miércoles, 16 de mayo de 2012

Explicaciones a un cabo de servicios

     Yo tomaba pisco donde “el gordo” mientras le daba vueltas en la cabeza a un proyecto. Le diré la verdad: tenía en el bolsillo cincuenta soles… Mi mujer no me los quiso dar, pero usted sabe, al fin los aflojó, la muy tonta…Yo le dije: “Virginia, esta noche no vuelvo sin haber encontrado trabajo”. Así fue como salí: para buscar un trabajo… pero no cualquier trabajo… eso, no… ¿Usted cree que un hombre de mi condición puede aceptar cualquier trabajo?…Yo tengo cuarenticinco años, amigo, y he corrido mundo… Sé inglés, conozco la mecánica, puedo administrar una hacienda, he fabricado calentadores para baños, ¿comprende? En fin, tengo experiencia… Yo no entro en vainas: nada de jefes, nada de horarios, nada de estar sentado en un escritorio, eso no va conmigo… Un trabajo independiente para mí, donde yo haga y deshaga, un trabajo con iniciativa, ¿se da cuenta? Pues eso salí a buscar esta mañana, como salí ayer, como salgo todos los días, desde hace cinco meses… ¿Usted sabe cómo se busca un trabajo? No, señor; no hace falta coger un periódico y leer avisos… allí sólo ofrecen menudencias, puestos para ayudantes de zapatero, para sastres, para tenedores de libros… ¡bah! Para buscar trabajo hay que echarse a caminar por la ciudad, entrar en los bares, conversar con la gente, acercarse a las construcciones, leer los carteles pegados en las puertas… Ése es mi sistema, pero sobre todo tener mucho olfato; uno nunca sabe; quizás allí, a la vuelta de la esquina… pero. ¿De qué se ríe? ¡Si fue así precisamente!  A la vuelta de una esquina me tropecé con Simón Barriga… Fue en la avenida Arenales, cerca de la bodega Lescano, donde venden pan con jamón y chilcanos… ¿Se figura usted? Hacía veinteaños que no nos veíamos; treinta, quizás desde el colegio; hemos mataperreado juntos… Muchos abrazos, mucha alegría, fuimos a la bodega a festejar el encuentro... ¿Pero qué? ¿Adónde vamos? Bueno, lo sigo a usted, pero con una condición: siempre y cuando quiera escucharme… Así fue, tomamos cuatro copetines… ¡Ah! usted no conoce a Simón, un tipo macanudo, de la vieja escuela, con una inteligencia… En el colegio era un burro y lo dejaban siempre los sábados con la cara a la pared… pero uno después evoluciona… yo también nunca he sabido muy bien mi cartilla… Pero vamos al grano… Simón andaba también en busca de trabajo, es decir, ya lo tenía entre las manos; le faltaban sólo unos detalles, un hombre de confianza…
     Hablamos largo y tendido y ¡qué coincidencia! Imagínese usted: la idea de Simón coincidía con la mía… Como se lo dije en ese momento, nuestro encuentro tenía algo de providencial… Yo no voy a misa ni me gustan las sotanas, pero creo ciegamente en los azares… Ésa es la palabra: ¡providencial!... Figúrese usted: yo había pensado –––y esto se lo digo confidencialmente––– que un magnífico negocio sería importar camionetas para la repartición de leche y… ¿sabe usted cuál era el proyecto de Simón?... ¡Importar material para puentes y caminos!… Usted dirá, claro, entre una y otra cosa no hay relación… Sería mejor que importara vacas. ¡Vaya un chiste! Pero no, hay relación; le digo que la hay… ¿Por dónde rueda una camioneta? Por un camino ¿Por dónde se atraviesa un río? Por un puente. Nada más claro, eso no necesita demostración. De este modo comprenderá por qué Simón y yo decidimos hacernos socios... Un momento, ¿dónde estamos? ¿Esta no es la avenida Abancay? ¡Magnifico!... Bueno, como le decía, ¡socios! Pero socios de a verdad… Fue entonces cuando nos dirigimos a Lince, a la picantería de que le hablé. Era necesario planear bien el negocio, en todos sus detalles ¿eh? Nada mejor para eso que una buena enramada, que unos tamales, que unas botellitas de vino Tacama…. Ah, ¡si, viera usted el plano que le hice de la oficina! Lo dibujé sobre una servilleta… pero eso fue después… Lo cierto es que Simón y yo llegamos a la conclusión de que necesitábamos un millón de soles… ¿qué? ¿Le parece mucho? No haga usted muecas…. Para mí, para Simón, un millón de soles es una bicoca… Claro, en ese momento ni él ni yo los teníamos. Nadie tiene, dígame usted, un millón de soles en la cartera como quien tiene un programa de cine… Pero cuando se tiene ideas, proyectos y buena voluntad, conseguirlos es fácil… sobre todo ideas. Como le dije a Simón:”Con ideas todo es posible. Ese es nuestro verdadero capital”… Verá usted: por lo pronto Simón ofreció comprometer a u general retirado, de su conocencia y así, de un sopetón, teníamos ya cien mil soles seguros… Luego a su tío Fernando, el hacendado, un hombre muy conocido… Yo, por mi parte, resolví hablar con el boticario de mi barrio que la semana pasada ganó una lotería… además yo iba a poner una máquina de escribir Remintong, modelo universal… ¿Estamos por el mercado? Eso es, deme el brazo, entre tanta gente podemos extraviarnos… En una palabra, cuando terminamos de almorzar teníamos ya reunido el capital. Amigo; cosa difícil es formar una sociedad. No se lo recomiendo… Nos faltaban aún dos cosas importantes: el local y la razón social. Para local, mi casa… no se trata de una residencia, todo lo contrario; una casita en el jirón Ica, cuatro piezas solamente… Pero mi mujer y mis hijos irían adormir al fondo… De la sala haría la oficina y del comedor que tiene ventana a la calle la sala de exhibiciones… Todo era provisional, naturalmente; pero para comenzar, magnífico, créalo usted; Simón estaba encantado… Pero a todo esto ya no estábamos en la picantería. Pagué, recuerdo… pagué el almuerzo y las cuatro botellas de vino. Simón me trajo al patio a tomar café. Pagué el taxi. Simón me invitó un puro… ¿Fue de allí que llamé?