuando estoy contigo. Mi pasión es fuerte, aunque no te permitas hacerme el amor.
—Qué detalle el tuyo de hacérmelo recordar. Me gustaría llevarte a un hotel, a otro sitio, pero no me atrevo. Me sentiría infiel...
—Hum... Qué situación tan anómala lo de la infidelidad. ¿Quién se atrevería a definirla? Que lance la primera piedra... Debe ser por eso que se te congelan las cabezas... porque quizá es una definición que se va postergando una y otra vez. Pero el juego todavía no se ha acabado. La reversión siempre es posible.
—¿Tú lo crees así?
—Tenemos que considerar la posibilidad... He visto que tienes una hermosa biblioteca. Y antes, cuando estabas en el baño, me encontré con un libro abierto justo en el que Heródoto relata el capricho de Candaules. ¿Harías conmigo lo que él hizo con su mujer? ¿Te atreverías? ¿Puedo traer a Miguel y hacer el amor mientras tú nos miras? Sería rico para mí... Tal vez tu rey logre colocarse el cetro.
Sorprendido, entendí que yo era el culpable. Siempre regresaba a mis labios el eterno lamento. Y le volvía a pedir perdón. Por eso me atreví.
—Claro, ¡cómo no! —exclamé.
—Creo que es un error mi pedido...
—No. No, no.
Mi respuesta fue tal que mis músculos, mis miembros y mi sistema nervioso se reactivaron de inmediato; como en mi juventud, allí empezó un nuevo estado de mi alma. Arrimados en el sofá, su cuerpo, atraído por mis brazos, quedó de espaldas y ladeado de frente al mío. Ella se repuso, elevó la pierna, cogió mi espalda y por primera vez traspasamos el umbral de nuestras pasiones. Fue entonces que la abordé y pude complacerla. No podíamos dudarlo, allí quedó el olor inconfundible, físico y verdadero.
Luego, desgastados bajo las sábanas de mi cama, por primera vez no nos despedimos hasta la mañana.
Loro

jueves, 19 de marzo de 2015

Adán en el paraiso infernal

Este ilustre señor fue el primer hombre, el primer mendigo y el primer desnudo en usar topless sobre la tierra. Al comenzar el Génesis, durante la complicada etapa de creación, papá Jehová comenzó inventando a los animales fáciles y sencillos, como el gato, el perro, la vaca, el cuy y los pollos, además, por cierto, al agraviado burro. Luego hizo unos más complicados como el cocodrilo, el rinoceronte y el hipopótamo. Después se puso a pensar y pensar hasta que logró inventar al ornitorrinco, al armadillo y al pejesapo. Pero esto le pareció poca cosa y se puso en plan surrealista abstracto y así fue como diseñó al pulpo, el canguro, la jirafa, la perseguida cucaracha, el oso hormiguero, la morsa, el escarabajo pelotero, el erizo y el caballito de siete colores. Aun así, no estaba satisfecho y decidió hacer al más bestia de todos, fabricándolo con un poquito de barro y dándole un tremendo soplido para que cobrara vida. Desafortunadamente, se sobrepasó de temperatura y calcinó al muñeco, convirtiéndolo en un Bongo de ladrillo. "¡Dios mío, qué barbaridad!", exclamó, pero no se desanimó y sobre el pucho hizo otro, insuflándolo con movimientos estéticos y armoniosos. De esta forma, el hombre hizo su debut en la tierra, pero Dios no sabía qué nombre ponerle. Agapito le parecía poco serio, Ceferino muy chusco, Joe nombre de astronauta, Eliborio poco majestuoso y Lolo muy deportivo. Finalmente, decidió llamarlo Adán, porque estaba tal como vino al mundo: calatito y con el cañón al aire señalando algún punto.

Los primeros días, el jumento se portó de maravilla. Todo parecía natural. Salían de sus labios palabras sencillas y corrientes, aunque se había vuelto pesado y silencioso, a veces irreconocible. Por eso, para matar el tiempo y no aburrirse, regaba las plantas, cortaba el pasto y podaba los árboles, además de jugar a la solitaria y rascarse los huevos.

Pero en la semana siguiente, sintiéndose ajeno al espectáculo de la vida, comenzó con las quejas y los reclamos, alegando mil tonterías: que le faltaba el ombligo, que el de abajo le parecía muy corto y que estaba por las huevas; que tenía las piernas muy flacas, que necesitaba anteojos y que se moría de frío. Por eso, sugirió que le instalaran una estufa y una cafetería en el Edén. Además, se declaró en huelga de hambre, como Gandhi, porque todos los animales tenían pareja y a él lo habían dejado solo, cosa que le pareció altamente antinatural y angustiante.

