martes, 4 de octubre de 2011

El primer “casamiento” de Charly

Hace algunas noches estuvimos compartiendo unas cervecitas con Charly y Marcolino, mientras tratábamos de evocar algunas de las muchas anécdotas de que habíamos sido partícipes. Y otra vez pude comprobar la prodigiosa memoria eidética de Marcolino, quien me hizo recordar esta anécdota, que ya había olvidado casi por completo. Aquella noche, sumamente borracho, fungí de cura y procedí a “casar” a Charly con Naty, tal como relataré a continuación.
Todo ocurrió la noche del 20 de agosto de mil novecientos ochenta y tantos, en que celebrábamos el onomástico de nuestro buen amigo Marcolino. En aquellos tiempos él se había mudado al Fundo Márquez, y vivía solo, por lo que su casa se convirtió en uno de nuestros inocentes centros de operaciones.
La mayoría de nosotros vivíamos en Reynoso, por lo que acordamos reunimos en casa de Joel para de allí embarcarnos con rumbo a la casa de Marcolino.
Luego de viajar más de 30 minutos a bordo de un ómnibus, por fin llegamos a Márquez. Eran alrededor de las diez de la noche. Estábamos con Joel, el “chato” César, el “zorrito” Adolfo y el “oso” Raúl, quien por aquellos tiempos todavía nos acompañaba en algunas de nuestras escapadas. Los más gileros de la mancha eran, sin duda, el “chato” César y el “zorrito” Adolfo. Siempre asediando a cuanta fémina pasaba a su lado, cada uno con su estilacho. Estos dos compadres disfrutaban haciendo malabares para comprobar con cuántas hembritas podían estar al mismo tiempo. Joel andaba con una germa bien rellenita. Raúl, más reservado, gileaba con una costilla que nunca nos presentó; en cuanto a mí, estaba con una flaquita compañera de estudios, cuya historia quizá me anime a compartir. Por supuesto que en esta ocasión todos íbamos solos…
Desde lejos escuchamos los acordes de una buena salsa y pudimos divisar que la puerta de la casa de Marcolino estaba abierta de par en par, así que entramos en tropel.
—Hola Marcolino… ¡feliz cumpleaños! —exclamamos en coro—, mientras lo abrazábamos, felicitándolo por su día.
—Hola muchachos, gracias por venir.
Luego de los abrazos y bromas de reglamento, Marcolino se percató de la ausencia de uno de nosotros.
—¿Qué pasó con Charly? ¿Por qué no ha venido con ustedes? —preguntó.
—Parece que va a llegar algo tarde —intenté excusarlo.
—Seguro que a estas horas todavía está con la flaca, ya tiene años afanándola, el muy perro —acotó Joel.
—¿Qué, todavía sigue detrás de la flaca? —preguntó César, poniendo expresión de total desconcierto.
—Ese huevón, todavía no aprende —exclamó Adolfo, mientras se rascaba la cabeza.
—Si, ese es un quiltro —sentenció Marcolino, sacando a relucir su ingenio para poner apodos rebuscados. Todavía ahora, cada vez que discuten, una de las formas favoritas que utiliza Marcolino para exasperar a Charly es diciéndole: ¡Calla quiltro! … lo que despierta nuestras carcajadas y enfurece a Charly, dando inicio a una de sus casi interminables discusiones, en donde, aunque se dicen “zamba canuta”, siempre terminan riéndose.
Nos recibió también la Sra. Hilda, madre de Marcolino. La saludamos con mucho afecto. De ella sólo tenemos excelentes recuerdos, pues siempre nos recibió con gran cariño y se esmeraba en atendernos y engreírnos. Solía permanecer en la fiesta durante unas horas, luego de lo cual desparecía discretamente.
Con un rápido vistazo hice un reconocimiento del terreno: la sala y el comedor habían sido acondicionados para dejar espacio para el baile. Sentadas en varios sillones había varias hembritas, cada una más guapa que la otra, que conversaban distraídamente entre ellas, mirándonos con disimulo. En uno de los costados del comedor se encontraba una mesa, sobre la cual divisé por lo menos tres damajuanas de vino. Junto al refrigerador, apiladas, había varias cajas de cerveza, esperando su turno para enfriarse.