… Sí, fue de allí. Llamé a Virginia y le dije: “Mujer, acabó la mala época. Acabo de formar una sociedad con Simón Barriga. Tenemos ya un millón des soles .No me esperes a comer que Simón me invitará a su casa”… Luego del café, los piscos; Simón invitaba e invitaba, estupendo… Entonces vino una cuestión delicada: el nombre de la sociedad… ¡Ah! No crea usted que es una cosa fácil; yo también lo creía… Pero mirándolo bien, todos los buenos nombres están ya tomados… Primero pensamos que “El Porvenir”, fíjese usted, es un bonito nombre, pero hay un barrio que se llama “El Porvenir”, un cine que se llama “El Porvenir”, una Compañía de Seguros que se llama “El Porvenir” y hasta un caballo, creo, que se llama “El Porvenir”… ¡Ah! Es cosa de mucho pensar… ¿Sabe usted qué nombre le pusimos? ¡A que no adivina!… Fue idea mía, se lo aseguro… Ya había anochecido, claro. Le pusimos “Fructífera S.A.” ¿Se da usted cuenta del efecto? Yo encuentro que es un nombre formidablemente comercial… Pero, no vaya tan rápido, ¿estamos en el jirón Cuzco?… Vea usted; después de los piscos, una copa de menta, otra copa dementa… Pero entonces, ya no organizábamos el negocio; nos repartíamos las ganancias, Simón dijo: “Yo me compro un carro de carreras”. ¿Para qué? ––me pregunto yo. Esos son lujos inútiles… Yo pensé inmediatamente en un chalet con su jardincito, con una cocina eléctrica, con su refrigeradora, con su bar para invitar a los amigos… Ah, pensé también en el colegio de mis hijos… ¿Sabe usted? Me los han devuelto porque hace tres meses que no pago… Pero no hablemos de esto… Tomábamos menta, una y otra copa; Simón estaba generoso… De pronto se me ocurrió la gran idea… ¿usted ha visto? Allí en los portales del “Patio” hay un hombre que imprime tarjetas, un impresor ambulante… Yo me dije: “Sería una bonita sorpresa para Simón que yo salga y mande hacer cien tarjetas con el nombre y dirección de nuestra sociedad”… ¡Qué gusto se va a llevar! Estupendo, así lo hice… Pagué las tarjetas con mis últimos veinte soles y entré al bar… El hombre las traería a nuestra mesa cuando estuvieran listas… “He estado tomando el aire”, le dije a Simón; el muy tonto se lo creyó… Bueno, me hice el disimulado, seguimos hablando… Para eso, el negocio había crecido, ah, ¡naturalmente! Ya las camionetas para leche, los caminos eran pequeñeces…. Ahora hablábamos de una fábrica de cerveza, de unos cines de actualidades, inversiones de primer orden…. Otra copita de menta… Pero, ¿qué es esto? ¿La plaza Francisco Pizarro?… Bueno, el hombre de las tarjetas vino. ¡Si viera usted a Simón! Se puso a bailar de alegría; le juro que me abrazó y me besó… Él cogió cincuentas tarjetas y yo cincuenta. Fumamos el último puro. Yo le dije: “Me he quedado sin un cobre pero quería darme ese gusto “. Simón se levantó y se fue a llamar por teléfono…  Avisaría a su mujer que íbamos a comer… Quedé solo en el bar. ¿Usted sabe lo que es quedarse solo en un bar luego de haber estado horas conversando? Todo cambia, todo parece distinto; uno se da cuenta que hay mozos, que hay paredes, que hay parroquianos, que la otra gente también habla… Es muy raro… Unos hombres con patillas hablaban de toros, otros eran artistas, creo, porque decían cosas que yo no entendía… Y los mozos pasaban y repasaban por la mesa… Le juro, sus caras no me gustaban… Pero, ¿y Simón? Me dirá usted… ¡Pues Simón no venía! Esperé diez minutos, luego veinte; la gente del Teatro Segura comenzó a llegar… Fui a buscarlo al baño… Cuando una persona se pierde en un bar hay que ir a buscarlo primero al baño… Luego fui al teléfono, di vueltas por el café, salí a los portales…. ¡Nada!… En ese momento el mozo se me acercó con la cuenta… ¡Demonios! Se debía 47 soles… ¿en qué? Me digo yo. Pero allí estaba escrito… Yo dije: “Estoy esperando a mi amigo”. Pero el mozo no me hizo caso y llamó al maitre… Hablé con el maitre que es una especie de notario con una servilleta en la mano… Imposible entenderse… Le enseñé mis tarjetas… ¡Nada! Le dije: “Yo soy Pablo Saldaña” ¡Ni caso! Le ofrecí asociarlo a nuestra empresa, darle parte de las utilidades… El tipo no daba su brazo a torcer… En eso pasó usted, ¿recuerda? ¡Fue verdaderamente una suerte! Con las autoridades es fácil entenderse; claro, usted es un hombre instruido, un oficial, sin duda; yo admiro nuestras instituciones, yo voy a los desfiles para aplaudir a la policía… Usted me ha comprendido, naturalmente; usted se ha dado cuenta que yo no soy una piltrafa, que yo soy un hombre importante ¿eh?… Pero, ¿qué es esto?, ¿dónde estamos?, ¿ésta no es la comisaría?, ¿qué quieren estos hombres uniformados? ¡Suélteme, déjeme el brazo he dicho! ¿Qué se ha creído usted? ¡Aquí están mis tarjetas! Yo soy Pablo Saldaña el gerente, el formador de la Sociedad, yo soy un hombre, ¿entienden?, ¡un hombre!