Como Dios es demócrata y está en todas partes, escuchó que Adán relinchaba arrugando el pecho y temblando impotente, moviendo las manos como si se apuñalara a sí mismo. Observando a sus otros animales y haciendo cálculos, esa noche decidió, mientras Adán agotado se quedaba dormido y contaba ovejas, sacarle una costilla falsa, a la que luego le insufló el correspondiente soplido y fabricó una despampanante morena que no era precisamente Miss Universo, o mejor dicho, ¡qué bruto, qué superhembra!... Pero era perfectamente diferente, misteriosa y curiosa. Por eso, cuando Adán despertó, se volvió estúpido al contemplar a la pegajosa y nebulosa bailarina de striptease, tanto que se le erizaron los cabellos, su presión se paralizó y otras cosas más. Entonces, reunió a todos los músicos de la Fania All Stars y, junto con los animalitos, celebraron el acontecimiento. "¡Qué bien tocan!", dijo la morena, moviendo el esqueleto montada en el burro excitado y tembloroso; mientras todos brindaban por los cuatro costados con muchas cajas de cerveza helada y espumosa. Ya al amanecer, con los músculos faciales paralizados, la boca torcida y sin comprender por qué, se hizo compadre del burro, del tigre y del león. Al anochecer, después de ir a "bajar de peso" detrás de unos matorrales, y no se sabe cómo, quedó tirado, supinamente, al pie de un árbol, quedando muerto tres días como Lázaro. Nadie se preocupaba por él. En la mañana del tercer día, solo el sol y la gran jungla lo rodeaban, aunque zumbando sobre su cabeza y sobre el montón de desperdicios sólidos, moscas de todos los colores ingresaban y salían de su boca abierta, acompañándolo. Amigos, compadres y familiares, todos sin excepción, lo habían abandonado, porque el rumor seguía alrededor de la cueva, como nunca antes visto. Se veía al burro bailando con la desnuda morena, muy juntos, bajo unos salientes que les daban sombra y los ocultaban de los demás animales. Más al fondo y al otro lado de la cueva, sentados sobre un tronco seco, riendo a carcajadas y frunciendo el ceño, la burra filosofaba con el caballo, como alegres borrachos esclavos del placer. "¿Con qué podrías asustarme ahora?", le decía la burra. Esa pregunta lo hizo pensar. "Solo que la tengo un poquito más gruesa", respondió con cierto esfuerzo, interrogándola con la mirada. "Me parece que tu verdad es una mentira", dijo la burra con pena.

Y así pasaron las horas aquella noche y los dos días siguientes. A varios metros de la cueva, solo zumbaban las moscas como en emboscada.

Pero al atardecer, llegó, tropezándose con las ramas y espantando a las moscas que rodeaban su boca pestilente. Pero hubo uno que se compadeció. Sí, él mismo, papá Jehová. Chasqueando los dedos y resucitando al primer jumento, logró quitarle la tremenda resaca de lo vivido. "Valiente imbécil, te dejo solo con tu mujer por un día y haces tal tontería", le dijo. Adán, consciente de ello, se sentó dócilmente y bajó la cabeza. "No volverá a suceder", contestó. "¿Me permitirá pasar esta noche en su casa?", agregó. "Hasta te han echado de tu cueva... ¡Ay, demonios, es difícil saber qué te espera!... Me gustaría, pero no tengo posada, estoy aquí y allá, y por donde lo mires... Y es mejor que te vayas y pidas perdón, porque el burro me ha confesado que casi te metes con su burra y que tu mujer se dio cuenta". Y Jehová se echó a reír.

Cuando el sol se puso, absorto y en silencio, fue de regreso a su cueva. Al llegar, se presentó diciendo palabras ambiguas y fumándose un troncho. Ella, sin saber por qué, lo perdonó, pero primero le pidió una piteadita y luego despidió al burro que sonreía sicalípticamente. Desde entonces, respirando aliviado, Adán caminaba con su "cuero" por los jardines del paraíso, tan orgulloso como el pavo real, haciendo alarde de su experiencia como el pistolero John Wayne. La fiesta no duró mucho y cuando estaban muy bien, la serpiente rockanrolera intervino y los engañó con el cuento de la manzana o la higuera, un asunto que nos tiene hinchados hasta los cachetes, por no decir otra cosa... Entonces Dios los sacó de “taquito” del paraíso sin miramientos, con un procedimiento analítico y sistemático, y como comenzaron a sentir vergüenza, desde ese día se vistieron con hojas de parra, que lógicamente solo se quitaban para dormir.

Marcolino.