Vengan muchachos, les presento a unas amigas —nos apuró Marcolino. Él siempre tuvo la costumbre de celebrar sus cumpleaños con una jarana de rompe y raja, que prolongábamos hasta el lindo amanecer. Durante aquel tiempo no sabíamos cómo, pero se las ingeniaba para invitar a buenas hembritas. Como decía el “chato” César, había para todos los gustos, delgadas como nos gustaba a la mayoría, y “bien despachaditas, con mucha pasa y mucha fruta” como las prefería Joel.
Nos presentó a sus amigas una a una. Estaban Gisella, Miriam, Naty, Mercedes y otras tres o cuatro cuyos nombres no recuerdo. Debían tener nuestras edades, o algo mayores, y lucían vestimentas sumamente apretadas, que resaltaban sus curvilíneos cuerpos.
No podíamos quejarnos. Teníamos la combinación perfecta: un ambiente cómodo, chicas bien bien buenas, música salsa, cervezas y tabaco. La noche prometía.
Por aquellos tiempos éramos muy aficionados a bailar y no nos perdíamos una sola melodía, por lo que siempre nos encontrábamos entre brindis y bailes.
Entre las chicas destacaba una: Naty, una chatita muy agraciada con quien congeniamos desde un principio. Baile va y brindis viene, rápidamente entramos en confianza, y después de compartir algunos vasos de vino me confesó que venía de una ruptura amorosa.
—¿Con que buscando nuevo novio? —me atreví a preguntarle.
Ella no respondió. Sólo se limitó a sonreír, mientras levantaba los hombros y en su rostro se dibujaba un mohín de coquetería.
Ya era casi medianoche. La fiesta estaba en su apogeo y el vino se había agotado, por lo que continuamos la juerga con las respectivas cervecitas. Para esa hora yo estaba casi completamente borracho. Todos bailábamos y brindábamos con desenfreno, disfrutando de la música y de nuestras acompañantes al máximo. Hasta me pareció ver que César tomaba nota de la dirección de una de las chicas, en tanto que Adolfo gesticulaba intentando convencer a otra de quién sabe qué.
Justo en ese momento llegó Charly, y al instante se convirtió en víctima de nuestras bromas. Todos comenzamos a fastidiarlo.
—Hola muchachos —nos saludó, mientras se acercaba a abrazar y felicitar a Marcolino.
—¿Y por qué la demora, pendejo? —le inquirió Marcolino
—Tuve que ayudar a mi cuñado en unas vainas —intentó mentirnos Charly.
—Calla, cojudo, seguro que estabas afanando a la flaca —le increpé.
—¿Ya te dijo que sí? ¿O sigues esperando que la flaca se te declare? —se burló Joel.
—Este huevón la sigue calentando… ¡Este es un termo!…¡Quiltro! —sentenció Marcolino.
—Ya dejen de joder, pendejos, y pasen la botella, que tengo que nivelarme —Charly trató de cambiar el hilo de la conversación, mientras encendía un cigarrillo.
Felizmente para Charly que en ese momento comenzó a sonar una baladita, así que todos nos apuramos en buscar pareja.
Saqué a bailar a Naty. Mientras bailábamos bien aparraditos, pude ver que Charly se dirigía a sentarse en una esquina, llenaba su vaso con cerveza y me levantaba su botella, haciéndome el típico ademán de ¡Salud!
Fue en ese momento que se me ocurrió gastarle una broma…
No recuerdo bien quién estaba más ebrio, si Naty o yo. El hecho es que no me costó mucho trabajo convencerla.
—Ven Charly, te presento a Naty —le pedí ni bien terminó la baladita.
Charly se nos acercó. Se saludaron besándose en las mejillas.
—Charly, por siaca aquí Naty viene de una decepción amorosa y anda buscando pareja —le dije, mientras les sonreía.
Naty asintió sonriendo pícaramente, siguiéndome la corriente.