Una aventura nocturna

     A los cuarenta años, Arístides podía considerarse con toda razón como un hombre "excluido del festín de la vida". No tenía esposa ni querida, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y vivía en un departamento minúsculo de la avenida Larco, lleno de ropa sucia, de muebles averiados y de fotografías de artistas prendidas a la pared con alfileres. Sus viejos amigos, ahora casados y prósperos, pasaban de largo en sus automóviles cuando él hacia la cola del ómnibus y si por casualidad se encontraban con él en algún lugar público, se limitaban a darle un rápido apretón de manos en el que se deslizaba cierta dosis de repugnancia. Porque Arístides no era solamente la imagen moral del fracaso sino el símbolo físico del abandono: andaba mal trajeado, se afeitaba sin cuidado y olía a comida barata, a fonda de mala muerte.
     De este modo, sin relaciones y sin recuerdos, Arístides era el cliente obligado de los cines de barrio y el usuario perfecto de las bancas públicas. En las salas de los cines, al abrigo de la luz, se sentía escondido y al mismo tiempo acompañado por la legión de sombras que reían o lagrimeaban a su alrededor. En los parques podía entablar conversación con los ancianos, con los tullidos o con los pordioseros y sentirse así participe de esa inmensa familia de gentes que, como él, llevaban en la solapa la insignia invisible de la soledad.
     Una noche, desertando de sus lugares preferidos, Arístides se echó a caminar sin rumbo por las calles de Miraflores. Recorrió toda la avenida Pardo, llegó al malecón, siguió por la costanera, contorneó el cuartel San Martín, por calles cada vez más solitarias, por barrios apenas nacidos a la vida y que no habían visto tal vez ni siquiera un solo entierro. Pasó por una iglesia, por un cine en construcción, volvió a pasar por la iglesia y finalmente se extravió. Poco después de medianoche erraba por una urbanización desconocida donde comenzaban a levantarse los primeros edificios de departamentos del balneario.
    Un café cuya enorme terraza llena de mesitas estaba desierta, llamó su atención. Sobreparándose, pegó las narices a la mampara y observó el interior. El reloj marcaba la una de la mañana. No se veía un solo parroquiano. Tan sólo detrás del mostrador, al lado de la caja, pudo distinguir a una mujer gorda, con pieles, que fumaba un cigarrillo y leía distraídamente un periódico. La mujer elevó la vista y lo miró con una expresión de moderada complacencia. Arístides, completamente turbado, prosiguió su camino.
      Cien pasos más allá se detuvo y observó a su alrededor: los inmuebles modernos dormían un sueño profundo y sin historia. Arístides tuvo la sensación de estar hollando tierra virgen, de vestirse de un paisaje nuevo que tocaba su corazón y lo retocaba de un ardor invencible. Volviendo sobre sus pasos, se aproximó cautelosamente al café. La mujer continuaba sentada y al divisarlo reprodujo su gesto delicadamente risueño. Arístides se alejó con precipitación, se detuvo a medio camino, vaciló, regresó, espió nuevamente y, empujando al fin la puerta de vidrio, se introdujo hasta ocupar una mesita roja, donde quedó inmóvil, sin levantar la mirada.
     Allí esperó un momento, no sabía concretamente qué, observando una mosca desalada que se arrastraba con pena hacia el abismo. Luego, sin poder contener el temblor de sus piernas, elevó tímidamente un ojo: la mujer lo estaba contemplando por encima de su periódico. Conteniendo un bostezo, dejó escuchar una voz gruesa, un poco varonil:
     —Los mozos ya se han ido, caballero.
Arístides recogió la frase y la guardó dentro de sí, presa de un violento regocijo: una desconocida le había hablado en la noche. Pero de inmediato comprendió que esa frase era una invitación a la partida. Súbitamente confundido, se puso de pie.
     —Pero yo lo puedo servir, ¿qué cosa quiere? —la mujer avanzaba hacia él con un andar un poco lerdo al cual no se le podía negar cierta majestad.
     Arístides volvió a sentarse:
     —Un café. Solamente un café.
     La mujer había llegado a la mesa para apoyar en su borde una mano regordeta cargada de joyas:
     —Ya está apagada la máquina, Le puedo servir un licor.
     —Entonces, una cerveza.
     La mujer se retiró al bar. Arístides aprovechó para observarla. No cabía duda que era la patrona. A juzgar por el establecimiento, debía tener mucho dinero. Con un rápido movimiento, acomodó su vieja corbata y alisó sus cabellos. La mujer regresaba. Además de la cerveza traía una botella de coñac y una copa.
    —Lo acompañaré —dijo sentándose a su lado—. Tengo la costumbre de beber siempre algo con el último parroquiano.
     Arístides agradeció con una venia. La mujer encendió un cigarrillo.
    —Hermosa noche —dijo—. ¿Le gusta a usted pasear? Yo soy un poco noctámbula. Pero en este barrio la gente se acuesta temprano y a partir de medianoche me encuentro completamente sola.
     —Es un poco triste —balbuceó Arístides.
   —Yo vivo en los altos del bar —su mano señaló una puerta perdida al fondo del local—. A las dos cierro las mamparas y me voy a dormir.
Arístides se atrevió a mirarla al rostro. La mujer soplaba el humo con elegancia y lo miraba sonriente. La situación le pareció excitante. De buena gana hubiera pagado su consumo para salir a la carrera, coger al primer transeúnte y contarle esa maravillosa historia de una mujer que en plena noche le hacía avances inquietantes. Pero ya la mujer se había puesto de pie:
     —¿Tiene usted una moneda de a sol? Voy a poner un disco.
     Arístides alargó presurosamente su moneda.
     La mujer puso música suave y regresó. Arístides miró hacia la calle: no se veía una sombra. Alentado por este detalle, presa de un repentino coraje, la invitó a bailar.
   —Encantada —dijo la mujer, dejando su cigarrillo en el borde de la mesa y despojándose de su chal de piel para descubrir unos hombros fláccidos, salpicados de pecas.
     Sólo cuando la tuvo cogida del talle —tieso y fajado bajo su mano inexperta—  tuvo la convicción Arístides de estar realizando uno de sus viejos sueños de solterón pobre: tener una aventura con una mujer. Que fuera vieja o gorda era lo de menos. Ya su imaginación la desplumaría de todos sus defectos. Mirando las repisas con botellas que giraban a su alrededor, Arístides se reconciliaba con la vida y, desdoblándose, se burlaba de aquel otro Arístides, lejano ya y olvidado, que temblaba de gozo una semana sólo porque un desconocido se le acercaba para preguntarle la hora.
     Cuando terminaron de bailar, regresaron a la mesa. Allí conversaron un momento. La mujer le invitó una copa de coñac. Arístides aceptó hasta un cigarrillo.
     —Nunca fumo —dijo—. Pero ahora lo hago, no sé por qué.
     Su frase le pareció banal. La mujer se había echado a reír.
     Arístides propuso otro baile.
     —Cerraré antes las persianas - dijo la mujer, encaminándose hacia la terraza.
     Bailaron aún. Arístides observó que el reloj de pared había marcado las dos horas. A pesar de ello la mujer no se decidía a retirarse. Esto le pareció un buen augurio e invitó a su vez un coñac. Empezó a sentirse un poco envanecido. Hizo preguntas indiscretas con el objeto de crear un clima de intimidad. Se enteró que vivía sola, que estaba separada de su marido. La había cogido de la mano.
     —Bueno —dijo la dueña levantándose—. Es hora de cerrar el bar.
     Conteniendo un bostezo, se dirigió hacia la puerta.
     —Me quedo —dijo Arístides, con un tono imperioso que lo sorprendió.
     A medio camino, la mujer se volvió:
     —Claro. Está convenido —y continuó su marcha.
Arístides se tiró de los puños de la camisa, los volvió a esconder porque estaban deshilachados, se sirvió otra copa, encendió un cigarrillo, lo apagó, lo encendió otra vez. Desde la mesa observaba a la mujer y la lentitud de sus movimientos lo impacientaba. Vio cómo cogía un vaso y lo llevaba hasta el mostrador. Luego hacía lo mismo con un cenicero, con una taza. Cuando todas las mesas quedaron limpias experimentó un enorme alivio. La mujer se dirigió hacia la puerta y en lugar de cerrarla, quedó apoyada en el marco inmóvil, mirando hacia la calle.
     —¿Qué hay? —preguntó Arístides.
     —Hay que guardar las mesas de la terraza.
     Arístides se levantó, maldiciendo entre dientes. Para echarse prosa, avanzó hacia la puerta mientras decía:
     —Ésa es cosa de hombres.
     Cuando llegó a la terraza sufrió un sobresalto: había una treintena de mesas con su respectiva serie de sillas y ceniceros. Mentalmente calculó que en guardar aquello tardaría un cuarto de hora.
     —Si las dejamos afuera se las roban —observó la patrona.
     Arístides empezó su trabajo. Primero recogió todos los ceniceros. Luego empezó con las sillas.
    —¡Pero no en desorden! —protestó la mujer—. Hay que apilarlas bien para que mañana el mozo haga la limpieza.
Arístides obedeció. A mitad de su labor sudaba copiosamente. Guardaba las mesas, que eran de hierro y pesaban como caballos. La dueña, siempre en el dintel lo miraba trabajar con una expresión amorosa. A veces, cuando él pasaba resoplando a su lado, extendía la mano y le acariciaba los cabellos. Este gesto terminó de reanimar a Arístides, por darle la ilusión de ser el marido cumpliendo sus deberes conyugales para luego ejercer sus derechos.
    —Ya no puedo más —se quejó al ver que la terraza seguía llena de mesas, como si éstas se multiplicaran por algún encanto.
    —Creí que eras más resistente —respondió la mujer con ironía.
     Arístides la miró a los ojos.
     —Valor, que ya falta poco - añadió ella, haciéndole un guiño.
     Al cabo de media hora, Arístides había dejado limpia la terraza. Sacando su pañuelo se enjugó el sudor. Pensaba si tamaño esfuerzo no comprometería su virilidad. Menos mal que todo el bar estaba a su disposición y que podría reponerse con un buen trago. Se disponía a ingresar al bar, cuando la mujer lo contuvo:
     —¡Mi macetero! ¿Lo vas a dejar afuera?