—¿Así que estás buscando un nuevo novio? Pues cuenta conmigo preciosa —Apareció el pendejo del “chato” César, que había estado escuchando todo lo que le decía a Charly.
—Pues a falta de uno tienes dos pretendientes —bromeé con Naty —Tendrás que escoger entre ambos, le sugerí.
César y Charly intercambiaron una mirada retadora.
Naty miró fijamente a ambos durante unos instantes. Entre los cuatro, Charly era el que se encontraba menos mareado.
No pude contener la risa.
—¿Y por qué ríes? —me preguntaron en coro.
—Por nada —les mentí. En realidad no podía evitarlo, al contemplar la situación en que nos encontrábamos: La más bajita de la fiesta tendría que elegir entre estos dos chatazos.
Para sorpresa de César, Naty eligió a Charly.
A mí no me sorprendió para nada. Conozco a Charly de toda la vida y he de reconocer que este hijo de la guayaba y del mandarín siempre tuvo un cierto “ángel” con las hembritas y se manejaba con soltura entre ellas. Claro que la excepción era la flaca. Estrella era la kriptonita de Charly. Ante ella el muy cojudo lucía como un adolescente tierno, como un mocoso, como un “chiquillo de mamita”. Será como dicen por ahí, que en algunos casos “el amor te ciega, te enmudece, te embrutece”.
En ese momento todos los muchachos estaban congregados en torno a nosotros. Durante un instante nos abstraímos de la celebración. Nadie prestaba atención a la música, ni a las chicas, que se miraban entre ellas sin saber qué ocurría. Todos los muchachos trataban de azuzarnos con sus sugerencias.
Bueno Poncho, ya que tú los uniste, entonces cásalos —escuché que alguien me sugería.
Charly siempre ha sido uno de mis mejores amigos, y cada vez que podemos disfrutamos gastándonos alguna broma. Así que no podía desaprovechar la oportunidad. Tan borracho como me encontraba, no se me ocurrió una idea mejor para fastidiarlo que haciendo lo que la mancha sugería.
Atención manganzones —levanté la voz, tratando de hablar con solemnidad y de no perder el equilibrio—. Voy a casar a este par de tortolitos.
Se hizo un silencio, sólo interrumpido por el tocadiscos, que en esos momentos reproducía la salsa “Quítate tú”. Las demás chicas se acercaron a ver qué ocurría. Tuve que levantar más la voz para dejarme escuchar:
—A ver Naty, ¿aceptas a Charly como tramposo? —pregunté.
Ella sonrió.
—A ver Charly, ¿aceptas a Naty como tramposa?
Él se puso serio —No sería difícil adivinar en quién estaría pensando.
—Bueno, por el poder que estos manganzones me han conferido, los declaro tramposo y tramposa… ¡hasta que la flaca los separe!
La carcajada fue general.
—¡Que se besen! ¡Que se besen!—comenzaron a repetir los amigos, en coro.
Todos miraban a Naty y a Charly. El desafío estaba planteado. ¿Cómo reaccionarían?
Pues como cualquier mortal. Charly no desperdició la oportunidad; cogió a Naty por la cintura y le estampó un beso de esos… como se pide chumbeque.
Luego, sin soltarla, nos lanzó una mirada entre burlona e incómoda. Encendió otro cigarrillo y la llevó a su esquina, en donde había dejado su chelita.
El resto de nosotros volvimos al jolgorio ¡Nada mejor en salsa que la Fania all Stars!
Charly y Naty nos acompañaron durante un buen rato más, y al parecer habían tomado muy en serio eso de “recién casados”, porque no dejaban de besarse y estar aparrados por aquí y por allá. Nadie se percató en qué momento se retiraron de la fiesta…
—Lo que me perdí… ¡no hay sin suerte! —se lamentaba el “chato” César, mientras brindaba conmigo.
—Oye Poncho, parece que Charly ya olvidó a la flaca —me comentó Joel, mientras reía y apretaba a la germita con quien bailaba.
—Al menos por esta noche… —contesté—, al menos por esta noche…


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