Todavía faltaba el macetero. Arístides observó el gigantesco artefacto a la entrada de la terraza, donde un vulgar geranio se deshojaba. Armándose de coraje se acercó a él y lo levantó en peso. Encorvado por el esfuerzo, avanzó hacia la puerta y, cuando levantó la cabeza, comprobó que la mujer acababa de cerrarla. Detrás del cristal lo miraba sin abandonar su expresión risueña.
     —¡Abra! —musitó Arístides.
     La patrona hizo un gesto negativo y gracioso, con el dedo.
     —¡Abra! ¿No ve que me estoy doblando?
     La mujer volvió a negar.
     —¡Por favor, abra, no estoy para bromas!
     La mujer corrió el cerrojo, hizo una atenta reverencia y le volvió la espalda. Arístides, sin soltar el macetero, vio cómo se alejaba cansadamente, apagando las luces, recogiendo las copas, hasta desaparecer por la puerta del fondo. Cuando todo quedó oscuro y en silencio, Arístides alzó el macetero por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo. El ruido de la teriacota haciéndose trizas lo hizo volver en sí: en cada añico reconoció un pedazo de su ilusión rota. Y tuvo la sensación de una vergüenza atroz, como si un perro lo hubiera orinado. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

Solo un sueño

     Me duché muy deprisa. Al salir, cerré de golpe la puerta. El sonido de la música en la radio ya no se escuchaba. Desnudo aún, sacudí la cabeza al recordar que mis cabellos estaban empapados. Uní las manos y me acerqué a la puerta tratando de llamarla. Volví a sacudir la cabeza y las gotas de agua se esparcieron por todo los rincones de mi cuarto. Seguía desnudo. Oigo el sonido de sus zapatos traqueteando el suelo mientras se aleja. Entonces, me siento al borde de la puerta cerrada y llevo mis manos a la cabeza. Dudó por un momento. Me paro rápidamente, y levantando uno de mis pies, le doy un golpe a la pared. Tengo unas ganas de correr e ir a detenerla para que no se aleje de mí y de mi cuarto. De pronto se oye un grito tras de la puerta, casi a mi lado, como un sonido rápido y escalofriante. Doy un rugido y nadie me contesta. Ahora suenan nuevos pasos en el pavimento. Se abre la puerta, la abre con precaución y la veo acercarse muy cerca de mí. Se para y me observa. Doy una sonrisa y me veo aún desnudo. Levanto mi toalla y me cubro el cuerpo sin ninguna vergüenza. Entonces la oigo toser golpeándose el pecho. Me entrega sus dos manos atrapando las mías y siento recorrer una sinfonía en mi cerebro como una loca melodía del sortilegio. La abrazo y rodeo todo su cuerpo con mis dos manos, ella logra murmurar algo indiscreto: "¿me puedes dar un beso?... Medito por unos momentos. Luego sonrío acercando mis labios a su boca antojada de un beso. Deliciosos sentimientos se entremezclaron en mi cabeza. Ella misma se estremeció deslumbrante, llena de un gran silencio. Nos quedamos abrazados por un buen rato, abrumados. Nos habíamos devuelto la vida. Medito un momento, examino su figura y ella me mira estupefacta. Por fin se atrevió a decirlo, lo dijo bajito y dulcemente: "¿quieres que me quede contigo, que te acompañe?"... La puerta se cierra y nos acomodamos sentados en la cama; ya nadie puede abrirla, la puerta queda cerrada, absolutamente...
     Tengo un dolor y un lastre en la cabeza, y todo mi cuerpo se inclina a temblar tendido sobre la cama. Miro hacia el techo e intento comprender lo sucedido. Me siento y me encojo, estoy incrédulamente alegre, aunque no sé si es verdad lo atestiguado. De pronto, ingresa una vulgaridad en mi alma y mis ojos se llenan de pavor cuando recuerdo lo sucedido. Medito apoyando mi codo derecho en una de mis piernas, y me cojo la nariz y me muerdo uno de mis dedos. Sin dudas, había salido de un corto, pero loco sueño; el que me había llevado a aquellos lugares indescifrables, en las que ella lo absorbía todo con su presencia. Me empecé a burlar de mis estúpidas afirmaciones. Me compadecí de lo sucedido. Permanecí por unos momentos en esa postura. Me puse en pie y me alejé de mi cama, muy avergonzado. Me volví a echar con todo mi cuerpo tendido sobre la cama. Me estiré con los brazos abiertos. Traté de recordar totalmente el sueño, pero no pude acercarme ni un centímetro. Se alejaba sin poder retenerlo. 
     Ya el silencio de la noche empezaba a terminar por todos lados. Balbuceo no sé qué cosas tratando de ingresar en el sueño y recordar su huida por culpa de unas incontrovertibles palabras; luego su pronta llegada, al comprender que habíamos nacido en el mismo espacio y tiempo y que la vida estaba celoso de nosotros. Sí, la recordaba, con el alma desnuda y mirándome asustada y con los ojos resplandecientes. Pero no recordaba cómo estaba vestida ni de qué color eran su blusa y su falda. Solo recordaba su breve cintura, y nítida, sus últimas palabras, aquellas después del beso: "¿Quieres que me quede contigo, que te acompañe?"... “Sabes que te amo, lo sabes y no hiciste nada por entenderlo”.
     Me quedé mirando todo mi rededor, buscando algún recuerdo más en mi memoria. Me puse en pie, di unos pasos y tropecé con mi gato casi llegando a la pared para encender la luz. Me volví a mirar la puerta con el deseo de salir de aquel simulacro; mientras caminaba hacia ella, me puse a meditar: “¿será verdad lo que mi sueño quiere que yo conciba?": “Sí, ella te ama”. Llegué, la abrí y me dirigí hacia las escaleras. Tenía una confusión tremenda, se me mezclaba la realidad con el sueño. Sentía aún su aliento en mi rostro y sus brazos que rodeaban mi cuello. Su risa avergonzada, su risa breve con mucho miedo. Parecía demasiado lejos, pero la recordaba; se me vino a la memoria su ropa abierta, sus cabellos lacios y caídos sobre mis hombros… De pronto, amotinado, entendí que me había despertado en el interior de mi sueño. Seguía soñando, pero ahora me permitía oír los ruidos de la calle y sentir a la noche geométricamente explosiva: mucha música, muchas bocas hablando en voz alta y derramándose por el aire.
    Estaba dormitando casi despierto. Era una de mis tantas artimañas ineludibles por culpa de tantas pesadillas sinónimas. Aquella tarde, me había quedado dormido, echado sobre mi cama, con la ropa puesta, atestiguando mis malas costumbres, y después de pasarla bien, charlando y bebiendo unas cervezas con dos inapelables amigos. El sonido de una música estridente fue la culpable de que yo me despertara. La bulla era imparable y laceraba mis oídos. En el interior de mi estómago algún cómplice daba algunas vueltas como exigiendo a mi cerebro que le diera miles de bocados. Mi hambre era canina y mi sed la de un cosaco. Me incorporé al amparo de mis brazos, con entusiasmo; me puse en pie con la cabeza perdida y dando vueltas; y me dirigí casi a tientas hasta la cocina, caminando sobre mis pasos, descalzo. El café me resultó tremendo, y mis ganas de ir a buscarla, también.
Loro

lunes, 7 de mayo de 2012

Epilogo de "La chompa azul"

     Proseguía así la profesora Castillo con su análisis riguroso del libido poema y, en una singular parte, leyó en forma suave y elocuente: “Yo me quité la corbata y ella se quitó el vestido, yo, el cinturón con revólver y ella sus cuatro corpiños… Ni nardos ni caracolas tiene el cutis tan fino, ni los cristales con luna retumban con tanto brillo… Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos…”.
En ese instante la lingüista preceptora dijo: ¿Qué significa esta parte, alumnos? Y a lo lejos se escuchó una voz socarrona que decía ¡¡¡Que se la estaba montando!!! Cómo, cómo, cómo –replicó la profesora– y dirigiéndose al enajenado mequetrefe del “chato” Montoya, le dijo: “A ver párate hijito y explícame lo que dijiste”; a su vez el liliputiense replicó: “El gitano se quitó la ropa y se la estaba chifando"; luego se sentó algo ruborizado, pero con la sonrisa entre dientes y tan fresco como una lechuga… De nuevo la maestra volvió a decirle: “Párate, párate, párate…" Finalmente casi medio salón dijo al unísono: ¡Pero si ya está parado!, cierto es, pero no se notaba.
     Terminada la clase y el inopinado incidente, llegó también el sonido estridente que anunciaba la hora del recreo, donde tutilimundi daba rienda suelta a sus actitudes y sentimientos encontrados; el rústico traqueteo sonoro del acústico timbre produjo en el aula una ruidosa estampida, que terminó por diluirse cuando se formaron algunos circunstanciales grupos, por supuesto el kiosco era el lugar de mayor requerimiento; otros iban a jugar fulbito, las chicas al baño y nuestro grupo en particular, a dar los últimos “toques” y ajustes para sentenciar la proeza del año… Este era el momento propicio, tan ansiado y esperado, ¡Ahora te quiero ver… ahora es cuando! Pensaba, con cierto tono de inseguridad y nerviosismo.
Nuevamente sonó el timbre que anunciaba el final del recreo cotidiano. Todo estaba sistemáticamente planificado; era un plan perfecto, con análisis, cálculo y precisión suiza; nada podía fallar, a no ser por el súbito arrepentimiento de sus menganos intrigantes. Afortunadamente todos compartíamos una misma causa común, a prueba de balas, y más fieles que perros salchichas.
     Sabíamos que correspondía el turno a la hora de Educación física compartida, los varones con el profesor “pajarito” y las “germas” con la encantadora profesora Erika, había un particular detalle, el profesor no vendría hasta después de las 5 pm; según él estaría laborando en el otro local de la institución, junto al parque central del distrito, a muchas cuadras del Centro Base principal… Atracos son atracos.
Todas las chicas del salón estaban ahora en la clase de gimnasia, con la controvertida profesora; se habían cambiado la indumentaria deportiva en la refaccionada sección. Las vimos salir serenas y risueñas, aún así nuestras miradas de acechantes cernícalos se confundían a su paso en un marasmo de pensamientos cretinos y libertinos. No había ningún rezago de sospecha.
En ese instante se puso de manifiesto el maquiavélico plan; en el núcleo central estratégico estaba el avezado triángulo del momento: Willy, el lagartija y su hermano Toño, la misma calaña; más una comparsa de mantequilla, Marcolino, su fiel servidor. Esta sociedad tripartita tenía por misión ingresar clandestinamente por la parte posterior del aula, justo por allí, donde estaba el orificio circular encubierto por la cartulina negra que disimulaba su agrietada holgura. ¡Tarea fácil, pan comido, papayita nomás!
Por otra parte, una cuadrilla de rapaces atalayas atisbaban a diestra y siniestra el amplio panorama circunspecto, servirían de campanas, antenas, chalecos, o como se quiera decir; nos pasarían la voz en caso de que sucediese algún imprevisto. En este refinado engranaje estaba el amigo Luchito, el chato Gavilán, el loco Cárdenas y el relajado Córdova; no hubo necesidad en la prestancia de sus servicios, agregando además que todos los demás compañeros del clan manchere eran simplemente participantes de palo, con miradas de cangrejo y orejas de pescado.
Estando in situ en el vertiginoso lugar de la intrépida fechoría, tuvimos una pequeña discusión y desavenencia. El dilema era quién de los tres interfectos ingresaría fortuitamente al ambiente, en un tris salvamos raudamente el percance, y de inmediato el larguirucho Toño adentró su anillado cuerpo por el agujero descubierto, con una frialdad refrigerante se encaminó directamente hacia el blanco escogido, la carpeta de mi adorable Liliana; este elongado bicho hurgó entre sus pertenencias y extrajo con parsimoniosa calma la codiciada chompa azul; la prenda más deseada por el elemento varonil cristiano de la época. Sin embargo, el artiodáctilo Toñito se olvidó de sustraer los zapatos negros, que también formaban parte complementaria del plan. Hubiese sido la exquisita cereza sobre el suculento y meloso pastel, el broche de oro de nuestras fechorías; a pesar de todo, ya era bastante con la tenencia subrepticia de la prenda azulina, la cual ya estaba en nuestras manos, como un trofeo épico de guerra, y la comparación superlativa sería ¿Liliana o Medea?… ¿Toñito o Jasón?… ¿Marcolino o Heracles?… ¿Willy o el flamígero dragón?
De regreso a nuestra realidad, había ahora un aglutinado contingente en la parte posterior del aula prefabricada y se percibía un ambiente bullicioso con muestras de sarcasmo chongueril; una fila india conformada por implicados e inocentes se pasaba a su turno la chompa azul entre sus manos ¿De quién es la chompa? Preguntaban algunos cándidos laicos como el “bongo” Jorge; y es de suponer que el 90% de la jauría allí presente sabía la respuesta. Como decía, la chompa pasaba esporádicamente de mano en mano, de palma en palma, de miembro en miembro. En la coludida fila aparecían connotados y conocidos personajes: Juanito alimaña en versión retrospectiva, miraba la chompa azul con aparente naturalidad, parecía un imán entre sus manos, finalmente tuvo que ceder ante la animosa, pletórica y extasiada cadena de zopilotes adjuntos. Algunos más, desventurados samaritanos, allí presentes, también participaban del júbilo y descontrol fetichista, allí figuraban: el “zorrito” Adolfo, el “pichanga” Álvarez, el “negro” Espino, el “bitle” Felipe, el “canguro” Arango, el “gordo” Chipana y el “mohicano” Joel, entre otros.
Terminado el jolgorio, vendría ahora la parte dramática y preocupante del inusitado caso. El retorno de la chompa azul a manos de sus primigenios captores produciría en ellos un efecto contrario al de su estado inicial, las risas socarronas se desvanecieron y la pregunta de turno era: ¿qué hacemos ahora con la chompa de Liliana?
Nos dirigimos hacia los servicios higiénicos y conjeturamos allí una multiplicidad de alternativas hasta que alguno dijo: ¡Hay que desaparecer la chompa! Luego se escucharon intercaladamente pausas de afirmación, negación y duda: “Yo no sé”… “Yo me lavo las manos”… “Arrójala al techo”… “Métanla al wáter”… “Llévatela a tu casa” y otras opciones más.
     Declaro solemnemente desconocer el destino temporal de la preciada prenda azulina, como que me llamo Marcolino, y agrego además no saber más detalles sobre su paradero final.
Después de este breve soliloquio, a manera de meaculpa, no logro comprender todavía el efecto trascendente de este irresoluto y sibilino caso; un manto nebuloso cubriría en la posteridad los pormenores reales y fidedignos de esta inexorable historieta.
Retornamos al infranqueable pasado; decía estar enmarañado en un vaivén de dudas sobre el destino de la chompa, ya casi había terminado la divertida juerga con la susodicha prenda a manos de la arrabalera pandilla fetichista cuando de pronto hizo su repentina aparición la fúlgida estrella resplandeciente de este relato; en efecto, era nada menos que la atractiva Liliana, estaba ella algo perturbada y nerviosa, se acercó por inercia ante la disoluta y pirañesca tribu de pícaros tunantes y preguntó: ¿No han visto una chompa azul por casualidad?… Aunque parezca mentira, esta simplísima cuestión expresiva fue el detonante que causó la estridente explosión megatónica convertida en jacarandosa y vulgar parafernalia de risas, burlas, silbidos y sorna. No era para tanto, pero la pandilla estaba “empilada”, creo que fue la pregunta más cándida que había escuchado a lo largo, ancho y alto de mi perruna existencia. Pude observar un gesto de tolerancia y comprensión en la faz ruborizada de la adorable Liliana y sin embargo yo, el inexorable Marcolino, había sido parte de su infortunio coyuntural. En ese mismo instante, donde el ambiente era un bullicio de sonrisas y sarcasmos, irrumpió de pronto la estereofónica voz del misógino Willy, el jefe, el men, la cabeza del rebaño, quien en tono acompasado le cantó a la sorprendida mozuela: ¡Songo le dio a Borondongo, Borondongo de dio a Bernabé, Bernabé le pego a Mochilanga, le dio a Burundanga, le hinchan los pies” Comprenderán ustedes que esta respuesta musical a la “fortuita” desaparición de la chompa causó mayor hilaridad, incontenible en el grupo, y la expresión draculínea de este libertino personaje no hizo más que alejar en forma definitiva a Liliana y compañía, y es que sola no podía enfrentar a la jauría, y por ello vino acompañada de la no menos sorprendente Charito Bobby.
Había terminado el singular escandalete, cuando a los pocos minutos se acercó a nosotros la siniestra figura de “pajarito”, el profesor de Educación Física, que había retornado al colegio. De seguro venía a “cuadrarnos” y llamarnos la atención; así fue, el susodicho personaje directamente nos increpó diciendo: ¡¡Eyyyy, ustedes deben saber comportarse mientras estén en el colegio… correcto!!… Además deben aprender a respetar a sus compañeras y no jugarse con ellas ni esconder sus prendas oficiales ni deportivas… ¿Comprendido?… ¡Quiero que aparezca la chompa de la alumna! Tienen media hora para encontrarla y devolverla. Lo vimos alejarse en el amplio horizonte crepuscular, y si bien todos nos miramos bajo una tensión expresiva de desconcierto, creo que la mayoría tuvo el mismo pensamiento y cavilación como respuesta repentina: ¡¡Ándate a la chupetería!!
Estábamos en los preparativos para despedir “de un plumazo” a la hora de Biología, cuando nos interceptó esta vez el “profesor de Inglés”, el “lobo” Pachas. ¡Uyuyuy!, ¿y ahora qué se traería este tipo?. El profe, antes de que ingresáramos al aula, nos interceptó y se acercó a nosotros con cara de pocos amigos; nos observó milimétricamente y luego, dirigiéndose directamente al “chato” Montoya, lo cogió del pescuezo y le dijo sin más prolegómenos: ¡Tú me haces aparecer ahorita la chompa o te jalo en mi curso! El sorprendido alumno, rapaz, alimaña, carroña, no pudo disimular su desconcierto y sorpresa. Nos miró con un ademán expresivo y luego, respondiéndole al profesor, le dijo: ¡Yo no sé nada profe, no se de qué está hablando… yo recién llego del recreo y no he estado con ellos” Evidentemente, esta vez el taimado chato no se estaba lavando las manos como Pilatos, sino que era un mentecato víctima de las circunstancias y de su fama de alimaña que lo precedía. Por supuesto, toda la mancha del grupo se rió descaradamente en las narices de este inquieto coleóptero, a quien por primera vez se le acusaba directamente de algo en lo que no había participado.
Luego de este incidente, parecía que todo volvía a su aparente normalidad; no era cierto; la fisión nuclear recién comenzaba. Estando en el interior del aula, esta vez en la clase de Biología, tuvimos que soportar la insípida exposición del “bitle” Felipe, dicho sea de paso ni el mismo se entendía en su abyecto discurso; estábamos livianamente semiconcentrados en el tema de las mitosis y de las células haploides cuando presto y repentino incursionó en el salón el ingeniero “gorilón”, el director del plantel, acompañado de su séquito de escurridizos adulones. Yo sabía el porqué de su esporádica presencia, y creo que el resto también lo presentía; todos nos pusimos de pie y saludamos cordialmente al recién llegado, como parte de la costumbre, estilo y formalismo. Empero, quiero agregar que percibimos en ese instante un clima de tétrica realidad; pudimos notar que el figuretti “Willy” estaba más nervioso que cucaracha en fiesta folklórica, sudaba frío y presentaba un semblante indeciso, estaba más pálido que un japonés con anemia; miraba para todos lados queriendo desaparecer de la mundanal faz de la tierra ¿Qué había pasado? No era que quería ir al baño o algo por el estilo… ¿qué pensamiento mefistofélico habría causado ese repentino impulso en la indeleble mente del condenado Willy? Muy pocos podrán saber la verdad del melodramático asunto.
Ahora, in situ, el director con aire draconiano ordenaba la famosa requisa. Ordenó registrar carpeta por carpeta, a la voz de “busquen en todos sitios, hasta encontrar la chompa”.
En mi carpeta no había más que cuadernos y hojas sueltas con dibujos caricaturescos; en las demás tampoco, ni tuz ni muz; pero Willy seguía nervioso y al registrar su mobiliario tampoco encontraron algo; nada de nada, ni un pelo de gato. De pie, esta vez Willy exhalaba un aire de abrupta tranquilidad y calma; había vuelto el color a su miserable y condenado cuerpo. Prácticamente yo pensaba algo anonadado: ¡Qué será pues, no entiendo nada; no lo comprendo… eso sí, el que nada debe, nada teme”. Más aún puedo añadir con supina frescura “que todos la debían”, pues de algún modo todos se habían involucrado hasta los tuétanos; con mayor o menor aspaviento, desde el más palurdo inocente hasta el más tunante malandrín.
La persistente búsqueda de la chompa azul prosiguió, en todos los lares y confines, pero nunca la encontraron, ni huellas, ni vestigios del impune latrocinio, un delito perfecto que la historia se encargaría de especular con detalles sesgados y prolijos.
Muchos años después, exactamente después de tres décadas y media, el estigma espectral de la azulina prenda aparecería nuevamente ante nuestras miradas de resquebrajo y añoranza; recién comprendería los motivos del estado cataléptico del loco Willy en aquel episodio de registro de las carpetas para encontrar la chompa; y la explicación es muy simple y comprensible: Willy y compañía tenían en su poder aquella ansiada prenda, solazándose a sus antojos de un ir y devenir confuso.
Marcolino